miércoles, 12 de noviembre de 2014

Derrame económico y social

Por Orlando Ferreres (*)
En los últimos tiempos, el más extraordinario derrame de crecimiento económico sobre las condiciones sociales y materiales de los menos favorecidos es el verificado en China, en los últimos 40 años. Significó una salvación para los pobres de ese país que un número de 552 millones (son 14 Argentinas enteras) haya superado la línea de pobreza. Si consideramos los niveles de indigencia, la mejora es de 603 millones de personas. Aunque aún quedan muchos pobres en China, especialmente en las zonas rurales, este gran derrame social y económico es un hecho que impresiona vivamente y sirve de ejemplo para otras regiones que tienen que salir de la pobreza y "construir pueblo".
Los datos son objetivos, son una realidad. Sin embargo, hay muchas personas que dudan y hasta afirman de que no hay tal mejora y que tampoco hay ningún derrame. Es un error. Para evitarlo siempre es mejor chequear los hechos, dado que la realidad es siempre superior a la idea que se tiene de las cosas. También el tiempo es importante. Hay que saber esperar, no pretender resultados mágicos de un derrame a los dos años y con ello poder ganar las elecciones. Lleva mucho tiempo generar las inversiones, incorporar tecnología competitiva, preparar a los trabajadores para los nuevos conocimientos, generar una nueva cultura para un nuevo trabajo, distinto al que tenían en la etapa de pobreza que ejercían sin profesión alguna.
Se estima que en 1970 había en China un 98 % de pobres, que en total sumaban 802 millones de personas. Actualmente, hay 18,6 % de pobres que son 250,1 millones de personas. En este lapso se ha creado una clase media educada y productiva que llega al 30% de la población y que para el año 2025 será de 520 millones y para el 2050 podría llegar a 900 millones.
Si no hubiera habido derrame y se hubiera mantenido la tasa de pobreza de 97,85 % que había al inicio del cálculo, hoy habría 1.317, 2 millones de pobres. Es decir, el número efectivo del derrame es de 1.067,1 millones de pobres menos. Un cambio extraordinario.
Este es el derrame de los procesos de inversión en ese país, que en lugar de un consumismo fuerte hizo lo opuesto: invirtió fuerte. En lugar de subsidiar el consumo de hoy pensó en un consumo mucho mayor en el mañana y transformó dinero en maquinarias, equipos e infraestructura y ocupó formalmente a muchísima gente.
En 1970, la inversión bruta interna fija de China era de 33% pero ahora ha crecido hasta casi 50% del PIB y esto explica por qué aumentó la ocupación de trabajadores en forma permanente. En nuestro país la inversión se ubica en el 21% del PIB o aún menos ya que este año ha disminuido. Con nuestras tasas de inversión no puede haber derrame sino que sobrevivimos con una pobreza creciente.

El derrame en China es un ejemplo de cómo se puede salir en forma definitiva de la pobreza. Es saber guardar una parte del trigo y no comerlo todo hoy, sino sembrarlo y después recoger una cosecha abundante que supere ampliamente a la pequeña cantidad que teníamos antes de sembrar. Su imagen está en los Evangelios, es la del sembrador que derrama semillas en el suelo húmedo. Para muchos esto es una locura pues tira el trigo a la tierra cuando tienen hambre, pero después se lo recoge multiplicado el ciento por uno.

La historia de Europa occidental es otro caso impresionante de derrame, producto de una fuerte inversión combinada con la aplicación de la ciencia al servicio de una producción para beneficio de todos y no sólo de unos pocos. Tampoco se limitó este derrame sólo a una mayor disponibilidad de bienes de consumo, sino que también lo hizo en remedios, hospitales y vacunas para todos, lo que permitió triplicar la esperanza promedio de vida de toda la población.
Así como Dios llama a cada uno por su nombre, individualmente, y quiere que todos se salven, así también la economía hace trabajar a todos individualmente para el beneficio del conjunto y el más beneficiado de ese crecimiento es el más pobre. En general, el consumo del empresario y de su familia -aun siendo grande dicho consumo- es relativamente pequeño en proporción al tamaño de una empresa exitosa. Comúnmente, la mayor parte de lo que gana una empresa se reinvierte, lo que redunda en nuevas expansiones y más ocupación para beneficio del conjunto.
En la Argentina, hemos hecho el escarnio del empresario y del ahorrista. Basados en una política de corto plazo y en un sistema corporativista, en el que predomina el empresario extractivo y el sindicalista que se beneficia privadamente, combinación que no produce sino que extrae rentas de la sociedad. Ese esquema de gobierno y producción de la Argentina no funciona. Las exacciones de los ahorros líquidos han hecho que los residentes hayan tenido que llevar sus ahorros fuera del país para salvarlo de las expropiaciones inflacionarias o pesificaciones. El monto de este ahorro de los residentes argentinos en el exterior a fines de 2013 se estima en u$s 337 mil millones según Fundación Norte y Sur, un monto que equivale a gran parte del capital invertido en el país, restadas las amortizaciones acumuladas, es decir, restado el desgaste anual de los bienes de capital.
Para obtener resultados y observar el derrame del crecimiento económico sobre las condiciones económico sociales de la población hay que invertir mucho más. En nuestro caso, en lugar de 21% del PBI debemos llegar a invertir el 30% o más, como en China, país en el que la inversión se sitúa casi en 50% del PBI. De esa manera, al cabo de poco tiempo de continuidad de ese esfuerzo inversor, con seguridad, veremos el derrame sobre los pobres. Así como hemos procedido en las últimas décadas nunca veremos un derrame y creeremos que éste no existe. El derrame ocurre cuando primero se crean las condiciones para invertir nuestro ahorro y el ahorro que venga de otros lados. Si espantamos al ahorro local y asustamos al del exterior nunca tendremos ocupación formal suficiente y sí viviremos con niveles de pobreza que alarman y con una gran frustración social, como es nuestra realidad actualmente
Está en nuestras manos poder eliminar la pobreza. El esfuerzo inversor elevado, con tasas sobre el PBI de 30% o mayores es la clave para que ocurra el derrame, pero, como el sembrador, hay que saber esperar la cosecha para recoger los frutos.
(*) Orlando Ferreres. Economista. Presidente de OJF & Asociados. Artículo publicado en La Nación el 12 de Noviembre de 2014