viernes, 4 de diciembre de 2015

¿Una corta luna de miel para Mauricio Macri?

Por Newsletter Wharton (*)

El terremoto político que auguraba el resultado de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Argentina se confirmó el 22 de noviembre, cuando Mauricio Macri, el candidato de centroderecha, consiguió la victoria en la segunda ronda o balotaje por un estrecho margen, obteniendo el 51,4% de los votos frente al 48,6% del peronista Daniel Scioli. Se acaba así con más de una década de gobiernos populistas dominados por los Kirchner: Cristina Fernández y antes su difunto esposo Néstor.
El país se dio cuenta de que “necesitaba un cambio, concretamente un Gobierno de centro derecha”, comenta Robert Tornabell, profesor de Economía y ex decano de ESADE. En su opinión, se hizo patente que “el ciclo a la baja de los precios internacionales podía alargarse, y la caída de los precios del petróleo, el gas natural, la soja, la carne y todas las materias primas exportables [del país] ya no bastaban para cubrir el déficit público, el pago de la deuda y cubrir las reservas de divisas, que se habían agotado antes del inicio de las elecciones”. Llegó un momento en que el “Gobierno tuvo que pedir a los bancos que le entregaran una parte de sus reservas de dólares porque el sector público ya no podía hacer frente a los pagos en moneda extranjera”, añade.
A pesar del evidente deterioro del panorama económico del país, que suma cuatro años sin apenas crecimiento económico, el camino de Macri hacia la Casa Rosada no se puede calificar de fácil ni precipitado. Según los expertos, su estrategia para llegar hasta la presidencia ha estado muy medida, evitando presentarse a anteriores elecciones presidenciales, cuando la victoria de Cristina Fernández parecía prácticamente asegurada, y prefiriendo ganar popularidad y experiencia política, primero al frente del famoso equipo de fútbol Boca Juniors durante 12 años y más tarde como alcalde de Buenos Aires desde 2007. Ahora que la presidenta, que entregará el bastón de mando el día diez de diciembre, no podía presentarse a un tercer mandato consecutivo, Macri ha sabido canalizar la patente voluntad de giro político que demandaba la sociedad argentina para alzarse con la victoria.
Los lemas electorales de los candidatos ponen en evidencia el hartazgo de la sociedad con la forma de hacer política del Kirchnerismo, ya que tanto el líder oficialista Scioli como el opositor Macri prometían un cambio de etapa. El primero eligió la fórmula “la continuidad con cambio” y el segundo “el cambio es posible”. Según los expertos, Macri parece haber ganado la partida a Scioli al acompañarlo con mensajes y gestos de tono más conciliador y amable que su contrincante durante la campaña, y beneficiándose, además, de estar liberado del peso de ser “heredero político” de Cristina Fernández que soportaba el líder oficialista. “Por más que Scioli prometiera el cambio, la gente ha optado por un cambio radical”, señala Rafael Pampillón, profesor de Economía de IE Business School.
Perfil tecnócrata
El punto de partida de Macri en la política tiene fecha exacta: el 24 de agosto de 1991. Según él mismo relata, la experiencia traumática por la que pasó cuando estuvo secuestrado durante dos semanas —fue trasladado en un ataúd dentro de un coche fúnebre hasta un sótano— le cambió hasta tal punto que, tras su liberación, decidió dedicarse al servicio público. Hasta entonces, Macri, graduado en Ingeniería Civil, estaba entregado al mundo de los negocios como consejero delegado del grupo empresarial familiar. El presidente electo de 56 años, hijo de un emigrante italiano que hizo fortuna en Argentina, es millonario.
La distancia social que le separa del electorado más popular parece superada, en parte, con su victoria en las urnas, pero su perfil tecnócrata genera recelos entre sus oponentes, tal y como ya ha advertido la presidenta en funciones en declaraciones a la prensa: “un país no es una empresa, que nadie se confunda”, para más tarde añadir que “siempre estaré ahí para defender los derechos de los argentinos”, lo que deja abierta su vuelta a la política como candidata a presidencia en 2019.
Sin embargo, Tornabell opina que su pasado como empresario transmite confianza “por su capacidad de gestionar con éxito los recursos escasos del país”. También lo cree Pampillón, quién añade que “podría ayudar a mejorar el funcionamiento de los mercados. Él sabe, como buen empresario, que esa connivencia que tenían las empresas argentinas con el Gobierno, por la que le entregaban dinero y éste las protegía a través de un sistema arancelario frente a la competencia exterior, no es bueno para la economía del país. Macri tiene que restablecer la competencia y quitar el programa de precios controlados, dar mayor seguridad jurídica a las empresas, crear un ambiente más amigable para ellas, etc”.
De momento, el futuro presidente está exhibiendo cierto dinamismo al actuar con celeridad en este periodo de transición, puesto que ya ha nombrado un Gabinete Económico con seis ministros, —destacan Alfonso Prat Gay, que estará al frente de Hacienda y Finanzas, y Juan José Aranguren, ex CEO de Shell que ocupará la Cartera de Energía—, lo que pone de manifiesto el gran peso que tendrá la economía en el próximo Gobierno. También ha anunciado el nombramiento de Susana Malcorra, actual jefa de Gabinete de Ban Ki-moon en la ONU, al frente de Exteriores, lo que la convierte en la primera mujer de la historia argentina en ocupar esa cartera.
