lunes, 2 de febrero de 2015

La profecía aún incumplida de Keynes

Por Eduardo Levy Yeyati (*)
El economista inglés John Maynard Keynes publicaba en 1931 un ensayo en el que decía que la Gran Depresión de esos años era consecuencia y preámbulo de una revolución tecnológica. En los siguientes 100 años, decía, la productividad y el ingreso se multiplicarían y podríamos satisfacer nuestras necesidades básicas trabajando sólo quince horas por semana, liberando tiempo libre para el ocio.
Ochenta años después, el ingreso se multiplicó más de lo que suponía Keynes, pero seguimos trabajando 40 horas. Es más: los que más ganan, más horas trabajan, en directa contradicción con la intuición económica de que, una vez saciado el consumo indispensable, descansaríamos.
Uno se ve tentado a asociar el mal pronóstico a las preferencias de su autor. Junto con Virginia Woolf y E. M. Forster, Keynes formó parte del grupo de Bloomsbury: escritores, filósofos y artistas ingleses que predicaban la premisa de G. E. Moore de que los objetivos en la vida eran el amor, la creación y el goce de la experiencia creativa, y la búsqueda del conocimiento. Tal vez nublado por este sesgo esteticista, Keynes habría incurrido en el error de asumir que el hombre se contentaría con satisfacer las necesidades básicas y eludiría el consumo suntuario, abrazando, dichoso, el ocio creativo o contemplativo.
Pero esta explicación histórica está lejos de aclarar el enigma de fondo: ¿por qué si somos cada vez más productivos no podemos trabajar menos? Simplificando, podemos dividir las respuestas en dos grupos: subjetivas y objetivas.

