miércoles, 17 de febrero de 2016

Las locuras y las falacias de la economía keynesiana (*)

Por Richard Ebeling (**)
Ochenta años atrás, el 4 de febrero de 1936, se publicó uno de los libros más influyentes de los últimos cien años, escrito por el economista británico, John Maynard Keynes: “Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero”. Con él nació lo que se conoce como economía keynesiana.
Menos de una década después de su aparición, las ideas expuestas en ese libro habían conquistado prácticamente la profesión económica y se convirtieron en una guía para la política económica de los gobiernos. Pocos libros, en tan poco tiempo, han adquirido una influencia tan importante y destructiva, generando un enorme impacto en las políticas públicas. Lo que Keynes logró hacer fue proporcionar una base para que los gobiernos hagan lo que siempre les gusta hacer: gastar el dinero de otras personas y complacer intereses especiales.
Con este proceso Keynes ayudó a socavar lo que habían sido tres de los ingredientes esenciales institucionales de una economía de libre mercado: el patrón oro, los presupuestos públicos equilibrados, y la apertura de mercados competitivos. En su lugar y como resultado, el legado de Keynes nos ha dado la inflación del papel moneda, el déficit del gasto público, y la intervención política expansiva en todo el mercado.
Sería, por supuesto, exagerado afirmar que sin Keynes y la “revolución keynesiana”, la expansión inflacionaria de la moneda, el gasto deficitario, y el intervencionismo no se habrían producido. Mucho antes de la aparición del libro de Keynes, el clima político e ideológico se había ido desplazando cada vez hacia la mayor participación del gobierno en los asuntos sociales y económicos, debido a la creciente influencia de las ideas colectivistas entre los intelectuales y los políticos en Europa y América.
Antes de Keynes: Las políticas de mercado libre y sabio.
Pero antes de la aparición del libro, muchos de los defensores de las políticas colectivistas tuvieron que moverse dentro del cuerpo principal del pensamiento económico que mantenía el argumento que, en general, el mejor curso para la economía era que el gobierno mantuviera sus manos fuera del mercado, lo que permitiría mantener una moneda estable respaldada por el patrón oro, y que restringiera sus propias políticas fiscales y de gasto.
Los economistas de libre mercado de los siglos XVIII y XIX, demostraron de manera convincente que la intervención del gobierno impidió el buen funcionamiento del mercado. Ellos fueron capaces de mostrar claramente que los gobiernos no tienen ni el conocimiento, ni la capacidad de dirigir los asuntos económicos. La libertad y la prosperidad son los que mejor se garantizan cuando los gobiernos se limitan a la protección de la vida y los bienes de las personas, con las fuerzas competitivas de la oferta y la demanda, logro de los incentivos adecuados y la coordinación de las actividades necesarias de las personas.
Lecciones aprendidas: Dinero- Oro y presupuestos equilibrados
Durante las guerras napoleónicas de principios del siglo XIX, muchos países europeos experimentaron inflaciones graves, como consecuencia que los gobiernos recurrieron a la máquina de imprimir dinero para financiar sus gastos de guerra. La lección que los economistas de libre mercado aprendieron fue que la acción del gobierno debió de ser retirada de la llave de esa imprenta si la estabilidad monetaria debía ser mantenida. La mejor forma de hacerlo era vincular la moneda de un país a un producto básico como el oro, y exigir a los bancos un tipo de cambio fijo al oro para contener la demanda, y así limitar cualquier aumento de la cantidad de billetes en circulación, como los depósitos adicionales que quedan en los bancos de sus depositantes.
También concluyeron que el gasto deficitario era un medio peligroso para la financiación de programas gubernamentales, pues permitió a los gobiernos crear la ilusión en la gente, de que se podía gastar, sin imponer un costo a la sociedad en forma de mayores impuestos; que podían pedir prestado, gastarlo  hoy, y diferir el costo y cobro de impuestos hasta determinado momento, cuando los préstamos tendrían que ser reembolsados.
Estos economistas de libre mercado querían presupuestos equilibrados, lo que permitiría al electorado ver más claramente el coste de los gastos del gobierno. Si una emergencia nacional, tales como una guerra, forzaban al gobierno a pedir prestado, una vez que pasó la crisis, el gobierno debería tener excedentes presupuestarios para pagar la deuda.
