viernes, 27 de febrero de 2015

¿Tiene límites la confrontación?

Por Vicente Massot (*)

Si esta fuera una homilía destinada a pacificar los ánimos, de por si caldeados, que en este particular momento histórico del país divide a los argentinos, el pedido que habría que hacer y el consejo que convendría ofrecer estaría centrado en la virtud de la cordura. 

Pero es una crónica semanal respecto de cuanto sucede políticamente. Por lo tanto, si bien sería de desear que primase la cordura, la realidad indica otra cosa. Sobre todo cuando el conflicto que enfrenta, cada vez más, a dos polos ideológicos antagónicos, se analiza con base en los planes y expectativas del gobierno de Cristina Fernández.

El arco opositor, salvo excepciones sin demasiada importancia, se congregará en la plaza del Congreso para luego marchar en pos de la de Mayo; lo hará de manera pacífica. A nadie se le ocurriría —ni por asomo— recurrir a la violencia, en cualquiera de sus formas, para dirimir supremacías con el kirchnerismo. La ciudadanía que gestó en años pasados tantos cacerolazos, sin que hubiese que lamentar una sola víctima, repetirá dentro de algunas horas esa misma estrategia. Aunque en esta oportunidad la consigna es el silencio, como testimonio de respeto a Alberto Nisman.

Comparada la situación que vivimos con la de Venezuela, por ejemplo, lo que primero se echa de ver es que acá el grado de antagonismo no sólo es menos acusado que el vigente en la nación caribeña sino que, además, no hay un espíritu beligerante ni en la gente ni tampoco en la clase política enfrentada al kirchnerismo. Utilizar la fuerza como medio de lucha es algo impensado. Puede que, llegados a esta instancia, no haya la menor posibilidad de dar marcha atrás en punto a las diferencias que separan a ese arco del gobierno; pero nunca la contienda ha sido planteada como si fuese sin cuartel y sin clemencia.

En el kirchnerismo sucede algo diferente. Cristina Fernández se parece poco a su par venezolano, Nicolás Maduro, en cuanto a los medios que, de momento, está dispuesta a recurrir para vencer a sus adversarios y enemigos. En parte porque las Fuerzas Armadas y de Seguridad —degradadas entre nosotros hasta el hartazgo— no tienen vocación alguna de asumir el papel de brazo represor del régimen, como sí ocurre en Venezuela. 

En otras palabras: aunque la presidente quisiera no podría sacarlas a la calle. Pero hay una segunda razón a la cual es menester prestarle atención: si acaso en un rapto de inconciencia la viuda de Kirchner decidiese imitar a Maduro, convocaría a todos los demonios de la violencia, por ahora soterrados, que terminarían volviéndose en su contra.

Esto no significa que no lata en su fuero íntimo y en el de algunos de sus principales lugartenientes la sensación de que, si no escalan el conflicto, la relación de fuerzas que hoy les es claramente desfavorable podría empeorar. Dicho de otra manera: para retomar la iniciativa el kirchnerismo desea poner coto al “complot” que, producto de su febril imaginación, jura que se ha gestado en su contra y desea también hacerle sentir el peso del castigo a sus gestores. Solo que enfrenta un problema al cual, por ahora, no le ha hallado solución: no sabe cómo hacerlo. Tiene de su lado el aparato estatal y la voluntad de pasar al ataque, pero no atina a arbitrar los instrumentos para que su contraofensiva, por ponerle nombre, resulte exitosa.

Se encuentra, pues, en una verdadera encrucijada o si se prefiere —aunque no lo acepte— en un callejón sin salida. Al menos si no se baja de sus pujos hegemónicos y descarta obrar, de común acuerdo con el arco opositor, una transición ordenada. Clausurado el camino del entendimiento con sus adversarios, no tiene el oficialismo otra alternativa que repetir el libreto que sostuvo con éxito durante diez años, poco más o menos, aunque haya fracasado desde 2013 a la fecha: redoblar la apuesta hasta el final.

Antes tenía a su lado una justicia que, con honrosísimas excepciones, le era adicta. Ahora, en cambio, buena parte de la misma se le ha vuelto en su contra de una manera que era inimaginable dos años atrás. La decisión del fiscal Pollicita marcó un hito en la disputa y puso al descubierto la dimensión del desafío. Más allá de las componentes específicamente jurídicas del caso, piénsese por un instante lo que significa la imputación por encubrimiento a la presidente. Sobre todo en atención al grado de soberbia e impunidad que ha caracterizado el accionar de Cristina Fernández desde que ella ocupa el sillón de Rivadavia.

Antes podía soñar con ponerle una mordaza y reducir a su mínima expresión al grupo Clarín. Ahora ha tenido que archivar a perpetuidad ese plan y darse por vencida. Con la particularidad de que el pool de medios de difusión que —a través de los Garfunkel, Szpolski, Báez, López y otros— intentó forjar para defender sus políticas ha epilogado en un fracaso sonoro. Pagina 12, C5N, Tiempo Argentino, Miradas al Sur y 6, 7, 8 no hacen siquiera cosquillas a sus competidores.

Antes, y con entera razón, el kirchnerismo suponía que era imbatible en las urnas y que el dominio de las dos cámaras del Congreso Nacional le aseguraba el poder a perpetuidad. Ahora no sólo han perdido el dominio de la calle sino que saben que carecen de un delfín electoral de su riñón y el único al que pueden vestir y presentar en sociedad con alguna posibilidad de llegar a la segunda vuelta es Daniel Scioli, al cual detestan.

Antes estaban en condiciones de presentar un cuadro idílico de su gestión, al calor del viento de cola de la economía mundial y del precio de la soja. Ahora, cuando han quedado a la vista las consecuencias de haber tirado manteca al techo durante años, el relato oficial luce descarado y descascarado. La posibilidad de usar y abusar de la cadena oficial para cobijar con promesas la realidad —es decir, la inflación con recesión— ha quedado reducida a cero.
¿Qué hacer, entonces? Si la pregunta figurase en un relevamiento virtual y el encuestado fuese el gobierno, en la planilla debería anotarse el clásico “Ns/Nc”, porque lo cierto es que —puesto en el trance de decidir su derrotero en términos confrontativos— los K no saben qué camino tomar. Y, por lógica consecuencia, cuando no hay un rumbo claro se corre el serio riesgo de tirarse a la pileta sin medir los peligros de la decisión y sin calibrar debidamente los efectos contraproducentes que el paso dado podría ocasionar.

