viernes, 27 de febrero de 2015

¿Tiene límites la confrontación?

Por Vicente Massot (*)

Si esta fuera una homilía destinada a pacificar los ánimos, de por si caldeados, que en este particular momento histórico del país divide a los argentinos, el pedido que habría que hacer y el consejo que convendría ofrecer estaría centrado en la virtud de la cordura. 

Pero es una crónica semanal respecto de cuanto sucede políticamente. Por lo tanto, si bien sería de desear que primase la cordura, la realidad indica otra cosa. Sobre todo cuando el conflicto que enfrenta, cada vez más, a dos polos ideológicos antagónicos, se analiza con base en los planes y expectativas del gobierno de Cristina Fernández.

El arco opositor, salvo excepciones sin demasiada importancia, se congregará en la plaza del Congreso para luego marchar en pos de la de Mayo; lo hará de manera pacífica. A nadie se le ocurriría —ni por asomo— recurrir a la violencia, en cualquiera de sus formas, para dirimir supremacías con el kirchnerismo. La ciudadanía que gestó en años pasados tantos cacerolazos, sin que hubiese que lamentar una sola víctima, repetirá dentro de algunas horas esa misma estrategia. Aunque en esta oportunidad la consigna es el silencio, como testimonio de respeto a Alberto Nisman.

Comparada la situación que vivimos con la de Venezuela, por ejemplo, lo que primero se echa de ver es que acá el grado de antagonismo no sólo es menos acusado que el vigente en la nación caribeña sino que, además, no hay un espíritu beligerante ni en la gente ni tampoco en la clase política enfrentada al kirchnerismo. Utilizar la fuerza como medio de lucha es algo impensado. Puede que, llegados a esta instancia, no haya la menor posibilidad de dar marcha atrás en punto a las diferencias que separan a ese arco del gobierno; pero nunca la contienda ha sido planteada como si fuese sin cuartel y sin clemencia.

En el kirchnerismo sucede algo diferente. Cristina Fernández se parece poco a su par venezolano, Nicolás Maduro, en cuanto a los medios que, de momento, está dispuesta a recurrir para vencer a sus adversarios y enemigos. En parte porque las Fuerzas Armadas y de Seguridad —degradadas entre nosotros hasta el hartazgo— no tienen vocación alguna de asumir el papel de brazo represor del régimen, como sí ocurre en Venezuela. 

En otras palabras: aunque la presidente quisiera no podría sacarlas a la calle. Pero hay una segunda razón a la cual es menester prestarle atención: si acaso en un rapto de inconciencia la viuda de Kirchner decidiese imitar a Maduro, convocaría a todos los demonios de la violencia, por ahora soterrados, que terminarían volviéndose en su contra.

Esto no significa que no lata en su fuero íntimo y en el de algunos de sus principales lugartenientes la sensación de que, si no escalan el conflicto, la relación de fuerzas que hoy les es claramente desfavorable podría empeorar. Dicho de otra manera: para retomar la iniciativa el kirchnerismo desea poner coto al “complot” que, producto de su febril imaginación, jura que se ha gestado en su contra y desea también hacerle sentir el peso del castigo a sus gestores. Solo que enfrenta un problema al cual, por ahora, no le ha hallado solución: no sabe cómo hacerlo. Tiene de su lado el aparato estatal y la voluntad de pasar al ataque, pero no atina a arbitrar los instrumentos para que su contraofensiva, por ponerle nombre, resulte exitosa.

Se encuentra, pues, en una verdadera encrucijada o si se prefiere —aunque no lo acepte— en un callejón sin salida. Al menos si no se baja de sus pujos hegemónicos y descarta obrar, de común acuerdo con el arco opositor, una transición ordenada. Clausurado el camino del entendimiento con sus adversarios, no tiene el oficialismo otra alternativa que repetir el libreto que sostuvo con éxito durante diez años, poco más o menos, aunque haya fracasado desde 2013 a la fecha: redoblar la apuesta hasta el final.

Antes tenía a su lado una justicia que, con honrosísimas excepciones, le era adicta. Ahora, en cambio, buena parte de la misma se le ha vuelto en su contra de una manera que era inimaginable dos años atrás. La decisión del fiscal Pollicita marcó un hito en la disputa y puso al descubierto la dimensión del desafío. Más allá de las componentes específicamente jurídicas del caso, piénsese por un instante lo que significa la imputación por encubrimiento a la presidente. Sobre todo en atención al grado de soberbia e impunidad que ha caracterizado el accionar de Cristina Fernández desde que ella ocupa el sillón de Rivadavia.

