viernes, 6 de marzo de 2015

El pensamiento político de Thomas Hobbes

Por Eduardo Filgueira Lima (*)
Abstract:
Since Thomas Hobbes to the present day they have gone more than three centuries, and despite the fact that their ideas are still a reference to relations between civil society and its rulers. He was a thinker who is must-read for understanding the evolution of the history of the political and economic thinking. By its formulation of civil societies and a prior, pre-social and pre-politico, State of nature that gives rise to them.



Introdución:
Thomas Hobbes. Nació en Westport el 5 de abril de 1588 y falleció en Hardwick Hall el 4 de diciembre de 1679, fue un filósofo inglés cuyo pensamiento y sus obras The Elemenst of Law (1640), De Cive (1642), Leviatán (1651) y Behemoth or The Long Parliament (1668) influyeron de manera importante en el desarrollo de la filosofía política occidental. Es el teórico por excelencia del realismo político.
 Hijo de un eclesiástico, quedó a cargo de su tío cuando aquél abandonó a su familia. Estudió en el Magdalen Hall de Oxford, y en 1608 entró al servicio de la familia Cavendish como preceptor de uno de sus hijos, a quien acompañó en sus viajes por Francia e Italia entre 1608 y 1610. A la muerte de su alumno, en 1628, regresó de nuevo a Francia para entrar al servicio de Gervase Clifton.
En 1631,quedó como preceptor de otro de los hijos de la familia Cavendish, realizando con el mismo en 1634 otro viaje al continente, donde se entrevisto con Galileo y otros pensadores y científicos de la época. En 1637 volvió a Inglaterra, pero el mal ambiente político, que anunciaba ya la guerra civil, lo llevó a abandonar su patria e instalarse en París en 1640.
En Francia comenzó a publicar las distintas partes de sus trabajos. En 1651 abandonó Francia y regresó a Inglaterra, llevándose consigo el manuscrito del Leviatán, sin duda la más conocida de sus obras, que se editaría en Londres ese mismo año.
En 1655 publicó la primera parte de los Elementos de filosofía y en 1658, la segunda. Estas dos obras completaban la trilogía iniciada con De cive. Tras la restauración de 1660 gozó del favor real, pero las acusaciones de ateísmo que le lanzaron los estamentos eclesiásticos lo llevaron a retirarse de la vida pública.[1] 
T. Hobbes fue un filósofo excepcional que se inscribe en la modernidad dentro del pensamiento realista, concibiendo que las metas y el carácter de la vida política deben ser interpretadas en relación a la naturaleza humana, que desde The Civie (1642) en que surge el individuo –el ciudadano– que compone la sociedad, hasta Leviathan (1651) en donde articula las leyes de la naturaleza, muestran el transcurso de un pensador que rompe con la tradición del pensamiento de los antiguos –el hombre social y político de Aristóteles– para elaborar una teoría del estado de naturaleza, que deduce de las pasiones del hombre.
Su aporte se convierte en fundamental en la evolución a la modernidad por el desarrollo que concibe como el supuesto necesario para la formación de las sociedades civiles y un estado de naturaleza previo, pre-social y pre-político, que les da origen.
El temor a la muerte violenta, posible en el estado de naturaleza fuerza a los hombres a buscar cumplir su deseo de lograr una buena vida, a través de la paz, que solo se logra cuando todos deponen sus pasiones bajo un  poder soberano que los subyuga y garantiza su seguridad, que constituye la primera ley.
Para ello es necesario –según la segunda ley de la naturaleza– someterse para lograr la paz y defenderse contra aquellos que se la perturben. La sociedad civil –que Hobbes fue el primero que definió como individuo– se logra cuando todos se sometan mutuamente y dominen sus pasiones bajo el poder absoluto de un soberano a quien como construcción metafórica o artificial denominó Leviathan.
Si no se sostiene ese pacto o acuerdo entre los hombres la misma sociedad se disolverá, por lo que el hombre debe cumplir con sus pactos. El cumplimiento de los acuerdos, los pactos y las leyes que de ellos derivan permite la justicia, y es por ello que los deberes y obligaciones para con los demás se originan en pactos y para uno mismo constituyen una ley moral.
La república se construye así como la voluntad de todos en acuerdo de someter sus pasiones, para vivir en paz, y la seguridad que brinda el dominio de un poder absoluto al que todos se someten y comprometen. Quienes no aceptan integrar de esta forma la sociedad, se encuentran estado de guerra porque no superan el estado de naturaleza y se encuentran sometidos al imperio de sus pasiones.
La paz de la sociedad civil depende del poder absoluto del soberano, pues si los hombres vislumbran que hay otros poderes capaces de brindarles mayores beneficios que el de asegurarles la vida mediante la paz, con seguridad obedecerían a tales otros poderes.
De este punto inicial derivan las siguientes leyes naturales que ordenan la convivencia de la sociedad civil.
Esta concepción permitió el inicio de la interpretación “contractualista” de la constitución de la sociedad civil.
Como el poder –que supone recursos, influencia y prestigio– se ejerce y no se comparte, Hobbes otorga al poder del soberano el carácter de absoluto y cuestiona cualquier oposición, perturbación o revuelta, que suponga prerrogativas a otro/s poder/es.
En este aspecto cuestiona las creencias que la iglesia pregona (Behemoth), así como los poderes que se auto-arroga y las cualidades soberanas de las que se auto-inviste, entendiendo que las creencias religiosas son cuestiones de opinión personal.
De la misma forma que esta circunstancia otorga soberanía a los estados, lo que imposibilita su sometimiento a otro poder en el orden internacional.
Los postulados de Hobbes aún hoy constituyen motivo de cuestión filosófica, en tanto debates y fuentes de nuevas investigaciones, atendibles a la ciencia política.
I.- La concepción hobbesiana del estado de naturaleza: La guerra entre los hombres y el poder soberano. Las atribuciones del reino de Dios en las cuestiones terrenales.
En el Cap. XIII del Leviathan, T. Hobbes se expresa en primer lugar destacando que las diferencias entre los hombres no son manifiestas en la medida que alguno pueda pretender para si lo que otro no pudiera hacer de igual manera. Y tanto es así en las cualidades físicas, cuanto menores aún las diferencias en la consideración de las facultades mentales. Esta es una primera aproximación al concepto de hombres “iguales en su naturaleza”, que expresa: “…esto prueba que los hombres son en este punto iguales más bien que desiguales,…”. (Hobbes, 1651:125)
Pero esta misma conceptualización de similitud –más que igualdad– entre los hombres los deviene en enemigos pues ambos pueden pretender las mismas cosas, cuestión imposible de satisfacer sin conflicto ya que en la satisfacción de sus deseos y ambiciones coincidentes hacia el mismo fin los verán en el camino de destruirse o subyugarse.
Estas circunstancias son las que mantienen a los hombres en continua guerra –“riña” en las palabras de Hobbes– de los unos contra los otros y que obedece a tres diferentes causas: la competición, la seguridad y/o la gloria.
Así es que, describiendo las frecuentes causas de esas motivaciones los hombres de no existir un poder común que los obligue a todos en el respeto, se encuentran en aquella condición “que se llama estado de guerra” que, aclara, “no consiste solo en batallas o en el acto de luchar”, sino en la disposición continua y permanente hacia ella, durante todo el tiempo en que no hay seguridad, de lo contrario: todo hombre es enemigo de los demás hombres. Así es que por su inversa, el tiempo en que no existe guerra es el que denomina “paz”. (Ibíd.:127)
El temor a la muerte, el deseo de una vida confortable y la esperanza de obtener esa buena vida por su propio esfuerzo es lo que induce a los hombres hacia la paz. (Ibíd.:129)
La paz es una condición deseable y necesaria pero no en tanto exista la rivalidad natural entre los hombres, por ello resulta importante destacar cual es la condición necesaria para posibilitar algún equilibrio que permita configurar la sociedad civil, como conjunto que convive bajo la protección del soberano, lo que se desprende de sus mismos escritos.