El pensamiento de Keynes sobre los mercados, salarios y Gobierno
Estas fueron las políticas que se consideraron las probadas y eficaces para una sociedad sana. Y estas fueron las políticas que Keynes hizo todo lo posible para tratar de desmerecer en las páginas de su libro. Sostuvo que una economía de mercado era inherentemente inestable, abierta a los cambios de optimismo de los inversores o su pesimismo irracional, lo que daba lugar a fluctuaciones imprevisibles y de amplio rango en la producción, el empleo y los precios.
A su juicio, solamente el gobierno podría pensar en el futuro y mantener racionalmente la economía en equilibrio, aunque fuera mediante la ejecución de déficit para estimular la economía durante las depresiones y lograr excedentes, para frenarlo luego durante los auges inflacionarios. Por lo tanto, atacó la noción de equilibrio presupuestario anual; proponiendo en cambio, que el gobierno interviniera equilibrando su presupuesto durante el "ciclo", es decir, con déficits durante las recesiones y con excedentes cuando hubiera pleno empleo y en los años de crecimiento económico.
Para hacer esto, Keynes dijo, que el patrón oro era una "reliquia", que no debería limitar a los gobiernos. Los políticos sabios, guiados por los economistas brillantes como él, tenían que tener la posibilidad de manejarse con flexibilidad para aumentar la oferta de dinero, manipular las tasas de interés y variar a gusto los tipos de cambio, en el que las monedas negocian una con la otra. Con este poder los gobiernos, pudieron generar cualquier cantidad de gasto que supusieron necesario para poner a la gente a trabajar a través de proyectos de obras públicas e inversiones privadas, todo estimulado por el gobierno. Y Keynes insistió en que solo debía limitarse los aumentos de la oferta monetaria según su respaldo en oro, sin exigencias y solo si surgieran problemas en el camino.
Keynes creía no sólo que la economía de mercado no podía mantenerse en equilibrio, sino que también sería deseable permitir que el mercado funcione, pero si es el mercado el que determina los precios y salarios, para equilibrar la oferta y la demanda se debía someter a la sociedad a un cruel e injusto "gigante económico". En su lugar, su planteo era que los salarios y los precios sean fijados políticamente sobre la base de "lo que es justo y razonable entre las clases [sociales]".
Durante los años de la Gran Depresión de desempleo fue masivo, por lo que argumentó que el nivel de salarios impuestos por los sindicatos debían ser vistos como necesarios, aunque muchos trabajadores ganaban mucho más que el precio que para su trabajo fijaba el mercado, debido a que sus salarios eran más altos que el que los empleadores potenciales pensaban que valían. El gobierno, en cambio, continuó imprimiendo dinero, los déficits se acentuaron y esto hizo subir los precios a cualquier nivel, pues el gobierno pensó que eso era necesario para mantener la rentabilidad de los empresarios y que estos contrataran a los trabajadores. En otras palabras, la inflación de precios continua iba a ser el medio para asegurar el "pleno empleo", tal como pedían los sindicatos agresivos que exigían salarios excesivos.
La Alternativa "austriaca" para la economía keynesiana
Lo que Keynes descartó por completo y, de hecho, rechazó fue la alternativa de la interpretación "austriaca" de las causas y la cura de la gran depresión, tal como fue formulada por Ludwig von Mises, Friedrich A. Hayek y otros. Para los economistas austriacos, la manipulación de la expansión monetaria y la tasa de interés monetaria, habían puesto en marcha un grave desequilibrio que fue la distorsión entre el ahorro y la inversión que dieron lugar a una mala inversión de capital y una mala dirección de los recursos, que repercutió sobre la mano de obra, a pesar de que esto ocurrió en los Estados Unidos bajo aparentes circunstancias no inflacionarias y con un nivel de precios relativamente estables.
La nueva macroeconomía keynesiana se centró principalmente en las promedios y los agregados estadísticos de la economía –como los de "demanda agregada", "oferta agregada", producción y el empleo "en su conjunto"– ocultando a la vista todos, las verdaderas relaciones de la microeconomía y las interconexiones entre los individuos en  las numerosas transacciones de ofertas y demandas que estaban siendo dejados fuera de toda coordinación y del equilibrio, debido a las políticas monetarias de los bancos centrales.
