martes, 2 de diciembre de 2014

Impuestos, Lázaro y La Cámpora

Por Roberto Cachanosky (*)
Los k encontraron en Keynes la excusa ideal para transformar el país en una gran villa miseria

La semana pasada, Cristina Fernández afirmó que no se podían bajar los impuestos, ya sea subiendo el mínimo no imponible ni disminuyendo las retenciones al agro, porque hacían falta para financiar la obra pública y los planes sociales. La realidad es que no se sabe muy bien de qué obra públicas habla porque el sistema energético está colapsado, las rutas son un peligro, los ferrocarriles un atentado para la vida de la gente, los hospitales una lágrima y el listado sigue. Por el lado de los planes sociales, si luego de más de 10 años el estado necesita seguir manteniendo a los NI NI, la AUH y el resto de los 58 programas “sociales” que se manejan a nivel nacional, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la presidente está reconociendo implícitamente el fracaso de esta década dilapidada, porque la gente, luego de 10 años, no puede vivir del fruto de su trabajo sino que tiene que ser mantenida con el fruto del trabajo ajeno.
Un solo dato, entre 2002 y 2013 los ingresos tributarios a nivel nacional se incrementaron el 1.500% contra una inflación del orden del 500%, es decir, en términos reales la carga tributaria aumentó el 1.000 % aproximadamente. Ahora bien, esta feroz carga tributaria no afecta solamente a los productores de soja o las empresas en general. Esta fenomenal carga impositiva también impacta en el bolsillo de la gente que trabaja en relación de dependencia que no tiene sueldos gigantescos. Por eso la protesta de los sindicatos y el pedido de hasta los sindicatos afines al gobierno para que la gente no pague el impuesto a las ganancias sobre el aguinaldo a fin de año. Es que los aumentos nominales de salarios que recibe la gente son para compensar parte de la inflación. Como a esos aumentos el estado los considera mejoras salariales, terminan haciendo una carnicería impositiva, porque cobra más impuestos sobre salarios que están cayendo en términos reales.
Pero supongamos que no hay inflación y el gobierno aumenta la carga tributaria como la aumentó en todos estos años. Es falso que el aumento del gasto público genere un incremento del nivel de actividad como pretendió justificar Kicillof ante el desborde del déficit fiscal o como dice CF para sostener la obra pública y los planes sociales que, en rigor, no son otra cosa que clientelismo político. Todo el dinero que se le quita al sector privado vía impuestos es menos capacidad de consumo que tiene el sector privado, o menor capacidad de ahorro que luego se traduce en menos crédito para el consumo y la inversión, porque aunque al gobierno no le guste, el crédito no se imprime. Se genera vía el ahorro que no es otra cosa que sacrificar consumo presente por consumo futuro.
Si el aumento del gasto público, que en la era k ha sido fenomenal, se financia con más carga tributaria, no aumenta la demanda global, como dicen los keynesianos. La demanda total es la misma, lo que cambia es quién consume. En el modelo k, con esta presión impositiva, el cajero del banco, el empleado de comercio, el camionero, etc. consumen menos por los impuestos que pagan pero consumen más los que reciben esos impuestos bajo la forma de programas sociales u obras públicas, es decir, puede consumir  el militante de La Campora que consiguió un cargo público y puede consumir más Lázaro Báez o el que sea que reciba el dinero del contrato estatal. ¿Se entiende?
El problema adicional es que no solo no aumenta el nivel de actividad global con el mayor gasto público y la más elevada presión impositiva, sino que, además, los recursos están pésimamente asignados. La economía genera cada vez menos bienes físicos para ser consumidos (litros de leche, toneladas de carne, kilos de pan, etc.) pero con más gente consumiendo. No es que la plata no alcance, como comúnmente se dice, sino que los bienes no alcanzan para todos. Billetes de papel sobran. Lo que no sobra es pan, carne, trigo, leche, etc. porque el estado frena el proceso productivo. Lo desestimula con la carga impositiva. Espanta las inversiones con sus regulaciones, impuestos y arbitrariedades. Esto hace que, al no haber inversiones, no pueda crecer la capacidad de producción y falten bienes. Cada vez hay menos gente produciendo y más consumiendo sin producir.
Ahora, si el gobierno financia el aumento del gasto público con emisión monetaria, entonces liquida a la gente con el impuesto inflacionario. Lo dramático de la situación actual es que el gobierno está masacrando a la gente con el impuesto inflacionario y con los impuestos. Por es bueno recordar que la gente no solo paga el impuesto a las ganancias. También paga otros impuestos como el IVA, bienes personales, etc. más los impuestos provinciales y las tasas municipales.
La otra opción es financiar el aumento del gasto colocando bonos que compren los ahorristas japoneses, italianos, ingleses, alemanes o norteamericanos. En ese caso, en el corto plazo, el estado puede gastar más sin quitarle poder de compra al contribuyente, pero en el largo plazo habrá que pagar esa deuda más los intereses y es ahí cuando cae la demanda de la gente. Eso ya lo hicieron este gobierno y los anteriores embocaron a los alemanes, japoneses, ingleses, norteamericanos, etc.
Y, finalmente, queda la deuda interna para financiar el aumento del gasto. Esto quiere decir que el estado sale a pedir prestado al mercado y desplaza al sector privado del mercado crediticio, sea para inversión o consumo, con lo cual contrae la demanda.
En definitiva, acá no hay magia. No es que el gasto público produzca la multiplicación de los peces y permita que la gente acceda a más bienes y servicios por arte de magia. El gasto público k en particular es un fenomenal despilfarro de recursos generador de vagos, corruptos y vivos que van a cantar que dan la vida por el modelo pero a cambio se llevan sus buenos sueldos por no hacer nada útil. Si a esto le agregamos los oscuros negocios de la obra pública, un fenomenal agujero por el cual se van miles de millones de dólares, no es que no se pueda bajar los impuestos por los planes sociales y la obra pública. No se pueden bajar los impuestos porque se acaban los recursos para el clientelismo político, los vivos de La Campora y la corrupción. Además de ser científicamente incorrecto afirmar que el aumento del gasto público genera más actividad, lo concreto es que los k encontraron en Keynes la excusa ideal para transformar el país en una gran villa miseria y, de paso, dar lugar a los casos de corrupción más resonantes de la historia argentina. Todo en nombre del gasto público.
(*) Roberto Cachanosky. Economista (UCA, 1980). Asesor económico y Director de "Economía para todos". Artículo publicado el 30 de Noviembre de 2014 en la Edición Nº 551