jueves, 25 de febrero de 2016

¿Quo vadis, política cambiaria?

Por Aldo Abram (*)
No cabe duda que la salida del cepo fue exitosa. La mayoría esperábamos que el valor real del dólar (no el ficticio oficial) subiera en un inicio para luego volver a bajar. Sin embargo, el nuevo sistema inició su camino con tendencia descendente. La gente no salió corriendo a las casas de cambio, mostrando la mayor credibilidad que tenían las nuevas autoridades. Esto es bueno porque, cuanto mayor es la confianza, mayor es la propensión a consumir e invertir.
El nuevo gobierno anunció un sistema de flotación sucia, cuyo sentido es evitar los movimientos abruptos que generan incertidumbre, afectando negativamente la economía. La mejor forma de gestionar este esquema es con las reservas internacionales, comprando dólares cuando el tipo de cambio baja rápido y, luego, vendiéndolos cuando está en fuerte alza, lo que incluso puede permitirle hacer una ganancia al BCRA.
El problema fue que la anterior gestión dejó muy pocas reservas disponibles; por lo que, antes de salir del cepo, el Banco Central, precavido, subió las tasas de interés para tentar a los inversores a quedarse en moneda local, en vez de pasarse a activos extranjeros. Lamentablemente, se permitió una apreciación excesiva del peso, llevándolo a menos de $13 por dólar, lo que era insostenible, ya que para mantener altos rendimientos hay que absorber crédito de la economía, desfinanciándola. Por suerte, luego el BCRA empezó a bajar las tasas; aunque lo hizo con demasiada precaución, en vez de proveer rápido liquidez evitando que el peso se apreciara tanto,
Otro tema polémico es la inflación; ya que hoy muchos economistas se “horrorizan” por el alza de precios. Sin embargo, a la salida del cepo, la mayoría de nuestra profesión (me incluyo) predecían, para diciembre y enero, tasas mucho más altas de lo que fueron en realidad, Así que deberíamos reconocer que tan mal no lo hizo el Banco Central.
No obstante, ahora estamos pagando los costos, por un lado de la apreciación inicial excesiva e insostenible del peso; pero, también, de una estrategia cambiaria oficial que dista de ser la anunciada “flotación sucia”. Desde inicios de año, la suba del dólar supera el 13% y, si tenemos en cuenta que la moneda estadounidense ha estado perdiendo valor, se puede concluir que la depreciación del peso ha sido más fuerte aún.
Es cierto que, en diciembre, hay una suba estacional de la demanda de moneda por parte del público para pagar las vacaciones, alimentada por el aguinaldo, que durante el primer trimestre se gasta y genera un exceso de oferta de pesos que presiona sobre el tipo de cambio. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los argentinos tenemos culturalmente una gran desconfianza en el peso y, la abrupta alza del dólar, profundizó la caída de la preferencia por su atesoramiento, potenciando su depreciación y gestando un círculo cambiario vicioso. Si esta pérdida de valor no se revierte, se traducirá en no menos de 5 puntos porcentuales de mayor inflación en los próximos meses, poniendo en riesgo la meta de inflación oficial con un techo de 25% para 2016.
Baste ver cómo cambiaron los consejos de inversión. Hace un mes o más, la mayoría sugería los plazos fijos en pesos. Ahora, habiéndose “quemado con leche”, proponen ser conservadores ahorrando en alternativas en dólares. Esto es malo, no sólo para las presiones inflacionarias, sino porque ahorrar en los bancos financia la economía local y, hacerlo en moneda extranjera, no.
Por todo esto, era conveniente moderar el alza cambiaria y, aunque a mi juicio algo tarde, el BCRA acaba de hacerlo la semana pasada. Recientemente tomó US$ 5.000 millones de un grupo de bancos, dando como aval los títulos públicos que tenía en cartera. Por lo tanto, tiene reservas como para regular las subas, vendiendo ahora y recomprandolas cuando se empiecen a liquidar los dólares de la cosecha en el segundo trimestre y estacionalmente suba la preferencia por atesorar de la gente, a partir de mayo, pero mayormente en junio y hasta inicios de julio. Esto tiene la ventaja de que retira pesos del mercado, pero no desfinancia la economía, como sucede si se absorbe crédito. Cuando se venden reservas, hay un ingreso de capitales del exterior que compensa la baja de financiamiento por quitar base monetaria. Esto es muy importante para una economía que necesita reactivarse y un gobierno que demanda crédito interno para financiar el enorme déficit fiscal que heredó.
Es cierto que lo importante es la inflación, pero esta deviene de la depreciación del peso. Por su gran liquidez, el mercado cambiario es el primero que refleja dicha pérdida de valor y, recién en unos meses, se observa plenamente en los restantes precios. Es cierto que hay que mirar otros indicadores, porque a veces lo que varía es el dólar y no hay que confundirlo con un movimiento del valor de nuestra moneda. También, el precio del peso depende de la demanda y, por ello, hay que cuidarla; lo que implica mantener la confianza de los argentinos en que no se desvalorizará, que es lo que se está perdiendo ahora. Recordemos la vieja máxima, parte ya de la cultura local: “El dólar no baja, sólo se agacha para volver a saltar”. Por lo tanto, mejor no alentar fantasmas y demostrar permanentemente que se prioriza defender el valor de la moneda argentina.
(*) Aldo Abram. Director Ejecutivo de Libertad y Progreso. Artículo publicado en Ámbito Financiero el 22 de Febrero de 2016