Cuando la crisis financiera y económica de 1929-1930 comenzó, la bola de nieve creció en círculos cada vez más amplios, con la caída de la producción y el aumento del desempleo, los austriacos ya habían hecho hincapié en que un reequilibrio en muchas partes de la economía lo que requiere ajustes de precios y salarios, mano de obra, capital y recursos reasignados, para restaurar la coordinación entre esas ofertas y demandas interconectadas.
Pero esta explicación y solución a la Gran Depresión, propuesta por los austríacos, fue rechazada por John Maynard Keynes y se negó a entenderla.
El gasto deficitario y la política de interés especiales
Además, cuando se desestimó la regla de “equilibrio presupuestario” ya no hubo ningún control sobre el gasto público. Como economistas, James M. Buchanan y Richard E. Wagner señalaron que una vez que el gobierno se libera de la restricción de hacer que los contribuyentes –directa e inmediatamente– paguen por lo que se gasta, cada grupo de interés especial puede apelar a los políticos para alimentar sus propios deseos. Los políticos desean los votos, así como las contribuciones para sus campañas, y alegremente permiten satisfacer la gula de estos grupos favorecidos. Al mismo tiempo, los contribuyentes caen fácilmente presa de la ilusión de que el gobierno puede dar algo a cambio de nada a prácticamente todo el mundo, con poco o ningún costo para ellos.
De hecho, los políticos pueden ahora ofrecer más y más dinero con intereses especiales, e incluso a veces bajar los impuestos. El gobierno simplemente llena este vacío mediante otro recurso: el endeudamiento, imponiendo una mayor carga de deuda sobre las generaciones futuras. Cualquiera de los impuestos tendrán que subir en los próximos años para cubrir esa deuda, o el gobierno a su vez podrá recurrir a la imprenta para pagar lo que debe, a la vez que afirma que se está haciendo para generar "prosperidad nacional" y financiar los programas que son "socialmente necesarios", como se espera de un Estado de Bienestar.
Y no hay necesidad de preocuparse acerca de todo esto en el presente, Keynes nos aseguró, después de todo que "en el largo plazo todos estaremos muertos", como lo dijo en su famosa frase alguna vez. Nuestro problema, por supuesto, es que estamos viviendo cada vez más las consecuencias del largo plazo, que ya llegó, de las políticas de corto plazo de Keynes.
Volviendo a la sabiduría de los economistas del mercado libre
La economía de libre mercado que precedió a Keynes se fundó en dos puntos de vista sobre el hombre y la sociedad. En primer lugar, hay una calidad invariable de la naturaleza del hombre que lo hace ser lo que es; y si la sociedad ha de ser armónica, pacífica y próspera, los hombres deben reformar sus instituciones sociales de una manera que dirija los inevitables intereses propios de los hombres (a nivel individual) en esa dirección de tal forma que se beneficien no sólo a sí mismos, sino también a los otros individuos de la sociedad.
Por lo tanto, abogó por las instituciones de propiedad privada, el intercambio voluntario y pacífico, como también por la competencia abierta. Tal como Adam Smith había expresado de forma concisa, los hombres vivirían así en un sistema de libertad natural, en el que cada individuo sería libre de perseguir sus propios fines, pero serían guiados como por una mano invisible, sirviendo también a los intereses de los demás en la sociedad, por el medio de su propia auto-mejora.
En segundo lugar, es insuficiente en cualquier juicio relativo a una política social o económica, centrarse únicamente en sus beneficios de corto plazo. Las leyes del mercado siempre producen ciertos efectos en el largo plazo, ante cualquier cambio en la oferta y la demanda o cualquier intervención del gobierno en el orden propio del mercado. Por lo tanto, como subraya el economista francés Frédéric Bastiat, siempre debemos determinar no sólo "lo que se ve" de una política de gobierno en el corto plazo, sino también discernir de la mejor forma posible "que no se ven", es decir, las consecuencias a más largo plazo de nuestras acciones y políticas.
La razón es que resulta conveniente analizar menos las consecuencias inmediatas ya que los efectos a más largo plazo pueden no sólo pueden ser peores que lo que la mala la política estaba destinado a mejorar, y puede hacer que la situación social a la larga aún sea peor que si no se hubiera intervenido. A pesar de que los detalles específicos del futuro siempre permanecen más allá de nuestra capacidad de predecirlos totalmente, uno de los aspectos de la economía es para ayudarnos a, por lo menos cualitativamente, anticipar los contornos y formas posibles de esas consecuencias futuras, partiendo de una comprensión de las leyes del mercado.