En el Cap. I de De Cive, Hobbes  se expresa sobre las condiciones y circunstancias por las que se configura la sociedad civil: “…no buscamos compañeros por naturaleza sino por el honor y la ventaja que nos pudieran ofrecer…(…)..toda sociedad se origina por amor a sí mismo, no por amor a los compañeros ...las sociedades civiles son alianzas para cuya constitución son necesarias promesas y pactos…” (Hobbes, 1642:130-132)
Aunque al mismo tiempo asume que si bien las ventajas de la vida pueden obtenerse por la ayuda mutua, pueden alcanzarse mucho mejor mediante el dominio de los demás. Y agrega “…se ha de establecer, por ende, que el origen de las sociedades más grandes y más duraderas, no proviene de la mutua benevolencia sino del mutuo miedo…”. (Ibíd.:131)
Pero la perdurabilidad de los acuerdos además debe contar con un garante pues infiere que un poder cierto e irresistible confiere el derecho de gobernar e imperar sobre los demás que no pueden resistirse. (Ibíd.:138)  Ya que la convergencia de muchas voluntades en un mismo fin no es suficiente para la conservación de la paz y la defensa estable, por lo que es necesaria una voluntad a la que se sometan la voluntad de todos los demás. Siendo esa voluntad un hombre  o un concejo. (Ibíd.:178)
A ese otro se le transfiere la voluntad y derecho del uso de la fuerza  y recursos para que pueda conducir el destino de todos hacia la unidad y la concordia. Por lo mismo el Estado contiene en sí autoridad soberana, ya que todos los hombres de la sociedad civil le han transferido toda su fuerza y su poder, para recibir a cambio protección y desarrollar sus habilidades en paz. (Ibíd.:180)
De tal suerte que se puede decir que el De Cive es un tratado filosófico que con gran precisión argumentativa, muestra que la soberanía del Estado es la respuesta a los conflictos políticos. Es  decir que en la doctrina hobbesiana es el miedo mutuo el origen de la sociedad civil. (Lukac, 2011:88) Y a su vez lo que deduce como su garantía: el Estado soberano imbuido de un poder omnímodo y absoluto, que garantiza la paz y la convivencia entre los hombres.
Durante el periodo de 1520 a 1650, las guerras de religión dominaron Europa. Sin embargo, es importante reconocer que pese a que la religión fue uno de los motivos principales de estas guerras, hubo también otras razones que las originaron, como la búsqueda de tierras, riquezas, poder político, recursos naturales, etc  Lo que se conoce como Paz de Westfalia en 1648 (son en realidad dos acuerdos distintos el de Münster  y el de Osnabrük), que pusieron fin a la guerra religiosa más larga en Europa.
En Inglaterra La Guerra Civil de los mediados del siglo XVII (1639 a 1651), fue parte de una serie más amplia de conflictos que abarcó por entero las islas británicas, con Escocia e Irlanda, así como Inglaterra y Gales.
También llamada la gran rebelión, la revolución inglesa y las guerras de los tres reinos, el período británico de guerras civiles y el Commonwealth, fueron testigos del juicio y la ejecución de un rey, la formación de una República en Inglaterra, una teocracia en Escocia y la subyugación de Irlanda. La primera tentativa fue hecha para unir a las tres naciones bajo un gobierno único, lo que sentó las bases de la Constitución británica moderna. Así es que el monopolio de la iglesia de Inglaterra sobre la religión cristiana termina, y una nueva aristocracia protestante se establece en Irlanda.[2] 
Desde la firma del pacto nacional escocés de 1638 a la restauración de la monarquía en 1660, el BCW explora la agitación de las guerras civiles y su interregno, así como los experimentos constitucionales de la época del Commonwealth y del “protectorado pequeño”.
Hobbes vive intensamente este período y nos dice que las guerras cuando son de carácter religioso son las más sanguinarias:”…ninguna  guerra es más feroz que la que se libra entre las sectas de la misma religión,…” (Hobbes, 1642:134)
Y observa la importancia que en las guerras de toda Europa –y en particular de Inglaterra– han tenido los diferentes credos.
La Iglesia tiene el poder derivado de Dios y asimismo de ese poder –pero racionalmente– devienen las Leyes de la Naturaleza, (Ibíd. Cap. IV: 165-172), “..porque los preceptos de vida que de allí derivan son los mismos que los que han sido promulgados por la Divina Majestad como leyes del reino celestial,…” pero cuya creencia solo puede dejarse librada a la voluntad y opinión de cada uno, de otra forma surge un conflicto de poderes.
Porque el poder no puede compartido. El poder es único e indivisible. Y el poder del monarca surge de su propia investidura, concedida por el poder civil que le ha delegado su voluntad y el uso de la fuerza para mantener su cohesión bajo el imperio de un poder absoluto que domina las inevitables e inmodificables pasiones que caracterizan al hombre.
Es por ello que las Leyes Naturaleza se convierten en leyes morales de cumplimiento para cada uno consigo mismo, para con los demás y para con el monarca.
Mientras que las creencias religiosas, y el poder que confieren a la iglesia, siendo cuestiones de opinión carecen de entidad para retar al poder soberano. De otra forma como ha sido frecuente las facciones religiosas constituirían una continua amenaza.
Así se refiere con respecto a las guerras recientes de Inglaterra, añorando la paz y la prosperidad en las que las había dejado el Rey Jacobo, que ingresa a la guerra entre los tres reinos porque muchos soldados y súbditos no se encontraban a las órdenes de su majestad, alentados por seductores sediciosos: “… los seductores eran de diversas clases. Unos eran ministros; ministros de Cristo como se llamaban a sí mismos y a veces en sus sermones al pueblo embajadores de Dios, de quien pretendían haber recibido el derecho a gobernar, cada uno de ellos su parroquia y la asamblea de todos ellos la nación entera,…(…)…además muchos sostenían la creencia  de que debíamos ser gobernados por el Papa, el cual pretendían que era el vicario de Cristo,…” (Hobbes, 1668:7-8)[3]
Lo anterior da cuenta del recelo que Hobbes tenía frente al accionar faccioso e interesado de los representantes de la iglesia y muchos que eran seducidos.
II.- El efecto subversivo de las universidades por ser perturbadoras de las opiniones de los ciudadanos.
El tema de de las universidades es tratado por Hobbes en varios puntos del texto del primer Diálogo de Behemoth. Ya desde sus inicios aunque no precisamente respecto de las universidades y como continuidad de lo expresado antes, manifiesta que un número importante de hombres que describe de la mejor condición, porque “han leído en su juventud los libros escritos por hombres famosos” –se refiere a los textos de los antiguos: Aristóteles y Platón– son capaces de arrastrar al resto a la subversión dada su gran elocuencia, porque hacían pensar al resto que el Rey no era más que un título del más alto honor, por lo que considerado así era por lo mismo desposeído de sus atributos de monarca. (Hobbes,T.,1668:9-10)
Por lo que ya de inicio puede observarse su alto grado de desconfianza hacia los ilustrados, que más adelante relaciona con el poder de la iglesia y las universidades, que en ella misma se han iniciado: los escolásticos.