Cambio de rumbo
Entre las principales prioridades del presidente electo está conocer cuál es el estado real de las cuentas públicas y del Banco Central, tal y como aseguró en su primera rueda de prensa. Pampillón confirma que, antes que nada, “Macri tiene que ver cuáles son los verdaderos datos de inflación y otros indicadores económicos proporcionados por el INDEC (Instituto Nacional de Estadística), qué cuentas están sin pagar, etc.”, ya que según los analistas privados esta información ha estado falseada durante años. De ahí que el profesor no se extrañe de la poca colaboración que está ofreciendo el Gobierno saliente al presidente electo para acometer la transición. De su primera reunión con Cristina Fernández tras las elecciones, Macri dijo: “No valió la pena”.
A pesar de la falta de rigor en algunas instituciones públicas durante el periodo kirchnerista, Tornabell señala que hay algunas certezas respecto al estado de la situación: “Macri va a recibir una Hacienda Pública sin apenas reservas de dólares, con litigios internacionales por la deuda todavía pendiente de pagar desde el año 2002 y una balanza de pagos por cuenta corriente (es decir, exportaciones menos importaciones) que es deficitaria, 0,93% de PIB, porque la crisis de las materias primas ha castigado los ingresos por exportaciones de commodities”.
El presidente electo ha prometido que a partir del 11 de diciembre, el primer día de su mandato, suprimiría el control de cambios, el llamado cepo, y el dólar flotaría libremente. Todo el mundo asume que al país le espera una fuerte devaluación de su moneda. Tornabell destaca que “es conocido que el peso está sobrevalorado. La devaluación dejará hasta la mitad el tipo de cambio actual contra el dólar”, lo que provocará la pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores y el inicio de tiempos no tan alegres para Macri. Carlos Malamud, investigador principal del Real Instituto Elcano, señaló en un artículo publicado en el portal Infolatam que “de la forma en que se negocie con los principales agentes económicos dependerán sus mayores o menores repercusiones [de la devaluación] sobre el conjunto de la economía”.
Tornabell asegura que el presidente electo necesitará conseguir financiación internacional para hacer frente a la devaluación. “Podría obtenerla del Fondo Monetario Internacional (FMI), pero el país guarda un mal recuerdo de las medidas del FMI cuando se declaró en default en el año 2002”. También podría captar capitales internacionales, especialmente para la explotación de los “yacimientos de petróleo y gas natural, que según la Agencia Internacional de la Energía son uno de los más grandes del mundo (entre ellos los yacimiento de Vaca Muerta), pero las negociaciones no serán fáciles”.  Y añade que Argentina es la segunda economía más grande y con más recursos de América Latina, “pero necesita capitales, nuevas tecnologías para los yacimientos de petróleo y eliminar los subsidios, que se conceden para que la inflación, que es ya de más de dos dígitos, no aumente más.  Es necesario un plan de ajuste con ayuda internacional”.
Macri quiere allanar el camino para la llegada de inversiones y advirtió en sus primeras declaraciones tras la victoria electoral que el objetivo de las políticas económicas del nuevo Gobierno es que “el mundo sepa que los argentinos somos previsibles, en cualquier circunstancia”, intentando así acabar con la arbitrariedad mostrada por el Gobierno anterior.
Sin embargo, los expertos destacan que la luna de miel de Macri con el electorado podría ser muy corta. “Los primeros años serán duros”, advierte Pampillón, porque “equilibrar los presupuestos, el déficit, la inflación, etc. va a tener un coste muy alto en términos de desempleo y demás. La devaluación del peso en cierto sentido ayudaría de bálsamo porque favorecerá la exportación y encarecerá las importaciones, pero habrá menos productos dentro del país y mayor descontento entre la gente que ya está muy insatisfecha con la situación económica”.
La política exterior es uno de los frentes que ya están abiertos. Macri ha señalado su intención de solicitar la aplicación de la cláusula democrática a Venezuela en la próxima cumbre del bloque comercial Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela), lo que podría significar la expulsión del país del mismo si el Gobierno de Nicolás Maduro continúa con la persecución a los opositores. El populista Maduro pierde así un importante apoyo en la región y, según Pampillón, todo apunta a que, a partir de ahora, “Argentina se alineará más con los países que forman la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, México y Perú) y mejorará las relaciones con EEUU, algo deterioradas por los litigios que mantiene con los llamados fondos buitre en este país”, es decir, los acreedores que no aceptaron la reestructuración del pago de la deuda.
(*) Editorial del newsletter Wharton de la University dof Pennsylvania. Publicado el 30 de Noviembre de 2015