lunes, 2 de noviembre de 2015

Una extorsión con demasiados riesgos

Por Carlos Pagni (*)
Daniel Scioli se pensó siempre como una celebrity cuya misión sería cotizar bien alto en las encuestas para, llegado el día, servir de mascarón a una estructura necesitada de conservar el poder. Pero la historia está siendo con él más exigente. Scioli se ha convertido en el candidato que, en tres semanas, debe impedir que el peronismo termine de sumirse en un derrumbe histórico. En la primera vuelta electoral esa fuerza entregó su territorio más preciado: la provincia de Buenos Aires. De los grandes distritos sólo le queda Córdoba, pero liderada por el opositor José Manuel de la Sota. Perdió la inexpugnable Jujuy. Ya había caído en Mendoza. Y para retener Santa Cruz tuvo que recurrir al subterfugio de la ley de lemas.
Curioso destino el de Scioli: de él depende que Cristina Kirchner no pase a la historia como quien condujo al peronismo hacia un fracaso equiparable al de 1983.
El candidato kirchnerista pasó una semana en estado de perplejidad. El jueves anterior a las elecciones, cuando sus encuestadores le insinuaron un posible ballottage, se envolvió en un malhumor superior al habitual. Durante el escrutinio, entró en shock. Y no pudo reaparecer ante las cámaras, como había prometido. Entre el lunes y el martes navegó en un mar de dudas. ¿No sería mejor abandonar la carrera? Recién el miércoles recobró alguna serenidad, como para evaluar tres estrategias.
La primera fue romper con Cristina Kirchner y diferenciarse con iniciativas como, por ejemplo, una refundación del Indec. El vocero de esa posición fue el ajedrecista y matarife Alberto Samid: "Con cada cadena nacional perdemos 700.000 votos", se quejó. La opción fue descartada: ese lugar ya lo ocupó Sergio Massa y es tarde para imitarlo. La segunda alternativa fue "ser más Scioli que nunca". Es decir, refugiarse con fe, con esperanza y con Karina Rabolini, en ShowMatch y sus alrededores. También fue desechada. Mauricio Macri ya ganó la delantera en el ejercicio de pedir el voto porque "votándome a mí te estás votando vos". Se impuso la tercera opción, recomendada por el consultor estadounidense James Carville y por el brasileño Joao Santana. Scioli intentará identificar a Macri con el ajuste despiadado, y lanzará una advertencia, por no decir una extorsión: quien vote a su rival perderá los beneficios conquistados durante la "década ganada". Macri será presentado como una regresión "a la época del neoliberalismo". Es decir, a "los noventa".
Scioli aceptó el consejo de Carville y Santana a pesar de sus restricciones. Una de ellas es que él mismo está rodeado de figuras ligadas a la etapa que quiere denostar. Uno de los dirigentes en los que más confía es Carlos Corach. Entre sus economistas predilectos está Miguel Bein, que integró el staff de Fernando de la Rúa en 1999. Y Mario Blejer, a quien Domingo Cavallo llevó a la vicepresidencia del Banco Central en 2001, como parte del esfuerzo por salvar la convertibilidad. Además, en el equipo de Scioli está Scioli, quien se aproximó a Carlos Menem de la mano de Ramón Hernández y Claudia Bello, que lo convirtieron en diputado en 1997. Que Scioli recurra a "los noventa" para descalificar a su adversario demuestra que cada vez son menos los que recuerdan qué fueron "los noventa".
Pero la fisura principal de la estrategia oficialista no es que malinterpreta el pasado. Malinterpreta el presente. El ajuste no es algo que está por llegar con Macri. El ajuste ya llegó. Si se promedian los índices de los últimos cuatro años, se advierte que la economía está estancada. El Indec disminuye el número de los que buscan trabajo. Si los incorporara, el desempleo hoy no sería del 6%, sino del 11%. Según el Ministerio de Trabajo, en Rosario o en Mendoza ha habido caídas de alrededor del 10% en el nivel de ocupación. La construcción está en recesión. Son las consecuencias del atraso cambiario. Como con la convertibilidad.
Quien mejor percibió este fenómeno ha sido Massa. Retuvo el 21% de los votos porque puso en palabras el malestar de quienes ya no se benefician con las prestaciones del "modelo". Por eso para las próximas semanas Scioli se atará a tres consignas del massismo: 82% móvil, rebaja de Ganancias y combate al narcotráfico, iniciado anteayer con una caminata sobre paquetes de marihuana.
La señora de Kirchner invita a esos ciudadanos desencantados a no arriesgar lo que, en realidad, ya perdieron hace tiempo. El error alimenta un chiste en Twitter: "Alrededor de una mesa sobre la que hay 20 galletitas hay un kirchnerista, un pobre y un rico. El kirchnerista se lleva 19 galletitas y quiere que el pobre crea que el rico le quitará la que quedó". Axel Kicillof repitió que "el candidato es el proyecto". Pues ese candidato sacó 36,86% de los votos. Y en la provincia de Buenos Aires, principal tubo de ensayo del experimento, 37,13%.
