domingo, 1 de marzo de 2015

¿Quien habla de los pobres?

Por Diana Ferraro (*)

Uno de los mayores errores de la oposición al kirchnerismo ha sido el de hacer del kirchnerismo  y el peronismo un único paquete cerrado con el rótulo de populismo. La consecuencia mayor de este error consiste en dar por perdido a la hora de votar a ese  30 o 40% de la población que recibe subsidios o beneficios del actual gobierno. Al sobreentender que ese 30 o 40% siempre fue alimentado por políticas populistas, se lo desdeña y ningunea y, en ningún caso, se lo hace objeto de un discurso especial. Si el kirchnerismo, en efecto, es populista, el peronismo no lo es.
Al kirchnerismo populista no le interesa la promoción social de los pobres, ni en su educación ni en su ingreso a la clase media. Le interesa, en efecto, contar a esa inmensa mayoría de no educados, desocupados o subocupados como una mayoría electoralmente fiel a cambio de beneficios circunstanciales como diversos planes de beneficios económicos o el fútbol gratis. En cambio, el peronismo histórico logró esa misma mayoría fiel dándole derechos que antes no tenía, favoreciendo las organizaciones sindicales de trabajadores y educando masivamente a los niños de esa primer generación. Ese peronismo histórico hizo ingresar a aquella mayoría del pasado en la clase media. Sin embargo, el General Perón calificaría hoy a esta inmensa nueva masa de pobres que la desorganización del país a lo largo de décadas volvió a construir, como una “masa informe”, idéntica a las grandes masas de postergados del pasado y que requiere hoy un nuevo tipo de atención.
 El camino a la clase media y a todos los derechos políticos y sociales no volvió atrás y por lo tanto no se trata de proponer una nueva revolución política (al socialismo estatista y populista, por ejemplo, como pretende el kirchnerismo) sino de una adaptación del antiguo instrumental peronista a las nuevas condiciones económicas globales. Se trata de encontrar los modos y medios para rápidamente identificar al total de la población sumergida, integrarla a nuevos planes de educación y trabajo, instando a las instituciones educativas o sindicales a proveer o gestionar los seguros y créditos necesarios para que este esfuerzo sea financiado, en primer término, por el trabajo de cada ex-pobre o el estudio de cada ex-niño o joven no instruido. El Estado puede contribuir a este esfuerzo con un impuesto específico, a ser administrado por cada una de las instituciones responsables, con el Estado y las instituciones actuando en pares descentralizados en ambos niveles.  De este modo el trabajo, la salud y la educación comenzarían a estar asegurados y sólo restaría resolver con las mismas premisas de descentralización y crédito el tema de la vivienda. Tierras fiscales, construcciones financiadas a bajo crédito por el mismo trabajo y/o con trabajo propio, extensión de programas de viviendas rurales con huertas y plantíos, etc., son posibles con buena planificación y una sujeción cabal y simultánea a una economía totalmente capitalista, en las cuales se introduciría un nuevo actor muy participativo: el sindicato y la instituciones educativas invirtiendo sin fines de lucro a favor de sus afiliados o educandos. El lucro cesante sería aquí ganancia social y sería, a corto o mediano plazo, siempre financiado por sus beneficiarios. Un peronismo y  también un cooperativismo funcionando privadamente dentro de una macroeconomía de mercado: una novedad instrumental que quizá la Argentina sea la primera en inaugurar, por su bagaje histórico peronista, justamente, que tan bien puede calzar en una economía liberal. Aunque a muchos—peronistas o liberales—les cueste hacer este matrimonio conceptual en su rígida visión del mundo.
Resulta muy alentador que un dirigente de la oposición como Maurico Macri haya decidido por fin abrir los brazos a un peronismo moderno que hoy no tiene representación. Es la gran ocasión para retomar las banderas del pasado pero con los instrumentos de una moderna economía capitalista, dentro de la cual es posible hacer peronismo del mejor (el de la promoción hacia arriba de los pobres y no educados) usando la vieja experiencia de favorecer a los pobres con autenticidad, no para lograr votos sino para mejorar sus condiciones de vida y abrirles la puerta de esa clase media a la que aspiran a pertenecer. Aunque no lo digan y escuchen hoy con resignación discursos resentidos o socialistas inoperantes, mientras reciben un bolsón o sobre que sólo les durará hasta fines de mes.
¿Estará Mauricio Macri dispuesto a hablar también a los pobres diciéndoles la verdad e incluyéndolos en un ingreso real a una vida digna y productiva?  ¿O dejará que el kirchnerismo, ese lobo disfrazado de peronista, vuelva a comerse a los pobres? De este detalle, un discurso y una intención especial para conseguir que los pobres se hagan cargo de su destino (como lo hicieron en tiempos del General Perón), depende el resultado de las próximas elecciones.  Hoy como ayer, es sólo un tema de liderazgo inteligente.
(*) Diana Ferraro. Escritora, periodista y analista política.
Fuente: Comunicación personal de la autora y publicado en su blog personal el 28 de Febrero de 2015