En este orden se inscribió la idea, fogoneada por un conjunto de radicalizados, de responder a la marcha en ciernes —que consideran una provocación conspirativa— con otra el mismo día. Al margen de que hoy el oficialismo tendría problemas de todo tipo para poner en las calles de la capital federal un número decoroso de militantes, existe una cuestión adicional que seguramente fue la que hizo primar la sensatez y descartarla: la posibilidad, nada remota, de que las dos marchas se cruzasen y se produjese un enfrentamiento difícil de controlar.

El proyecto recién citado existió. El siguiente, en cambio, hay quienes sostienen que está en carpeta, aunque es de verificación imposible: el escalamiento del conflicto que fogonea el kirchnerismo sería parte de un plan tendiente a imponer —en algún momento antes de las PASO— el estado de sitio e intentar, con base en los poderes extraordinarios que Cristina Fernández detentaría en tal caso, una suerte de golpe de timón para redefinir el calendario electoral. El rol que desempeñaría el general Milani y las Fuerzas Armadas y de Seguridad en semejante emergencia, de más está decir que sería de fundamental importancia.
Cuando el kirchnerismo llevaba las de ganar y efectivamente triunfaba en cualquier confrontación —contra quien fuese y en cualquier terreno electoral— no hubiera sido verosímil pensar algo así. Pero en las actuales circunstancias, al hallarse a la vuelta de la esquina el final del mandato y con un poder que se escurre entre las manos, cuanto entonces era inconcebible pasa a ser digno de consideración. Nada puede descartarse.


Imaginar qué puede pasar por la cabeza de una mujer emocionalmente perturbada y dada —como pocas— a fantasear complots e imaginar fuerzas todopoderosas que la acechan, es tarea en extremo difícil. Cabe la posibilidad de que su desmesura no sobrepase los límites actuales y que en los meses por venir el enfrentamiento no pase a mayores. Que no ceda ni la crispación ni el encono pero que el gobierno no intente un salto al vacío. Claro que cabe, también, imaginar un escenario en donde la cordura y la evaluación de daños no figurase en la agenda de las decisiones de la presidente. Hay momentos en que la distancia entre uno y otro escenario pareciera mínima. Hasta la próxima semana.

(*) Vicente Massot. Director de La Nueva Provincia de Bahía Blanca. Artículo publicado el 18 de Febrero de 2015

Fuente: Massot & Monteverde y Asoc.

De espías y espiados…

Por Gabriela Pousa (*)

Balcarce 50, Casa de Gobierno: todos se miran con recelo. La credibilidad de la sociedad en ellos ha muerto, pero también pereció la confianza interna que alguna vez tuvieran, suponiendo que fuese sincera.  Fingir es un verbo cotidiano en los despachos, la capacidad de inventiva para generar un nuevo capítulo del relato, y que al otro día los medios y la calle no se les rían, es el desafío más intrincado. Saben que están al limite pero no saben que hay del otro lado. 

Se consuelan y tranquilizan diciendo: “Nadie va preso en Argentina mientras se está en posesión de un cargo“. Es cierto, sin embargo, los almanaques vencen rápido. Diciembre está a la vuelta de la esquina. “Hay que empezar a salvarse porque después puede ser tarde”, es el pensamiento mancomunado de quienes merodean a la Jefe de Estado. 

Recuerdan nostálgicos los tiempos en que había algo capaz de frenar sospechas, denuncias, imputaciones, acusaciones que, en la confusión reinante, tienen sabor a caso cerrado, sentenciado. Extrañan los días en que la caja los salvaba de cualquier naufragio.

Con la caja distraían a la ciudadanía. Con la caja tuvieron contentos a los gobernadores de provincia, con la caja los intendentes y barones del conurbano eran siempre de la partida.

Hoy, la realidad es distinta. Con las arcas vacías la “amistad” termina. Están solos, el Frente para la Victoria es apenas un sello de goma. “La unión hace la fuerza”, y si algo escasea en Balcarce 50 es unidad. Consecuentemente, la debilidad hace mella. Están perdidos en el laberinto en que ellos mismos se han metido. Al rompecabezas le faltan piezas, no pueden ver la imagen completa.

Pero no hay nada nuevo, nada que la Presidente no supiera: desde las escuchas del fiscal Nisman hasta las fidelidades destruidas de los espías. Cristina podía hacerse la que no sabía o no querría saber porque las consecuencias, antes o después, se les vendrían encima. Como sea, debió saber. Pero dejó hacer. Fue cómplice o no cumplió con los deberes de la función pública. Nada la absuelve, por el contrario. 

La soberbia no le permitió rodearse de asesores probos, prefirió a los obsecuentes. La mediocracia se instaló esparciéndose por los cuatro puntos cardinales. Hoy, los manotazos de ahogado que vienen dando están dejando demasiados ahogados. Del baúl de los lugares comunes, del arcón de emergencia, saca la vieja fórmula: “yo o el caos” pero entonces se da cuenta que no hay disyuntiva. El caos es ella.  

Está atrapada en si misma, ya está entre rejas aunque no sean estas las que se ven en una penitenciaría. Esposada a sus circunstancias, no encuentra la llave para emprender su huída. Argentina sufre y va a sufrir la furia de esa impotencia y perfidia.

Dibuja y desdibuja un mapa con las posibles salidas pero ninguna la convence en demasía. Quedarse hace mucho dejó de ser opción. Pese a hallarse en un atolladero, sigue disfrutando de algo que a esta altura debiera ser impensado: marcar la agenda, y así establece la polémica de sobremesa. 

Desde hace unos días solo se habla de “golpe” como si se tratara de naderías. Volvemos a comprobarlo: no se ha aprendido lo suficiente del pasado. Ya nos habían inculcado vocablos vencidos. Ahora, la derecha y la izquierda son moneda corriente aunque nadie sepa donde está parado. El gobierno quedó sin identidad: lo corren por uno u otro lado, lo mismo da.

