martes, 2 de diciembre de 2014

El kirchnerismo se devora sus hijos

Por Carlos Salvador La Rosa (*)
Al kirchnerismo, desde el principio, se le ofreció servida en bandeja la oportunidad de apoyar y desarrollar fuerzas sociales que contribuyeran al crecimiento y desarrollo sostenidos del país, vale decir a que los logros del gobierno K una vez finalizado se continuaran en el tiempo a través de la sociedad civil.

Sin embargo, prefirió meramente gestar herencias estatales prebendarias como la juventud nucleada en La Cámpora y otras agrupaciones similares que dependen del presupuesto nacional y de la permanencia del kirchnerismo en el poder, al ser hijos de la burocracia pública, no de las fuerzas sociales reales que son las que a la postre importan. Veamos de quiénes hablamos.

La clase media rural
La primera expresión real de la sociedad en la era K surgió como efecto del aumento internacional del valor de las materias primas que nos otorgó nuevamente -como a principios del siglo XX- ventajas extraordinarias en el contexto mundial.

A partir de esa realidad externa, se conformó internamente una nueva camada de productores agrícolas tecnológicamente modernizados que dejaban de lado viejas diferencias políticas para adaptarse a un nuevo mapa productivo sustancialmente distinto al del pasado.

Un mapa donde la Federación Agraria y la Sociedad Rural se aproximaban incluso social y políticamente porque ambas instituciones representativas de diversos sectores del campo (y otras similares) tendían a unirse frente a los grandes pools internacionales que pasaban a desempeñar el papel que antes ocupaba la Sociedad Rural, mientras que tanto ésta como la Federación Agraria pasaban a expresar  la nueva clase media rural en sus diversas vertientes.

De haber existido una alianza estratégica, no política, en la que el gobierno nacional fomentara estas nuevas fuerzas sociales contribuyendo a su organización, hubiera servido para consolidar a largo plazo en el país el modelo “Rafaela” (esa comunidad ejemplo del nuevo desarrollo agrario) y permitido una expansión como nunca tuvimos de la agroindustria o del agro aliado a los servicios modernos.

Sin embargo, a partir de una lectura sectaria y anticuada de la realidad, el gobierno decidió que las nuevas organizaciones sociales de productores representaban al enemigo, como que la vieja Sociedad Rural hubiera cooptado y transformado en oligárquica a la Federación Agraria en vez de entender (como perfectamente entendieron los gobiernos de izquierda de Brasil y Uruguay) que estaba pasando todo lo contrario.

Una novedad histórica analizada con anteojos sectarios logró que el kirchnerismo se comiera a su primer hijo productivo.

En 2007, Cristina  ganaba su primer período presidencial con el apoyo irrestricto de la nueva clase media rural aparecida bajo la gestión de su marido. Sin embargo, a los pocos meses, le declaraba la guerra, que la conduciría a su fracaso legislativo de 2009.

La clase media urbana
En 2001-2 la tradicional clase media urbana argentina estalló por los aires, dejando de ser la clase hegemónica que había sido por décadas, y sus miembros pasaron en multitud a formar parte de los“empobrecidos”.

La reactivación del consumo durante la presidencia de Néstor, luego propiciada aún más por Cristina, hizo que esa clase media se fuera recuperando.

Ella constituyó el gran sostén del triunfo K de 2011 que consagró la reelección de Cristina de un modo apabullante (con un 54% de votos pero con una imagen positiva que a veces llegó a casi el 80% por la influencia cultural que tiene la clase media sobre el resto de los grupos sociales).

Sin embargo, bastó que eso ocurriera para que culturalmente el peronismo gobernante hiciera todo lo posible a fin de malquistarse con esa clase media urbana que había sido su sostén triunfal, como cuatro años antes fuera la clase media rural. 

