lunes, 15 de diciembre de 2014

Volver a Foja Cero

Por Gabriela Pousa (*)

Así es la Argentina, cuando creemos que algo está por terminar, una acrobacia política te demuestra que, en realidad, todo está por comenzar. No porque el kirchnerismo vaya a ganar la próxima elección presidencial sino por el estado en que dejan al país: sumido en un cambalache de atrocidades.

Elija por donde quiere empezar. Educación, salud, trabajo, seguridad, se hallan en emergencia, es decir revisten el carácter de urgente y de importante simultáneamente.

Sin embargo, para el gobierno nacional, el problema son ciertos jueces – ya sea por las causas en que les toca actuar, ya sea por la edad. Apenas un dato: Shimon Peres dirigió a Israel hasta el mes de julio pasado con 91 años. Y vale detenerse en este punto porque desde hace tiempo hemos perdido el concepto de “ancianidad”. Se lo equiparó al de senilidad, y la sinonimia no es real. Para muchos hoy un anciano es señal de inutilidad, en los tiempos apostólicos, sin embargo, era cada uno de los encargados de dirigir las Iglesias.

En este contexto también se polemiza sobre la renovación política con un cinismo fenomenal pues si se observa quienes son los referentes de los sectores con mayor posibilidad de asumir el poder, sacando escasas excepciones, las caras son las mismas de siempre, el marketing únicamente trata de que no se vean igual. Triste si a esta altura todavía nos pueden engañar. Cabría preguntar si el pueblo podrá descartar con su voto a quienes ya han gastado suelas en despachos de Balcarce 50. Aunque de diferente manera, todos colaboraron a la actual decadencia.

Por otra parte, ¿a Amado Boudou o a Mariano Recalde la juventud los torna más capaces? Seamos serios. Si se quiere sacar a alguien del medio porque molesta a los intereses personales de la Presidente, busquen otro cuento. Sería fantástico que alguno de los funcionarios del gobierno tuviese la lucidez del juez Carlos Fayt. El tiempo de la vida, la fecha de vencimiento, no se establece por decreto.

Pero regresemos al planteo inicial para demostrar como todo cuanto pensamos que va llegando al final, vuelve o deberá volver a comenzar.

En el año 2003 , Argentina se ubicó —junto con Uruguay y Chile— entre los países con mejores indicadores educativos de América Latina: menores índices de analfabetismo, mayor nivel de escolarización, acceso y permanencia en el sistema. Pasada la “década ganada”, el ranking del Programa de Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA), ubica a la Argentina en el puesto 59 casi en el extremo de los peores. La consultora Isonomia informa que unos 500.000 chicos dejan la secundaria cada año, un número no alcanzado durante anteriores administraciones.

Con respecto a la salud, la situación es igualmente grave. Según el catastro del año 2000, el país contaba con 153.065 camas disponibles en total. Ahora bien, la población argentina pasó de 32 millones en el año 90 a más de 40 millones en la actualidad, pero la cantidad de camas ha disminuido. Se han perdido unas 1.120 unidades en la “década ganada” no más. Así se explica la demora en cirugías programadas y se evidencia el desinterés oficial en infraestructura hospitalaria.

La extensión del análisis no coopera a seguir dando datos más alarmantes todavía. El espacio aminora el espanto.

En lo que a trabajo respecta, basta decir que a lo largo del año se destruyeron 288.000 empleos en negro. El modelo de inclusión hace agua por donde se lo vea. El mismísimo INDEC admitió un incremento de la tasa de desocupación, que pasó de 6,8 a 7,5% de la población activa en el año. Además, informó una caída en la tasa de empleo (medida sobre la población total) de 42,9 a 41,3%, y en el índice de actividad (personas que trabajan o buscan un puesto), de 46,1 a 44,7%.

Pero quizás lo más relevante sea la pérdida de la cultura del trabajo a causa de la falta de ejemplos, del clientelismo sin límite “justificado” para fines políticos, y de la desidia generalizada y alimentada por una dirigencia que da lástima.
Esta ausencia del concepto de esfuerzo está haciendo mella, diezmando generaciones enteras que asocian “progreso” con acumulación de electrodomésticos. ¿Cómo incentivar a un chico con el estudio cuando, a diario, se escucha hablar de enriquecimiento ilícito, de planes sociales, de subsidios? El modelo “Máximo Kirchner” proclama que es mejor una juventud que milita que una que va a estudiar.

En materia de seguridad ni siquiera es necesario dar estadísticas. Jamás la Argentina vivió un estado de violencia, impunidad y reducción del valor vida como el actual. Los ciudadanos salen a la calle sin la certeza de la vuelta al hogar. Adjudicar esta realidad a una cuestión meramente social no es justo. Desde la política no se ha hecho nada para solucionar el problema. Se forman comisiones, se relevan cúpulas en la policía, se decreta la emergencia pero seguimos teniendo “el muerto nuestro de cada día”. Para colmo de males, un delincuente goza de mayores derechos que un jubilado o un ciudadano que se levanta al alba para ir a trabajar.

Si abordamos el tema judicial, alcanza con un detalle para demostrar lo mal que se está. En época de nuestros padres, los jueces no eran figuras mediáticas ni habitués de la farándula. Hablaban a través de su sentencia, no en canales de televisión ni en emisoras radiales Para muchos podrá ser un progreso que un juez dé a conocer una causa determinada, o salga ante cámaras pero convengamos que Justicia sin eufemismos hubo cuando guardaban decoro y silencio. ¿Cómo se respeta a una autoridad descubierta en un prostíbulo?

En definitiva, si algún logro o avance hubo en los últimos tiempos, el kirchnerismo lo ha destruido o lo que es peor aún, lo ha infectado con sus manos y su actuar.

Los Kirchner llegaron para quebrar a la sociedad. Echaron ácido a heridas que estaban cicatrizando, fabricaron víctimas y victimarios, y se adjudicaron a sí mismos el rol de justicieros y redentores. Autoproclamados mártires y héroes, según la oportunidad, osaron posarse en los pedestales de próceres patrios que hasta ese entonces eran intachables.

Hoy los victimarios gozan de más respeto que las víctimas que han dejado. No hay culpas pero sí culpables y desde luego nunca son ellos, son los demás. Las jerarquías se abolieron en nombre de una falsa igualdad. Basta recordar el grotesco de un ministro de Educación saliendo a respaldar a alumnos tomando colegios porque querían manejar los precios del kiosco en los recreos.
Las elecciones en la Universidad de Buenos Aires mutaron en verdaderas batallas campales. Hasta conocimos en esta ignominia, decanos atrincherados en sus despachos. En síntesis, el país volvió a foja cero. Hay que hacerlo de nuevo. Creer que puede construirse sobre alguna de las bases que dejará el kirchnerismo es un mito.

Desde luego que no es normal que cada gobierno descarte lo hecho por su predecesor pero hemos llegado a un punto límite. Y acá a lo normal le han puesto también un cepo.

Por más que se estirpe el tumor, la metástasis es un hecho. La próxima administración deberá ser lo suficientemente inteligente como para darse cuenta que sin erradicar hasta el último germen de modelo kirchnerista (entendiendo éste como un sistemático uso de la mentira y falsedad) y volver a las fuentes, Argentina no será lo que alguna vez supo ser aunque la economía remonte o podamos comprar dólares.

(*) Gabriela Pousa es Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de “Perspectiva Políticas”. Artículo publicado el 14 de Diciembre de 2014