lunes, 9 de marzo de 2015

La política y su malestar

Por Enrique Aguilar (*)

En unas páginas sobre Walter Benjamin, escritas en la mejor tradición del ensayo filosófico, Ricardo Forster se refirió a la recepción que la obra del berlinés tuvo en la Argentina cuando, recuperada la democracia, "el tiempo de las urgencias políticas dejó paso al de los debates intelectuales organizados alrededor de un sinnúmero de mesas redondas, tiempo dominado ya no por el fervor y el furor de interminables polémicas, sino por esos otros dispositivos más mesurados y tolerantes surgidos de la primera época de la transición democrática. Lo que antes estaba contaminado por las demandas de una historia preñada de agitaciones, ahora, en el giro de los ochenta, dejaba su lugar a una alquimia de revisión generalizada de los antiguos saberes y de veloz desprendimiento de las gramáticas de la revolución. Entrábamos en un tiempo en el que la tolerancia y las buenas costumbres reemplazaban a las intensidades de antaño".
¿Qué hicimos los argentinos para revertir este designio? ¿Por qué, transcurridos 30 años, nuevos antagonismos han venido a apoderarse de nosotros transformando el espacio público en un escenario de permanente confrontación? El interrogante no se resuelve repartiendo indiscriminadamente las culpas entre gobernantes y gobernados, como si la cuota de responsabilidad no fuera proporcional a la capacidad de decisión y las atribuciones de unos y otros. Tampoco lleva implícito el deseo de que nuestras discrepancias (que la política debería poder gestionar) cedan espacio a la ausencia de debate y a una suerte de "pacificación intelectual". Por lo menos desde Tocqueville y John Stuart Mill se sabe del daño que se provocan las sociedades cuando propenden a una apacible uniformidad y, en consecuencia, al adormecimiento de su imaginación.
Sin embargo, si la discordia admite gradaciones, la que actualmente nos hostiga es lo bastante profunda para ahondarla todavía más con dialécticas instaladas desde las propias autoridades nacionales, quienes, por definición, deberían contribuir a moderar el conflicto en lugar de escalarlo. "A ellos les dejamos el silencio": una ilustración tan reciente como excesiva de esa lógica. Quizá no deba sorprendernos. Una lectura maniquea de la historia, presente o pretérita, no puede sino conducir a estos extremos. Pero entonces si la enemistad es fomentada desde la propia retórica oficial, ¿que opción nos queda a los ciudadanos de a pie sino la crítica, entendida como una forma libre de compromiso? ¿No debería ser ésta, en particular, la actitud esperable de todo hombre de pensamiento celoso de preservar su autonomía y, por consiguiente, la independencia de espíritu que es inherente y necesaria a su oficio?
En un espléndido ensayo del escritor italiano Claudio Magris se sostiene que el legislador que castiga la corrupción en las concesiones públicas es como un artista que sabe imaginar la realidad. Porque, en efecto, lo que este legislador advierte en la corrupción no es sólo la abstracta transgresión de una norma, sino también la existencia de hospitales pobremente equipados, enfermos mal curados u otros tantos desamparos. Pero el intelectual que se entrega a las pasiones de la cité no siempre despliega esos recursos imaginativos; de ahí que pueda desestimar, por ejemplo, una denuncia de cohecho o el enriquecimiento ilícito de un funcionario, como si se tratara de usos admitidos. Tampoco este intelectual se muestra naturalmente dispuesto a discernir la lealtad incondicional a una causa (que a la larga convierte a un teórico en un propagandista) de esa otra forma de compromiso más "expectante" (si se me permite llamarlo así) que, sin recluirse en el silencio ni renunciar a la zozobra ciudadana, se detiene ante el umbral del proselitismo precisamente para resguardar su libertad de crítica. Esa libertad que puede llevar al intelectual a importunar al poder, pero nunca a servirlo.
Raymond Aron propuso hace décadas una explicación plausible para esa suerte de doble moralidad de los intelectuales que "movilizan" su inteligencia con pretensiones legitimadoras de intereses partidistas o ideológicos, a los que subordinan su preocupación por valores más trascendentes que harían mejor en promover. En una obra algo olvidada, El opio de los intelectuales, Aron se refería de este modo a quienes, indulgentes para con los horrores del stalinismo y los crímenes perpetrados en nombre de las "doctrinas correctas", cuestionaban sin sutilezas las menores debilidades de las democracias occidentales. "El espíritu de la izquierda eterna perece cuando hasta la piedad tiene un sentido único", afirmaba. Y en otra página elocuente añadía: "Cuando se observan las actitudes de los intelectuales en política, la primera impresión es que se asemejan a las de los no intelectuales. La misma mezcla de saber a medias, prejuicios tradicionales, de preferencia más estética que razonada se manifiesta en las opiniones de los profesores o escritores y en las de los comerciantes o industriales". Lo dicho explicaba para Aron que un célebre creador de ficciones pudiera atacar con virulencia a la burguesía pensante de la que provenía o que una filosofía incompatible con el materialismo histórico se dejara atraer fácilmente por las lecciones de la experiencia soviética.
Tal vez sea éste el motivo de que en la arena pública se degraden, juntamente con el lenguaje, los imperativos propios de una vocación milenaria. Sobre todo en épocas como las actuales, en que la política se ha vuelto casi un campo de batalla donde todo vale, aunque nada parezca valer demasiado. Aun así, no deberíamos magnificar lo malo. Con la perspectiva que proporciona el tiempo, nuestros nietos sabrán evaluar si el gran crimen de esta década fue haber dividido a los argentinos más de lo que estábamos. Pero algún día, cuando la cordura vuelva a hospedarse entre nosotros, seguramente podremos reconstruir esos puentes que en la transición democrática, concluidos "los sueños revolucionarios", permitieron el retorno a las buenas costumbres. Las rivalidades de ahora serán entonces desplazadas por el reconocimiento mutuo y la disposición al diálogo. Discutiremos sin odios y la crítica, sobre todo la crítica de las ideas, no claudicará frente al ánimo revanchista, el poder concebido como omnipotencia ni el espectro de ninguna pesadilla.
(*) Enrique Aguilar. Politólogo. Director del Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina. Artículo publicado el 9 de Marzo de 2015 en el Newsletter de la Fundación Atlas