miércoles, 10 de febrero de 2016

O Modernización o Pablos Moyanos

Por Leandro Fleischer (*)
"Nadie está en contra de la modernización, pero no a costillas de cuatro mil trabajadores que hoy, a través del correo postal, reparten los resúmenes bancarios". Esto dijo el sindicalista Pablo Moyano en su protesta contra los despidos de personas cuyas tareas laborales hoy resultan obsoletas. Porque, claro está, es mucho más sencillo, rápido y económico, recibir los resúmenes bancarios utilizando las nuevas tecnologías. En el siglo XIX, el economista y legislador francés Frédéric Bastiat, se refería a lo que “se ve” y a lo que “no se ve”. Utilizando esta idea, podemos dividir esta situación en dos partes:
> por un lado, empleados despedidos (lo que “se ve”), pero
> por el otro un ahorro en tiempo y dinero que puede ser destinado a producir nuevos bienes y servicios para esta época, que mejorarán la vida de todos (lo que “no se ve”).
Lo que Pablo Moyano no entiende, es que todo avance tecnológico se hizo "a costillas de trabajadores". Si él no lo ve de ese modo, entonces le propongo pregonar con el ejemplo y dejar de utilizar camiones para transportar mercadería y sustituirlos por caballos, o bien que deje de usar teléfono celular y ahora se comunique únicamente a través del Código Morse, etc, etc, etc. Si detenemos el avance tecnológico para defender puestos de trabajo, probablemente deberíamos volver a la edad de piedra para disfrutar de una expectativa de vida de 20 a 30 años, aproximadamente.