Asimismo y en la continuidad del texto desarrolla que las universidades surgen desde los tiempos del emperador Carlomagno y Eduardo III, por sugerencia de la iglesia –en particular se refiere al Papa– que mediante un escrito enviado al mencionado Carlomagno para la creación de escuelas de todo tipo, con el objeto de mantener los designios de la iglesia mediante la controversia que generaba en especial la filosofía de Aristóteles, de donde surgen las universidades de París y Oxford. (Ibíd.:24)
Nos dice: “…A estos centros fueron enviados a estudiar los hijos de otros hombres ricos como príncipes, obispos y otros quienes a su vez convencieron a sus amigos para concurrir a estudiar esta filosofía que ni siquiera ellos mismos eran capaces de comprender…(…)…Estudio que sin embargo cosechó el afecto de muchos: algunos  que eran fieles creyentes de la iglesia romana y otros negligentes que preferían sin esforzarse en admirar a otros antes que examinar la validez de lo que aprendían y entendían que ello era verdadero por lo que le atribuían sin más la autoridad al Papa, en el sentido incluso de confrontar con la autoridad de los monarcas….” Y respecto de este punto se refiere a las rebeliones que fueron suscitadas por hombres de la iglesia confrontando contra los reyes de Inglaterra: Juan Sin Tierra; y en Francia: Enrique IV. (Ibíd.:25)
Su recelo ante la iglesia a su vez y más adelante en el diálogo se manifiesta sobre las prácticas secretas de los jesuitas y otros emisarios de la iglesia de Roma, cuyas prácticas fueron mucho menos pacíficas de lo que debían y que los papistas de Inglaterra no tendrían empacho en provocar cualquier tipo de desorden para restaurar la autoridad perdida del Papa. (Ibíd.:28)
Así es que entiende que en las universidades se ensalza continuamente la libertad y se vitupera la tiranía –que para él es el fundamento de su concepción del orden social– que luego la gente identifica esta con el gobierno del Estado, de tal forma que así como muchos llevan desde las universidades a la iglesia su teología, muchos otros llevaron sus teorías políticas desde las universidades al Parlamento. Es decir plantea el efecto difusor de las ideas, que considera subversivas o perturbadoras de las opiniones desde las universidades.
También atribuye la soberbia a quienes han adquirido alguna instrucción universitaria de no poder reconocer que carecen de alguna otra cualidad necesaria para el ejercicio de gobierno de una república y en especial si han leído sobre las historias y las sentenciosas teorías políticas de los antiguos gobiernos populares de los griegos y los romanos, quienes acostumbraban a llamar tiranos a los reyes, mientras que los gobiernos populares se autodenominaban de “libertad”, expresando que “..ningún tirano fue nunca tan cruel como una asamblea popular,..” (Ibíd.:32-33)
La idea central que sostiene Hobbes en este punto es que las universidades  fomentan el poder de la iglesia, por la difusión de determinadas ideas basadas en los textos antiguos de las repúblicas de Roma y Grecia, la soberbia o el interés de muchos que aún sin entenderlos los recitan y alaban, y porque cuestionan simultáneamente al poder del rey que según Hobbes es a su vez el gobierno del Estado y el poder de la iglesia misma, como a lo largo de su texto expresa.
Así es que continúa describiendo que la mayoría de los hombres ocupados en sus propios menesteres, poco pueden recibir información y aprender salvo desde el púlpito y en los días de fiesta. Y los sermones que desde allí reciben los incita a desobedecer.
Pero es de las universidades desde donde procede ese saber y desde donde provienen los predicadores que difunden esas ideas. “…las universidades han sido para esta nación como el caballo de madera para los troyanos,..” (Ibíd.:55)
Agregando que sin dudas las universidades han sido fomentadas por el Papa a través de una carta dirigida a Carlomagno, pero fue la complicidad y participación de otros príncipes, nobles y hombres de fortuna, como de algunos reyes y reinas que las universidades alcanzaron el esplendor de entonces.
La intención del Papa según Hobbes fue la de incrementar su poder, cegando a los hombres con premisas inteligibles, que de hecho invadían y desmerecían el derecho de los reyes. Obviamente se está refiriendo –y luego lo menciona– al importante accionar de los escolásticos, que aprendieron a “doblegar la razón” mediante sutiles artilugios verbales. (Ibíd.:56)
De tal suerte que los hombres permanecen ignorantes pero cautivados por los razonamientos, como por los predicadores y doctores, que defendían los argumentos de la fe y atribuían al Papa toda la autoridad en orden a la religión y como representante de Dios en la tierra.
Por las universidades la filosofía de Aristóteles se convirtió en el argumento de la religión, y además encontró campo fértil en el temor propio de los hombres a la muerte y la promesa de ser llevados a la salvación. Por lo que expresa que los textos de Aristóteles son más ningún otro capaces de confundir y enredar a los hombres que así responden a los designios de Roma. (Ibíd.:57)
Describe además que tanto Aristóteles como Cicerón se enamoraron de su propia elocuencia y teorías políticas, de las que sacó ventaja la iglesia de Roma intentando recuperar el reino de Inglaterra que había logrado escapar de sus dominios desde Enrique VIII, fomentando la rebelión. (Ibíd.:60)
En el mismo sentido se refiere a que los hombres de bien deben obedecer a su rey y respetar su ley, castigando a quienes publican o enseñan interpretaciones y creencias contrarias al monarca, necesario para el sostenimiento de la paz social. Porque es en las universidades en donde el pensamiento de Aristóteles, Platón, Cicerón, Séneca ha proliferado y se ha extendido con argumentos a favor de la libertad, para las disputas de las que la iglesia obtuvo su propio provecho en contra de los soberanos, cuando debieran enseñar la obediencia absoluta a las leyes del rey y a “los edictos públicos dados por él bajo el Gran Sello de Inglaterra,…” (Ibíd.:74)
Aunque asume que es muy difícil de lograr, porque las universidades han procedido en contra de todas las leyes (divina, civil y natural) y se han encargado de sostener la autoridad del Papa en contra de los reyes. Porque el rey para Hobbes es al mismo tiempo soberano del reino y cabeza de la iglesia. Y aunque Enrique VII fuera designado por el Parlamento a su vez que monarca de Inglaterra y cabeza de la iglesia, fue desde las universidades que tanto los obispos como los clérigos apostaron por la sedición a través de las ideas sosteniendo que su poder espiritual no dependía de la autoridad del rey sino del mismo Cristo,..”…derivada hasta ellos por una simple imposición de manos de un obispo a otro,..” Y eran ellos los que por soberbia se creían doctores tan versados en materias de religión y teología que de ellas mismas sacaban propio provecho. (Ibíd.:75)
La rebelión así –según el autor– encuentra su origen en las universidades, a las que no propone suprimir sino disciplinar haciendo que en ellas se enseñe a los hombres a respetar todas las leyes promulgadas por la autoridad del rey. Ya que el pueblo y la Iglesia son siempre una misma cosa y tienen una misma cabeza: el rey, “…quien debe su corona solo a Dios y no a ningún otro hombre, eclesiástico o no,.” (Ibíd.:77)
Y finaliza “….los hombres pueden ser inducidos a amar la obediencia por predicadores y gentil-hombres que en su juventud se hayan empapado de buenos principios en la universidades, así como que nunca habrá paz duradera mientras las universidades no sean reformadas,..” (Ibíd.:78)
Es evidente que la relevancia que Hobbes otorga a las universidades es por la posibilidad de difusión de pensamientos contrarios a sus ideas, en realidad a la autoridad absoluta que el otorga al monarca absoluto y que sabe es de donde surgen las facciones sediciosas que tienden a la rebelión. Se traduce la importancia que la iglesia ha tenido siempre en la lucha de poder que se tradujo en las guerras religiosas que asolaron ese tiempo, y que perduraron de una manera ahora subrepticia.