Como un buffet que alimenta el deseo de comer más allá del hambre, la aparición constante de nuevos artículos de consumo genera necesidades de consumo insospechadas para las cuales necesitamos ganar dinero. Si hace cien años trabajábamos para la comida y el techo, hoy trabajamos para el iPhone, el LCD y la 4x4. Así, subimos la vara de nuestras necesidades básicas y la del dinero necesario para satisfacerlas.
¿Qué viene primero: esta oferta cambiante de productos que nos sustraen del ocio o la aversión al ocio que nos empuja a consumir lo que sea? Invirtiendo el razonamiento anterior, uno podría pensar en el ociocomo ese objeto del deseo que, una vez consumido, reaparece metamorfoseado en objeto de consumo, para nunca satisfacerse.
Por otro lado, está el tabú del desempleo. La comparación con los demás, la cultura del trabajo, el estigma del desocupado son motores no económicos que pueden mantenernos en el mercado laboral más de lo necesario.¿Por qué el que no trabaja -sobre todo si es hombre- es visto como un vago o un animal raro? Parecer ocupado tiene su encanto en una sociedad en la que el que tiene demasiado tiempo libre es percibido como un perdedor. El ocio, una marca de clase en el siglo XIX (y en el grupo de Bloomsbury), hoy es mal visto en algunos círculos donde el agobio de tareas y reuniones es señal de status.
El reverso del tabú del desempleo es el valor social del trabajo. Dejemos de lado al trabajador obsesionado con salir de pobre que, una vez alcanzado el objetivo, descubre que le ha perdido el gusto al tiempo libre. Pensemos en cambio en el trabajo como realización, como integración social, y en los efectos devastadores del desempleo en el ánimo y la dinámica familiar. "La liberación de las masas por medio de la producción creó la vida privada, pero no nos dieron nada para llenarla", se quejaba, al borde de la locura, Moses Herzog en la novela homónima de Saul Bellow. "¿Qué hacemos en las 30 horas ganadas al trabajo en los últimos 150 años?", se preguntaba por Twitter Marc Rosen. Miramos televisión, se respondía, exhibiendo las estadísticas que muestran que en 2013 se vio un promedio de 26 horas por semana.
Tal vez este fracaso del tiempo libre se deba a que estamos formateados para el trabajo, privados del placer de "perder" el tiempo en paciente apreciación estética como soñaba Keynes, o simplemente haciendo algo distinto al trabajo pautado y remunerado, como mirar televisión o chatear en redes sociales o escribir este libro. Para algunos, como en la canción Heaven de Talking Heads, el nirvana del tiempo libre sin apremios ni obligaciones se parece demasiado a una versión del infierno.
¿Trabajamos de más o ganamos de menos? Más allá de especulaciones psicológicas, si le preguntamos a un trabajador por qué trabaja, lo más probable es que nos conteste: por el dinero. El salario promedio en la Argentina era de 11.000 pesos en septiembre de 2014. Si la jornada se redujera a la mitad, ajustando por productividad (es decir, por los menores tiempos muertos y la mayor felicidad del trabajador), el salario se ajustaría menos que proporcionalmente. Caería, por ejemplo, 40%, y el promedio bajaría a 6600 pesos. No es mucho.
El fracaso de la profecía keynesiana tiene su correlato en un problema de distribución, un aspecto notoriamente ausente en las obras del economista inglés. No todo lo que se gana en productividad vuelve al trabajador de la mano de mayores ingresos que le permitan reducir su carga laboral. La era de las máquinas ha multiplicado el ingreso pero empeorado la distribución. Trabajar quince horas implica ganar muy poco.
Este lado oscuro del progreso económico se relaciona con un fantasma que asoma cada vez que la ciencia levanta su cabeza: el de la dominación de las máquinas. No en el sentido explícito de la Skynet de Terminator, sino en uno mucho más sutil y persuasivo: el de la sustitución del trabajo humano por las máquinas.
El fin del trabajo, la inequidad del capitalismo digital, la hegemonía económica de los dueños de los factores de producción. Variantes todas del desempleo tecnológico que Keynes veía ya en 1930, pero como transición hacia otras formas de empleo, y más horas de ocio. Temores consistentes con la desigualdad secular que Picketty y colegas atribuyen a la mayor rentabilidad del capital concentrado.
Si una máquina puede hacer por 5 pesos el trabajo que una persona hace por 10 pesos, el trabajador puede trabajar por 5 pesos (recortar 50% su salario) o buscar otro trabajo. Por eso, la máquina que sustituye trabajo aumenta la productividad (y el ingreso del dueño de la máquina) pero reduce el salario (el ingreso del dueño del trabajo). Como pronosticaba el Nobel de Economía Wassily Leontief en 1983, "el rol de los humanos como insumo de la producción disminuirá como disminuyó hasta desaparecer el rol de los caballos en la producción agrícola con la introducción de los tractores". A medida que el trabajo pierde importancia como factor de la producción, cae la participación del trabajo en la distribución del producto, algo que en el mundo desarrollado viene sucediendo hace décadas.
El desplazamiento de trabajadores de calificación media en países desarrollados viene ocurriendo desde hace décadas, no sólo por la mudanza de puestos industriales a economías emergentes (la denostada globalización) sino también por la sustitución por la máquina. De hecho, la desaparición de empleos industriales no es privativa de países avanzados con salarios altos: desde 1996, el empleo industrial en China cayó aproximadamente un 25%, no muy lejos de la marca de economías desarrolladas. La globalización de empleos sería apenas una parada intermedia hacia la automatización.
Recapitulemos. Si para la mayoría, el despertador a las siete y la jornada de ocho horas (sin contar almuerzos ni traslados) son el paradigma del yugo, y el ocio continuo es una puerta a la depresión, ¿dónde está el término medio, el punto dulce de satisfacción?
De lo anterior surgen dos conclusiones claras. Sólo con una redistribución masiva del ingreso podríamos aspirar a las quince horas de Keynes. Pero una asignación universal no resolvería todos los aspectos psicológicos negativos de un potencial desempleo tecnológico. La respuesta posiblemente se encuentre a mitad de camino: una jornada reducida complementada por una asignación universal fondeada por impuestos progresivos a la renta concentrada. No tan lejos del sueño keynesiano.
Dicho todo lo anterior, bien puede ser que estemos atravesando una silenciosa transición. ¿No hay en el distanciamiento de la cultura del trabajo de las nuevas generaciones (la permanencia en casa de los padres, el estudio sin prisa, la rotación laboral) un principio de adaptación a una sociedad que recupera la apreciación del ocio? Los hijos del nuevo milenio, menos presionados por mostrarse ocupados, menos apurados por hacer carrera y formar familia, más desapegados al progreso económico, están mejor formateados para el tiempo libre, del mismo modo en que nosotros lo estuvimos para el trabajo. Tal vez en 20 años trabajen 20 horas desde la casa, o 6 meses al año. 20 años, justo a tiempo para validar la profecía de Keynes.
(*) Eduardo Levy Yeyati. Economista y escritor argentino. Ingeniero Civil de la Universidad de Buenos Aires y Doctor en Economía de la Universidad de Pennsylvania. Artículo publicado en La Nación el 2 de Febrero de 2015