El golpe tal como se concibiera antaño es una utopía pero sirve a un fin: que no se hable del fiscal muerto, que la inflación siga solapada por escándalos, y la inseguridad cotidiana no ocupe tanto espacio en los diarios.  Así como la Justicia es un concepto sin gradación – no puede haber mucha o poca justicia, la hay o no -, el golpe duro o blando no es sino una trampa, un recurso gramatical del que se vale la Presidente para justificar lo injustificable. 

Pese a estar en una órbita distinta a la de la gente, Cristina sabe cómo reacciona esta según los temas preeminentes. Supo el efecto que lograría con el vestido negro, el luto prolongado, y la puesta en escena de un velatorio donde se cerró el cajón para que el muerto no opaque su rol. Supo manejar la lágrima, la salud, la enfermedad y la recuperación en el momento indicado. Puede volver a sufrir una recaída si la ocasión lo amerita.

Aún así, parece que por momentos se les sueltan las riendas. Salen con los tapones de punta descubriendo América. Y ya a nadie le interesa. No despierta ni sorpresa. A los ciudadanos no los desvela Jaime Stiuso ni tendrán en cuenta, a la hora de votar, el contrabando que se le adjudica después de doce años de ayudas mutuas. Stiuso fue hasta ayer un funcionario dependiente de la Presidencia. Si no sabían qué hacía, la responsabilidad política les cabe por ineficiencia e inercia, así como le cupo a Anibal Ibarra la tragedia de Cromagnon. Por acto u omisión.

Pero qué pasa, podemos ver que Ibarra sigue como si nada, opina, y hasta se postula. Ni por vergüenza dejó la vida publica. Este es el mejor ejemplo para entender por qué toda esta trama de espionaje y denuncias es una novela del mismo guionista que escribió el relato oficialista. 

Pasará como pasa todo en Argentina. Nadie hablará de más, nadie elevará el dedo acusador sin acuerdos previos con el enemigo que hasta hace un rato era un socio, porque los negocios – como los sueños – fueron compartidos.

No habrá golpe blando, duro, auto infringido, foráneo, ni de ningún tipo. El golpe fue elegido para hacernos perder tiempo, algo que sabemos hacer perfecto. Cristina es necia pero no masca vidrio aunque de pronto parece estar tentada a hacerlo.

Los negociados de Stiuso no tapan los suyosNo hay “nenes de pecho” en este cuento. No hay bueno que viene a salvarnos en la película, a tal punto son todos malos que el final es tan predecible como el quién pagará el costo de esta guerra tan grotesca.

Alberto Nisman se llevó a la tumba el nombre de su sicario. Si salió del lado del gobierno, del de Stiuso o de un iraní que estaba de paso, no cambia el escenario porque el fiscal debía estar custodiado. Y de eso se ocupaba el Poder Ejecutivo. Lo hizo mal o no lo hizo. Lo demás es el tinte que le otorga el género al film que estamos viendo.

No es ciencia ficción porque la sangre no es tinta de color. Es drama, y es terror porque se deduce que la vida no vale un peso. Después de más de un mes, la fiscal cita a quien dijo que Nisman murió víctima de un ataque de celos. Hay que estar muy enfermos…

Finalmente, denunciantes, denunciados, espías y espiados estarán dentro de la misma bolsa cuando por implosión todo se acabe, y deje apenas una página negra en los anales. Tanto dar vueltas para morderse la cola, terminarán clavándose los colmillos hasta el último suspiro. 

Y la gente… La gente ajena, atónita, tratando de salvar su propia honra.

(*) Gabriela Pousa. Analista Política en Medios, Licenciada en Comunicación Social y Periodismo (Universidad del Salvador), Analista Política y Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Directora de “Perspectiva Políticas”. Artículo publicado el 27 de Febrero de 2015

              

Economía en una lección

Por Alberto Benegas Lynch (h) (*)