III.- El conflicto entre el Estado soberano y los “poderes indirectos”

A,Buela, en cita al Diálogo sobre el poder y acceso al poderoso del filósofo alemán Carl Schmitt, que fuera publicado tanto en Alemania como en España en 1954 menciona que los poderes económicos, así como a muchos otros que accionan como fuerzas de interés (lobby´s empresariales o financieros, etc.) suele llamárselos "poderes indirectos", en contraposición a los "poderes directos" identificados con la lógica estatal. (Buela, A. 2010)
"Delante de cada espacio de poder directo se forma una antesala de influencias y poderes indirectos, un acceso al oído, un pasaje a la psique del poderoso". Y cuanto más concentrado está ese poder en una cima, más se agudiza la cuestión del acceso a la cima. Más violenta y sorda se vuelve la lucha de aquellos que están en la antesala y controlan el pasaje al poder directo. Quienes tienen acceso al poder ya participan del poder y como consecuencia no permiten u obstruyen el acceso de otros al poder. Es decir, el poder se ejerce en forma directa, pero también por “actores indirectos”.
El concepto de hombre ha cambiado y es vivido como más peligroso que cualquier otro animal, es el homo homini lupus de Hobbes, autor reverenciado por Schmitt. (Ibíd, 2010)
Al recorrer la obra de Hobbes nos encontramos con permanentes referencias a lo que se considera el eje central de su obra y la necesidad de instalar un poder soberano absoluto, ante el que los hombres declinan su libertad y prometen obediencia que es aquella conducta que permite el ejercicio absoluto del poder sobre el súbdito, donde  el primero (el monarca) manda y  el segundo (el súbdito) obedece. 
En los diálogos de la obra citada de C. Schmidtt, surge la pregunta: ¿la  desobediencia implica la supresión del poder? Que responde afirmativamente, para trasladarse a la cuestión de la causa de la obediencia, esto es, si es arbitraria o motivada. Y sostiene que “la relación entre protección y obediencia sigue siendo la única explicación para el poder”  (Schmidtt, 2010:21)
Pero el poder necesita de otros para su ejercicio que se adentran en la  antesala  del  poderoso.  Así, la impotencia del poderoso es manifestada en su necesidad de asesoramiento e información, pues sus decisiones dependen de informaciones y consejos que les son dados por otros hombres. Entonces, cabe preguntarse ¿hasta qué medida aquellos hombres, que tienen acceso directo al poderoso, comparten dicho poder?
Por lo que detrás de cada espacio de poder directo se forma una antesala de influencias que constituyen un “poder indirecto”.
Así un acceso  al oído, un pasaje a la psique del poderoso (Ibid:30) agregando que “en la  misma medida en que se forma un espacio de poder, se organiza también de inmediato una antesala para dicho poder”.
El poder  directo y el indirecto son las manifestaciones de la dialéctica interna  del  poder (Ibid.:78)
Pero cuando hablamos de “poderes indirectos” las interpretaciones son varias. Si bien en la literatura de nuestros días se conviene en que son aquellos que intervienen a la par (o en paralelo) al “poder directo” del estado, para Hobbes se trata de poderes que además de actuar independientes de poder soberano son incluso contrarios a él compitiendo por el poder con otras armas, y en su propio territorio, y se arrogan para sí potestades que deben ser competencia exclusiva del monarca, al que identifica con el estado.
De la lectura del Leviathan, como también se desprende de Behemoth (en particular del primer diálogo) tanto como en otras obras de Hobbes, sus argumentos están dirigidos contra la iglesia en tanto que dice ser portadora de “…un poder sobrenatural, que se excluye del poder del monarca y pretende tener sus propios fueros, autonomía y poder extensivo desde lo supra terrenal a lo temporal…” Es decir, que se auto-inviste de cualidades soberanas.
Para Hobbes los “poderes indirectos” son también aquellos que ejercen su propia política, su propio ejercicio de poder e incluso quieren extenderlo más allá de su órbita de incumbencia: la vida terrenal sobre la que se atribuyen también potestades, y por extensión al Papa, por su subordinación a él.
El  pensamiento de  Hobbes  está dirigido tanto en contra de los nuevos  presbíteros como  contra  viejos  sacerdotes y a su vez contra nuevos  santos  como contra los escolásticos, o también en  contra  de  cualquiera  que reclame que el proceso de salvación autoriza su poder o acción civil en la vida terrenal. (Hobbes, 1651: Cap.XLV)
 En muchos pasajes de su obra argumenta sobre los  que  pretenden  atribuirse  algún tipo de autoridad en materia religiosa o espiritual, y desde esta postura extender sus pretensiones de poder sobre aspectos temporales, porque consideró que el control de la vida política del reino dependía del soberano  civil, y que este tenía incluso poder sobre la iglesia ya que se vinculaba con un poder cuya cabeza debía ser también el soberano, que de otra forma se vería deslegitimado.
Esta interpretación no supone un poder asociado o la antesala del poder soberano, sino un poder (la iglesia) que disputa “indirectamente” (desde el púlpito) desviando las creencias y actitudes de obediencia de los hombres.
Por lo mismo ve el intento de la Iglesia por representar al Reino de Dios en la tierra como la mayor amenaza a la idea de un poder absoluto por parte del soberano civil. El clero solamente  tiene poder espiritual en tanto le es  otorgado por el “soberano  civil”. (González, 2011:6)
Por esta razón los súbditos –de cualquier índole que sean– debían quedar subordinados solo al monarca, que es a su vez cabeza de la iglesia y evitar a “la confederación de engañadores, que para obtener dominio sobre los hombres del mundo presente se esfuerzan mediante doctrinas oscuras y  erróneas por extinguir en ellos la luz, tanto de la Naturaleza como del Evangelio, y así los indisponen para el venidero reino de Dios…Estos errores espirituales son cuatro: el abuso  de las Escrituras, la utilización de la demonología pagana, la combinación de las enseñanzas de los textos bíblicos con reliquias religiosas, y el falseo de la historia…(…)...el poder temporal que busca atribuirse la Iglesia constituye la principal fuente de abuso de los textos sagrados…” (Ibid.:9)
También en sus textos reniega de los beneficios que tiene la iglesia como la eximición en el pago de tributos,… o plantea claramente que un poder religioso no puede legitimar al estado, o expone que las reglas propuestas por el Papa en los mismos dominios del soberano civil se superponen con los de este, carecen de legitimidad y cuestionan el poder del soberano. (Ibíd.:10)
En el mismo texto Hobbes expresa que el clero caracteriza el reino de las  tinieblas, porque la Iglesia, supuesto representante del reino de Dios en la tierra, termina introduciendo a los hombres en un mundo de tinieblas que obnubilan la razón. (Hobbes, 1651:Cap.XVII)
Hobbes se ocupa de poner por sobre cualquier otro poder al del soberano y a su vez definir como oscuro el poder religioso en el mundo.
