martes, 9 de febrero de 2016

El cuento de la soberanía

Por José Benegas (*)

Soberanía es un concepto heredado de un tipo de poder sostenido en la mera fuerza. La idea de “atributo del soberano” traspasada a una república bajo el expediente forzado de llamar “soberano” al “pueblo”, es un pase mágico pero no resuelve nada. La invocación de soberanía en el derecho internacional supone una entente entre gobiernos que tienen un ejército y que ejercen la fuerza. Por lo tanto y basados en eso, se respetan, por ahora.
En una república no hay soberano ¿El pueblo soberano? ¿Ante quién? Si la respuesta es ante el gobierno, el concepto queda por completo vacío. Si es ante sí mismo más. En una república lo que se llama “gobierno” (palabra también traspasada) es una organización defensiva, por lo tanto no soberana de nadie.
El uso de esa palabra confunde los objetivos de un gobierno republicano cuyo fin, a pesar de que los socialdemócratas lo hayan destruido, es la preservación de la libertad de sus ciudadanos. El territorio se cuida de invasores como medio de defensa, no como un fin en si mismo, no como un ámbito en el cuál un “soberano” impone su voluntad y se queda con los recursos. El soberano extrae y se impone, la república no debería. A la república la extensión de su territorio en principio no le interesa, salvo que eso de alguna manera se relacione con su propia defensa por razones particulares.
Ahora bien, no vivimos en repúblicas, no queda ninguna. Incluso pueden haber quedado en la intención desde el principio, desviadas por la falta de nuevas definiciones de la política que se relacionen con la idea de libertad hasta lo que tenemos hoy. Así subsistió el “poder legislativo” del gobierno sobre la vida privada, que en cuanto se piensa es cien por ciento incompatible con el sistema de valores republicano. Vivimos en estatismos, de los que somos súbditos en nombre de nosotros mismos, mediante una ficción cada vez más retórica de que se nos está cuidando.
La diferencia es importante porque podemos plantearnos qué le interesa a los estatismos de la “soberanía” y todavía hay poco sentido. Pensemos en Malvinas. Incorporar a las Malvinas a la “soberanía” del estatismo argentino implicaría que su población pasara a engrosar la propia, cuando entre los valores del estatismo está trabar el ingreso al territorio de personas que no hubieran nacido en el. Otro sinsentido para una república, tan centrada se supone en la igualdad ante la ley, su heredero el estatismo ha cambiado los derechos de nacimiento desde el linaje al suelo, aunque en los países europeos sigue siendo la sangre lo determinante.
Después puede haber intereses de extracción de petróleo y pesca para que el estatismo al modo de los soberanos acreciente sus arcas. El estatismo argentino tiene problemas para conseguir capital que explote los recursos de los que ya se apropió, de manera que no se a dónde vamos con eso. En una república lo coherente sería que el subsuelo fuera privado y su explotación no tuviera nada que ver con los estados, tampoco sus beneficios. El petróleo privado de las Malvinas tendría el mismo efecto benéfico sobre la economía circundante que el extraído en Comodoro Rivadavia, bajo la condición republicana de que las fronteras para los negocios privados (todo tipo de contratos y traslados de mercaderías y personas, permanencia pacífica, no existan. No habría por qué pelear por eso, al contrario, habría que levantar las barreras.
Los súbditos del estatismo argentino, eso si, tendrían que solventar nuevos empleados y organismos, con todo su presupuesto. Pero para la gente no se ven ningún provecho.
El único plano en el que el problema no tiene solución es en el de la generalidad patriotera y la incomprensión de lo que es una república, por haberse transplantado sin más un concepto extraño del que parece hay miedo de deshacerse. Por eso se lo sostiene la retrógrada soberanía con mitología, una muy perversa e inmoral llamada nacionalismo, con el que se envenena la mente de generaciones para hacer del fracaso un objetivo romántico. En el nacionalismo el sometimiento y el robo a la población se transforma en un fin “moral” y nada más. Ventaja real ninguna.
El nacionalismo beneficia nada más a los inquilinos del poder, que ven mejorar su vida y engordar su ego. Esto se implanta a través de un sistema que tampoco es compatible con una república llamado educativo. Se que Sarmiento quería hacer otra cosa, en su momento histórico no hay más que rescatarlo, pero su frase sobre “educar al soberano” es equivocada por completo y fuera de contexto, ya lo podemos ver. El que lo dude, cuélguese una foto de Baradel en la cocina para verla todas las mañanas al desayunar.
Una república se preguntaría, más que de quién es la “soberanía”, el método de ampliar los derechos y negocios de los particulares a una zona potencialmente provechosa. No se preocuparía por plantar una bandera que hace varias generaciones que se usa como método de dominio interno, de robo y engaño.
(*) José Benegas. Abogado, periodista, ensayista. Artículo publicado el 7 de Febrero de 2016 en su blog personal "No me parece"