lunes, 14 de diciembre de 2015

Disentí 2003/2015

Por José Benegas (*)
La única libertad que existe es la que se conoce como “negativa”. Es decir, la libertad de no ser sometido a otros hombres o a cualquier organización, como un gobierno. La caída de un régimen criminal es algo para festejar, no tanto la llegada de un eventual buen gobierno. Porque desgraciadamente “buen gobierno”, dado el estado de la educación regimentada, es un concepto demasiado amplio y demasiado sujeto a los deseos de cada uno acerca de qué cosas deben imponerse por la fuerza. Algo que para quienes celebramos la libertad se reduce a lo necesario para no ser sometidos.
Algún día se comprenderá que la “economía” estatizada no es menos autoritaria que la “cultura” autoritaria o la “opinión” impuesta. Las tres van entre comillas porque son falsas en el contexto de la imposición. Pero para eso hace falta derribar muchos ídolos todavía. Cuando se sale de soportar a unos bandoleros perversos, todo se parece a la libertad, pero la historia continúa.
No me gustó pasarme 12 años haciendo diagnóstico de perversiones, diseccionando a un poder maligno, a sus cómplices y a una sociedad moralmente arrasada que como es habitual buscaba convertir a los chivos emisarios en chivos expiatorios. No me gustó porque nunca tuve vocación por luchar por tan poco. Imaginaba que lo iba a hacer por mucho. Espero, ahora si, ir por eso.
Pero como dijo Havel, de un modo que ni vale la pena intentar superar:
“El disidente no actúa en la esfera del poder real en absoluto. No está buscando el poder. No aspira a cargos oficiales ni busca votos. No trata de agradar al público, no ofrece nada ni promete nada. Puede ofrecer en todo caso sólo su pellejo, y lo ofrece en soledad porque no tiene otro modo de afirmar la verdad que sostiene. Sus acciones simplemente articulan su dignidad como ciudadano, sin importar el costo.”
Vaclav Havel
Empecé mi esfuerzo personal mayor hace muchos años en Newsletter El Disidente, con una nota editorial de inicio que se titulaba precisamente “Disiento”, el 31 de Agosto de 2003, cuando ya supe que sólo iba a poder hablar si lo hacía por mis propios medios:
Disiento
José Benegas
31 de Agosto de 2003
El ejercicio de disentir ha sido siempre peligroso a lo largo de la historia. El poder tiende a manipular la realidad a su antojo para justificarse. La tolerancia es una adquisición reciente de la humanidad, que coincide, no por casualidad, con su época de mayor progreso y libertad.
Pero quien crea que la historia es lineal y que la evolución es siempre positiva, debiera conocer más sobre la Argentina. Aquí los déspotas pasan, pero el despotismo queda, porque es patrimonio de la sociedad en sí.
Tuvimos nuestra pequeña primavera. Durante le gobierno de Alfonsín, se empezó a alcanzar cierta tolerancia hacia ideas ajenas. El gobierno no la practicó tanto como la sociedad. Los medios se encontraban bajo control del Estado y acostumbran a ser serviles con el poder.
Los diarios y revistas que no eran estatales, igual dependían de la publicidad oficial o del suministro de papel por parte de Papel Prensa, sociedad mixta formada por el Estado y los diarios Clarín y La Nación.
Con Menem hubo un avance muy pronunciado. Los medios se privatizaron y el Estado empresario se redujo a su mínima expresión. El Estado por primera vez en muchas décadas perdió el control del suministro de información y opinión publicada.
Sin embargo el Estado siguió controlando algo más importante: la educación. Las universidades estatales, autónomas del gobierno, se convirtieron en medios de adiestramiento de ideas socialistas muertas. Los estudiantes salían a un país que empezaba a ser amigable al capital, el trabajo y el progreso, con ideas divorciadas por completo de esa realidad y del rumbo que tomaba el mundo.
Las nuevas generaciones no habían conocido la mediocridad de la Argentina socialista previa y no veían relación entre las ideas capitalistas de las que renegaban y el bienestar del que disfrutaban y aspiraban a acrecentar.