Este es el best-seller de uno de los tantos libros escritos por Henry Hazlitt, un autor sumamente prolífico y notablemente didáctico. Sus obras más conocidas, además de La economía en una lección que se ha traducido a varios idiomas con abultadas y reiteradas ediciones (la última en castellano por Unión Editorial de Madrid) se destacan Fundamentos de la moralidad traducida al castellano por el argentino Centro de Estudios sobre la Libertad junto con la Fundación de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires y Los errores de la “nueva” economía traducida por la española Ediciones Aguilar, donde este autor estudia y critica línea por línea el trabajo más conocido de Keynes.
Hazlitt fue el predecesor de Milton Friedman en sus colaboraciones semanales durante años en Newsweek, también publicaba regularmente en el Wall Street Journal y fue miembro del Consejo Editorial de The New York Times,asimismo fue cofundador de la Mont Pelerin Society y enseñó en centros educativos estadounidenses, latinoamericanos y europeos. En oportunidad de sus 70 años fue agasajado por reconocidos profesores y periodistas en el New York University Club, ocasión en la que enfatizó el peligro del “crecimiento canceroso en el poder del estado”. Visitó Buenos Aires invitado por mi padre en 1960 donde pronunció conferencias en diversos foros las cuales tuvieron amplia repercusión en medios locales.
En esta oportunidad nos concentraremos en la primera de las obras mencionadas e insertas en el título de esta nota periodística. Es un libro escrito para todo público (por eso fue best-seller en varias lenguas) pero con recetas mucho más fértiles que buena parte de los mamotretos incoherentes fabricados por supuestos economistas. Abre el libro aseverando que “la economía se halla asediada por mayor número de sofismas que cualquier otra disciplina cultivada por el hombre”. En el libro de marras Hazlitt pasa revista a las falacias más comunes generalmente desarrolladas por economistas profesionales que han mamado conceptos absurdos y contradictorios que mucho daño hacen a la gente, especialmente a los más necesitados.
Comienza por subrayar la importancia de mirar no solo lo que se ve a primera vista sino todos los efectos que en definitiva tienen lugar, evitando así escindirlos del análisis. Por ejemplo, la redistribución de ingresos: si se circunscribe el análisis a los beneficios que recibe el redistribuido no de verán los efectos negativos que se generan debido a los cambios en la asignación de los siempre escasos factores de producción que al desviarse de lo eficiente produce contracción en los salarios de todos. Se ven las instalaciones fastuosas de esta o aquella empresa estatal pero no se ven las abstenciones en la adquisición de otros bienes y servicios deseados por la comunidad al establecerse y como no se puede hacer todo al mismo tiempo, la alteración en las prioridades perjudica a los consumidores y reduce sus niveles de vida.
Estudia con detenimiento la falacia de que las obras públicas estimulan el empleo sin ver que hay un desvío fatal desde el sector privado al público con lo que se impone compulsivamente trabajo en el área del aparato estatal en detrimento de lo requerido en el mercado. Explica los graves inconvenientes de los créditos gubernamentales con dineros de la gente, los cuales se otorgan en condiciones que nunca hubiera concedido la banca privada, situación que resulta antieconómica, es decir, se equivale a consumo de capital.
Alude a la inflación como un impuesto del que se hacen cargo principalmente los relativamente más pobres debido al impacto que reciben sobre sus magros ingresos y muestra la exclusiva responsabilidad de los aparatos estatales en esta maniobra fraudulenta a pesar de que los gobiernos intentan distraer la atención del foco del mal sobre las espaldas de los comerciantes que se ven obligados a elevar precios en términos nominales debido a la degradación del signo monetario.
Se refiere a la trascendencia del ahorro como ingreso no consumido destinado siempre a la inversión, lo cual permite incrementar la productividad y así consumir más y mejor. Esto lo contrasta con la falacia de anteponer el consumo como si fuera la panacea sin percatarse del principio elemental que no resulta posible consumir lo que no se produce y la producción depende de las tasas de inversión.
Dedica mucho espacio a la consideración del significado del sistema de precios como elemento coordinador indispensable para conocer que es lo que necesita la gente lo cual pone en evidencia con sus compras y abstenciones de comprar. Si luego de realizadas las consiguientes operaciones el gobierno establece precios, todas las previas indicaciones naturalmente se distorsionan con lo que el uso de recursos se aparta de los cometidos que habían sido indicados por los consumidores con lo que se genera desperdicio de recursos con el consiguiente deterioro en la situación de la gente. Se refiere a los reiterados fracasos de tales políticas y se sorprende que se sigan adoptando.
Pone al descubierto el sofisma referido a la supuesta importancia de exportar al tiempo que se restringen las importaciones sin percibir que lo primero es el costo en que debe incurrirse para lograr lo segundo, del mismo modo que nuestras ventas constituyen nuestros costos para poder adquirir lo que necesitamos. Si previamente no vendemos bienes o servicios no podremos comprar lo que requerimos. En un proceso libre el balance de pagos siempre se encuentra equilibrado puesto que si las exportaciones son menores a las importaciones la diferencia se financia con ingreso de capital. Para que esto pueda funcionar es menester que opere un tipo de cambio libre y no sujeto a las manipulaciones burocráticas que necesariamente distorsionan el comercio exterior.
En un capítulo titulado “El odio a la máquina”, nuestro autor señala las falacias implícitas en el argumento que sostiene que la tecnología produce desempleo en lugar de sostener que libra recursos humanos y materiales al efecto de poder encarar otras necesidades, lo cual no podía hacerse antes de la introducción de la nueva tecnología precisamente porque estaban esterilizados en las faenas que ahora ayuda a producir la máquina. Y debe tenerse presente que no hay tal cosa como transiciones especiales en este contexto puesto que todo el proceso económico las transiciones son permanentes: cada uno de los comerciantes y sus empleados están permanentemente considerando cambios para mejorar y cada uno de esos cambios se traducen en transiciones. Para ilustrar la idea Hazlitt se refiere al caso del invento de las máquinas para el hilado de algodón, tarea que antes se realizaba manualmente, sin embargo los hiladores manuales se ubicaron en otros trabajos y si hoy se liquidaran aquellas maquinarias no habría más empleo sino una caída en los salarios reales (del mismo modo que no es más productivo pescar a los cascotazos en lugar de hacerlo con una red de pescar).
En otra de las jugosas secciones del libro elabora sobre el rol de los beneficios y concluye que es fundamental como incentivo para la producción al efecto de que el comerciante los reciba si se adapta a los reclamos de sus congéneres y que incurra en quebrantos si se equivoca en sus decisiones. La cuantía de los mencionados beneficios depende de lo que los consumidores estimen conveniente, por ello es que resultan tan destructivos los impuestos a las ganancias en lugar de mantener la carga fiscal lo más neutra posible a las decisiones del mercado, es decir, de la gente.
Con una pluma directa y simple, el autor de este pequeño gran libro dirige su mirada al significado del progreso. Se trata de minimizar costos inútiles no de pretender un sistema perfecto, nada está al alcance de la perfección en el mundo terreno, como queda dicho, se trata de no poner palos en las ruedas y eso es precisamente lo que hacen los megalómanos, es decir, los que desde el poder consideran que poseen condiciones muy superiores al resto de los mortales, en otros términos los arrogantes y soberbios que con su entremetimiento en arreglos contractuales privados echan a perder todo la delicada e importante coordinación y con su tremenda ofuscación y ceguera generan miseria con sus siempre discursos altisonantes y guarangos en el sentido orteguiano de la expresión. Entonces Hazlitt observa el progreso como un proceso provocado por ámbitos abiertos en los que la creatividad desempeña un rol crucial y las mejoras en ingresos en términos reales con externalidades positivas que se deben a las tasas de capitalización que generan otros no como una consecuencia buscada sino al buscar la mejora personal de quienes hacen posible esas crecientes tasas. Cada uno persiguiendo su interés personal, en paz y en libertad hacen posible la mejora del prójimo puesto que para progresar deben satisfacer los intereses de terceros.
Cierro esta nota con una noticia que pone al descubierto el peligro de insistir por la senda estatista: el caso griego del que me ocupé en mi última columna semanal pero que ahora menciono desde otro ángulo. El nuevo ministro de finanzas –Yanis Varoufakis, declarado marxista- afirma que su país “está quebrado y es insolvente”, lenguaje que asusta a sus colegas de Bruselas y al FMI pero que es absolutamente correcto; el problema es que las medidas que se anuncian empeorarán en mucho la situación por más que se haya logrado extender el programa de ayuda. La situación actual está bien reflejada en el diseño lúgubre de un supuesto billete del euro fabricado por Stefanos.
(*) Alberto Benegas Lynch (h) es Presidente del Consejo Académico de Libertad y Progreso. Artículo publucado por "Punto de vista económico" el 27 de Febrero de 2015

Goodbye Cristina…goodbye??