IV.- La desobediencia al soberano y la guerra civil
T. Hobbes hace referencia a diferentes conceptos que se refieren a la desobediencia. Ya desde sus consideraciones en El Leviatán (1640) sobre la Ley Natural (Cap. XIV y XV), que surge del estado de naturaleza, fundamenta la constitución de la sociedad civil. El estado de naturaleza se deduce de las pasiones del hombre y son las leyes de naturaleza las que permiten alcanzar la primera ley como objetivo central de los hombres: procurar y asegurarse la paz para lograr una vida feliz. (Berns, L. 2010:380)
Uno de los problemas que T. Hobbes desarrolla es el referido a la autoridad y su ejercicio. La constelación hobbesiana gira en el marco de aquellos autores que filosofan sobre el estado y la autoridad que deviene del mismo. Pero para que esta autoridad sea ejercida debe existir el consentimiento y la renuncia a la voluntad de rebelión, lo que implícitamente supone la obediencia. (Fernández Pardo, C., 2014)
En su descripción de las leyes naturales Hobbes plantea la primera ley que es “la búsqueda de la paz” (Hobbes, 1651:130) para lograr su objetivo dominando las pasiones y posibilitando una vida social pacífica.
Pero la búsqueda de la paz implica el renunciamiento a algo y en este punto nos dice: “…renunciar el derecho de un hombre a toda cosa es despejarse a sí mismo de la libertad de impedir a otro de beneficiarse de su propio derecho a lo mismo,..” renunciar (lo que constituye la segunda ley natural) tiene el objetivo de lograr algo: “seguridad”. (Hobbes, 1640:131) y este renunciamiento se fundamenta en un “contrato” a cuyo cumplimiento todos se obligan, lo que define la tercera ley natural. (Hobbes, 1651:132)
En otras palabras, según esta tercera ley de la naturaleza “…el hombre debe cumplir sus pactos…” Si este principio no se cumple la sociedad misma sufrirá y se disolverá, porque no es sostenible –sin cumplimiento de los pactos– la sociedad civil y la convivencia en paz. (Berns, 2010:383)
En este contexto debería analizarse que las causas de la obediencia –que deben ser observadas como un contrato– son “el miedo”; la necesidad de “la paz” (primera ley), para sobrevivir y “la aceptación pactada de un estado absoluto”. Lo que supone una renuncia implícita a la rebelión. (Fernández Pardo, C. 2014)
Por lo mismo la rebelión implica –volver a tomar las armas: al estado de naturaleza– desobediencia y el no cumplimiento de los pactos (tercera ley natural), porque supone la no aceptación de un estado absoluto y la autoridad del poder del monarca, así como la lucha entre facciones y un daño,”…querer hacer aquello que se había aceptado no hacer,..(…)…lo que depende de la confianza.. (…).. porque se cambia la obediencia por protección...(…)…el derecho a hacer la guerra y la paz es solo adjunto al soberano…” (Berns, 2010:383-386)
“Hobbes parece imaginar una ´cantidad´ de libertad que el hombre entrega a cambio de una ´cantidad´ de seguridad que el mismo recibe”. (Fernández Pardo, C., 1999:82)
Locke concibe el principio de rebelión contra la autoridad cuando esta no cumple con el real soberano que es el pueblo, (Fernández Pardo, C. Ibíd), mientras que Hobbes rechaza el gobierno mixto o las limitaciones al poder soberano, o la rebelión, a cuya voluntad incluso somete los otros poderes: legislativo y judicial. (Berns, 2010:387)
“..El amor y deseo de libertad, según Hobbes, no es más que una máscara del deseo de elogio y vanidad,..” (Berns, 2010:391) y es también lo que puede conducir a la ruptura de los contratos e incitar a la rebelión. Es por ello que en el primer diálogo del Behemoth se inscribe en una abierta crítica a las ideas de Aristotéles, que se difundían desde las universidades por doctos e ilustrados que solo hacían al interés del Papa y de la iglesia de Roma.[4]
Así es que ingresamos en el tratamiento de los aspectos que Hobbes trata en el Behemoth referidos a la “revolución”, palabra que expresa en pocas ocasiones –salvo al final cuando se refiere al Parlamento Largo y las luchas de poder contra el Rey (1648 a 1653)– mientras que a lo largo de todo el libro con frecuencia se refiere a facciones en lucha y la palabra que utiliza es: “rebelión”.
En todo el recorrido del libro Hobbes se detiene en la descripción de diferentes conflictos en los que diferentes facciones –poblaciones, grupos, poderes e incluso la iglesia– se alzan y luchan contra otras y en todos los casos utiliza la palabra rebelión.
Como por ejemplo: “…cuando los ministros presbiterianos y otros predicaban con tanta seriedad y animaban a los otros a la rebelión en las pasadas guerras,..” (Hobbes, 1668:83); “..nunca podemos juzgar con seguridad las intenciones de los hombres,..” (Ibíd.:93); “…me sorprende que no esperaran y previnieran una rebelión en Irlanda,..(…)… ¿Qué mejor momento podían elegir para rebelarse que este cuando se veían alentados no solo por nuestra debilidad, causada por esa división que existía entre el rey y su parlamento[5],..(Ibíd.:102-103); más adelante se refiere a las represalias que debía tomar el rey luego de haber dominado la rebelión irlandesa y controlado sus tierras (Ibíd.:113).
Desde finales del Diálogo II e inicios del Diálogo III Hobbes se aboca al conflicto entre el Parlamento y el rey a quien –en búsqueda de la salus populi– le otorga el derecho a defenderse de quienes le han arrebatado el poder soberano, ”..a fin de recuperar su reino y castigar a los rebeldes,..” (Ibíd.:142)
Y describe el enfrentamiento como consecuencia que el Parlamento deseaba y soñaba con un poder mixto, en el que tuvieran su cuota de poder, a pesar de saber que el rey tenía el poder soberano. (Ibíd.:162)
Ya en el final del texto Hobbes se refiere al conflicto existente entre el Parlamento presbiteriano y el rey Carlos I, el que fuera asesinado[6] y predominó el poder parlamentario, en el que había dos facciones: una de ellas que buscaba su destitución y la otra que además buscaba la destrucción y muerte del rey (la que se denominó Rump). (Ibíd.:257)
Recién sobre el final Hobbes utiliza la palabra revolución, y es en ocasión de su deseo de lograr asegurar la paz –aunque admite que “este Parlamento ha hecho todo lo posible para asegurar la paz”–  que expresa que: “…si los predicadores se guardaran de instilar malos principios a su auditorio. He visto en esta revolución un movimiento circular del poder soberano desde el difunto rey a su hijo. Pues ….pasó del Rey Carlos I al Parlamento Largo; de ahí al Rump; del Rump a Oliver Cromwell; y de nuevo al Rump; de allí al Parlamento Largo y de allí finalmente al Rey Carlos II, donde ojalá permanezca muchos años,..” (Ibíd.:268)
La idea de rebelión es –según mi criterio– asociada por Hobbes al conflicto (y vuelta al estado de naturaleza), y/o ruptura en el cumplimiento de los pactos, la que cuando se profundiza compromete el poder soberano, promueve y desencadena en una revolución que conduce al caos, en ambos casos no existe reconocimiento del poder, lo que lleva a la ruptura de la sociedad civil.
Hobbes utiliza en el Behemoth mucho más frecuentemente la palabra rebelión que la de revolución. Desde mi interpretación se trataría de la misma o similar situación (probablemente solo una cuestión de grado): una rebelión puede ser un estado de desacuerdo o desacato, y una revolución implica necesariamente la confrontación abierta contra el orden institucional establecido. Aunque Hobbes las utiliza en el mismo sentido.
