domingo, 2 de noviembre de 2014

Se buscan golpistas y/o golpes de Estado

Por Carlos S. La Rosa (*)

Cada dos por tres el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner denuncia un intento de golpe de Estado que nunca ocurre, ni siquiera como conato. Pero pareciera que lo deseara.

Al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner para recibirse de bolivariano y revolucionario pleno a carta cabal, le falta un buen conato de golpe de Estado como el que le hizo la oposición en Venezuela a Hugo Chávez en sus primeros años o al ecuatoriano Rafael Correa cuando sus fuerzas policiales lo mantuvieron secuestrado por unas horas.
Eso da prestigio progre, pero -¡pobre!- por ahora no se le da, y eso que ya ha denunciado como una docena, pero ninguna resulta demasiado creíble. 
En la lógica neopopulista toda disidencia más o menos importante con alguna política oficial lo que pretende es desestabilizar, ya que al no existir enfrente adversarios sino enemigos, éstos últimos no tienen otra intención -siempre- que la de voltear al gobierno.
Así, todos en sus momentos tuvieron, según el kirchnerismo, intenciones golpistas. Bergoglio y su Iglesia antes de devenir Papa Francisco, la Mesa de Enlace del campo, el entonces vicepresidente Julio Cobos, los medios de comunicación críticos, la Justicia que se opuso a la reforma partidocrática de la misma, las fuerzas policiales que hicieron huelga, los caceroleros, los fondos buitres y en general todo lo que denominan fuerzas especulativas del mercado. 
A la oposición política, si bien no la consideran enteramente golpista, sí la ven como empleada de todas las corrientes y corporaciones citadas más arriba; por lo tanto, aunque no lo sean, están al servicio de los golpistas.
Por ende, nunca antes se habló tanto de golpismo como ahora. Hoy se habla de ello mucho más que cuando los golpes existían de verdad. Es porque, como dijimos recién, este gobierno siempre soñó con lo que nunca pudo obtener: un conato bien fallido para inscribirlo en su historia heroica. 
Sin embargo, esta democracia de ya más de 30 años, con sus muchas más deudas pendientes que logros efectivos, si hay algo de lo que puede enorgullecerse es de la estabilidad política, la cual ya es un dato objetivo de la realidad argentina que el relato se esfuerza desesperadamente en negar.
Las viejas facciones que nos llevaban a resolver nuestras contradicciones siempre rompiendo el sistema o el contrato constitucional, desde el 83 no existen más, aunque quizá más por cansancio histórico que por verdaderas síntesis.
No es esa la mejor forma de desaparecer porque siempre quedan secuelas internas prestas a ser convocadas por los aprendices de brujos, pero es mejor que vivir cotidianamente con ellas. 
En toda la historia argentina previa al inicio de esta etapa democrática, la política faccional fue la expresión de la realidad social argentina. Con el kirchnerismo es la primera vez que la facción no existe por abajo pero se la teatraliza por arriba, por necesidades subjetivas de la élite gobernante. Por eso todos los días vivimos de golpe en golpe, aunque nunca ocurra ninguno. 
Lo que pasa es que este gobierno, en vez de fortalecer la tendencia a la unidad nacional, quiere que renazca la división político-social porque en su ideología, sin enemigo (formal o real pero enemigo al fin, jamás adversario con el cual discutir democráticamente) no existe posibilidad de hacer política.
Y como nadie con algún tipo de poder en serio quiere resolver sus cuitas fuera del sistema, el oficialismo lo inventa, hace de la política un espectáculo absolutamente separado de la realidad social, donde todos viven conspirando frenéticamente en todo momento y en todo lugar, acá y en el resto del mundo para ver cómo acaban con el gobierno nac y pop. 
En vez de representar los intereses del pueblo, el Gobierno deja de ser representante para volverse meramente actor de un supuesto drama conspirativo y golpista que la gente común sólo mira por tevé, porque al no existir le es ajeno, salvo como entretenimiento ficcional.
Aunque cada vez aburren más de tan reiterativos que son estos pseudogolpes, de los cuales el jefe de gabinete, Jorge Capitanich, anuncia cuando menos uno por semana. 
En vez de demostrar que era posible avanzar como nunca antes se había avanzado, institucionalmente hablando, y que ya desapareció todo peligro de golpe, en vez de reconocer un logro de todos, el cristinismo prefirió llevar agua al molino de su facción clamando, rogando, provocando para que el país siguiera dividido como antes, aunque en realidad ya no lo estuviera.
Y eso que hicieron de todo para que apareciera dividido, logrando únicamente que estallara una aparatosa y artificial división entre las élites más politizadas y nadie más.
Un país que mantiene el sistema aun en los peores momentos de estos tiempos frenéticos y que es capaz de sumar su historia en vez de enfrentarla es un país que empieza a romper con la decadencia.
Cristina tuvo la oportunidad de coronar con ese relato subjetivo la objetividad de la historia, pero se negó rotundamente e inventó un relato contrario que conserva lo peor de nuestro pasado de enfrentamientos.
La desaparición del espíritu de facción en el seno del pueblo es una oportunidad propicia, que antes nunca tuvimos, para construir una historia que sume lo mejor de cada protagonista, de cada etapa e incluso lo mejor de cada corriente de interpretación, lo cual no obsta para que en la investigación historiográfica se analice en detalle toda la realidad de divisiones con que efectivamente mal convivió la Nación Argentina durante más de ciento setenta años. 
Hoy no es que hayan desaparecido los conflictos sino que ya no se expresan mediante blancos y negros rotundos, maniqueos, con la mitad de un lado y la otra del otro.
Actualmente tenemos una sociedad más despolitizada, es cierto, pero también más plural. Quizá haya que contribuir a una mayor politización de la misma para aumentar su participación y compromiso cívicos, pero ello no debe hacerse a la vieja usanza, cuando la política se confundía fácilmente con la violencia y la intolerancia. 
Tal vez éste sea el único y raro momento de nuestra historia en el que la sociedad se muestra tan poco dividida entre sí en términos políticos mientras la élite política hace exactamente lo contrario. También debe ser el único momento en que quien gobernó durante los últimos doce años está contento con intentar imponer esta división, aunque lo haya logrado sólo por arriba y no por abajo.
Por esa misma razón es que busca golpes, conspiraciones, desestabilizadores y destituyentes donde no los hay, donde hay simples diferencias políticas susceptibles en su inmensa mayoría de ser procesadas con las mecanismos normales de la institucionalidad republicana y democrática. 
Pero el gobierno quiere golpes, quizá porque sabe que no hay quién quiera darlos. Y no olvidemos que no existe nada más conveniente que ser víctima de enemigos imaginarios, que te victimizan sin dañarte.
(*) Carlos Salvador La Rosa clarosa@losandes.com.ar Periodista y analista político. Artículo publicado en "Los Andes" el 2 de Noviembre de 2014