Por Elena Valero Narváez (*)

“La Historia es el relato del progreso de la libertad humana” (Lord Acton)

Falta menos de un año para que el voto de los argentinos disponga un nuevo gobierno del cual dependerá la suerte de millones de personas.

A quién votar es la pregunta que se debiera responder con responsabilidad ciudadana. Los elegidos son los que decidirán si cambian el rumbo de ideas poco liberales, confusas e inconsistentes del actual gobierno. También serán los que resuelvan si gobernarán respetando la Constitución y la democracia.

En Argentina, como en otros países latinoamericanos, la Justicia padece de graves limitaciones porque ha estado sujeta a decisiones arbitrarias de presidentes con apoyo popular. Esto ha gravitado sobre el sistema capitalista que pretende afirmar sobre suelo firme la propiedad privada, sin la cual se coarta la acción  empresaria y con ello la producción y la productividad imprescindibles para el desarrollo económico.

Argentina necesita imperiosamente atraer inversiones, que no se trabe el motor de la economía y, también de la movilidad social a la que aspiran los sectores más necesitados de la sociedad.

Si se ha aprendido de los errores la política exterior debiera cambiar radicalmente orientándose a la amistad y cooperación con los países democráticos del Mundo, tal como lo hacen los países que progresan política, cultural y económicamente. Si se persigue la opción contraria, la cual reina en nuestro país, nos seguiremos atrasando no solamente en tecnología sino también en educación y calidad de trabajo.

Volver las cosas a su lugar es disminuir los controles del Estado sobre la sociedad civil con políticas que provoquen la creación de múltiples poderes externos al estado que viven y se desarrollan en ella.

En resumen: Deberíamos votar por el cambio que deje en el camino las ideas nacionalistas, fascistas y socialistas,  contenidas en el populismo, repetidas aún por muchos  periodistas, profesores, políticos e intelectuales. 

Valorizar la democracia liberal, permite vincular las necesidades y conflictos de la gente con el Estado y la Justicia. Con ello se puede normalizar las elecciones, permitiendo a su vez la expansión y fortalecimiento de los custodios del sistema de libertad que promueve la Ley Fundamental: los partidos, la opinión pública y el sector privado..

 El cambio está en proveernos de políticos de fuste que se afanen en tomar el pulso a la sociedad, reconociendo los problemas para tratar de solucionarlos, dentro de un orden constituido por normas que se basen en valores que respeten los derechos individuales, sin olvidar que la división de poderes nació para proteger a los ciudadanos del poder absolutista.

Desde el poder, se debiera educar para que los argentinos aprendamos a comprender y gozar la libertad. Este es el camino.

(*) Elena Valero Narváez. Periodista, historiadora y analista política.


Fuente: Comunicación personal de la autora

Los sindicatos docentes, ¿alguien se atreverá a enfrentarlos?

Por Edgardo Zablotsky (*)

Al igual que en años anteriores el próximo inicio de las clases conlleva la amenaza de paros docentes de no alcanzar un acuerdo en la paritaria del sector. Los días de clase perdidos en 2014 son una clara advertencia de la factibilidad de este hecho.
Esta nota no cuestiona el derecho de los docentes a gozar de un salario digno. Muchos buenos maestros cobran salarios que no se ajustan a su dedicación en uno de los trabajos de mayor relevancia en nuestra sociedad; pero también están los otros, quienes cobran salarios que no merecen. 


Es claro que para los líderes sindicales esto carece de importancia, testimonio de ello es la posición del Frente Gremial Bonaerense: "Consideramos que ningún maestro puede ganar menos de $ 7000 y además se debe contemplar una escala salarial según antigüedad y cargo jerárquico". Antigüedad, no mérito, un verdadero cáncer que enfrenta la educación argentina.


El pasado 14 de febrero The Economist publicó una interesante nota que resalta el costo de no enfrentar a los sindicatos docentes.


Imaginemos un trabajo donde el esfuerzo y la dedicación no tiene chances de verse reflejado en una mejora salarial o en posibilidades de promoción, y la desidia o la incompetencia no incrementa el riesgo de ser despedido. El salario es bajo, pero al menos las vacaciones son largas. ¿A quién es de esperar que atraiga este tipo de actividad? ¿A profesionales calificados y motivados o a aquellos únicamente interesados en cumplir con un horario? La respuesta es obvia.


Cambiar esta realidad implica eliminar las ventajas que aprecian los incompetentes, como la estabilidad laboral y la escala salarial basada en la antigüedad, e incentivar a los muchos docentes dedicados, motivados y calificados, mediante una escala salarial basada en la excelencia de su trabajo, no en su antigüedad. 


Pero como bien señala la nota de The Economist: "Enfrentando a cualquier reforma se encuentran, en casi todas partes, los sindicatos docentes. Su disposición a respaldar malos profesionales sobre los muchos buenos y motivados no debe ser subestimada". A modo de ejemplo, tiempo atrás en Washington se ofreció a los maestros un considerable incremento salarial a cambio de menor seguridad en el empleo. Como es de esperarse el sindicato docente se opuso tenazmente a la reforma.


El sindicato maximiza la cantidad de afiliados sin importarle su calidad. Los incentivos de los líderes sindicales no se encuentran alineados con los de los buenos maestros ni con los de los alumnos. ¿Alguien se atreverá a enfrentarlos? De no ser así el futuro de la educación argentina será peor que el presente.


La educación en nuestro país requiere una reforma de una magnitud similar a la generada por Sarmiento hace más de un siglo. Necesitamos un estadista, un loco, un fanático por la educación de sus conciudadanos, que decida enfrentar a los sindicatos en lugar de negociar con ellos, hipotecando el futuro de nuestros hijos. El real problema es que hoy parece una quimera el pretender hallarlo.


