domingo, 2 de agosto de 2015

Peronismo y antiperonismo

Por Carlos Salvador La Rosa (*)

La talentosa periodista Silvia Mercado ha escrito un polémico libro sobre el peronismo del 45-55 denominado “El relato peronista”, bajo la hipótesis de que entre aquel viejo peronismo y el kirchnerismo hay una identidad casi esencial. Lo interesante de Mercado es que reconoce haber sido una peronista que durante la era K sintió la misma discriminación que sus antepasados no peronistas o antiperonistas sintieron con Perón.
Viendo sólo lo negativo del primer peronismo, aún así lo de Silvia Mercado es valioso porque nos muestra cómo en las últimas décadas en los libros de divulgación histórica y en los textos escolares se impuso un filoperonismo de manual, maniqueo como mucho tiempo atrás lo fuera el liberalismo cuando reivindicaba a Mitre pero prohibía a Rosas o lo llamaba la primera tiranía, siendo la de Perón la segunda.
Así como luego del 55 Perón y Rosas fueron los innombrables del panteón antiperonista, hoy de hecho lo son Rivadavia y Roca, los nuevos monstruos del panteón peronizado. Por eso Mercado se opone al peronismo light que hoy domina la divulgación histórica y se mete en la piel de sus opositores. Si ello sirve para encontrar un justo medio, bienvenida.
Pero lo cierto es que más allá de este texto, hoy existe un clima político en el que al peronismo hegemónico durante más de veinte años, se le opone en parte un antiperonismo revivido que ve en los últimos setenta años un país enfermo precisamente porque al peronismo nunca se lo pudo derrotar del todo.
Entonces nuevamente vuelve, tras esa pretensión, el debate entre una doble superficialidad: como si al encuestador, K Artemio López, le hubiera aparecido un Jaime Durán Barba, apólogo el primero del peronismo como la verdadera y única identidad nacional contra los gorilas, y el segundo, de la carga del hombre blanco que, en su pureza al rechazar alianzas con peronistas (salvo algunos “blancos” como Reutemann), viene a intentar, por enésima vez, borrar a tan complejo fenómeno histórico de la faz de la Argentina. Que quede claro que no decimos que Macri piense eso, como no todo el peronismo piensa como el kirchnerismo. Pero todo esto tiene su historia.
El primer antiperonismo, el del 55, tuvo como aspiración de máxima borrar a todo el peronismo prohibiéndolo hasta en su mención. El segundo, el del 76, buscó acabar con toda la cultura 45-76 porque los militares creían que ya toda la sociedad, incluso la antiperonista, había sido contagiada por el peronismo.
Luego, en su primer año, el alfonsinismo más ideológico venía a hacer algo parecido o peor: a borrar toda la historia desde los 30 en adelante para recuperar la república perdida radical porque, en su opinión, tanto los años 30 habían sido preperonistas como todo lo que vino luego del 55 (salvo Illia), incluso la dictadura procesista, eran de un modo u otro peronistas, que eso significaba el pacto sindical militar.
Pero al muy poco tiempo Alfonsín se dio cuenta de la necedad de su inicial pretensión de borrar de la historia al peronismo y propuso el tercer movimiento histórico donde ahora en vez de acabar con todo el peronismo, se integraba con los mejores sectores del PJ. Logró, es cierto, crear un peronismo a su imagen y semejanza pero, ni lerdo ni perezoso, ese peronismo en vez de caer a los pies de Alfonsín, lo derrotó en 1989 robándole sus banderas. Claro que ese desencuentro entre los sectores más modernistas y republicanos de ambos partidos, lo que logró es que el peronismo tradicional con Menem a la cabeza le robara el gobierno a alfonsinistas y peronistas renovadores a la vez. Desde entonces cada día estamos más cerca del PRI, con un peronismo cada vez más extendido y una oposición empequeñecida, aunque los sectores no peronistas sean cuantitativamente más que los peronistas en las bases de la sociedad. 
Frente a eso es que hoy surge un nuevo antiperonismo, pero ya no de antiperonistas sino de viejos peronistas o gente que se dejó seducir por alguna de las facetas del camaleónico peronismo y ahora quiere purgar su supuesta culpa por haber caído en la tentación, sobreactuando antiperonismo.
En realidad se trata de personas que, de tanto criticar al kirchnerismo por la increíble intolerancia que éste hizo retornar, en un país que parecía haberla superado, llegó a la conclusión de que esta década es una repetición textual del primer peronismo y que por ende se trata de un mal contagioso que, si no desaparece del todo, seguirá impidiendo el desarrollo del país. No quieren borrarlo a las patadas como los gorilas del 55 o los milicos del 76 porque son democráticos, pero tampoco quieren síntesis como el Alfonsín más sensato, porque piensan que la verdadera enfermedad argentina es el peronismo.