Sostenida en una precaria y fosilizada idea populista se ocuparon sistemáticamente de herir toda la simbología de esa clase media, básicamente por su interés desesperado en la re-reelección que los llevó a hacer del país una especie de feudalismo “progre”, un caudillismo legitimado por ideas mal digeridas de la vieja izquierda.

El kirchnerismo, aún más en su versión cristinista, no tiene nada de peronismo obrero, sindical o de otros sectores populares. Por su conformación social y hasta por su ideología es un típico peronismo de clase media que debió (aprendiendo incluso de los errores del primer peronismo, el de Perón) cultivar su relación con dichos sectores.

Pero, en vez de eso, se dedicaron a reivindicar, como buenos, los malestares de los sectores marginales mientras repudiaban a la clase media por sus supuestos bienestares.

Decidieron constituirse -a partir del  relato- en un peronismo lumpenproletario y repudiar de un modo irracional e innecesario todas las formas culturales tradicionales de la clase media, a la cual acusaron de individualista, egoísta, antiperonista. Incluso uno de sus íconos culturales -Fito Páez- confesó que le daba asco (algo así como darse asco a sí mismo).
Todo ese tamaño desprecio oficial condujo a las grandes movilizaciones de nuestros indignados de clase media, que comenzaron con la del 13 de setiembre de 2012 y que junto a otras dos posteriores de colosal envergadura, acabaron con los sueños re-reeleccionistas y condujeron al cristinismo a la derrota legislativa de 2013. 

Así, mientras Brasil y Chile incorporaban millones de pobres a las nuevas clases medias, nosotros sólo recuperábamos a la que había sido destruida en 2001-2002, pero luego la insultábamos y menospreciábamos, impidiendo además que los nuevos sectores marginales de la pobreza se sumaran a ella.
Un malentendido fenomenal que en los momentos de locura total llevó a voceros oficialistas a idealizar la vida en las villas.

La Justicia
Si hubo un hecho institucional de envergadura durante el kirchnerismo fue la constitución de una Corte Suprema de Justicia independiente del resto de los poderes, como corresponde a una República.

Néstor Kirchner se dio el gusto de nombrar como jueces a personas representativas de las distintas variantes del progresismo pero de ellas ninguna era un militante suyo (con el tiempo uno solo acabaría siendo un apéndice del oficialismo). La Corte, como era de suponer, en su transcurrir, falló a favor o en contra del gobierno con una objetividad muy grande.

Pero, de a poco, el kirchnerismo se fue viendo complicado en distintos hechos de corrupción y frente a ello recurrió a una nueva teoría jurídica extraída del antiguo marxismo en sus versiones más vulgares: la de sostener que no existe la independencia ni la objetividad judiciales; que se está con el gobierno “popular” o se responde a las corporaciones económicas.

A partir de allí, Cristina se dedicó a partidizar a como diera lugar el Poder Judicial en vez de extender a toda su estructura el magnífico ejemplo de la Corte en los inicios K.

Desde hace ya un par de años estamos en esta nueva guerra iniciada por el gobierno y en estos momentos se encuentra en uno de sus capítulos más desaforados, más delirantes, más bananeros.

En síntesis, el mismo gobierno que, en sus orígenes, conformó o ayudó a conformar una nueva clase media rural, recuperó la clase media urbana e indicó un camino de institucionalidad republicana en la cúpula de la Justicia, con el tiempo se dedicó a negar sus propias creaciones, como un padre que devora a sus hijos. 

Imagínense el país que hoy tendríamos si las grandes fuerzas sociales nacionales, sumadas a una institucionalidad republicana en serio, hubieran sido las grandes aliadas del gobierno para transformar estratégicamente a la Argentina.

Pero no, el kirchnerismo -urgido por sus propias corrupciones e influido por un ideologismo faccioso- decidió pelearse con lo mejor de su propio tiempo histórico. Y así estamos.

(*) Carlos Salvador La Rosa. Periodista y analista político. Artículo publicado en Los Andes (MZA) el 30 de Noviembre de 2014