domingo, 15 de febrero de 2015

Supervillanos y superhéroes cristinistas

Por Carlos Salvador La Rosa (*)


La única nota sensata de un gobierno desesperado y aterrado que se hace el malísimo para intentar ocultar sus profundos temores, la dio esta semana el senador Miguel Ángel Pichetto que, con un pequeño gesto, indicó el único camino posible que debería transitar el cristinismo para recuperar algo de tranquilidad en su transición hacia el adiós.
Fue cuando entregó a Luis D’Elía en la cuestión del pacto con Irán. Si bien no lo inculpó de haber armado el siniestro memorándum lo acusó de ser un patético personaje que se inventó todo por su marginalidad (un marginal que siempre se sentó en la primera fila de los aplaudidores de las alocuciones presidenciales).
Lo que Pichetto estaba diciendo es que hay que sacar cuanto antes a la presidenta de este enredo y para eso algún error hay que reconocer, en vez de seguir cerrándose más ante cada andanada de la Justicia, los medios o la oposición, acusando a estos reiteradamente de golpistas en un momento del país cuando nadie con poder real quiere que Cristina se vaya antes de diciembre. Por supuesto que la razonable propuesta de Pichetto cayó en saco roto dentro de un gobierno superado por las circunstancias.
Ocurre que el principal (y seguramente único) enemigo del oficialismo K es su propio relato. Cristina no está peleando contra enemigos efectivamente existentes sino contra los imaginados dentro de su narración política. Sin embargo, de tanto insistir en ellos, muchos de esos fantasmas han cobrado vida.
De la imaginación de Cristina pasaron a la realidad y hoy andan sueltos por la Argentina disfrazados de jueces, espías o periodistas tras una sola meta: destruir al gobierno nac y pop.
Es que dentro del relato de Cristina, ellos, los K, son nada más que el gobierno en lucha contra el Poder, el verdadero poder. No están donde están para conducir a la Nación entera sino únicamente para tener un lugar desde el cual poder poner a los suyos contra los “otros”. “Otros” que están diseminados en todos lados incluso dentro del mismo gobierno al modo de infiltrados o traidores.
Esa necesidad de contar con enemigos a su altura, o a la altura en la cual el gobierno considera estar, los llevó a inventar enemigos ultrapoderosos, muchísimos más poderosos que sus pares reales. 
Supervillanos. El enemigo mediático es parte de una sinarquía internacional que domina al mundo. En ese sentido Clarín y Cía son apenas una mera sucursal local del mal.
El enemigo judicial está compuesto, según explica en sus notas dominicales Horacio Verbitsky, por restos de la dictadura que se fueron apiñando en un Poder del Estado, el Judicial, aún no “democratizado”, cuyo poderío es inimaginable, máxime si se juntan con otros subterráneos heredados del proceso militar como los servicios de inteligencia que hasta ahora no parecían tan malos porque estaban a las órdenes del kirchnerismo, pero al haberse liberado de los buenos, los vemos entonces en toda su pura malignidad.
Los cristinistas han inflado todos los supuestos enemigos hasta hacerlos teóricamente invencibles. No son reales sino supervillanos, y ellos se creen superhéroes en guerra total contra desmesuras que justifican cualquier atropello o desprolijidad si de lo que se trata es de extirparlos de la democracia, a la cual no pertenece nadie más que el gobierno.
En esa imaginería oficial hasta los muertos (Nisman) son victimarios, incluso después de muertos, por eso se le niega el mínimo respeto formal a su condición de fallecido de alto rango institucional.
Ni qué hablar del imperio y sus aliados que, en el fondo, conducen a todos los demás en esta versión ultraconspiracionista de la vida que sólo viene siendo superada en ridículo por el Maduro venezolano.
Sólo hay un enemigo que no reviste en la categoría de supervillano: los opositores políticos, a los cuales se los trata al revés que los demás. Mientras que a jueces, medios o imperios se los sobreestima hasta la inmensidad, a la opo se la menosprecia hasta la humillación.
Pero ni aún así se salvan porque dentro del relato estos opositores con aún menos poder que el gobierno, se alían con el Poder en serio para enfrentar al gobierno popular y entonces devienen meros cachiches de los que manejan en serio la cosa. Por eso merecen ser despreciados, por compensar su debilidad vendiéndose al verdadero enemigo. 
Superhéroes. Dentro de su fantasmal interpretación de la realidad, frente a enemigos tan pero tan gigantescos, es necesario crear respuestas de igual magnitud; no se trata de quedarse en chiquitas porque si no, los malvados se quedarán con todo.
Por eso, ante villanos mediáticos de tan grande magnitud se necesita crear un delirante y superpoblado sitema de medios oficiales y paraoficiales donde infinidad de alcahuetes y delatores operen de periodistas para desprestigiar a los verdaderos.
Ante los jueces procesistas que convocan a fúnebres marchas de silencio en vez de hablar, cantar y reír como hace Cristina con los suyos en Casa de Gobierno (de qué se reirá es imposible saberlo), les oponen “justos legítimos” que proponen la elección partidaria de los magistrados para que ni siquiera ellos puedan estar fuera del control de los partidos políticos (mejor dicho, del único partido que ellos imaginan con autonomía del Poder: el partido del gobierno). Una superpoderosa Justicia Legítima que ha devenido en colosal bolsa de trabajo para abogados camporistas.
Para enfrentarse con los espías que echaron de la ex-Side crean su propia Side pero con los mismos espías que quedaron, a fin de que peleen contra los que se fueron, generando un caos de inteligencia donde todos han quedado liberados de hacer lo que les venga en ganas. Así, lo primero que hicieron es convertir la licencia para espiar en licencia para matar, y nadie puede asegurar que la usarán una sola vez.
Ya llegados a los extremos del delirio, para pelear contra el cruel imperio yanqui y los ajustadores europeos, no le quedó más remedio al gobierno nacional y popular que aliarse con China y Rusia, como antes de la primavera árabe intentara hacerlo con la Libia de Kadhafi o el Egipto de Mubarak, y hace poco nomás con el Irán de los ayatollas.
En síntesis, que estamos en serios problemas con un gobierno que ha creado sus propios enemigos y los intenta enfrentar con armadas brancaleones de seudoperiodistas; jueces absolutamente politizados en el sentido partidario del término; espías contra espías y, para colmo, imperios contra imperios, comprándonos como país conflictos internacionales sin comerla ni beberla.
Es que no es posible inventar un relato tan paranoico con el cual negar la realidad sin esperar que tarde o temprano el relato se rebele contra sus creadores y los supervillanos empiecen a reaccionar contra los superhéroes.  
Así, en un país donde los golpistas nostálgicos son menos que menos de una minoría, el gobierno nacional cree estar en guerra contra un país plagado de destituyentes. Y con ese delirio a cuestas se hace muy difícil gobernar una realidad que cada día se rebela más contra tal relato de fantasmas.

(*) Carlos Salvador La Rosa. Periodista y analista político. Artículo publicado en Los Andes el 15 de Febrero de 2015 clarosa@losandes.com.ar