El título que Hobbes pone con posterioridad a su obra Behemoth fue: The History of the Causes of the Civil Wars of England. (González, 2011:6)
V.- Hobbes y las relaciones internacionales

En las relaciones internacionales se propone que la política internacional se centra fundamentalmente en las acciones entre los estados (que resultan actores principales) y que esta acción política tiene su perspectiva de persuasión, defensa y/o ejercicio de la violencia a través de los denominados poderes “duros” o el denominado complejo militar. Pero en las interpretaciones modernas de las RR.II. se reconoce en forma creciente que existen otros poderes que pueden intervenir ya sea por sí o a través del poder político del estado y existe hoy una creciente participación en las mismas de los denominados “poderes blandos”.
Es más, hoy en día el estado mismo se ha convertido tanto en actor como en objeto de estudio. De la misma forma que sucede con las fuerzas del poder “duro” y a las relaciones interestatales en las que intervienen “factores transnacionales”.
“La premisa dominante es aquí la inexistencia de legalidad positiva en la relación entre los Estados, fuera del vínculo que a cualquiera inspiran las prescripciones de las Leyes de naturaleza. Lo esencial de la misma se resume en un término: anarquía. Sin embargo la anarquía hobbesiana no es, sencillamente, el caos o el desorden,..” (Fernández Pardo, C.1999:79)
Es ciertamente la probabilidad de guerra o de conflicto entre los estados –en el sentido de cada uno puede libremente usar su propio poder– lo que configura esa anarquía y lo que permite el riesgo permanente de beligerancia.
Más aún: si en algún momento se alcanzara la paz debe pensarse que ella es transitoria  (no permanente), que habilita a diferentes actores (países o grupo de países) a intervenir por si o en asociación con otros, a actuar contra los intereses de otro/s, como resultado de un comportamiento orientado a la satisfacción de los propios.
Como no existe un poder superior que obligue al cumplimiento de los pactos y a respetar las condiciones de paz, siempre el único juez de la propia causa es uno que obra según sus intereses y que por lo mismo los respeta en la medida de su propia interpretación de la ley, de un cálculo referido a la medida en que le conviene respetar lo acordado, pero al no existir una ley, ni un poder universal que obligue a cumplirla, la perspectiva de conflicto se encuentra siempre presente.
Para Hobbes el cumplimiento de los pactos es equivalente a la justicia. Es la injusticia o el incumplimiento de los mismos, y el riesgo de que ello ocurra lo que genera la incertidumbre y la anarquía.
“Donde no hay poder común la ley no existe: donde no hay ley, no hay justicia. En la guerra, la fuerza y el fraude son las virtudes cardinales..” (Ibíd.:80)
Pero hoy en día la globalización es un proceso, pero lo es en el sentido que ha permitido un impresionante desarrollo de los medios útiles para permitir y facilitar todo tipo de intercambios, como por otro lado nos ha hecho conocer “otras realidades” que –antes “invisibles” y que por lo mismo las teorías tradicionales no se encontraban en posición de considerar– se desarrollaban según sus propias características en diversos rincones de nuestro universo.
La globalización ha permitido un gran impulso a los gobiernos y sociedades dada la transferencia de ideas que posibilitó la adopción de políticas que abrieron la economía, que adoptaron sistemas económicos de libre mercado incrementando su potencial productivo y multiplicado las oportunidades para el comercio y la inversión.
A su vez los gobiernos han negociado importantes reducciones de las barreras arancelarias y han suscrito acuerdos internacionales para promover el comercio de bienes, servicios e inversión. (Levin Institute, 2014)
Así planteado el proceso de desarrollo globalizador podría interpretarse como siempre valorado positivamente, pero ello no es así.
Existen por una parte aquellos que son sus defensores a ultranza –aunque en sus propios países muchas veces encuentren resistencias– son los que en ella visualizan una mejora de los ingresos, su desarrollo y sus niveles de vida.
Mientras que por otra parte existen grupos que expresan opiniones diversas pero siempre opuestas y que se encuentran desde quienes argumentan que se trata de un producto del capitalismo, que ha servido más a los intereses corporativos de empresas internacionales que a las empresas locales que se han visto perjudicadas.
Mientras otros consideran que la transferencia cultural –simplemente por información y comunicación– que la globalización posibilita, amenaza sus propios valores culturales, sus costumbres, sus ideas, etc.
No es el caso de discutir la validez que esgrime cada posición o la de los detractores.
Lo cierto es que en el primer caso se parte de la concepción que los intercambios son de suma “0”; lo que de por sí ya es discutible (diría hoy en día un pensamiento anacrónico). Y en el segundo deberían considerarse que las transferencias culturales son “bidireccionales” y que los seres humanos adoptamos aquellas parcialidades que hacen a nuestras preferencias y tienen para nosotros una utilidad marginal de saldo positivo.
Por otra parte cuando aquellas culturas, religiones, movimientos, que desean conservar sus propias culturas e identidades, en realidad luchan contra la naturaleza propia del hombre, que finalmente adoptará aquellas que considere mejores para sí y de las que pueda según sus preferencias, obtener mejor provecho. 
Otra cuestión es el referido a la defensa de ideas, que transmitidas o no se adoptan como propias. En este aspecto los movimientos que sostienen posiciones nacionalistas en extremo, declaman por una parte la defensa ante el colonialismo cultural e ideológico pero no trepidan en utilizar las herramientas y los instrumentos de alta sofisticación, que la globalización les proporciona para entablar su lucha.
De esta forma podemos apreciar que la globalización nos ha permitido visualizar cuestiones que antes se desarrollaban en las sombras. El solo hecho de poder acceder al conocimiento y reconocer otras realidades, que defienden o pretenden conservar –como en algunos casos imponer– sus propias culturas, ideas o convicciones, nos permite comprender un mundo en el que las barreras geográfico-políticas son hoy más vulnerables, los países han hecho valer sus propias circunstancias y características, se han asociado en bloques de diversa naturaleza y con distintos intereses, configurando así el mundo presente: multipolar.
Esta perspectiva –por razones obvias– era impensada en tiempos de Thomas Hobbes. Pero no es la globalización –extenso tema merecedor de otro debate– la razón del presente, sino permitir comprender las nuevas circunstancias que hoy nos rodean y en las que se encuentran tanto las limitaciones al contractualismo hobbesiano por su misma naturaleza, como nuevas oportunidades de cooperación entre naciones.
VI.- El “estado de naturaleza” aplicado al orden internacional

Los tres aspectos descriptos en el punto anterior y que corresponden al “estado de naturaleza” (y a las leyes naturales que surgen de ella), hacen a los criterios y aspectos que deberían contemplarse para lograr alguna descripción y explicación de lo que configura el orden internacional.
Los mismos deben ser interpretados desde una perspectiva realista, que es como pueden caracterizarse las ideas que Hobbes asume.
El realismo político es una escuela con bases filosóficas antiguas, pero es Maquiavelo a quien considero precursor de la revolución hobbesiana. Ambos fueron quienes desde la filosofía política dieron fuerza al lenguaje realista.
