martes, 23 de febrero de 2016

Un cambio cultural busca su realización

Por Germás Gegenschatz (*)
Una forma de observar nuestro pasado reciente y nuestro presente inmediato, puede ser focalizando la dimensión cultural subyacente a todo momento histórico de una comunidad nacional. En tal sentido podríamos decir que en 1983, Argentina se saca de encima la alternancia militar, clausurando la “opción militar” de su matriz cultural.
Entre 1983 y 1989, por debajo del proceso de consolidación de la clausura de la “opción militar” con el juicio a las juntas, entró en crisis y consiguiente debate la idea del “estado omnipresente”. Se pasó de la falsa visión: “agrandar el estado es achicar la Nación”, a una discusión más contextuada, tanto global como local, respecto de las fortalezas y debilidades del estado productor de bienes y servicios que el sector privado puede proveer. El intento de R. Terragno de privatizar Aerolíneas Argentinas vale como síntoma.
El proceso hiperinflacionario de 1989, simplificó la discusión teórica sobre el rol del estado con una contundencia empírica insoslayable: la descapitalización de la inversión pública y la falta de fondos liquidó, en los hechos, toda posible recuperación de aquel tipo de estado que se discutía si mantener o no. La llamada década del 90 ejecuta una ola de privatizaciones, readecuaciones normativas y satisface la demanda de estabilidad económica, tras décadas de inflación. Argentina se suma a un fenómeno global de caminar hacia una economía de mercado sin inflación, que hasta la mismísima China, con sus peculiaridades, había iniciado decididamente en 1976.
En el 2001, con el ingreso al S. XXI, se produce una implosión de magnitud, como la derrota de Malvinas que abrió las puertas a la democracia en 1983, o como la hiperinflación del 89 que abrió la etapa de los 90. Esta implosión fue explicada desde varios ángulos, uno puede ser que los cambios económicos no fueron acompañados por otros, tanto o quizás más importantes, para hacer sustentable el ingreso de una comunidad a un proceso de desarrollo continuo, o por lo menos sin caídas tan catastróficas.
Una Nación logra un desarrollo sustentable por mucho más que un par de medidas económicas más o menos acertadas, se necesita un marco institucional estable, una pericia burocrática superior a la actual y un capital moral imposible de lograr sin el castigo a la corrupción. Instituciones, burocracias y capital moral están quebrados en Argentina, como aquellas empresas públicas privatizadas en los 90. Son tres aspectos del cambio cultural puesto en movimiento en 1983, que se mantuvo en todos los discursos, pero siempre diferidos en cuanto su efectiva realización. Creo que influyó negativamente, en demasiados actores políticos, el pasado militarista que liquidó la idea de primacía de la ley propia de la “República” y con ello el funcionamiento de la justicia; la pericia burocrática fue destruida por reclutamientos sucesivos basados en la “facción” más que en habilidades para desempeños específicos, finalmente, el capital moral siguió en default, el “roba, pero hace”, fue una verdadera apología de la inmoralidad en la gestión pública.
En el 2001, la élite política Argentina interpretó de manera incompleta el estado evolutivo de la sociedad Argentina. El “que se vayan todos” no fue un grito que demandaba volver a un sistema económico corporativo y volver a abrazar la construcción política “de masas” con dinámica revolucionaria setentista. Creo que fue una impugnación, tan difusa como generalizada, a las falencias institucionales, burocráticas y morales de las élites que gobernaron Argentina. Estos tres aspectos permanecieron invariables pese a la supresión del militarismo y la impronta económica de los 90. El autoritarismo segue vigente en la discusión política y en las decisiones económicas, la ineficiencia burocrática es corolario de confundir gobierno y estado, finalmente la corrupción representa la continuidad de los lazos que unen empresarios y funcionarios en un sistema corporativo, donde los primeros garantizan su supervivencia, los segundos su estadía eterna en el poder y ambos su enriquecimiento a costillas del resto de la sociedad.
Argentina jamás decidió interrumpir el profundo cambio cultural iniciado en el año 1983. Es buena parte de la dirigencia política quienes, pese a decir lo contrario, mantuvo y profundizó el deterioro institucional, burocrático y moral, que hoy invade cada rincón de nuestro tejido social. Pero los cambios culturales son irrefrenables, por eso, aún el gobierno iniciado en el 2003 y finalizado en el 2015, sobrado de recursos, diputados, senadores y gobernadores, perdió las elecciones del 2009, 2013 y 2015, son tres de seis elecciones en las que la sociedad pudo evaluar su desempeño y le quitó apoyo, muy especialmente en la última mencionada, el electorado decidió asestar una derrota electoral sin precedentes a una élite que contaba con larga data en el poder.
Indudablemente las demandas en cuanto mejorar la institucionalidad, la burocracia y combatir la corrupción, siguen presentes. La falencia en estos aspectos tuvieron sus manifestaciones más dolorosas en el asesinato de Nisman, el uso y abuso del empleo público, más los escándalos e incontables muertes, fruto de la corrupción como los originados por Boudou, la tragedia de Once, el crecimiento del narcotráfico, el estado paralelo de Milagros Sala y tantas otras asociaciones delictivas entre algunos funcionarios y parte del sector privado.
El Kirchnerismo como etapa política, es una prueba contundente que el pasado es irrepetible y que el presupuesto abundante, sin una contención institucional, no soluciona las falencias en la gestión, ni frena los efectos socialmente devastadores de la corrupción. El resultado electoral que llevó a Cambiemos al poder, más la veloz disolución del F.P.V., son la prueba que los cambios culturales son inevitables como tales, aunque sus resultados pueden variar. Nada va a impedir un retroceso si como sociedad nos orientamos otra vez hacia el pasado, como en el 2003. Nada nos garantiza un futuro mejor si queremos evitar el esfuerzo y el trabajo que requiere mejorar, día a día, nuestra vivencia institucional, nuestra burocracia estatal y la sanción de actos de corrupción en ambos lados del mostrador, el funcionario y el privado que acompaña.
Vivimos los síntomas inerciales de un pasado reciente amenazante, junto con la esperanza y las dudas propias de una etapa que se inicia. La ciudadanía se dio un gobierno que interpreta y asume como propio ese cambio cultural, que busca su realización efectiva. Este cambio cultural también lo perciben varios sectores de la denominada “oposición” que, aún cuando ya no dirigen los destinos de Argentina, entienden los tiempos que se viven y se disponen a no ser un obstáculo sino un aporte, desde la diferencia y en el sentido que la sociedad quiere cambiar.
(*) Germán Gegenschatz. Abogado Diplomado en Historia Política Argentina. Comunidad y Política, Semana 8
Buenos Aires, 19 de febrero de 2016.