miércoles, 19 de noviembre de 2014

Bancos Centrales e inflación

Por Orlando Ferreres (*)

Hoy se considera a los Bancos Centrales como un acierto de los gobiernos y no se concibe país sin un Banco Central. Sus funciones son emitir el dinero en circulación dentro de su territorio y regular a las entidades financieras, aunque esta segunda función podría estar- y está en algunos casos- en manos de otra entidad. Los Bancos Centrales aceptan la inflación y se sienten reconfortados con modelos de manejo macroeconómico llamados de "metas de inflación". Para los Bancos Centrales la inflación está bien, con tal que sea chica, es decir, menor a 5% y en lo posible el ideal es 2-3 % anual. Lo que no está en sus metas es la deflación, o sea, reducción de precios. Una vez que un precio subió, salvo que sea de commodities, es muy difícil que pueda bajar. El más rígido de los precios a la baja, según J. M. Keynes, es el de la mano de obra, es decir el salario.
De acuerdo con Glyn Davies, a lo largo de la historia ha habido, en diferentes tiempos y en diferentes lugares, expansiones excesivas de moneda, ya sea para financiar guerras o conquistas de otros territorios, también por mayor oferta de metales como es el caso de los descubrimientos de plata de Potosí. En su momento, esos procesos generaron inflación e incluso hiperinflación en algunos países, como la hiperinflación de China de 1448 donde las notas de la casa de la moneda de ese país de 1000 cash, tenían un valor de mercado de 3. Después de la inflación, el nivel de precios volvía al nivel anterior, siempre expresado en unidades de metal, básicamente el oro de calidad y peso comparables.
El sistema monetario ha tenido muchas variantes, donde hasta los caballos, las ovejas, el tabaco y otros bienes fueron usados como dinero en distintas épocas y en diferentes países o regiones. El sistema evolucionó hacia el bimonetarismo, oro y plata, y durante el siglo XIX se fue imponiendo en los países centrales el patrón oro.
Este sistema se abandonó como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, puesto que los gobiernos beligerantes necesitaron imprimir mucho dinero fiduciario para financiar el esfuerzo bélico sin tener la capacidad de respaldar ese dinero en metal precioso. Al finalizar la guerra, se reimplantó el patrón monetario pero con una importante modificación por lo que se llamó "patrón cambio oro". Este régimen autorizaba a los bancos de emisión a crear moneda no sólo contra oro, sino también contra divisas pagaderas en oro, principalmente libras esterlinas y dólares. Después de la Segunda Guerra Mundial, el patrón fue esencialmente basado en dólares. En 1971 Nixon abandonó el sistema de patrón cambio oro y desde allí el sistema se basa solo en papel moneda sin respaldo en todos los países.
Recordemos que en 1920, la Sociedad de Naciones organizó la Conferencia Financiera Internacional de Bruselas, cuyo objetivo, entre otros, era encontrar soluciones a las consecuencias de la excesiva emisión monetaria para financiar los gastos de la Gran Guerra. La recomendación fue la creación de Bancos Centrales en cada país -ya había varios que los tenían- con el fin de organizar y controlar la emisión monetaria. Como la implementación resultó difícil, en las dos décadas posteriores se registraron numerosos problemas de hiperinflación y fuertes ajustes de los tipos de cambio entre las monedas de los diferentes países.
La mayoría de los Bancos Centrales desde su origen, y como contrapartida del derecho al monopolio de emisión que el Estado les confería, concedieron a éste préstamos especiales o permanentes. La creación de crédito nuevo por parte de los Bancos Centrales mediante estos créditos a los gobiernos trajo como consecuencia un aumento directo en la cantidad de dinero en circulación y, por lo tanto, un incremento en los depósitos de los bancos privados, los que, a su vez, se tradujeron en mayores volúmenes de crédito, con repercusiones en el nivel general de precios (inflación monetaria) en el mediano y largo plazo.
Podríamos decir que la creación de los Bancos Centrales, como los conocemos desde el primer tercio del siglo XX, generó el resultado inverso al esperado con la creación de los mismos. En definitiva, se acentuó en lugar de controlarse la creación de dinero sin respaldo. Es más, el oro en su función monetaria, se consideró un mito del pasado y, por lo tanto, innecesario como respaldo de la cantidad de dinero en circulación.
Recordemos que las variables que maneja directa o indirectamente un Banco Central son la tasa de interés, el tipo de cambio y el nivel general de precios, o sea el valor del dinero, es decir, la inflación. Estas tres variables, a su vez, se relacionan con el crecimiento económico y la ocupación. Así la influencia de los Bancos Centrales -en definitiva- abarca a toda la economía. Además, son el "prestamista de última instancia", es decir, el organismo del Estado que puede emitir dinero en caso de una "crisis sistémica", o sea una crisis no de un solo banco, sino de todos los bancos al mismo tiempo. En esas circunstancias, las reglas regulatorias, si bien existen, son muchas veces superadas por las circunstancias, y rigen las necesidades de salvataje del sistema financiero. Para ello se ha llegado a emitir hasta un 100 % o más de base monetaria en pocos meses y ubicar a la "tasa de interés de referencia del sistema" hasta casi en cero por ciento anual. Un caso concreto ocurrió en la última "crisis de la subprime" de 2008 y después de siete años aún sigue la tasa en casi cero, pues hasta ahora "se está cerca" pero no se ha podido volver a la normalidad.
