miércoles, 4 de marzo de 2015

¿Como eliminar la necesidad de los planes sociales?

Por Edgardo Zablotsky (*)
“Una mejor educación ofrece una esperanza de reducir la brecha entre los trabajadores más y menos calificados, de defenderse de la perspectiva de una sociedad dividida entre los ricos y pobres, de una sociedad de clases en la que una élite educada mantiene a una clase permanente de desempleados”.[1] Milton Friedman, 1998

¿Cómo reinsertar a los beneficiarios de los planes en la sociedad? Juan Pablo II nos provee la respuesta. Recordemos su  discurso pronunciado en Santiago de Chile el 3 de Abril de 1987, ante los delegados de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, en el cual expresó que: “el trabajo estable y justamente remunerado posee, más que ningún otro subsidio, la posibilidad intrínseca de revertir aquel proceso circular que habéis llamado repetición de la pobreza y de la marginalidad”[2].
Sin embargo, también advirtió que: “esta posibilidad se realiza sólo si el trabajador alcanza cierto grado mínimo de educación, cultura y capacitación laboral, y tiene la oportunidad de dársela también a sus hijos. Y es aquí, bien sabéis, donde estamos tocando el punto neurálgico de todo el problema: la educación, llave maestra del futuro, camino de integración de los marginados, alma del dinamismo social, derecho y deber esencial de la persona humana. ¡Que los Estados, los grupos intermedios, los individuos, las instituciones, las múltiples formas de la iniciativa privada, concentren sus mejores esfuerzos en la promoción educacional de la región entera!”
El mensaje es contundente, educación es la respuesta y coincide, por cierto, con la visión de aquella olvidada figura de nuestra historia, el Barón Maurice de Hirsch, quien afirmaba sistemáticamente que la educación y el entrenamiento profesional eran la única forma de romper el círculo vicioso de la pobreza. Recordemos sino alguna de sus asociaciones entre la falta de educación y la pobreza, 1873: “Durante mis repetidas y extensas visitas a Turquía me he sentido dolorosamente impresionado por la miseria y la ignorancia en las cuales habitan las masas judías en dicho Imperio. La pobreza se origina en la falta de educación, y solamente la educación y el entrenamiento de las nuevas generaciones podrán remediar esta desafortunada situación”[3].
Hace más de 50 años, Theodore Schultz postulaba que las diferencias de ingresos entre las personas se relacionaban con las diferencias en el acceso a la educación, la cual incrementaría sus capacidades para realizar un trabajo productivo. Sin capital humano, ¿qué forma hay de romper el círculo vicioso de la pobreza?
Una muy buena evidencia de ello la constituye la generada por el Instituto Nacional de Estadísticas de España (INE), el cual realiza anualmente, al igual que el resto de los países de la Unión Europea, la Encuesta de Condiciones de Vida; en la misma, por Reglamento europeo, cada año se incluye un módulo dirigido a estudiar en profundidad aspectos específicos. En 2012 dicho módulo estuvo orientado a analizar las condiciones de vida en su adolescencia de aquellas personas con edades comprendidas en la actualidad entre 25 y 59 años; esta información permitió establecer la relación entre la situación socio-económica de estos hogares en el pasado con la de los hogares a los que pertenecen los adultos en la actualidad[4] [5].
Los resultados sobre la transmisión intergeneracional de la pobreza hablan por sí solos y son de significativo interés para nuestra realidad, dados los millones de personas que viven asistidas por planes sociales.
La dificultad para llegar a fin de mes del hogar cuando el adulto era adolescente influye en su dificultad para llegar a fin de mes en la actualidad; de aquellos adultos que vivían en su adolescencia en hogares con dificultades el 49% sigue llegando a fin de mes con dificultad. Por otra parte, el 29% de las personas que cuando eran adolescentes habitaban en esta clase de hogares se encuentra en la actualidad en riesgo de pobreza. El círculo vicioso se ha completado.
¿Qué motivos lo sustentan? Como es de esperarse, la dificultad para llegar a fin de mes del hogar, cuando el actual adulto era adolescente, influye en su nivel de formación académica; un contundente 62,5% de las personas que vivían en hogares que llegaban a fin de mes con dificultades no ha terminado su educación secundaria. Dicho nivel de formación es relevante a la hora de explicar el riesgo de pobreza; el 28,9% de la población que ha alcanzado un nivel educativo equivalente a la educación primaria o inferior se encuentra en riesgo de pobreza, al igual que el 25,8% de aquellos que no han completado su educación secundaria. El círculo vicioso nuevamente.