(*) Edgardo Zablotsky. Economista. Vicerector UCEMA. Artículo publicado en El Cronista el 25 de Febrero de 2015

Fuente: http://www.cronista.com/columnistas/Los-sindicatos-docentes-alguien-se-atrevera-a-enfrentarlos-20150225-0053.html

Si me hubieran dado pelota

Por José Benegas (*)

La humildad no sirve para nada en la Argentina, te pasan por arriba los Tognettis sin señales de vergüenza ni inhibición. Así que voy a ser un poco brutal y que le caiga mal a quién le caiga mal. Total, cuando uno es cuidadoso obtiene la misma cantidad o mayor de enemigos. Hace más tres años que insisto con que cuando un asaltante en un banco que tiene rehenes de repente se saca el antifaz, es señal de que piensa matar a los rehenes. El gobierno kirchnerista tomó muchas veces esa decisión como para que no nos diéramos cuenta de que no pensaba terminar su período de modo legal, y que ni siquiera podíamos imaginar un traspaso del mando normal. Desde la protección abierta a Boudou que significó que la señora a cargo nos comunicara, sacándose el antifaz, que ella era la jefa de la banda y que el estado era un estado kirchnerista y delictivo, ante lo cuál había que subordinarse.
¿Soy un genio? No, simplemente trato de no hacerme el completo idiota ante las evidencias, como hace una mayoría abrumadora de gente en el país del acomodo.
Por supuesto las respuestas de la misma gente que dejó que las cosas llegaran a dónde llegaron eran del tipo “tiene que terminar su mandato”. Un gobierno cuya norma es el crimen no tiene mandato. El mandato en una república, un mandato que pueda obligarnos, es exclusivamente, reitero, exclusivamente, legal. Esto es una limitación conceptual y no de hecho. No hay república no legal. Es decir, al mandato lo terminaron ellos hace muchos años. Ni siquiera es ratificable la voluntad delictiva de una mayoría, porque carece de los elementos esenciales para obligar a una minoría. Pero peor aún que el analfabetismo republicano que el sistema des-educativo logró implantar, es la miopía política de no ver lo que la conducta del gobierno significaba. Ahora lloran todos ante este presente en el que Nisman terminó muerto y las manifestaciones son tildadas de terrorismo, por parte de los que reivindican sus asesinatos del pasado como idealismo. Nunca importó que se pudiera llevar  a cabo un proceso de juicio político. Ni siquiera lo es ahora que les queda tan poco tiempo, lo importante es no conceder legitimidad al crimen. No se puede desear, menos en público, que la banda de Hotesur mande.
¿Se los dije? Si, se los dije quinientas veces, todos lo días, de lunes a viernes durante una hora y media. Se lo pregunté a cada entrevistado por meses: ¿Imagina usted una entrega regular y normal del mando por parte de esta gente? La respuesta más común era el silencio.
Nerón no se aununció, estos delincuentes si lo hicieron. Dan ganas de decir jódanse todos, pero hay demasiadas cosas que uno aprecia en juego. Sobre todo una minoría que no merece esto.  Chica, pero valiosa.
El asunto sigue siendo cómo se sobrevive a un asalto total al poder por parte de los que se sacaron el antifaz y en cada aparición confirman sus delitos, del modo más idiota posible porque saben que 1) No tienen defensa y 2) Ya no están en la etapa en la que les interese ser creídos, sino sólo temidos y obedecidos. Están intentando sembrar el terror antes de hacer cualquier cosa. Salvarse para siempre tal vez no sea una opción. Zafar de ésta tal vez tampoco. Incendiar Roma si la es y que nadie dude de que son capaces.
Por lo tanto en una emergencia uno se pone a tirar baldes de agua al incendio hasta con el ladrón que administra el consorcio. Si alguien quiere jugar al marketing, está desubicado desde el 2003, pero ahora, en estos meses, está sencillamente tan loco como creen que sólo ellos están. Los que están juntando fuerza electoral sirven. Los que están pensando en cómo reaccionar ante hechos consumados ilegales del estado criminal que comanda la señora kirchner, brillan por su ausencia. Se necesita que tengan poder, un blog no alcanza por supuesto. Los que están pensando en cómo enfrentar la denuncia internacional de lo que hagan también sirven y los que piensen en cómo deshacer el quebrantamiento de toda la legalidad, desde el Código Civil, a los de procedimientos y la Constitución, suman. También los que observen que no es legítimo imponer leyes contra el artículo 29 de la Constitución, ni simular un Congreso para tapar  una verdadera obediencia debida castrense y que, por lo tanto, deben anularse todos los actos de facto llevados a cabo por la banda, son indispensables. Todos juntos, mejor. Pensando y tirando la corrección política a la basura. La gente no la cree, por eso en sus marchas son mucho más claros que cualquiera que hable en público.
(*) José Benegas. Abogado, periodista y analista político. Artículo publicado en su blog personal "No me parece" el 25 de Febrero de 2015

martes, 24 de febrero de 2015

Descarrilamiento en la cuna de la democracia

Por Alberto Benegas Lynch (*)

