jueves, 19 de febrero de 2015

Una brecha irreparable con la sociedad

Por Eduardo Van Der Kooy (*)
Mucho mas que 90 kilómetros separaron ayer a Zárate del Congreso Nacional. En aquella ciudad bonaerense Cristina Fernández forzó un acto por cadena nacional, al inaugurar por tercera vez la Central Atucha II, para comunicarse sólo con sus fanatizados. Delante del Parlamento arrancó una multitudinaria y acongojada marcha de homenaje al fiscal Alberto Nisman que concluyó en la Plaza de Mayo. Resultó una manifestación pluralista, bajo la lupa ideológica y popular. Que supo soportar las condiciones climáticas mas incómodas. Nunca en estos últimos siete años, al menos, el kirchnerismo advirtió la existencia de una brecha tan enorme con la sociedad.
Ya casi no contaría con tiempo para suturarla.
Tampoco habría a la vista voluntad. Jamás la Presidenta retrocedió ante las interpelaciones sociales. Néstor Kirchner lo hizo sólo una vez, cuando todavía se sentía débil. Fue en ocasión que las muchedumbres ganaron las calles en el 2004 por el crimen de Axel, el hijo de Juan Carlos Blumberg. Después llegó el conflicto con el campo y los sucesivos cacerolazos, a partir del 2012. La mandataria los desoyó y acostumbró a duplicar sus apuestas. Exhibió un claro menosprecio por aquellos enojados. Lo mismo que ahora, a raíz de la misteriosa muerte del fiscal.
Aquella ajenidad presidencial se tornó muchísimo mas intensa por las imagines que se desprendieron de la marcha y del silencio. Las calles del centro, entre el Congreso y la Casa Rosada, colapsadas. La gente empapada, inclaudicable y exigente. Pero sobre todo, la presencia sobria y temperante de la jueza Sandra Arroyo Salgado, la ex esposa del fiscal muerto, de sus hijas y de la madre de la víctima, Sara Garfunkel. Esa familia estragada por el dolor fue ignorada desde el primer día por Cristina y su tropa.
El homenaje al fiscal tuvo en el suelo porteño uno de sus grandes escenarios. Sin dudas, el principal con casi 400 mil personas, según evaluaciones de la Policía Metropolitana. Pero hubo réplicas masivas en puntos del conurbano norte y en grandes capitales provinciales. El Gobierno podría equivocarse muy feo de nuevo si, como en otras ocasiones, circunscribiera las concentraciones de ayer sólo a tipificaciones sociales, políticas o partidarias. Con esa visión, Cristina y el kirchnerismo se fueron, sobre todo a partir del 2011, encerrando en una cápsula.
El impacto de las marchas podría interpretarse en diferentes dimensiones. Hubo en toda la superficie un cuestionamiento a la Presidenta y su gobierno. Aunque fue difícil escuchar algún exabrupto. Pero se advirtió, a la par, un sentido de revalorización de la Justicia. Como si se depositara en ese poder, antes que en el Gobierno, en el Congreso o los partidos, la posibilidad de recomponer ciertos pilares de la democracia, corroídos en esta década.
Dentro del Poder Judicial, los fiscales que tomaron la iniciativa –mas allá de antecedentes y cuestiones personales–evidenciaron una sensibilidad mayor a los demás. Por tres motivos. Primero: la gravedad de la muerte de Nisman, el fiscal que había denunciado a Cristina y compañía por presunto encubrimiento terrorista por el atentado de 1994 en la AMIA, que dejó 85 muertos. Segundo: el perceptible hartazgo colectivo por el desempeño de ese mismo poder, ligado quizás antes a la inseguridad que a otras cosas. Tercero: la necesidad perentoria de trazarle un límite a la Presidenta, que pretendió –aún pretende– colonizar a la Justicia desde que en 2013 lanzó su fallido proyecto de “democratización”. Paradojas de la política y de su obstinación: Cristina dijo desde Zárate que “nadie podrá marcarle la cancha”.
Las secuelas podrían empezar a denotarse también, en poco tiempo, dentro de aquella Justicia. Tal vez, no sea buena noticia para el Gobierno. El kirchnerismo hizo de todo para dividir ese Poder. Lo consiguió y estructuró una organización llamada Justicia Legítima, de nítida identidad K. Esos funcionarios impugnaron públicamente la convocatoria de los fiscales. Sembraron además cizaña sobre la muerte de Nisman. Y sobre su denuncia contra Cristina. La respuesta popular de ayer podría dejarlos muy descolocados.
Si así ocurre, significaría para el Gobierno resignar importantes defensas en su época política de mayor debilidad. Circulan ahora en Tribunales innumerables causas de corrupción. La mas grave está en manos del juez Daniel Rafecas. Recibió la denuncia de Nisman por encubrimiento terrorista y posee un pedido de certificación de pruebas del fiscal Gerardo Pollicita, que imputó a Cristina, Timerman, al ex piquetero Luis D’Elia y el diputado Andrés Larroque. El kirchnerismo parlamentario anunció ayer mismo su intención de indagar a Pollicita. Habrá que ver si insiste luego de las demostraciones de ayer.
Pero sobrevuelan otras amenazas para el kirchnerismo en distintos despachos. Los dos procesamientos contra Amado Boudou, las sospechas de lavado de dinero del empresario K Lázaro Báez, las irregularidades detectadas por Claudio Bonadío en la administración de una cadena hotelera propiedad de la familia Kirchner. Quizás aquel magistrado se sienta desde anoche menos condicionado para citar a declaración indagatoria a Máximo, el hijo de la Presidenta.
Concentraciones como las observadas instalarían la sensación mas firme de un final de ciclo. La aseveración se meneó muchas veces. Pero desde ahora podría encerrar una posibilidad que excedería el simple epílogo del mandato de Cristina. Se le hará muy difícil a cualquier candidato kirchnerista –mas duro o mas blando– transitar el año electoral sin atender el contenido de las marchas de ayer. En ese contenido la verdad sobre la muerte de Nisman asomaría como viga central.
El fin de ciclo estaría estampado también en el desconcierto en que cayó el Gobierno desde que sucedió la tragedia del domingo 18 de enero. A un mes, ni siquiera se sabe si el fiscal se mató o lo mataron. Un interrogante que no sólo desvela a la Argentina: aún sigue dando vueltas por los principales –y hasta remotos– medios de comunicación del mundo.
Aquel desconcierto tuvo relación además con las contradicciones kirchneristas cuando se vieron ante el hecho consumado de las marchas. Hace sólo una semana, Aníbal Fernández las había descalificado al decir que eran convocadas por “fiscales, narcotraficantes y antisemitas”. El secretario de la Presidencia corrigió ayer cuando expresó que “si no fuera tan conocido asistiría” a la manifestación. El titular de la ex Secretaria de Inteligencia, Oscar Parrilli, prefirió comparar las movilizaciones con los bombardeos a la Plaza de Mayo, durante el derrocamiento de Juan Perón.
¿Cómo responderá Cristina a este nuevo desafío social?. ¿Qué hará el peronismo que le sigue dispensando mansa fidelidad? La señales no serían tranquilizadoras. No hay nada que indique la chance de algún giro comprensivo de la Presidenta. Al contrario, sólo la insistencia de ella por colocarse como víctima de supuestos turbios intereses y confabulaciones internas y externas. Casi una provocación. Presagios, a lo mejor, de que los argentinos podrán vivir muy convulsionados los últimos meses de esta transición.
(*) Eduardo Van Der Kooy. Periodista y analista político. Artículo publicado por Clarín el 19 de Febrero de 2015