En Mayo pasado, David Autor, profesor de MIT, publicó en Science un paper denominado: “Habilidades, educación, y el aumento de la desigualdad entre el otro 99%”[6]. Su título habla por sí mismo; en lugar de centrar su interés en la brecha entre la fortuna del 1% más rico de la población y el resto, como lo hace Thomas Piketty, investiga los factores que generan desigualdad entre el 99% restante.
Esta estrategia le permite recuperar la significatividad de la educación como motor de movilidad social. Como señala el Wall Street Journal: “Autor estima que, desde principios de 1980, la brecha de ingresos entre los trabajadores que han terminado la escuela secundaria y aquellos que tienen educación universitaria ha crecido cuatro veces más que el cambio en los ingresos entre el top 1%  de la población y el restante 99%”[7].
En base a ello Autor propone, en una entrevista llevada a cabo por MIT News, que “en el largo plazo, la mejor política para combatir la desigualdad consiste en invertir en nuestros ciudadanos. La educación superior y la educación pública ha sido la mejor idea Americana. Nuestra decisión que toda la población curse la escuela secundaria durante los primeros 30 años del siglo XX fue probablemente el factor más importante en el predominio económico de USA durante este siglo”[8].
Es claro que la propuesta de Autor es en un todo consistente con el seminal aporte de Theodore Schultz.
En nuestro país, una gran cantidad de beneficiarios de los planes sociales no ha terminado la escuela primaria y la amplia mayoría no ha complementado sus estudios secundarios. Planes como Argentina Trabaja, Enseña y Aprende apuntan a facilitar que los beneficiarios puedan alfabetizarse, pero es claramente insuficiente. No existe razón alguna para no requerir que todo beneficiario de un plan social deba concurrir a escuelas de adultos como requisito para cobrar la asignación del respectivo plan, requerimiento ideológicamente similar al exigido a los beneficiarios de la Asignación Universal por Hijos, donde es necesario demostrar la asistencia de los mismos a las escuelas a los fines de recibir el respectivo subsidio. 
Al fin y al cabo, ¿por qué la sociedad se siente responsable solamente de la educación de los niños y no de la educación de todos los adultos de todas las edades? Idea a veces atribuida a Erich Fromm y otras a la psicoanalista norteamericana Erika Fromm, pero de clara aplicación a nuestra realidad.
No es gratis. Una importante asignación presupuestaria sería requerida, ese es el real problema de incentivos, dado que los beneficios probablemente serán percibidos más allá del fin del mandato del gobernante que tenga el coraje llevarlo a cabo.
Claro ejemplo de ello lo provee una de las piezas más significativas de la legislación norteamericana, la llamada Declaración de Derechos de los Veteranos de Guerra, GI Bill of Rights, sancionada por el Presidente Franklin D. Roosevelt en Junio de 1944. La misma, como explicitó el Presidente Roosevelt al firmar la Ley, “otorga a hombres y mujeres la oportunidad de reanudar sus estudios o capacitación técnica luego de su licenciamiento, o de tomar un curso de actualización o de reentrenamiento, sin cargo de matrícula hasta US$ 500 por año escolar, y con el derecho a recibir una asignación mensual mientras desarrolle dichos estudios”[9].
Gracias al GI Bill of Rights, millones de personas que hubiesen intentado ingresar al mercado de trabajo luego de la guerra, sin capital humano para ello, optaron por reeducarse. En 1947 los veteranos llegaron a representar el 49 % de las admisiones a las universidades. El capital humano de la fuerza laboral mejoró significativamente. Para la culminación del proyecto, en Julio de 1956, 7,8 millones, de los 16 millones de veteranos de la Segunda Guerra Mundial, habían participado en un programa de educación o formación profesional.
En el mediano plazo, la iniciativa, lejos de representar un costo para el gobierno americano, le produjo importantes beneficios. Por cada dólar invertido en la educación de los veteranos recaudó varios dólares en concepto de impuestos. Dicha relación se produjo porque los graduados universitarios, así como los trabajadores calificados generados por el programa, percibían ingresos claramente superiores a los que hubiesen obtenido de no haber llevado a cabo los estudios y, por ende, pagaban muchos más impuestos.
A mediados de Agosto de 2013, el ministro de Educación Alberto Sileoni y su par de Defensa, Agustín Rossi, firmaron un acuerdo para que todos los soldados voluntarios y personal civil de las Fuerzas Armadas culminen su educación en el nivel secundario. Al respecto Sileoni señaló: “Todo el personal de las Fuerzas Armadas va a tener la obligatoriedad de terminar el secundario, y a través de este convenio le vamos a ofrecer a cada uno de esos jóvenes, la posibilidad de que accedan a un Plan que está aprobado, que es calificado, como es el Plan FinES, y que ya tiene más de 450.000 egresados en su haber” y agregó: “Creemos que este es un paso realmente importante porque esos soldados voluntarios cuando finalizan su formación en el ejército, a la edad de 28 años, pueden hacerlo con un oficio o con el título secundario”[10].