El estado de naturaleza que Hobbes nos describe que son aplicables al orden internacional son en primer término la búsqueda de la paz necesaria para preservar la propia supervivencia. Pero no garantiza igual actitud de los otros lo que implica como he descrito un equilibrio inestable o estado de anarquía (que no necesariamente significa caos) aunque si conduce a un subyacente estado de guerra, que es –desde la perspectiva y teoría del realismo estructural o “estructuralismo”– que asume que ciertas características de los individuos (que aún siendo racionales son egoístas) mantienen sus interacciones en condiciones de “anarquía”, lo que los llevaría a querer formar un estado realmente soberano. (Doyle, 1997:113)
Así es que la soberanía imprime al estado una condición suprema y autónoma, no condicionada por voluntad alguna extraña a él, es decir: no existe un poder soberano que pueda obligar a los estados a someter su voluntad a un orden internacional. Por lo que el orden internacional solo existe en la medida que exista un equilibrio de fuerzas. Por lo mismo ningún estado puede someter su soberanía, ya que nadie puede brindarle seguridad –no existe autoridad por encima de los estados– sino la que puede obtener por sí mismo.
Los estados velan por preservar su propia seguridad y evaluar las amenazas que puedan provenir de sus vecinos, así como las propias capacidades. “..lo que sentó las bases del análisis sobre el equilibrio sistémico del orden entre los estados, que la condición soberana establecía y al que los estados podían aspirar a mantener,..” (Ibíd.:113)
Hobbes promueve que desde las leyes –o preceptos normativos– del estado de naturaleza de donde surge nuestro derecho fundamental a la auto-defensa personal y el deseo racional de seguridad. (Ibíd.:115)
Ni siquiera el cumplimiento de los contratos nos garantiza esa seguridad buscada y deseada, ya que alguno podría no avenirse a ellos y convertirse en el enemigo de otro estado, sin que exista un poder superior que lo obligue a cumplir cualquier acuerdo. El estado de guerra es inherente al estado de naturaleza y a la conformación del estado.
El realismo que nos plantea Hobbes se expresa en que la sociedad y la política se encuentran direccionadas por leyes de la naturaleza humana, que son las que permiten e inducen la asociación entre los hombres –que conforman la sociedad civil– bajo un poder absoluto que coacciona al hombre a no resistirlo para permitir el progreso y la vida civil en paz.
Esto no es lo que sucede en el orden internacional: los estados deben velar por sí mismos, por preservar su propia seguridad y evaluar las amenazas que puedan provenir de otros. Y esto permite una situación “anárquica” ya que en muchas ocasiones los estados no encuentran límites a sus apetencias al no tener un poder superior al que deban someterse.
Muchas de las críticas que se han efectuado se sostienen en la idea que es inapropiado identificar un estado como un único y racional actor. (Ibíd.:112)
Pero muchos de los puntos básicos referidos a la motivación humana y los peligros de la guerra civil forman parte central de la Historia de Tucídides, tal como Hobbes lo describe en el estado de naturaleza. (Ibíd.:112) Por lo que el orden internacional se encuentra en estado de anarquía y equilibrio inestable.
Todos los estados son soberanos en la política interestatal, por analogía, algo así como los individuos en el estado de naturaleza: permanecen en un estado de guerra en la cual no existe derecho internacional eficaz o alguna moralidad que condicione; todos tienen derechos sin restricciones, y ningún deber exigible. (Ibíd.:116)
La guerra es de esta forma concebida como la salida a una crisis diplomática en la que no ha podido ser resuelto el conflicto entre las partes, porque se ha superado el poder de la negociación. (Ibíd.:117)
La anarquía no reproduce por sí sola el estado de guerra, pero esto sí sucede cuando la anarquía es considerada en asociación con el estado de naturaleza y la naturaleza del estado, que sistemáticamente reproduce el dilema del sistema de seguridad interna o del estado de guerra exterior. (Ibíd.:125)
“…Probablemente en un futuro no muy lejano la antinomia que se nos presente como ciudadanos sea entre libertad y seguridad..” (Bartolomé, M., 2014)
Hobbes concluye que los estados no pueden aceptar ninguna restricción a sus acciones –o las de sus ciudadanos– salvo la oposición de un poder a su poder. (Ibíd.:128). De resultas de lo cual solo el equilibrio de poderes puede ser un medio para sostener la paz, siempre inestable porque la relación entre los actores no es benévola sino egoísta, en la anarquía del orden internacional.
VII. Hobbes y “el contractualismo”

De la lectura de las leyes de naturaleza que Hobbes desarrolla en el Leviathan para el desarrollo de un marco teórico nos resultan particularmente importantes la primera, segunda y tercera ley. (Hobbes, 1651,Cp. XIV:129-140), pues resultan sumamente explícitas para permitir conformar un marco teórico general del contrato de la sociedad civil y el soberano.
Luego de una amplio desarrollo de las características de la naturaleza humana presentada por Hobbes desde la perspectiva de igualdad, es decir: no excesiva diferenciación entre los hombres (Hobbes, 1651, Cp.XIII:124); nos dice que esa igualdad permite a los hombres desear y luchar para obtener los mismos bienes, ya que disponen de su libertad de acuerdo al jus naturale para hacerlo, dado que son incapaces de sustraerse a sus instintos y naturaleza. (Ibíd:129), circunstancia que conduce al conflicto, pero a su vez el conflicto imposibilita o pone en razonable grado de dubitabilidad, la posibilidad de que cada uno obtenga lo que desea y pueda ocuparse de la industria, las artes, o el comercio, o de sus labores y actividades comunes. Por lo que racionalmente todo hombre buscará la conservación de su propia vida, lo que le permitirá cumplir con la obtención de sus deseos y una buena vida.
Por ello la primera ley de la naturaleza a la que el hombre se ve conducido a cumplir es la búsqueda y obtención de la paz. “…todo hombre debe esforzarse por encontrar la paz, y cuando no pueda obtenerla puede buscar y usar toda la ayuda y ventajas que le de la guerra,..” (Ibíd.:130)
Esto equivale a decir que la primera ley: la búsqueda de la paz; es condición esencial de cualquier normatividad (Fernandez Pardo, C, 1999:81), a partir de la cual Hobbes deduce la segunda y tercera leyes de la naturaleza, que se encuentran derivadas de aquella y resultan esenciales a la luz del logro de condiciones de razonabilidad y perspectivas de efectividad en el sustendo de una perdurable sociedad civil.
La idea establece implícitamente la existencia de un contrato tácitamente aceptado por todos los hombres para lograr sus fines, para lo cual se someten a la voluntad absoluta de un monarca o soberano, que les garantiza la paz y la convivencia social.
Hobbes desde una perspectiva realista inicia así – aunque N. Maquiavelo, su precursor, a quien  no menciona, constituye el germen de su pensamiento– toda una corriente que luego se extiende por John Locke, J. J. Rousseau y otros, que conocemos como “contractualismo”, referida a la concepción filosófica del modo de relación y vínculo entre la sociedad civil y sus gobernantes.
Su argumentación se basa en que en ausencia de paz resulta imposible para los hombres –como lo es para los estados– el logro de sus actividades productivas y la mejora de las condiciones de vida (individual en el primer caso y colectiva en el segundo). Ya que se trata de una:  “…circunstancia en la que faltan los beneficios de la civilización. La conclusión es obvia: solo a través de la organización de la sociedad y el establecimiento de un cuerpo social pueden obtenerse la paz y la civilización,.. (…)… el interés del hombre es salir del estado natural de guerra y la posibilidad de hacerlo la proporciona la naturaleza misma, ya que ha sido la naturaleza la que le ha dado sus pasiones y su razón,…(…)…en base a lo que puede decirse que los hombres llegan a un acuerdo,.. ” (Copleston, 1973, Vol.5:40-41)
Es decir que la primera ley natural es la voluntad del hombre puesta al servicio de obtener y conservar la paz.