Unido ese proceso a la inversión del orden familiar, donde los más jóvenes pasan a dominar a los más viejos, produjo un cimbronazo ideológico, cuyas consecuencias vivimos en la actualidad.
Ese sistema educativo, de alcance mucho más profundo que el de los medios cuyo vuelco a la izquierda fue una consecuencia, borró la historia del capítulo latinoamericano de guerra fría (que en esta zona fue caliente) y convirtió a las organizaciones insurrectas que recurrieron al homicidio, los secuestros y el asesinato en masa como metodología para acceder al poder e imponer un régimen totalitario, en idealistas perseguidos por su pensamiento por un gobierno militar, entre cuyos fines dicen que figuraba robar niños. El cuento de Hansel y Gretel, versión argentina, comprado por toda una generación y adquirido sin mayor remordimiento por generaciones que vivieron esos años, pero al considerar alejado definitivamente el peligro, se entregaron a aceptar la falsedad por comodidad, o a ser militantes de su construcción y difusión en busca de poder y dinero.
Lo verdad era que tanto el terrorismo, abiertamente fomentado por las dictaduras cubana y soviética, como la metodología ilegal para combatirlo, fueron fenómenos civiles que involucraron fundamentalmente a los dos grandes partidos políticos tradicionales y al que las fuerzas armadas se sumaron tardíamente para cerrar el capítulo. Por eso los grandes partidos fueron cómplices de la reescritura de esa historia que los involucraba tanto en el inicio de la violencia como en la forma irregular de responderle que utilizó el Estado.
Esa experiencia sirvió para otras falsedades. La desaparición virtual de la historia del gobierno de la Alianza se hizo con suma facilidad, una vez adquirida la tecnología de supresión de la realidad practicada con los militares. Los mismos que fueron responsables del colapso de diciembre de 2001 y de chupar las medias del gobierno inepto de Fernando de la Rua, constituyen hoy el amplio espectro del oficialismo furibundo pro-montonero que aplaude cada exabrupto presidencial.
Finalmente, a partir de diciembre de 2001, reeditamos el oscurantismo habitual. Los medios endeudados, dependientes por completo de la publicidad oficial, la caída abrupta de la actividad privada y la militancia recalcitrante de ideas antiliberales del periodismo estrella, hicieron que el gobierno de Duhalde y el actual, manejaran a su antojo la información y pudieran reinaugurar prácticas persecutorias y antidemocráticas.
La Argentina cambia la historia reciente, hace desaparecer gobiernos, convierte asesinos en idealistas y héroes en genocidas, inútiles en hombres de estado, y hombres de estado en patanes. Sabemos que nada es verdad, pero no importa. Un nuevo código de valores torna impunes las verdades de izquierda. Un fuero personal protege a los izquierdistas contra el alcance de la ley. Cuando Hebe de Bonafini llama a la lucha armada, es sobreseída de inmediato. Cuando Elena Cruz dice que la Argentina hubo una guerra (sin llamar a nadie a tocar una arma) se le impide ejercer un cargo electivo, se hacen manifestaciones multitudinarias y se le realizan autoritarios “escarches”. Cuando un hijo mata a sus padres, se convierte en inspirador moral con solo adscribir al comunismo. La sociedad civil impuso, y no un gobierno, que la izquierda otorga inmunidad, y la derecha no tiene derecho a la justicia. Porque el mal llamado “garantismo” que las teorías negadoras de la responsabilidad individual difunden, no es para todo el mundo. La derecha (la liberal, porque el nazismo, como todo socialismo, es izquierda) no tiene siquiera “derechos humanos”.
No hubo nada que se opusiera a esta tendencia, de la cual el señor K y sus matones no son más que la última consecuencia. Al avance descarado de la izquierda sobre la verdad, las instituciones y el derecho, sólo se le oponen los típicos “centristas” argentinos, que reniegan de que se hable de “derechas o izquierdas” y en pleno descalabro moral, reducen los dilemas éticos vitales al conflicto entre las listas sábana y la representación uninominal.