Por eso saben lo que no quieren pero no saben cómo sacárselo de encima. Pero si eso no ocurriera se conformarán con decir que este país no tiene destino, que es un país de m... con gente de m ...y sentirán en minoría un desprecio asqueroso por el peronismo, como Fito Páez siente por Macri. Porque gorilas que desprecian al pueblo hay en todos lados.
El error del antiperonista de ayer, hoy, mañana y siempre es que no cree que el peronismo sea una idea diversa con sus cosas buenas y las malas, sino que piensa que el peronismo y por ende los peronistas, son de una naturaleza distinta, baja, porque el peronismo se hizo carne en la sociedad expresando todo lo malo de la Argentina sintetizado en él. Nada diferente a lo que piensan los kirchneristas de sus opositores o lo que pensaba el primer peronismo de los no peronistas y viceversa. Intolerancias de un lado y otro. 
Claro que los que quieren construir un país sin el otro o sin síntesis alguna tienen un argumento a su favor: las síntesis casi siempre han sido derrotadas en la Argentina por las intolerancias, en el 45 y en los 55, 62, 66, 74, 76. Pero, sin embargo, para equilibrar históricamente, los mejores políticos de la Argentina contemporánea fueron los que en alguna etapa de su vida -en nombre de viejas intolerancias- intentaron nuevos acuerdos: Frondizi, el Perón final, Balbín y en parte Alfonsín.
Todos fracasaron pero siguen siendo nuestra mejor herencia. Por eso no hay respuesta a esta problemática que ya lleva 70 años. O uno le gana al otro o alguno o los dos se mueren por muerte natural, o se intenta de nuevo lo que en casi toda la historia argentina fue lo más minoritario y fracasado: la síntesis. Pues la Argentina como proyecto va de fracaso en fracaso como nación porque siempre triunfa la intolerancia. 
La Argentina cambiará para bien no cuando se acaben el peronismo y/o el antiperonismo (porque lo más seguro es que ambos ya estén muertos aunque los fanáticos de un bando y de otro todavía no se hayan dado cuenta) sino cuando lo que fue minoritario en toda esta época, se haga mayoritario: la tolerancia y la comprensión hacia el otro, hoy casi inexistente, al menos en las élites.
En realidad, peronismo y antiperonismo son dos caras de la misma moneda y mientras sigamos discutiendo en esos términos estaremos condenados a la eterna decadencia. 
El antiperonismo, pese al transcurrir de los años, nunca cambió, siempre vio los mismos defectos en el peronismo. Por eso jamás tuvo capacidad de renovar nada, y a cada embate suyo el peronismo resurgió con más fuerza.
En cambio, el peronismo cambia siempre de acuerdo a los vientos por lo que nunca asume ningún defecto como propio; viene a corregir lo mismo que destrozó. Con lo cual al revés pero igual al antiperonismo, renueva para que todo siga igual.
Hace ya tiempo, allá por el 85, la sociedad había llegado a un acuerdo implícito de aceptar lo que Perón y Balbín propusieron en el 73: que se avanzara a partir de lo mejor del peronismo y del no peronismo, minimizando los grandes defectos de ambos, para alcanzar alguna síntesis productiva.
Y eso dio bastante resultado hasta que un grupo de petulantes hizo despertar los viejos odios y no sólo eso, sino que vino a decir que lo peor del viejo peronismo era lo mejor. Por eso reivindicó sin medias tintas la lucha contra la prensa, el culto a la personalidad, el adoctrinamiento, la división de la sociedad en dos, el conflicto permanente, el considerar al otro como enemigo, el verticalismo, la politización de la vida, el maniqueísmo histórico y el uso del pasado para fines presentes.
Todo eso se reivindicó en esta década. Ahora la reacción que va apareciendo en el no peronismo más duro es la de condenar en bloque a todo el peronismo (cuando éste ya no es ningún bloque) en nombre de un bloque antiperonista (que tampoco existe como bloque). La reacción es tan equivocada como la causa, pero inevitable al menos por un rato. Para sacarse las broncas. 
Ahora sólo hay que desear que si gana Scioli el peronismo no se transforme en un PRI, en un partido único de hecho. Y que si gana Macri no intente la tontería de hacer resurgir el antiperonismo porque lo que necesitamos, al menos por un tiempito, es que nos gobierne gente menos pretenciosa, menos ideológica. Por eso se vota a Macri o Scioli o Massa que son un calco.
Porque luego de tantas cretinadas disfrazadas de falsas épicas, no anhelamos más políticos providenciales ni refundadores sino hombres comunes que devuelvan la política a la gente, que reconstruyan el Estado y que se dediquen a gestionar con efectividad sin buscar nuevas divisiones.
(*) Carlos S. La Rosa. clarosa@losandes.com.ar Periodista y analista político. Publicado en "Los Andes" el 2 de Agosto de 2015