Los supuestos de Keynes niegan la sabiduría y los conocimientos de los economistas de libre mercado. Su énfasis fue sesgado  hacia los beneficios del momento, a corto plazo, y con una indiferencia casi total de las consecuencias futuras o a más largo plazo.
Las propuestas económicas de corto plazo de Keynes, llevaron al economista austriaco, F. A. Hayek, a lamentarse en 1941:
"No puedo dejar de considerar el aumento y concentración de efectos a corto plazo. . . no sólo como un error intelectual grave y peligroso, sino como una traición a la función principal del economista y una grave amenaza para nuestra civilización. . . Ello se utilizó, sin embargo, y puede ser considerado como un deber y  privilegio de los economistas para estudiar y hacer hincapié en que los efectos a largo plazo son aptos para ser escondidos para el ojo inexperto, y para solucionar la preocupación por los efectos más inmediatos a las prácticas del hombre, que en cualquier caso sería ver sólo esto  último y nada más. . . .
"No es de extrañar que el señor Keynes encuentre sus puntos de vista ya anticipados por los escritores mercantilistas y algunos aficionados dotados; la preocupación por los fenómenos de superficie siempre ha marcado la primera etapa de la aproximación científica a nuestro tema. . .  ¿Incluso nos dice que, "dado que a largo plazo todos estaremos muertos", la política debe guiarse exclusivamente por consideraciones de corto plazo. Me temo que estos creyentes en el principio de 'après nous le déluge' [ 'después de nosotros, el diluvio'] pueden conseguir lo que han negociado antes de lo que desean ".
La ideología del nihilismo ético de Keynes
En lo moral o en las bases filosóficas, es razonable preguntarse: ¿Qué les hizo creer a Keynes y los defensores de su política, que tenían la verdad o la capacidad de administrar o de dirigir las interacciones económicas de una infinidad de intercambios en el mercado? Keynes explicó sus propios fundamentos morales en dos libros de memorias, publicados póstumamente en 1949, tres años después de su muerte. Uno de ellos, escrito en 1938, examinó la formación de sus "primeras" creencias como un hombre joven de unos veinte años en la Universidad de Cambridge en la primera década del siglo XX.
Él y muchos otros intelectuales jóvenes en Cambridge, habían sido influenciados por los escritos del filósofo G. E. Moore. Independientemente de los argumentos de Moore, resultan de interés las conclusiones alcanzadas por Keynes de sus lecturas de la obra de Moore.
Keynes también dijo:
"De hecho, en nuestra opinión, una de las mayores ventajas de su religión [de Moore] es que hizo innecesaria la moral. . . Nada importaba excepto los estados de ánimo, los nuestros y los de otras personas, por supuesto, pero sobre todo los  nuestros. Estos estados de ánimo no se asocian con la acción o logros o consecuencias. Consisten en estados atemporales, apasionados de la contemplación y comunión, en gran parte sin ataduras de "antes" y "después",…. ".
En esta interpretación, los códigos éticos o morales tradicionales o establecidos para el comportamiento no significaban nada.
Y Keynes dijo:
"Enteramente repudiábamos una responsabilidad personal en nosotros para obedecer las reglas generales. Nosotros reivindicamos el derecho de juzgar cada caso individual por sus propios méritos, y la sabiduría, la experiencia y autocontrol para hacerlo con éxito. Esta era una parte muy importante de nuestra fe, violenta y agresiva a cabo. . . Repudiábamos la moral habitual, las convenciones y comportamientos tradicionales. Estábamos, es decir, en el sentido estricto de los que cuestionan la moralidad,. . . Hemos reconocido ninguna obligación moral sobre nosotros, pero sin ninguna sanción interior para conformar u obedecer. O solo ante el cielo que decíamos ser nuestro propio juez en nuestro caso ".
Keynes declaró que él y otros como él, se fueron dirigiendo "a la izquierda, a sus propios dispositivos sensibles, a sus motivos puros e intuiciones que les eran fiables de lo bueno".
Luego, ya promediando los cincuenta años, Keynes declaró en 1938, "Sin embargo, hasta el momento y en lo que a mí respecta, es demasiado tarde ahora para cambiar. Personalmente me quedo, y siempre seguiré siendo siempre un inmoral”. En cuanto al orden social en el que todavía se reivindica el derecho de actuar de una manera tan poco habitual, Keynes dijo que "la civilización es una corteza fina y precaria erigida por la personalidad y la voluntad de unos pocos, y sólo se mantiene por reglas y convenciones hábilmente puestas a través de guías conservadas”.