Es claro que fue una muy buena decisión; sin embargo, dado que muchos beneficiarios de los planes sociales tampoco han terminado su educación primaria y la mayoría no han cumplimentado su educación secundaria, ¿por qué no exigirles también  que concurran a una escuela de adultos como requisito para cobrar la asignación?
Imaginemos si se hubiese implementado algo así hace 10 años. ¿Cuántos menos ciudadanos dependerían hoy de un plan social?
¿Qué mejor proyecto de inclusión social que el contribuir a que aquellos que requieren ser ayudados a través de planes sociales puedan reinsertarse en la sociedad, calificándolos para ello mediante la formación de capital humano? El educar a los ciudadanos beneficiarios de los planes sociales no sólo los incentivaría a valerse por sí mismos, evitando condenarlos a la virtual indigencia al perpetuarlos fuera de la sociedad productiva, sino que ayudaría a romper el círculo vicioso de la pobreza al contribuir a la educación de sus hijos, dada la positiva correlación entre el nivel educativo de la madre y el desempeño escolar de sus hijos.
La propuesta es intuitiva, obvia, hasta trivial, ¿entonces por qué no es considerada? La respuesta es simple y ya la hemos señalado. ¿Qué gobierno en nuestro país estaría dispuesto a pagar hoy costos como los implicados, por ejemplo, en el GI Bill of Rights, para que otros, eventualmente la oposición, perciban los beneficios en un futuro? Haría falta un estadista, un Sarmiento.
 “Si peleamos por la educación, venceremos la pobreza”, nos decía el ilustre sanjuanino. La pobreza se origina en la falta de educación, y solamente la educación y el entrenamiento profesional podrán remediar esta situación. Si deseamos que los planes sociales se tornen innecesarios es hora de admitir este hecho. Frente a la realidad que vive hoy la Argentina el mensaje es claro, citando una vez más a Sarmiento: “Educar al soberano”.
Hemos perdido una década, millones de argentinos beneficiarios de planes sociales no cuentan hoy con mayor capital humano que hace diez años. Exigir a todo beneficiario que retome su educación, como requisito para hacerse acreedor al subsidio, podría cambiar su calidad de vida de una manera impensable; en palabras de Juan Pablo II, podría ser “la llave maestra para el futuro” y nos ayudaría a terminar con una sociedad, como señalaba Milton Friedman, en la que una élite educada mantiene a una clase permanente de desempleados.
Referencias:
[1] Friedman, Milton, The School Choice Advocate, 1998 (Fuente: The Friedman Foundation for Educational Choice).
[2] Juan Pablo II, Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los Delegados de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Abril 3 de 1987.
[3] Grunwald, Kurt, Turkenhirsch. A Study of Baron Maurice de Hirsch, Entrepreneur and Philanthropist, Israel Program for Scientific Translations, Jerusalem, Israel, 1966.
[4] Instituto Nacional de Estadísticas (INE), “Encuesta de Condiciones de Vida 2012, Datos Provisionales,” Notas de Prensa, Octubre 22 de 2012.
[5] Instituto Nacional de Estadísticas (INE), “Encuesta de Condiciones de Vida, Transmisión Intergeneracional de la Pobreza y el Bienestar, Año 2011,” Notas de Prensa, Noviembre 8 de 2012.
[6] Autor, David, “Skills, Education, and the Rise of Earnings Inequality among the other 99 Percent,” Science 23, Mayo 2014.
[7] The Wall Street Journal, “How Education Drives Inequality among the 99%,” Mayo 22 de 2014.
[8] MIT News, “Q&A: David Autor on Inequality among the 99 Percent,” Mayo 22 de 2014.
[9]  Our Documents, “Servicemen’s Readjustment Act (1944).”
[10] Ministerio de Educación, “Sileoni y Rossi Firmaron Acuerdo para Garantizar que Todos los Soldados Voluntarios y Personal Civil de las FF. AA. Finalicen sus Estudios Secundarios,” Gacetillas y Comunicados, Agosto 13 de 2013.
(*) Edgardo Zablotsky. Vicerrector, Universidad del CEMA. Agradezco a Jorge Streb sus comentarios editoriales; por supuesto, todas las opiniones son de mi exclusiva responsabilidad.  Esta nota se basa en parte de la conferencia que he dictado en la 3era Reunión Anual del Alumni Club de la Universidad de Chicago en Argentina, Diciembre 2014.
Una versión extendida puede encontrarse en Edgardo Zablotsky, “Otra Educación es Posible I,” Documento de Trabajo 556, UCEMA, Diciembre 2014.
Fuente: Comunicación personal del autor