miércoles, 5 de noviembre de 2014

Apartados del camino

Por Orlando J. Ferreres (*)
"El hombre, a diferencia del animal, no es un mero descendiente sino un heredero: lentamente se ha ido inventando las virtudes, las reglas metódicas del pensar, los tipos ejemplares del gusto, la sensibilidad para las cosas remotas y todo ello ha ido cubriendo, ocultando, la bestialidad de nuestra materia original. Que deje de pasar por nosotros el aluvión de la cultura durante algunos siglos y reaparecerá la bárbara autoctonía, el egoísmo brutal, el caos. Son estas normas superiores, el código de nuestra sociedad, la ley lógica, la regla moral, el ideal estético, las que nos mantienen por encima de todo animal. Y estas nobilísimas normas son convenciones, no corresponden a ninguna realidad material: no son cosas, son condensaciones del espíritu, valores que sobre la materia, siempre baladí, ha ido decantando la cultura."
De esta manera define Ortega y Gasset al hombre y su relación con la cultura y las instituciones en "Renán" (1909), según la descripción de H. Larraín Acuña en "La génesis del pensamiento de Ortega" (1962).
Hoy nos encontramos en el mundo en un momento en que se desea derrumbar a muchas de estas normas, de estas guías para transitar el camino seguro, pero los que hacen esta tarea de destrucción aún no nos proponen otras normas mejores o peores y vamos entonces en un camino de involución o al menos de decadencia.
Son evidentes en Occidente los efectos de este aflojar de las instituciones, de este permitirse casi todo sin pensar en las consecuencias, de esta pérdida del valor de las instituciones que a muchos les resultan huecas, sin contenido vital, se viven como una carga impuesta por el pasado, atrasan.
Debemos percibir mucho más la importancia de los valores simbólicos de Occidente, pues han sido la clave de nuestra civilización, han sido el sendero por el que ha mejorado el ser humano en el tiempo. Formalizar una familia para protección de los hijos es un esfuerzo que no se valora ya como en otras épocas; las relaciones sexuales han cambiado muchísimo, más aún si se las compara con la represiva época victoriana; las drogas fuertes son consumidas por una gran proporción de personas y constituye un flagelo que implica un mercado de al menos u$s 500 mil millones por año en negro en el mundo, especialmente en los países líderes de América y Europa.
En nuestro país también nos hemos apartado del camino de las buenas guías. Hemos destruido primero las instituciones básicas, como el respeto a la Constitución y sus leyes. Desde 1930, la Argentina ha incurrido en muchos golpes de Estado con apoyo de una buena parte de la población. Hemos dejado de cumplir con nuestras obligaciones, como por ejemplo la de pagar la deuda pública a su vencimiento.
Se cometen a diario muchas negligencias en materia de seguridad y justicia. Se le roba poder de compra al que ahorra en pesos ya que los gobiernos de turno empapelan el país con billetes, lo que genera una inflación del peso que ha sido de 74% promedio anual desde 1944 a 2004, y podríamos seguir. En cuanto a educación los padres creen que sus hijos reciben el mejor nivel educativo, pero que el problema afecta a los "otros chicos y chicas" que no aprenden nada. Todos se engañan dado que en las pruebas internacionales de conocimiento (PISA), todos los argentinos realmente terminan en los exámenes en los últimos puestos.
Estamos a tiempo para reaccionar y no podemos dejar de actuar frente a este problema de falta de institucionalidad, del sálvese quien pueda, de la destrucción sistemática de las normas culturales que va mucho más allá de los problemas económicos o políticos, y no solo en nuestro país sino especialmente en los países centrales de Occidente.
Después de tantos siglos de esta lucha por mejorar, después de estas condensaciones del espíritu logradas a lo largo de la historia, después de tanto esfuerzo por establecer instituciones que nos guíen, después de la gran decantación de la cultura occidental que a lo largo de los siglos nos ha hecho más humanos cada día, no podemos destruir todos estos logros, pues -como dice Ortega y Gasset- si destruimos nuestra cultura y nuestras instituciones, volverá a reaparecer el egoísmo bravo, la búsqueda de enemigos que es la búsqueda de la guerra, el caos, el desorden, la decadencia definitiva. En la Argentina necesitamos recuperar una cultura y unas instituciones seguras y fuertes para lograr un crecimiento económico sustentable de largo plazo. Así podremos eliminar la pobreza, el desempleo y la exclusión social.
(*) Orlando J. Ferreres. Economista. Director de OJF & Asoc. Artículo publicado en La Nación el 5 de Noviembre de 2014.