Por lo tanto, las decisiones relativas a los asuntos de la sociedad han de hacerse sobre la base del "estado de ánimo" de los políticos centrados en sí mismos como de los legisladores, con total desconocimiento de las tradiciones, costumbres, códigos morales, o las reglas de largo plazo que se piensan en las leyes del mercado. Su efecto correcto o incorrecto no está propuesto por ninguna norma independiente de "logros y consecuencias."
En cambio, según su opinión estas decisiones están guiadas por estados atemporales, de apasionada contemplación y comunión, y de ninguna forma vinculadas a "un antes y un después”. El decisor solo tiene "intuiciones de lo bueno", para sí mismo y para los demás, que piensa puedan  servir para sus objetivos. Y no existe ordinariamente quien reclame con una crítica tales acciones o sus resultados. "Antes, el cielo, nos decía ser nuestro propio juez en nuestro propio caso."
Aquí había una ideología elitista del nihilismo. Los miembros de esta élite así se autodenominaban y se congratulaban de haber roto y salido de la camisa de fuerza del conformismo con la costumbre y la ley.
Para Keynes en sus cincuenta años, la civilización era una delgada corteza precaria que expresaba el “espíritu animal” y la irracionalidad de los hombres comunes. Su existencia, en lo que valía la pena, fue el producto de "la personalidad y la voluntad de unos pocos", como él mismo naturalmente se consideraba, y que se mantenía a través de "reglas y convenciones puestas con habilidad y que servían de guía y se conservaban."
La sociedad podía cambiar de forma si se dejara en manos de "los elegidos", solo unos pocos que estaban por encima de las convenciones que en forma pasiva seguían las masas. Aquí estaba la arrogancia del ingeniero social, los auto-seleccionados “filósofo-rey”, que a través de habilidades y astucia manipuladora direccionó y experimentó en la sociedad y sus individuos.
La arrogancia de Keynes y la auto-confianza en su capacidad de gestionar y manipular a la opinión pública y las políticas públicas se expresó poco antes de su muerte en 1946. Friedrich Hayek, una vez contó una conversación que tuvo con Keynes en el período posterior inmediato a la Segunda Guerra Mundial.
Hayek  preguntó a Keynes si no estaba preocupado de que algunos de sus propios discípulos y otros intelectuales estaban tomando sus ideas, que los conducían en direcciones peligrosas e indeseables.
"Después de una observación no muy complementaria acerca de las personas en cuestión procedió a tranquilizarme: esas ideas habían sido necesarias en el momento que él  les había puesto en marcha. Pero había por qué alarmarse; dado que si alguna vez podían llegar a ser peligrosas se  podía confiar en que él mismo iba a cambiar de nuevo rápidamente e influiría en la opinión pública, lo que indicó con  un movimiento de giro rápido de la mano expresando la rapidez con que esto se llevaría a cabo. Sin embargo, tres meses más tarde estaba muerto”.
Los políticos escucharon la voz del difunto Keynes en el aire
En uno de los pasajes más famosos de la Teoría General, Keynes dijo:
"Las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. De hecho, el mundo está gobernado por poco más. Los hombres prácticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto. Los locos con autoridad, que oyen voces en el aire, destilan su frenesí que les viene de algún escritorzuelo académico que los ha precedido”.

Ochenta años después de la aparición de la teoría general, muchos hombres prácticos en problemas de la sociedad y de los asuntos políticos u otros con autoridad siguen siendo esclavos de economistas difuntos y escritorzuelos académicos. La tragedia de nuestro tiempo es que entre las voces que se oyen todavía en el aire, y que de manera corrupta influyen mal a todos los que alcanzan  es la de John Maynard Keynes.
(*) Traducción: Dr. Eduardo Filgueira Lima. Ud. puede acceder al trabajo original del Dr. R. Ebelingque se encuentra AQUÍ 
(**) Richard Ebeling. BB & T Profesor distinguido recientemente nombrado de Ética y Liderazgo de la libre empresa en la Ciudadela. Lleva a cabo cursos tales como "Liderazgo, Emprendimiento y ética capitalista", así como "La moral y la economía de la sociedad capitalista." Artículo publicado en EpicTimes el 15 de Febrero de 2016.