Por lo tanto, si el señor Moyano no se comunica con los “bip” del Código Morse desde su caballo, en lugar de hacerlo con un celular desde su camión, entonces está encerrándose en una contradicción de la que no puede escapar, ya que ni siquiera él mismo pregona con el ejemplo: él mismo utiliza la modernización “a costillas de miles de trabajadores” que perdieron sus empleos. Claro que aquellos trabajadores y sus descendientes se fueron adaptando a los nuevos tiempos; los trabajadores que él defiende también pueden hacerlo. Para ello es necesario que haya menos restricciones, más inversión y dejar a las brillantes mentes humanas crear y producir, sin legislaciones que retrasan, o directamente anulan, todo avance y creación de riqueza.
Pablo Moyano no sólo debe tenerle temor a la Internet (que él utiliza sin preguntarse cuánta gente perdió sus antiguos empleos debido a su existencia), sino que debe “temerle”
> a los camiones auto-conducidos que ya circulan por algunas carreteras de Estados Unidos;
> a los drones, que de seguir así ya pronto podrán hacer envíos por aire de objetos cada vez más pesados, y
> a tantos otros inventos que estarán por llegar.
Él podrá seguir protestando, mientras los drones pasen por arriba de su cabeza, mientras los camiones vayan de un lado a otro sin conductor humano alguno y todos sigamos enviándonos archivos desde nuestros celulares, computadoras, relojes, y vaya a saber qué.
En una visita por Asia en los años '60, el economista Milton Friedman visitó un lugar donde se estaba construyendo un canal. Debido a su sorpresa por la falta de maquinaria y la enorme cantidad de trabajadores que vio en la obra, Friedman le pasó su inquietud a un burócrata que lo acompañaba, quien le respondió que se trataba de un “programa de trabajo”. Seguramente para nada sorprendido con la contestación del funcionario, el economista le dijo: “Ah, pensé que estaban intentando construir un canal. Si es trabajo lo que quieren, entonces deben darles cucharas a estos trabajadores, no palas”. Esta excelente respuesta es, en efecto, irónica. No obstante, cucharas es lo que está exigiendo el señor Moyano.
Moyano no es el único que piensa (o dice que piensa) de esta forma. Quizás fue quien lo expresó a viva voz y quien amenaza con cortar las calles si no se cumplen sus exigencias. No importa cuán disparatadas y contradictorias sean. Pero son contradicciones en las que caen muchas personas:
Quieren que se cuiden puestos de trabajo obsoletos en el Estado,
> que se obligue a empresas a mantener empleados igual de innecesarios,
> que se les pague más, que se les den “más derechos”,
> que no se puedan despedir,
> que se subsidie a diestra y siniestra,
> que se reparta más y más dinero con más planes para los menos favorecidos en pos de la “igualdad”, etc, etc, etc;
pero claro, que al mismo tiempo bajen los precios.
Tal como si todo lo que exigen no costara dinero y no se viera reflejado en lo que pagamos todos los días. Cuando toda esta locura se impone por la fuerza, se alejan las inversiones, no se produce riqueza y, por ende, se imprime dinero para llenar esos agujeros; ergo, más inflación. Y uno se cansa de escuchar, salvo en rarísimas oportunidades, que la culpa es de los empresarios, de su “falta de conciencia social”. Sí, incluso de periodistas e intelectuales que se oponían a las políticas populistas del kirchnerismo en Argentina o de Nicolás Maduro en Venezuela, sólo por dar dos ejemplos notorios.
En realidad, todos ellos son Pablos Moyanos con matices. No pueden pensar más allá de las consecuencias visibles e inmediatas. Recordando otra vez al gran Bastiat, no ven lo que no se ve, que es lo más importante en la economía.
Quienes predican contra los empresarios y a favor del “bien social” y la “justicia social” (lo que sea que quieran decir con ello), quizás con buenas intenciones, pero con una ignorancia profunda, utilizan el sentimentalismo barato y provocan un sentimiento de culpa en el otro cuando se despiden empleados, sea en el ámbito público o privado. Ellos creen que poniéndose de su lado en un grupo de Facebook o en la calle, o bien votando por un candidato que se llena la boca de “amor”, “ayuda a los pobres”, “lucha contra las corporaciones” y demás expresiones demagógicas, se libran de toda responsabilidad por la mala situación del país. Piensan que así son “buenos”, y que quienes pedimos achicar el gasto para generar más riqueza y mejorar la vida de todos somos los “malos”.
A mí también me encantaría vivir en un mundo de fantasía, pero la fantasía es lo opuesto a la realidad. Si queremos obtener buenos resultados en este mundo, tenemos que tomar decisiones basadas en los principios que la realidad convalida y que el sentimentalismo no modifica.
¿Preocupa todo esto? Sí, algunas cosas y sólo momentáneamente. Lentamente, son las mismas tecnologías las que hablan por nosotros. No hizo falta rasgarse las vestiduras debatiendo con gente de“sensibilidad social” cuando la industria de los rollos de fotos comenzaba a desaparecer, por dar tan sólo uno de los tantos ejemplos. Hoy todos utilizan cámaras digitales integradas a sus teléfonos móviles.
Hasta el dinero emitido por el Estado comenzó el camino hacia su fin, gracias a monedas digitales como Bitcoin, que nos permiten transferir valor de cualquier punto del planeta a otro, sin restricciones de ningún tipo, sin inflación arbitraria, sin poner en riesgo el ahorro de la gente. Muchos hoy utilizan bitcoins, se han abierto empresas, se genera cada vez más empleo en esa industria. De todos modos, otros dudan y se ríen, claro. Pero siempre hubo gente riéndose de las grandes invenciones, de los visionarios y creativos que supieron prever y crear (o ayudar a crear) los bienes y servicios que hoy utilizamos. Se reían, claro, pero hoy usan esos avances cotidianamente.
Por lo tanto, uno se pregunta, ¿es necesario ponerse nervioso debatiendo para convencer a los demás que las restricciones estatales al mercado son altamente dañinas? No. Cuando escucho a los que me hablan de las regulaciones sobre el mercado, de los derechos positivos, etc., ya no me suena tan erróneo como arcaico y obsoleto. El silencio de las tecnologías y las mentes brillantes se impondrán pacíficamente a los que saquean y justifican el saqueo. A estos últimos no les quedará alternativa más que respetar las libertades individuales y olvidarse de que tienen un decir sobre la vida y la propiedad del prójimo.
(*) Leandro Fleischer Director de la web de enlaces "Pantallazo Argentina”. (www.pantallazo.com.ar) Publicado el 10 de Febrero de 2016.