martes, 13 de octubre de 2015

Populismo y estado de esclavitud

Por Roiberto Cachanosky (*)

El populista saquea la renta generada por la gente que trabaja
En su interesante libro Poder y Prosperidad, Mancur Olson analiza la relación entre crecimiento económico y las instituciones, entendiendo por instituciones las reglas de juego que imperan en una sociedad. En inglés se lo conoce como el rule of law. La traducción más aproximada que uno podría encontrar al español sería: el imperio de la ley.
Olson plantea que si una sociedad tiene que optar entre el pillaje ocasional que surge de la anarquía, significa que esa sociedad pierde los estímulos para producir. Es decir, si un pueblo es sometido al continuo acoso de grupos armados que roban todo lo que encuentra a su paso y se va a otro pueblo a seguir robando, ese pueblo no tiene entusiasmo por seguir produciendo. La riqueza desaparece porque las gentes no producen. Podemos imaginar un país en estado de anarquía en que diferentes grupos armados van por las casas robando todo lo que encuentran en su camino. En el ejemplo de Mancur Olson, estos grupos serían el equivalente a ladrones errantes. Roban tod y luego se van a robar a otro lugar.
Luego de analizar por qué el ladrón errante destruye toda la producción, Olson afirma: “La lógica del asunto –además de la información histórica y observaciones recientes- sugiere que el saqueo continuado de un bandido estacionario es muy preferible a la anarquía”.
¿Quién es el bandido estacionario? Aquél que le ofrece protección al pueblo que es sometido continuamente por el saqueo de los ladrones errantes. Es decir, los habitantes de ese pueblo, en términos relativos, están mejor con un ladrón estacionario que con un ladrón errante, dado que el ladrón estacionario los defiende del ladrón errante. ¿Por qué el ladrón estacionario es una mejor opción que el ladrón errante?  Porque el ladrón estacionario no se roba todo como el ladrón errante. Tiene que dejarle a la gente algún estímulo para producir. Si robara lo mismo que el ladrón errante, la gente del pueblo estaría en un punto de indiferencia entre un ladrón y el otro.
Es típico de los gobiernos populistas actuar como ladrones estacionarios. Es decir, usan el monopolio de la fuerza que les fue delegado para defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas para expoliar a la gente que trabaja, y repartir entre amplios sectores de la sociedad parte del botín. Inicialmente los gobiernos populistas redistribuyen el fruto de su saqueo entre amplios sectores de la población para lograr su adhesión y así “legitimar” su permanencia en el poder. A diferencia de los señores de la guerra de la que nos habla Mancur Olson en Poder y Prosperidad, el populista no llega al poder mediante el uso de la fuerza, sino que llega al poder mediante el voto. Luego de llegar al poder se quita la careta y se muestra su verdadera cara de autócrata. Es entonces cuando comienza a utilizar el monopolio de la fuerza para violar los derechos individuales.
Tiende el populista devenido en autócrata a saquear al sector más productivo de la sociedad para, con el fruto del saqueo, comprar el apoyo de amplios sectores de la sociedad, es decir, compra el voto. El populista somete a un estado de esclavitud a los sectores más eficientes de la sociedad. Los dueños de los esclavos no los mataban de hambre. Le daban de comer porque necesitaban a los esclavos para que produjeron. El populista actúa de manera parecida. En general no expropia los bienes de producción porque prefiere que el dueño los trabaje por él. Ninguno de sus seguidores querría ponerse a trabajar, solo desean vivir a costa del que produce. Por eso el populista saquea la renta generada por la gente que trabaja. Los esclaviza usando el sistema impositivo. Pero como con la carga impositiva va quitando los estímulos para producir y comienzan a escasear los productos, el populista establece una maraña de regulaciones que terminan ahogando más la producción.
La estrategia del populista es plantear que cobra esos impuestos con sentido solidario. Para redistribuir el ingreso. De esta manera somete a un estado de esclavitud a parte de la población y el que se niega a ser sometido a un estado de esclavitud es un evasor y egoísta que no quiere ser solidario con los más humildes. En rigor, lo que hace el populista es someterse a un estado de esclavitud a los sectores más productivos y con el fruto del trabajo de ellos, mantiene a quienes los votan porque viven sin trabajar. Su negocio es ese y usar el estado en beneficio personal.
Justamente da para el debate si el populista, que es un ladrón estacionario, no termina matando la producción. Mancur Olson sostiene que “el bandido estacionario, debido a su monopolio sobre el crimen y los impuestos, tiene un interés inclusivo en su territorio que le hace limitar el pillaje, ya que tiene una participación sustancial en las pérdidas sociales resultantes de tales depredaciones”. Es decir, para Olson, el ladrón estacionario saquea impositivamente a la gente hasta un punto porque si se destruye riqueza el ladrón estacionario sale perdiendo dado que es un “socio” en las ganancias y en las pérdidas de generación de riqueza que genera la sociedad.
Me parece que el ladrón estacionario termina destruyendo la fuente de riqueza que él explota, por tres razones. En primer lugar porque establece tantas regulaciones que ahoga la producción. En segundo lugar porque la presión impositiva desestimula la generación de riqueza. Y en tercer lugar porque como el gobierno populista se va poniendo cada vez más tirano, los capitales huyen hacia países con mayores grados de libertad. Así, la falta de inversión y la destrucción del stock de capital que genera riqueza van agotándose hasta que ya no quedan recursos para redistribuir y se pierde el apoyo de las mayorías que antes aplaudían y votaban al populista.
Llega un punto en que el populista solo puede mantenerse en el poder mediante el uso de la fuerza. Encarcelando y silenciando a los opositores. En ese punto ya es tarde. La tiranía está establecida y rara vez puede terminarse con ella si no es mediante la violencia. El populista devenido en tirano no deja el poder ni se somete al voto popular.
En definitiva, el populista no es otra cosa que un ladrón estacionario que, como resultado final, termina destruyendo toda la riqueza como lo hace el ladrón errante. Si la gente no lo advierte a tiempo, el populista termina siendo un tirano y los sufrimientos de la sociedad son muchos mayores. Pero el paso previo, siempre es someter a los sectores productivos a un estado de esclavitud en nombre de la solidaridad social.
(*) Roberto Cachanosky. Economista. Director de "Economía para todos". Artículo publicado el 11 de Octubre de 2015