La segunda ley se refiere al renunciamiento necesario que la primera ley impone para el sostenimiento de la paz, es decir: renuncia al uso libre de los instintos y a la lucha contra otros sometiéndose a la voluntad absoluta de un soberano. Lo que equivale a decir que la paz requiere el renunciamiento a determinada “cantidad” de libertad proporcional a la “cantidad” de protección para el goce de su vida y sus bienes. (Fernández Pardo, C. 1999:82/2014)
La tercera ley se refiere al cumplimiento de los contratos, lo que también se refiere a un aspecto que sería esencial en desarrollar condiciones de razonabilidad y efectividad en una teoría tanto de las relaciones sociales como de las internacionales, porque ello implica la necesidad de cumplir con los compromisos (principio de justicia) que solo puede darse en condiciones en las que cada parte haya renunciado a algo.”…El contrato es la primera institución de cuyo cumplimiento surge la justicia…” (Fernández Pardo, C. 2014)
Conclusión:
Han pasado muchos años y la evolución del pensamiento político siempre rozó las relaciones entre la sociedad civil y sus gobernantes.
Hoy en día nadie aceptaría que los gobernantes son poseedores de un poder absoluto –salvo en algunas teocracias en que persiste la idea que el soberano es devenido de Dios, o en otros regímenes autocráticos–.
Y desde Rousseau se asume que la soberanía ha pasado de manos y reside en los ciudadanos, cuestión también de difícil dilucidación.
La relación se impregna hoy por instrumentos de la democracia que permiten –en diferentes grados– algunas desarrolladas, así como otras débiles o fallidas.
Si bien este es tema de otro análisis, debe tenerse en cuenta que siempre persisten en muchos gobernantes –o grupos– tendencias que los llevan a creer que pueden ejercer el poder de manera absoluta y sin límites, por sobre los demás (una vocación permanente por encarnar un neo-Leviathan): una reminiscencia hobbesiana que debería ser desterrada en nuestros días.
De la misma forma que hoy la ´volonté générale´ del contractualismo rousseauniano no puede aceptarse como imposición sin límites del poder de las mayorías, sin resguardo de los grupos que circunstancialmente no lo son.
Pero este es otro tema, que nos conduce a los medios y las formas democráticas que una sociedad reconoce como legítimos para alcanzar sus fines, aunque ello exija necesariamente el resguardo de sus dificultades, costos y amenazas, mediante la mejora del instrumento democrático.
Thomas Hobbes fue un pensador que resulta de lectura obligada para comprender la evolución de la historia del pensamiento político y económico.
Ya que el pensamiento político de Hobbes no se agota en meras proposiciones políticas, sino que indaga en una teoría de la naturaleza humana, que convalida el proceso de desarrollo social y su inmediata correlación con la administración de sus recursos.
El dilema hobbesiano que plantea el manejo de los bienes comunes, teniendo en cuenta el conflicto previsto por una naturaleza humana egoísta –como parece ser– en los que cada uno intentará obtener su propio provecho y sacar ventajas personales y el caos al que ello conduce, (la “Tragedia de los Comunes”) continúan siendo problemas en los que el Leviathan parecería ser la solución obvia, aunque no la más eficiente, porque “…el control y regulación gubernamentales pueden generar enormes costos de coordinación y desestimular la iniciativa individual...” (Vidal de la Rosa, G. 2009:187)
El aporte de Hobbes se convierte en pensamiento imprescindible para comprender la evolución de la filosofía política a la modernidad, dado el desarrollo que se concibe fundacional y el supuesto necesario para la formulación de las sociedades civiles y un estado de naturaleza previo, pre-social y pre-político, que les da origen.
Si bien se convierte en precursor del contractualismo, a su vez es un visionario de sus límites.
Bibliografía
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·         Berns, L. (2010) Thomas Hobbes (1588-1679). En Strauss, L. y Cropsey, J. (comps.). Historia de la filosofía política, Fondo de Cultura Económica. México
·         Buela, A. (2010) “Algo sobre el poder y el poderoso”. Revista de estudios políticos N° 78, Madrid.  Disponible (6 de Diciembre de 2014) en: http://corrieremetapolitico.blogspot.com.ar/2010/05/algo-sobre-el-poder-y-el-poderoso.html
·         Copleston, F. (1973) Historia de la Filosofía. Editorial Ariel. Buenos Aires.
·        Doyle, M. (1997) Ways of war and peace : realism, liberalism, and socialism W.W. Norton. NY, EE.UU
·        Fernández Pardo, C. A. (1999) La teoría política en las relaciones internacionales. Grupo Editor Tercer Milenio. Buenos Aires
·        Fernández Pardo, C. (2014) Disertaciones en el Doctorado de Ciencia Política. Universidad del salvador, Buenos Aires.
·        González, MP. (2011) “En las puertas del reino de las tinieblas. Thomas Hobbes y la religión del Leviatán”. VI Jornadas de Jóvenes Investigadores, UBA. Buenos Aires
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·        Hobbes, T. (1642) Elementos Filosóficos. Del Ciudadano. Hydra. Buenos Aires, 2010.
·        Hobbes, T. (1651) Leviatán. Losada, Buenos Aires, 2003.
·        Hobbes, T. (1668) Behemoth or The Long Parliament. Editorial Tecnos. Madrid, 1992
·        Levin Institute (2014) “¿Qué es la Globalización?”. Global Workforce Project (GWP). State University of New York. EE.UU.
·         Lukac, M.L. (2011) “Elementos filosóficos. Del ciudadano”. Reseñas. Cuadernos de Filosofía/57 pp.87-88. Buenos Aires
·         Schmitt, C. (2010) Diálogo sobre el poder y el acceso al poderoso. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires
·         Strauss, L. (1965) Natural Right and History. The University of Chicago Press.
·         Strauss, L. (2007) Liberalismo antiguo y moderno. Serie Conocimiento, Katz Editores. Buenos Aires
·         Strauss, L. (2008) El nihilismo alemán. En Espósito, R.; Galli, C. & Vitiello, V. (Comps). Nihilismo y política. Ed Manantial, Buenos Aires.
·         Vidal de la Rosa, G. (2009). “The Commons y Elinor Ostrom” Sociológica: 24(71), 185-194. México.       Disponible (3 de Febrero de 2015) en: http://www.scielo.org.mx/pdf/soc/v24n71/v24n71a8.pdf

(*) Dr. Eduardo Filgueira Lima. Director del CEPyS
Buenos Aires, 6 de Marzo de 2015


Referencias:



[1] Los datos biográficos de T. Hobbes fueron obtenidos de “Biografías y Vidas” (disponible en la web)
[2] Notas tomadas de BCW Project “British Civil Wars, Commonwealth & Protectorate” (1638-1660)
[3] Esta interpretación se extiende en numerosos párrafos a través de su obra “Behemoth” (1668) y será ampliado en los puntos siguientes del cuestionario.
[4] Aspecto ya tratado en el Punto II del presente informe
[5] Se refiere a la rebelión de los papistas de Irlanda, que intentaron tomar el Castillo de Dublín donde residían los oficiales del gobierno de rey.
[6] Carlos I fue asesinado en 1649, luego de la Segunda Guerra Civil en la que es apresado y se niega a solicitar una súplica por su vida considerando que  ninguna corte tenía jurisdicción sobre un monarca, ya que su propia autoridad para gobernar le había sido dada por Dios. La corte declaró que “no hay hombre sobre la Ley”. Finalmente fue decapitado.

Fuente: Elaborado por el Departamento de Investigaciones en Ciencia Política