martes, 25 de noviembre de 2014

La oposición “no peronista”, entre el poder y el testimonio

Por Jorge Raventos (*)

Discusiones sobre el sentido de los acontecimientos: el gobierno se empeña en practicar, antes de que sea tarde, cirugía mayor en instituciones y procedimientos vinculados con la Justicia, y denuncia genérica e imprecisamente una conspiración “destituyente” con jueces y opositores como protagonistas. Parecen argumentos de quien se ubica a la defensiva, aunque coincidan con operaciones signadas por la agresividad.
Simultáneamente, crece entre muchos analistas (y también en el seno de fuerzas que suelen ser agrupadas bajo el rótulo de oposición) la conjetura de que el gobierno puede salir victorioso de las elecciones de 2015. Se trata de una impresión confusa y para muchos amenazante, que a menudo determina reacciones tan alteradas como estériles. Al que no sabe con precisión de qué huye se le hace difícil encontrar una salida o un refugio.
Sueño y pesadilla
¿Puede, en verdad, triunfar “el gobierno” en 2015? En rigor, el hecho de que la señora de Kirchner tenga vedada la postulación para un nuevo mandato y la circunstancia de que ella y el núcleo duro sobre el que procura sostenerse sean impotentes para definir la sucesión y deban resignarse a una candidatura indeseada como la (muy probable) de Daniel Scioli relativiza sustancialmente aquella suposición.
El tema de la Justicia es otro signo: el dinamismo que últimamente muestran varios magistrados en investigar hechos que involucran a altas jerarquías K (sin excluir a la propia Presidente y miembros de su familia) insinúa que en el seno de la siempre bien informada familia judicial prevalece, más bien, la idea de que la vigencia del actual oficialismo se marchita irreparablemente. Sus intentos de copar instituciones como el Consejo dela Magistratura o de quitarle atribuciones a los jueces para traspasárselas a fiscales adictos son considerados peligrosos en su intención pero guiados por la desesperación y, en definitiva, insostenibles, ya que el gobierno tiene fecha fija de vencimiento.
Lo que la hipótesis alarmista de una victoria K apenas disimula es un desplazamiento conceptual: se postula, en rigor, que cualquier peronista que gane en las urnas del próximo octubre será, en la práctica, una manifestación de continuismo. Si se tratara de Scioli, porque al gobernador bonaerense se le adjudica debilidad irremediable frente a las presiones de la estructura kirchnerista supérstite y se lo quiere imaginar asediado por jóvenes camporistas que le dictarán la línea a seguir. En cuanto a la renovación peronista que encarna Sergio Massa, aunque es difícil ocultar que fue justamente su triunfo en los comicios bonaerenses de un año atrás el que clausuró el sueño de la re-reelección de la Señora, aquellas posturas trabajan con otros argumentos: se rebusca un poquito más atrás, para subrayar sus tiempos de oficialista prominente, como jefe del ANSES y como (fugaz) jefe de gabinete o –método favorito de la diputada Elisa Carrió- se lo descalifica imputándole vínculos con “el narcoestado”, una categoría formada casi exclusivamente por sucesivos adversarios de la volcánica chaqueña.
No-peronismo y anti-peronismo
Así, las inquietantes fantasías que advierten sobre una victoria “del gobierno” terminan siendo apenas embelecos y constituyen la forma que adopta, en quienes las proclaman, la irritación o el temor ante la posibilidad de que el fin del ciclo kirchnerista no abra la puerta a alguna modalidad del no-peronismo, sino a una nueva gestión peronista.
Es posible, por cierto, que, triunfante una de las corrientes de su matriz, el justicialismo cambie una vez más su piel y se adapte a una nueva etapa del país, aceptando el liderazgo que sancionen las urnas de octubre. Esa plasticidad es uno de sus rasgos distintivos. Perón preparó a su fuerza para no atarse a formalidades o dogmas rígidos, sino para adoptar “en cada momento la montura adecuada para cabalgar la evolución”. Habría entonces nuevo peronismo y nueva etapa, no repetición de lo mismo.
Hay que admitir que los sectores no-peronistas de la oposición están contribuyendo con su conducta a que se confirme el pronóstico que les disgusta. Al prepararse para enfrentar al justicialismo en cualquiera de sus variantes sosteniendo implícita o explícitamente que el adversario a enfrentar no es el kirchnerismo en particular, sino el peronismo en general, eligen un posicionamiento que, de potenciales socios de una victoria proyectada a una gran convergencia nacional, tiende a convertirlos en esquirlas más o menos voluminosas de un nuevo experimento reducido a lo testimonial. Se deslizan insensiblemente del no-peronismo al antiperonismo.
Si se ratifica esa concepción, se perjudica el conjunto: en el gran segmento del país que se dispersa en las distintas fuerzas no peronistas residen activamente valores y saberes que no merecen un destino de aislamiento e impotencia. Fuera de la órbita constructiva de una nueva convergencia nacional, de un nuevo sistema político, esos saberes y valores languidecen o se resienten (y se anclan en el resentimiento).
Confrontación y convergencia
El espectáculo ofrecido en las últimas semanas por los sectores agrupados en UNEN ilustra las tribulaciones que colocan a un amplio sector de la oposición a las puertas de la esterilidad y la disgregación. El radicalismo se debate entre un destino federativo, como familia de partidos provinciales y un culto nostálgico a la “propia identidad” concebida como mera herencia del pasado. En ambos casos (tanto como en el de algunos de sus socios mejor o peor avenidos) se observa un ensimismamiento autorreferencial que lo desenfoca de la preocupación práctica por el poder nacional, el que la sociedad en su conjunto debe construir para reencontrar su espacio en el mundo, re-generarse como comunidad y reconstruir el Estado.
La crisis que atraviesa el país tiene aristas económicas y de gestión, pero es principalmente política e institucional y la sociedad espera que sean los políticos los que le encuentren una solución. Esa solución no pasa por alimentar la confrontación, sino por sentar las bases de la unión, la justicia y el desarrollo. Agruparse en un espacio de afinidades ideológicas o partidarias no debería ser el último paso, sino un puente que facilite convergencias más abarcativas.
(*) Jorge Raventos. Periodista y analista político. Artículo publicado por Diana Ferraro en "Peronismo Libre" el 22 de Noviembre de 2014