lunes, 29 de febrero de 2016

El Papa y nosotros

Por Germán Gegenschatz (*)
En Argentina, la Iglesia Católica y sus miembros tuvieron tradicionalmente un accionar y un compromiso directo en la vida social, educativa, política, militar y científica, desde el nacimiento de nuestro país. Hoy en día quizás menos, pero sigue muy presente.
Si recordamos que el presbítero Damasio Larrañaga descubrió y clasificó varias especies vegetales y fósiles rioplatenses, que el presbítero Melchor Fernández fue profesor de física experimental, que el presbítero Saturnino Segurola introdujo las vacunas el Río de la Plata, que el presbítero Feliciano Pueyrredón (hermano de Juan Martín de Pueyrredón) vacunó contra la viruela en San Pedro y Baradero o que Bartolomé Muñoz fue literato, astrónomo, cartógrafo, arqueólogo y naturalista y actuó en política. En el campo militar y político recordamos a Fray Luis Beltrán a cargo de la Artillería del Grl. San Martín, a Manuel Alberti, párroco de San Nicolás y miembro de la Primera Junta, a el Diputado constituyente Dean Gregorio Funes, entre otros.
En este transitar histórico, las posturas distaron de ser homogéneas. Fray Mamerto Esquiú supo arengar la sumisión de la iglesia a las normas constitucionales y las autoridades civiles, aunque sabemos que no siempre fue así. Las tensiones resumidas en la frase “religión o muerte” de los federales y “civilización o barbarie” de los unitarios, tenían también componentes diferenciadores respecto del rol de la iglesia en la sociedad civil.
Se debate a diario, desde hace mucho tiempo, el rol de la religión frente a un estado laico y democrático. En este marco, con raíces históricas profundas, se debate la actuación del Papa Francisco, sus gestos y dichos, que para peor es argentino. Digo esto porque Juan Pablo II fue un Papa tan o más político que Francisco, sin embargo, en nuestro país primó una mirada más orientada a lo apostólico que al impacto político de su apostolado, mientras que con Francisco se lo mira más por el impacto político local de su apostolado. Es menos Papa que Jefe de Estado, se lo juzga más por peronista que por católico, sus acciones y palabras son para las elites argentinas de contenido e intenciones políticas concretas y actuales. Además, es justo reconocer que es una mirada estimulada, de alguna manera, por gestos recientes y pasados del mismo Papa.
Desde el llano, cada facción destaca el significado político de los gestos del Papa, para el Kirchnerismo un Rosario vale tanto como una ley de amnistía que viene del cielo, que se debe acatar como si el presidente y el juez fuesen un par de párrocos. Desde el poder, ante el mismo hecho, se destaca el contenido apostólico del Papa, se lo regaló para rezar.
Esta discusión de incumbencias y límites no tiene solución, menos aún en la Argentina de hoy. La clave es tolerar al otro y escucharlo, tal es la forma pacífica de convivir. Es en ese marco de convivencia, donde las aportaciones para la vida social, económica y política de las religiones pueden ser valoradas. Es en la medida de la eficiencia de la labor apostólica que la Iglesia provee hombres y mujeres probos para la comunidad y para el ejercicio del poder y cuando esas aportaciones se transforman en lucha política para buscar imponerlas, se pierde todo beneficio y queda solo el conflicto eterno y estéril. Lo mismo sucede si el gobierno o quienes se le oponen, se quedan en interpretaciones temporales y utilitarias de la misión apostólica del Papa, allí es cuando se producen fracturas o grietas, como se dice hoy en día, clausurando todo el potencial propio de una comunidad organizada, por encima de sus diferencias.
Hoy sucede un poco esto, nuestra sociedad no está encontrando la forma de organizarse por encima de sus diferencias. Todavía son demasiados los que desconfían de la ley y la justicia, las ven como impedimentos a la realización de sus ideas políticas más que como instituciones que permiten la vida en comunidad, clara herencia intelectual de las dictaduras. Todavía son demasiados los que desconfían de la distribución de poder emergente de las elecciones, piensan que sin neutralizar al otro no hay futuro para nadie, en el fondo no creen en el sistema democrático. La historia de la humanidad nos muestra que las sociedades avanzan cuando se organizan como comunidad, por sobre sus diferencias y sin eliminarlas. Estas últimas son las que permiten perfeccionar los aciertos e ir corrigiendo los errores, caso contrario, quedan encerradas en espirales más o menos violentos mientras la regla es el empobrecimiento de sus ciudadanos.
Vivimos una especie de torneo para ver quien justifica mejor su odio hacia el otro, nada más estéril para el conjunto e inútil para cada uno. Conocemos sobradamente, la poca estima que Jorge Luis Borges tenía hacia Rosas, sin embargo, pese a su inquina, en su poema “Rosas” ve con claridad que el odio inmortaliza lo detestado, cuando escribe:
“Ya Dios lo habrá olvidado
y es menos una injuria que una piedad
demorar su infinita disolución
con limosnas de odio”
Creo que el Papa cumple un rol en el mundo del cual somos parte integrante. En este sentido, la primera lectura que se impone a cuanto hace y dice es la apostólica, luego se pueden hacer todas las derivaciones que se desee, sabiendo que cuando extremamos las interpretaciones desnaturalizamos los mensajes. Argentina debe comenzar a hurgar más en las coincidencias que en las diferencias, empezar a construir desde allí. Nosotros mismos debemos resistir las pasiones y entrar en razones, evitando el odio hasta que se transforme en perdón.
Por Germán Gegenschatz. Abogado. Diplomado en Historia Política Argentina. Artículo publicado en Comunidad y Política, Semana 9
Buenos Aires, 26 de febrero de 2016