En Grecia, más específicamente en Atenas, se considera comenzó a gestarse la idea de la democracia luego de un período de asfixiante tiranía de avasalladoras oligarquías, modificación que puede situarse primero con Solón, luego con Pericles y más tarde con el sustento filosófico socrático y, especialmente, aristotélico aunque con un criterio que Benjamin Constant definió como “la libertad de los antiguos”: con derecho a voto y participación en la Asamblea (Ecclesia) pero con facultades restringidas y limitaciones inaceptables para el espíritu libre, que a partir de los estudios de John Locke se convirtieron en lo que también Constant ha catalogado como “la libertad de los modernos”, es decir, más allá del derecho a voto (y no de todos en el caso ateniense) se enfatizaron los derechos individuales.
En cualquier caso, en esa así considerada “cuna” hoy se elige a un gobierno comunista. ¿Cómo fue posible que tuviera lugar ese derrotero macabro? La respuesta debe verse en la subestimación grosera de “la libertad de los modernos” y la sobreestimación de “la libertad de los antiguos” en un contexto de educación socialista-colectivista en la que fueron mermando las autonomías individuales y el estímulo al otorgamiento de poderes cada vez más engrosados del aparato estatal.
Ya he escrito antes en detalle sobre esta tragedia griega en cuanto a sus características político partidarias, ahora solo apunto al hecho de que el partido triunfante en las últimas elecciones -Syriza- se alía con la derecha, es decir, el partido Griegos Independientes. A muchos distraídos les puede llamar la atención esta cópula electoral de la izquierda con la derecha pero es lo natural: los socialismos apuntan al debilitamiento o a la eliminación de la propiedad privada, mientras que las derechas, a saber, los nacional-socialismos o fascismos atacan esa institución desde un flanco más disimulado pero más contundente: permiten el registro de la propiedad a manos particulares pero la usan y disponen desde las esferas gubernamentales con lo que el zarpazo final resulta mejor preparado. Esto último es lo que sucede actualmente en mayor o menor medida en buena parte del mundo desde los sistemas educativos a las políticas monetarias, fiscales, laborales y de comercio exterior en contextos de acentuados deterioros en los marcos institucionales.
Este contrabando atroz ha conducido al abandono de la idea de la democracia explicada por los Giovanni Sartori de nuestro tiempo para caer precipitadamente en la cleptocracia, es decir, el gobierno de los ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida, precisamente lo contrario de lo establecido por aquellas democracias en cuanto a la preservación de la vida, la libertad y la propiedad incrustada en los documentos del sistema para en definitiva ahora recortarla y circunscribirla al recuento de votos con lo que se mantiene que los Hitler y Chávez de los siglos veinte y veintiuno respectivamente y sus imitadores resulta que son baluartes de la democracia, lo cual constituye un grave insulto a la inteligencia y al sentido común.
Como tantas veces he puesto de manifiesto, dado que Hayek subraya en las primeras doce líneas de la primera edición de su Law, Legislation and Libertyque hasta el momento los esfuerzos del liberalismo clásico para contener al Leviatán han sido un completo fracaso, con urgencia deben abrirse debates al efecto de ponerle límites adicionales al poder político. Hayek mismo nos da el ejemplo sugiriendo vallas al Legislativo, Bruno Leoni lo hace para el Judicial y mucho antes que eso Montesquieu propone procedimientos aplicables al Ejecutivo aun no ensayados en la modernidad y el dúo Randolph y Gerry fundamentaron la idea del Triunvirato en la Asamblea Constituyente estadounidense. Como también he consignado, si estas ideas no se aceptaran deben pensarse en otras pero no quedarse de brazos cruzados asistiendo pasivamente al derrumbe de la democracia puesto que como ha apuntado Einstein, es irresponsable esperar resultados distintos adoptando idénticas recetas.
Sin duda, la manía del igualitarismo ha hecho estragos convirtiendo la noción clave de la igualdad ante la ley en la guillotina horizontal basada en la redistribución compulsiva de ingresos, lo cual contradice abiertamente las directivas de la gente en el supermercado y afines con sus compras y abstenciones de comprar, situación que inevitablemente conduce al consumo de capital que a su vez reduce salarios en términos reales ya que éstos proceden de las tasas de capitalización.
Y aquí viene una explicación de una de las razones políticas del derrumbe señalado. Por supuesto que, como queda dicho, los climas educativos y los marcos institucionales descuidados hacen de operación pinza para la degradación de la sociedad abierta, pero nos detenemos en uno de los conductos más expeditivos de tal deterioro y este consiste en la faena de conservadores, tarea tan bien explicada por el aludido premio Nobel Hayek en el capítulo titulado “¿Por qué no soy conservador?” de su libro Fundamentos de la libertad combinado con su obra Camino de servidumbre en el capítulo titulado “Por qué los peores se ponen a la cabeza”.
En el primer caso, este autor sostiene que los conservadores en última instancia están manejados por lo que sucede en las alas por parte de quienes mantienen ideas firmes que empujan a que aquellos acepten el corrimiento en el eje del debate por su “repugnancia a las ideas abstractas y la escasez de su imaginación”, es decir, los que rechazan andamiajes teóricos porque se creen “prácticos” sin percatarse que su “practicidad” consiste en recurrir a lo que otros establecen como “políticamente correcto” en grado creciente y, en el segundo caso, un sistema degradado incentiva a que el político se dirija a lo más bajo del común denominador lo cual genera una onda expansiva difícil de revertir.
El origen de la tradición conservadora nace después de la revolución inglesa de 1688. Los conservadores querían conservar los privilegios otorgados por la corona en oposición al espíritu de la revolución encabezada por Guillermo de Orange y María Estuardo basados en los antedichos principios en los que se sustentaron las concepciones lockeanas. La tradición conservadora pertenece más a la esfera política que a la intelectual y académica. En realidad cuando se solicitan nombres de intelectuales conservadores se suelen esgrimir los de Burke, Maculay, Tocqueville y Acton, pero ninguno de ellos se autodefinió como conservador sino que se consideraron liberales insertos en la línea whig.
El conservador muestra una inusitada reverencia por la autoridad mientras que el liberal siempre desconfía del poder. El conservador pretende sabelotodos en el gobierno a lo Platón, pero el liberal, a lo Popper, centra su atención en marcos institucionales que apunten a minimizar el daño que puede hacer el aparato estatal. El conservador es aprensivo respecto de los procesos abiertos de evolución cultural, mientras que el liberal acepta que la coordinación de infinidad de arreglos contractuales producen resultados que ninguna mente puede anticipar, y que el orden de mercado no es fruto del diseño ni del invento de mentes planificadoras. El conservador tiende a ser nacionalista- “proteccionista”, mientras que el liberal es cosmopolita-librecambista.
El conservador propone un sistema en el que se impongan sus valores personales, en cambio el liberal mantiene que el respeto recíproco incluye la posibilidad de que otros compartan principios muy distintos mientras no lesionen derechos de terceros. El conservador tiende a estar apegado al status quo en tanto que el liberal estima que el conocimiento es provisorio sujeto a refutaciones lo cual lo torna más afín a las novedades que presenta el progreso. El conservador suscribe alianzas entre el poder y la religión, mientras que el liberal la considera nociva. El conservador se inclina frente a “estadistas”, en cambio el liberal pretende despolitizar todo lo que sea posible y estimula los arreglos voluntarios: como queda dicho, hace de las instituciones su leitmotiv y no las personas que ocupan cargos públicos.
El ejemplo de Grecia ilustra lo perjudicial que son las políticas timoratas que pretenden estar en el medio del camino. El inicio del descarrilamiento viene de larga data, ahora se pone de manifiesto en forma brutal. Los conservadores griegos han aceptado instituciones y políticas que son básicamente estatistas con lo cual no han hecho más que acceder a las demandas socialistas y abrir así las compuertas de lo que finalmente sucedió. Incluso mintieron con las estadísticas para entrar en la Unión Europea (en una secuencia nefasta hasta su último presupuesto donde para atender cada maceta con plantas en la órbita oficial aparecían ocho jardineros en la nómina). Dicho también a título de ilustración, en el caso argentino aplica la preocupación: los conservadores en los años treinta abrieron las puertas al peronismo al establecer el control de cambios, la banca central , el impuesto progresivo y las juntas reguladoras (además de que Uriburu había anunciado una Constitución fascista que afortunadamente se pudo abortar).
(*) Alberto Benegas Lync (h) (*) es Presidente del Consejo Académico de Libertad y Progreso. Artículo publicado en "Punto de vista económico" el 24 de Febrero de 2015