Antes podía soñar con ponerle una mordaza y reducir a su mínima expresión al grupo Clarín. Ahora ha tenido que archivar a perpetuidad ese plan y darse por vencida. Con la particularidad de que el pool de medios de difusión que —a través de los Garfunkel, Szpolski, Báez, López y otros— intentó forjar para defender sus políticas ha epilogado en un fracaso sonoro. Pagina 12, C5N, Tiempo Argentino, Miradas al Sur y 6, 7, 8 no hacen siquiera cosquillas a sus competidores.

Antes, y con entera razón, el kirchnerismo suponía que era imbatible en las urnas y que el dominio de las dos cámaras del Congreso Nacional le aseguraba el poder a perpetuidad. Ahora no sólo han perdido el dominio de la calle sino que saben que carecen de un delfín electoral de su riñón y el único al que pueden vestir y presentar en sociedad con alguna posibilidad de llegar a la segunda vuelta es Daniel Scioli, al cual detestan.

Antes estaban en condiciones de presentar un cuadro idílico de su gestión, al calor del viento de cola de la economía mundial y del precio de la soja. Ahora, cuando han quedado a la vista las consecuencias de haber tirado manteca al techo durante años, el relato oficial luce descarado y descascarado. La posibilidad de usar y abusar de la cadena oficial para cobijar con promesas la realidad —es decir, la inflación con recesión— ha quedado reducida a cero.
¿Qué hacer, entonces? Si la pregunta figurase en un relevamiento virtual y el encuestado fuese el gobierno, en la planilla debería anotarse el clásico “Ns/Nc”, porque lo cierto es que —puesto en el trance de decidir su derrotero en términos confrontativos— los K no saben qué camino tomar. Y, por lógica consecuencia, cuando no hay un rumbo claro se corre el serio riesgo de tirarse a la pileta sin medir los peligros de la decisión y sin calibrar debidamente los efectos contraproducentes que el paso dado podría ocasionar.

En este orden se inscribió la idea, fogoneada por un conjunto de radicalizados, de responder a la marcha en ciernes —que consideran una provocación conspirativa— con otra el mismo día. Al margen de que hoy el oficialismo tendría problemas de todo tipo para poner en las calles de la capital federal un número decoroso de militantes, existe una cuestión adicional que seguramente fue la que hizo primar la sensatez y descartarla: la posibilidad, nada remota, de que las dos marchas se cruzasen y se produjese un enfrentamiento difícil de controlar.

El proyecto recién citado existió. El siguiente, en cambio, hay quienes sostienen que está en carpeta, aunque es de verificación imposible: el escalamiento del conflicto que fogonea el kirchnerismo sería parte de un plan tendiente a imponer —en algún momento antes de las PASO— el estado de sitio e intentar, con base en los poderes extraordinarios que Cristina Fernández detentaría en tal caso, una suerte de golpe de timón para redefinir el calendario electoral. El rol que desempeñaría el general Milani y las Fuerzas Armadas y de Seguridad en semejante emergencia, de más está decir que sería de fundamental importancia.
Cuando el kirchnerismo llevaba las de ganar y efectivamente triunfaba en cualquier confrontación —contra quien fuese y en cualquier terreno electoral— no hubiera sido verosímil pensar algo así. Pero en las actuales circunstancias, al hallarse a la vuelta de la esquina el final del mandato y con un poder que se escurre entre las manos, cuanto entonces era inconcebible pasa a ser digno de consideración. Nada puede descartarse.


Imaginar qué puede pasar por la cabeza de una mujer emocionalmente perturbada y dada —como pocas— a fantasear complots e imaginar fuerzas todopoderosas que la acechan, es tarea en extremo difícil. Cabe la posibilidad de que su desmesura no sobrepase los límites actuales y que en los meses por venir el enfrentamiento no pase a mayores. Que no ceda ni la crispación ni el encono pero que el gobierno no intente un salto al vacío. Claro que cabe, también, imaginar un escenario en donde la cordura y la evaluación de daños no figurase en la agenda de las decisiones de la presidente. Hay momentos en que la distancia entre uno y otro escenario pareciera mínima. Hasta la próxima semana.

(*) Vicente Massot. Director de La Nueva Provincia de Bahía Blanca. Artículo publicado el 18 de Febrero de 2015

Fuente: Massot & Monteverde y Asoc.