miércoles, 17 de febrero de 2016

La política y la economía ante la inflación

Por Marcos Novaro (*)

A fin del año pasado los pronósticos sobre el nuevo gobierno tendían a coincidir en que iba a tener problemas políticos inmediatos, por lo escueto de sus recursos institucionales. Y que hasta que los resolviera, le iba a ser difícil encarar los problemas económicos, algunos de los cuales también eran muy inmediatos y serios.
Lo que hemos visto hasta aquí es que los desafíos políticos se van resolviendo, incluso más fácil y rápido de lo esperado. Y eso a pesar de algunos "derrapes" de las primeras semanas de gestión. En parte, porque Mauricio Macri acertó en general en hacer un uso intenso de las atribuciones presidenciales y en polarizar con los kirchneristas. Y en igual o mayor medida porque estos siguen colaborando con él sin advertirlo.
Lo vienen haciendo, recordemos, desde hace bastante tiempo. Pero pareciera que con el tiempo adquieren tanto más eficacia como más inconciencia al respecto.
Ayudaron a la elección de Horacio Rodríguez Larreta al boicotear a Martín Lousteau. Luego hundieron a Daniel Scioli al promover a Aníbal Fernández. Y ahora licúan cualquier crítica más o menos razonable a cualquier cosa que haga el presidente, buena o mala, cada vez que le dan soga a Marín Sabbatella y sus estalinistas y peripatéticas Feri Fiestas.
En cambio en el terreno económico, aunque la gestión no ha cometido hasta aquí deslices manifiestos, el panorama dista de ser tan prometedor. Y en algunos aspectos, en particular el inflacionario, tiende a complicarse rápidamente.
Eso es, en parte, consecuencia de que el Plan bomba K en el terreno económico funcionó bastante bien. Los últimos meses de 2015 fueron buenos, artificialmente buenos, gracias a un gasto público creciendo por arriba incluso de la muy alta marca previa, sueldos ganándole a la inflación y retraso cambiario insostenible.
Y en parte, es efecto de un escenario internacional que sigue complicándose. A pesar de ladevaluación y la eliminación de retenciones, los ingresos por exportaciones tardarán en aumentar, debido a la caída sostenida de precios. Y el escenario financiero pinta aun peor: hasta aquí Argentina ha conseguido solo una mínima parte de los recursos que necesita para financiar la transición evitando un ajuste drástico de los ingresos, el empleo y el consumo.
Frente a este panorama la advertencia de Alfonso Prat Gay sobre los dos o tres años que faltan para poder bajar la inflación se pueden leer de dos maneras. Para los grupos de interés es una señal de que las metas de inflación anunciadas poco tiempo atrás tal vez no se cumplan, así que mejor hagan sus cálculos con más cuidado. Para los actores políticos es el indicio de que se usará la válvula de escape inflacionaria cuando los acuerdos se demoren o fracasen.
Tanto gobernadores como sindicalistas conocen esta dinámica de sobra. Cuando acuerdan a principio de año un monto de transferencias y un porcentaje de ajuste salarial saben que siempre el gobierno nacional y los empresarios podrán hacerles perder parte o todo el terreno ganado a lo largo de los meses siguientes, cuando el alza general de precios supere los pronósticos. Por tanto se anticipan y maximizan sus reclamos.
El resultado suele ser que los que tienen mucho poder de negociación, porque su apoyo es necesario para controlar la situación, zafan y evitan ese costo progresivo, pero los demás, provincias que negocian tarde o mal porque no hacen falta para formar mayoría en el Senado, y sindicatos chicos o marginales o del sector público, salen perdiendo.
Eso era más o menos lo que sucedía año a año durante el gobierno de Raúl Alfonsín, en una situación en que las tasas de inflación eran mucho más altas que ahora, claro, pero la dinámica política y económica era de todos modos semejante en varios aspectos a la de hoy: un Ejecutivo en minoría en el Congreso, necesitado de aplicar un plan de estabilización, pero también necesitado de hacer uso de la inflación para lubricar unalimitada capacidad de imponer acuerdos.
¿Será parecido el curso de la gestión económica a la que se vivió en la segunda mitad de los años ochenta? ¿A un ajuste moderado y heterodoxo seguirá uno más duro y más ortodoxo? Sólo si se consiguen inversiones y créditos suficientes para impulsar el crecimiento se podrá evitar esa deriva.
(*) Marcos Novaro. Doctor en Historia. Publicado el 17/02/2016