Es interesante observar la inflación a lo largo de los siglos. Para ello consideraremos el índice de inflación desde 1668 hasta ahora, según cifras de The Economist. Se nota que hay gran correlación entre la creación de los Bancos Centrales de emisión y la inflación. ¿Es una mera coincidencia? ¿O puede haber una relación de causa-efecto entre estos dos hechos?
Los políticos han aumentado los gastos públicos en forma muy fuerte en todos los países y se han producido grandes déficits fiscales de una manera sistemática. Se ha utilizado, directamente o indirectamente la expansión monetaria para financiarlos.
Podríamos resumir el drama de los Bancos Centrales de esta manera: "Los políticos van consintiendo en incorporar gastos al Presupuesto ya sea nacional, provincial o municipal, y hacen crecer el gasto público consolidado, sobre todo los salarios, ya sea por incorporación de nuevas funciones o servicios o beneficios, por mayor número de personal, por mérito o por la antigüedad de los empleados, a una tasa que agregando todo resulta en la mayoría de los países de alrededor de 3-4% anual, cuando la productividad promedio solo lo hace apenas a 1% anual. Por estas causas se vuelve "necesario" producir una inflación del 2- 3% anual, para evitar que el gasto público, con el paso de los años, abarque toda la economía, cosa que ocurriría si el gasto publico creciera a esa tasa de 3-4 % anual nominal y todas las demás variables de la economía permanecieran con el mismo nivel de precios".
El nivel de precios del gráfico está expresado en escala semi-logarítmica por lo que la inclinación de la curva nos da la tasa de inflación y en el mismo hemos marcado la fecha de la Convención de Bruselas, donde se recomendó la creación en todos los países de los Bancos Centrales. A medida que se fueron creando dichos bancos, se observa un empinamiento de la curva de precios, es decir, de la tasa de inflación. El nivel de precios había oscilado mucho en los tres siglos en que tenemos datos, pero si nos fijamos en detalle vemos que el nivel de 1668= 100 es el mismo que se registra en 1933=100: después de más de 300 años no había habido cambio en el nivel general de precios. A partir de allí la inflación se ha convertido en un problema permanente y el nivel de precios no ha vuelto a bajar hasta el nivel 1668= 1933=100: Esto es lo que llamamos inflación crónica, permanente, que se ha convertido en necesaria para licuar los gastos públicos insostenibles en los que incurren los políticos de todos los países. Los Bancos Centrales facilitan esta financiación, que no hubiera sido posible con el sistema de Caja de Conversión como patrón monetario.
De acuerdo con Ben Bernanke, los países abandonaron el patrón oro por las necesidades de financiamiento fiduciario y también por la gran deflación que ocurría con ese sistema después de la explosión de la burbuja de 1929. Los países que abandonaron el patrón oro antes de 1931 fueron España, Australia y Nueva Zelandia. En 1931, dejaron el patrón oro, Austria, Canadá, Checoslovaquia, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Alemania, Grecia, Hungría, Japón, Latvia, Noruega, Suecia y Reino Unido. En poco tiempo más, antes de 1935, lo dejaron Rumania, Estados Unidos, Italia y Bélgica. Y un poco después lo abandonaron Francia, Países Bajos y Polonia.
En nuestro caso dejamos la Caja de Conversión el 16 de diciembre de 1929 y creamos la Comisión de Control de Cambios el 10 de octubre de 1931 y el Banco Central el 28 de mayo de 1935. Estas decisiones han tenido una repercusión grave en la evolución económica de la Argentina, dado que desde allí se manejó la economía con mucho más intervencionismo estatal.
Sin un patrón monetario, fue fácil para los gobiernos volver flexibles los salarios reales mediante la inflación y facilitar así la salida de las crisis. Se hace muy necesario estudiar más la relación entre la creación de los Bancos Centrales, el abandono del patrón monetario y la inflación, y reconsiderar si resulta creíble el uso de la moneda de papel como reserva de valor de los ahorros. El gran logro de la inflación es que permite superar el hecho observado por Keynes, es decir, permite bajar los salarios reales sin modificar los salarios nominales o incluso en casos de aumentos moderados de dichos salarios nominales. Y esta magia del sistema de moneda de papel es muy usada en todos los países. Hizo flexible algo que las organizaciones sindicales habían logrado proteger, pero que dificultaba el ajuste económico a las nuevas realidades en casos de crisis. Los Bancos Centrales facilitaron la inflación y el gran aumento del gasto público, y ahora es muy difícil que vuelva a cifras razonables.
Se vuelve imprescindible repensar el sistema monetario internacional y volver a tener un "patrón monetario", que junto al "numerario" y al "dinero" son los tres entes monetarios fundamentales. Hemos eliminado uno, el patrón monetario, pero tenemos que restaurarlo. Quizá el "Patrón Producto Bruto Mundial" pueda ser una solución.
(*) Orlando J. Ferreres. Economista. Presidente de OJM & Asoc. Artículo publicado en La Nación el 19 de Noviembre de 2014