Compromiso insuficiente

Por Alberto Medina Méndez (*)

El pensamiento mágico parece gobernar a la sociedad. Son muchos los ciudadanos que creen que ser parte de una movilización cívica, plantear reclamos aislados o manifestar públicamente su bronca, puede modificar la realidad. Como en la vida misma, nada importante se obtiene sin esfuerzo. Al menos no con reacciones espasmódicas o enojos fugaces.

La transformación estructural, esa que realmente debe venir para quedarse, requiere de una verdadera disciplina y una perseverancia a prueba de todo, poco habitual en sociedades como estas. Existe cierto correlato entre las fantasías en las que muchos individuos creen y su accionar cotidiano.  La mayoría de los ciudadanos están convencidos de que con un poco de honestidad por parte de los funcionarios y algo de sentido común, el país puede crecer vigorosamente y convertirse en un ejemplo para el mundo.

Esa leyenda no se condice con la realidad. Las naciones que han progresado, las sociedades que gozan hoy de un bienestar superior y condiciones de vida dignas de ser imitadas, han hecho un enorme esfuerzo.

No se consiguen esos éxitos con alquimia o simples giros irrelevantes. Para alcanzar metas ambiciosas se debe trabajar intensamente durante varias generaciones, y es posible que solo la última de ellas pueda finalmente disfrutar, al menos de una parte, del resultado del sacrificio de tantos otros.

No es tan difícil comprenderlo. Pero ese relato no seduce a casi nadie. La sociedad contemporánea pretende que en poco tiempo todo sea estupendo y piensa que aprovechará pronto los beneficios de esas políticas adecuadas.

Lo cierto es que con la impronta actual, el cambio siquiera se ha iniciado. Lo que viene después solo promete ser una versión atenuada de la vigente  nómina de políticas equivocadas, que encontrarán cierta sensatez respecto del presente, pero que están bastante lejos de ser las necesarias.

La clave tal vez radique en lo que la gente piensa. Si se sueña con prosperidad sin sacrificio, pues no se debe esperar otra cosa de los políticos, que promesas vacías, que ofrezcan al electorado "espejitos de colores".

Si realmente la gente aspira a modificar la realidad, habrá que asumir que resulta vital iniciar una etapa de mucho esfuerzo y que para eso habrá que trabajar duro, pero sobre todo, durante un prolongado tiempo, sin que los resultados se puedan visualizar con tanta claridad en el cortísimo plazo.

Solo con ese horizonte se puede emprender el camino, al menos si se pretende llegar a buen puerto. Todos los intentos de ir por el atajo de las soluciones fáciles han fracasado una tras otra y solo consiguieron reiterar frustraciones que quitaron fuerza, entusiasmo y hasta esperanza.

Para poder llevar adelante un esquema distinto, se necesita mucho más compromiso que el de hoy. Bastante más de lo que se ha visto hasta aquí. Es importante movilizarse, es valioso tener la actitud de reclamar frente a las injusticias y a la impunidad. Es muy saludable además reclamar por la verdad y la transparencia. Pero es definitivamente insuficiente.
El compromiso no puede traducirse en conductas aisladas. No al menos si el objetivo genuino es lograr reformas profundas. Mucha gente dice que no puede hacer más porque no tiene tiempo, porque sus obligaciones laborales no lo permiten o sus familias requieren mayor atención. Dicen entonces que no desean desviar energías hacia cuestiones como la política.

Esa posición individual es muy atendible, altamente razonable viniendo de personas que saben que no deben delegar cuestiones centrales de sus vidas en terceros. No menos cierto es que esa postura, de cierta indiferencia, de apatía cívica, de abulia ciudadana, no conduce a nada bueno.

Si ese argumento se valida, pues entonces habrá que resignarse. Creer que la dirigencia política puede actuar por sí misma, con seriedad y responsabilidad, bajo la orientación de conceptos abstractos y sin control ciudadano, es no comprender la esencia de la actividad política.

No alcanza con lo que se hace hoy. Hace falta mucho más que esto. Es tiempo de involucrarse con determinación. De lo contrario habrá que esperar que lo que ahora incomoda se perpetúe en el tiempo y hasta se profundice. Nada cambiará si cada ciudadano mañana hace lo mismo que ayer. Se requiere de una tarea reflexiva, absolutamente individual, con autocrítica. Sin ella será improbable que algo positivo ocurra. Albert Einstein solía decir que "si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo".

Existen muchas formas de participar. No solo hay un modo de hacer las cosas. Se puede integrar partidos políticos. Es un camino totalmente legítimo. Es posible que haya que meterse en el barro y la alternativa sea ser parte activa de ese grupo dispuesto a desenredar la madeja.

Pero también se pueden buscar otras variantes, como por ejemplo sumarse a organizaciones de la sociedad civil, siendo protagonista en instituciones que gravitan en el proceso de decisiones de la comunidad. Hasta es apropiado pensar en crear nuevas para completar el tablero. Se puede aportar trabajo, pero también tiempo y hasta dinero para que esas loables causas en las que cada uno cree, puedan avanzar sostenidamente.

La gama de posibilidades es casi infinita. Lo que es irrefutable es que si todo pasa por adherirse a una marcha cada tres meses, despotricar utilizando las redes sociales y enojarse en la mesa familiar, pues es bueno saber que ese camino no conduce a ninguna parte. Por triste que sea, por cruel que parezca, los hechos recientes solo confirman que todo seguirá girando en círculos y que el compromiso por ahora es insuficiente.

(*) Alberto Medina Méndez. Periodista y analista político.
albertomedinamendez@gmail.com
www.existeotrocamino.com

Fuente: Comunicación personal del autor