El kirchnerismo no sabe describir la escena en la que le toca ir a las urnas. La principal debilidad del discurso que ofreció la Presidenta el jueves pasado no fue su agresividad. Fue su conservadurismo. Su pintura de la economía es tan anacrónica como la presencia de Carlos Zannini en los actos de campaña. Allí radica la mayor fragilidad de la táctica de Scioli. Para conquistar el corazón de nuevos electores con un mensaje de futuro, debe desmentir a Cristina Kirchner. La gestión oficial está agotada desde el punto de vista de la promoción social. Y Scioli ha sido, como gobernador de una provincia en muchos aspectos colapsada, parte del problema. Al brasileño Santana ya le tocó enfrentar esta dificultad: en 1999 intentó salvar a Duhalde del ocaso menemista. No hace falta recordar que fracasó. Aquella vez, igual que ahora, el encargado de comunicar sus ocurrencias era Jorge Telerman.
Scioli no convocó a Santana por esa experiencia. Él confía en reproducir el marketing de Dilma Rousseff, que se hizo reelegir en medio de una ola de protestas. Santana logró ocultar a los brasileños que la política económica del PT sólo podía ser abandonada. Sembró el miedo. Para estigmatizar a Aecio Neves, por ejemplo, presentó a Lula da Silva en un spot diciendo: "¿Te acordás de que cuando gobernaban los que quieren volver ahora no tenías autito? ¿Sabés por qué? Porque no quieren que lo tengas. Por eso, si ganan, te lo van a quitar". El problema de Santana es que está expuesto a su propio veneno: la policía brasileña comenzó a investigarlo por la sospecha de recibir dinero negro de Lula y de Rousseff. Tal vez por eso le negó a su amigo De la Sota estar trabajando en la Argentina. Pero en el equipo de Scioli informan lo contrario.
Cordón sanitario
Macri es más vulnerable que otros candidatos a una receta negativa. Sin embargo, según las encuestas que consume Scioli, en la última semana el número de quienes jamás lo votarían bajó del 50 al 35%. Por otra parte, su equipo se propone tender un cordón sanitario contra la campaña sucia de Scioli. Suprimió las reuniones programáticas, para evitar la filtración de iniciativas que podrían ser tergiversadas. Y suspendió la nominación de funcionarios, para no atraer los carpetazos.
Además de luchar contra Macri, Scioli debe vencer el desaliento del PJ. Algunos dirigentes, como Florencio Randazzo, no esperaron al 22 de noviembre para cuestionar el liderazgo de la Presidenta y la capacidad de Scioli como candidato. Randazzo adelantó la convulsión poskirchnerista.
Al rechazar la candidatura de gobernador, Randazzo fue determinante en el desastre bonaerense. Esa derrota es un fenómeno en sí mismo. Además de cambiar la distribución geográfica del poder, modifica su dinámica. Macri produjo la peor herida a su rival: el protagonismo de Aníbal Fernández disimuló por un momento que en Buenos Aires el principal perdedor fue Scioli. Es el gobernador. Y su equipo está en una desordenada retirada.
Macri sacó también de escena uno de los fantasmas que persiguen a cualquier candidato a presidente no peronista: la amenaza a la gobernabilidad que representa el peronismo del conurbano, sobre todo en los ciclos de ajuste. La derrota en la provincia modifica, además, los planes de Cristina Kirchner. Si pensaba replegarse sobre la gobernación de Aníbal Fernández para, en 2017, postularse como senadora, deberá conseguir otras ideas.
Massa es otro que deberá recalcular su itinerario. Con el kirchnerismo parapetado en la gobernación, él podía reclamar a Macri la candidatura a senador como parte de una alianza. Si lograba una victoria, aspiraría a liderar todo el peronismo. Pero ahora, con Vidal, Macri es el oficialismo del distrito. Está obligado a ganar los comicios dentro de dos años. Es decir: está obligado a competir con él. Sin embargo, para llegar a 2017 en buen estado, debe pactar con el peronismo disidente un programa parlamentario.
Ese entendimiento comenzará a tejerse hoy. Macri recibirá a De la Sota, principal aliado de Massa y líder del único gran distrito que conserva el peronismo. De la Sota va a ser claro: el PJ antikirchnerista no aceptará un cogobierno, pero discutirá un paquete legislativo y reclamará los organismos de control. Es posible que el pliego incluya un pacto bonaerense. Massa pretende quedarse con la conducción de la Legislatura para, desde allí, reconquistar el conurbano.

La reunión Macri-De la Sota no importa tanto por su contenido como por el horizonte que supone. De la Sota, como Massa, como Randazzo, presume el derrumbe oficialista. Y se propone liderar una renovación, como aquella contra Vicente Saadi, Herminio Iglesias y Lorenzo Miguel de la que participó en los 80. Es el proceso que está llamado a obturar Scioli.
(*) Carlos Pagni. Periodista y analista político. Artículo publicado en La Nación el 2 de Naviembre de 2015