Hemos hecho de la tibieza la máxima virtud. Que a los tibios los vomite Dios, es la mejor prueba de que no es argentino. Un argentino “centrista” típico jamás defiende algo que quede mal, aunque sea justo y es capaz de sumarse a cualquier salvajismo con imagen de políticamente correcto. La jauría incivilizada que arremetió contra el corazón de la institucionalidad política del país como es la Corte Suprema de Justicia, desde diciembre de 2001 hasta la fecha, y la ausencia de defensores, es una de las mejores pruebas. Otra es la tolerancia escandalosa de las aberraciones jurídicas hechas en la revisión judicial de la llamada “guerra sucia” desde 1983.
En este esquema, lo más molesto es la existencia de disidentes. Quienes abrigan sentimientos de culpa por sus acciones, no pueden tolerarlos. Tanto los enemigos abiertos de la libertad, que sueñan con volver a los infiernos estalinistas en pleno siglo XXI, como los que no se animan a enfrentarlos, sienten un profundo rechazo hacia toda disidencia real.
Puede haber transgresores. De hecho, como toda sociedad oprimida (en este caso por si misma), hasta se construyen transgresores funcionales a la ficción oficial, que cuestionen tonterías. Protestones, pelilargos, vulgares, y, sobre todo insolentes (en fin, como CQC), pero que no osen cuestionar la novela del pueblo argentino víctima de la dictadura y del FMI.
La Argentina pidió mucho tiempo tener un gobierno como el del señor K. Un aspirante a tirano que concentre el poder embistiendo contra la independencia de los otros poderes del Estado, haciendo trizas la Constitución frente a nuestros ojos, en nombre de la “calidad institucional”. Alguien que haga “justicia”, pero no justicia como se entiende en los países civilizados, como un proceso tendiente a conocer la verdad y eventualmente castigar delitos previamente establecidos como tales. No, esa, que es la única que la Constitución contempla, no le interesa a la Argentina profunda. Le parece lenta y corrupta. Lo que quiere la Argentina es un baño de sangre, hecho con las cabezas de los réprobos del sistema que los medios ideologizados salvajemente construyeron a gusto y placer.
Pero qué nos puede asombrar. También la Argentina simpatizó con los crímenes políticos de los terroristas de la década del 70 cuando los estaban cometiendo (como ahora) y posteriormente lo hizo con los que desde la Triple A y desde organizaciones paramilitares le contestaron con los mismos códigos.
Hay algunas personas asombradas, pero si lo que se entendía como “calidad institucional” en la década del 90 era atacar las privatizaciones, cuestionar la resistencia civil a la opresión impositiva, confundir lucro con corrupción o enarbolar el derecho humano a matar en nombre del socialismo, nadie puede seriamente sostener, que la cara real de la izquierda montonera no se estaba mostrando desde hace años con absoluta claridad.
Si el noventismo es un estigma parecido a ser judío en la Alemania nazi. Si los voceros del presidente y el presidente mismo, utilizan lenguaje agresivo y violento contra quienes piensan distinto o los cuestionan o los consideran obstáculos, si la Corte Suprema se va descabezando de a poco por orden presidencial, si el oficialismo impone su número para aplastar el derecho a la defensa de los jueces imputados de “contrarrevolucionarios”, si los amigos del gobierno reciben toneladas de dinero de apoyo publicitario. Todo eso ocurre, no por la mala suerte del gobierno que nos ha tocado, sino por la actitud del argentino medio hacia la política y hacia la historia.
No hay pueblos libres y cobardes a la vez. El silencio o la complicidad no resultaron gratis. Todo tuvo finalmente un costo. Viviremos ahora el fruto de nuestros actos como sociedad.
Por eso rescato el valor de disentir, porque solo la disidencia nos sacará de este pozo moral y político en el que estamos. Algo que se hará cada vez más difícil, como es expresar ideas contrarias a los intereses del gobierno montonero, se hace cada vez más vital, cada vez más indispensable.
Ahora sigo mi vida. Gracias a todos los que estuvieron ahí. Abrazos.
(*) José Benegas. Abogado, ensayista, periodista y analista político. Artículo publicado en su blog personal "No me parece" el 10 de Diciembre de 2015