lunes, 30 de mayo de 2016

Libertad y Progreso: "Cómo crear 4 millones de empleos productivos en Argentina"

Por Fundación Libertad y Progreso (*)
(*) Libertad y Progreso es un centro de investigación en políticas públicas creado a partir de la fusión entre CIIMA, Foro Republicano y Futuro Argentino. Nos unimos para formar un centro de pensamiento crítico e investigación aplicada a resolver los problemas de la ciudadanía, promoviendo los valores y principios de la República Representativa Federal.
Somos una fundación sin fines de lucro, privada e independiente de todo grupo político, religioso, empresarial o gubernamental. No aceptamos dinero del Estado. Nuestros fondos provienen únicamente de aportes individuales de personas, fundaciones y empresas comprometidas con el futuro del país.

martes, 24 de mayo de 2016

Mientras haya déficit, habrá inflación

Por Martín Krause (*)
El relato estatista dice que la suba de precios no responde a la emisión de moneda, sino a la puja distributiva; sin embargo, el camino para terminar con ese flagelo es evitar que el Estado gaste de más
Muchos argentinos decidieron dejar de lado el relato de los últimos doce años y cambiar. Con el regreso a la actividad política de la ex presidenta, muchos se han preguntado de qué magnitud ha sido ese cambio y cómo es que algunos siguen atados a tal relato pese a las noticias, sobre todo judiciales, que leemos a diario.
En efecto, en algunos temas el relato estatista y populista sigue tan vivo como siempre, entre otras cosas porque presenta explicaciones simples que apelan más a las pasiones que a las razones. Esto se refleja en una cuestión tan acuciante como la inflación. Desde el escolástico de la Escuela de Salamanca Juan de Mariana o el escocés David Hume, la ciencia económica ha comprendido la relación que existe entre el crecimiento de la oferta de dinero más allá de su demanda y el aumento generalizado de los precios. Mariana observaba entonces el fenómeno debido al ingreso a España de metales provenientes de América.

El relato populista sostiene que la causa de la inflación no es la emisión monetaria, sino la “puja distributiva”: distintos sectores de la sociedad pujan por subir sus ingresos vía mejoras de sus precios y esto desata una espiral inflacionaria. Los empresarios aumentan sus precios, luego los sindicatos buscan aumentar los salarios y así sucesivamente. El Estado se ve forzado a convalidar esos nuevos precios con una mayor cantidad de moneda para que se realicen todas las transacciones y no caiga la actividad económica. A la luz de lo que ocurrió estos últimos meses, esta explicación pareciera tener cierto sentido.
Esta explicación cae como anillo al dedo a la visión estatista porque, según ella, el Estado no es el causante de la inflación. Es más: debe intervenir en ese proceso a través de una “política de ingresos” para intermediar en la puja o para aplacarla. Y le permite también echar la culpa de la inflación a otros. Y conviene echársela a los empresarios o, en particular, a los supermercados, ya que son pocos en comparación con los votos que pueden obtenerse de los asalariados y el conjunto de los consumidores.

Sin embargo, es falsa. Si cuando los empresarios suben sus precios el Estado no emitiera más moneda, los consumidores no tendrían con qué pagarlos y los precios bajarían. Es decir, aun si hubiera tal puja, sin emisión monetaria, si unos precios suben otros han de bajar: no hay moneda para todos. Otras cuestiones serían: ¿y en todos los países donde no hay inflación acaso no hay puja distributiva? O ¿qué es lo que tienen todos los bienes y servicios en común para que todos aumenten al mismo tiempo, en lugar de algo más normal, como que unos suban y otros bajen? Respuesta: la moneda; es ésta la que está perdiendo valor.
Los estatistas contraatacarían: “Vean Estados Unidos, han emitido grandes cantidades y no hay inflación”. Correcto. Pero es necesario afinar el análisis. No hay un vínculo directo entre la cantidad de moneda emitida y todos los precios. Por un lado, tenemos la demanda de dinero: puede haber situaciones donde la autoridad monetaria emita pero aumente la demanda de dinero, o aumente la producción de bienes y servicios cuyas transacciones requieren utilizar más dinero. Por otro lado, no todos los precios aumentan al mismo tiempo y en la misma proporción. Lo que sucede en Estados Unidos es que ese aumento de la oferta monetaria ha terminado en un aumento de las reservas de los bancos, reacios a prestar luego de la crisis (es decir, aumento de la demanda de dinero) y, por otro, que el índice de precios al que normalmente suponemos mide la inflación no mide los precios de todos los bienes. Tal vez los que están en el índice no aumenten pero otros sí lo hagan (a esto le llamamos “burbujas”). O tal vez los precios deberían estar cayendo y la emisión monetaria genere inflación porque impide que caigan.
Lo cierto es que la inflación es claramente un fenómeno monetario. Y en el caso argentino su explicación es relativamente simple: el Estado gasta de más (aquí sí podemos hablar de puja o “piñata” distributiva, porque todos los sectores quieren más gastos, subsidios, etc.), luego emite para pagar sus gastos, ese dinero sale a la calle a través de los pagos que el Estado realiza y quienes los reciben salen a su vez a gastar o, tal vez, alguno ahorre o compre dólares.
Tan simple como eso, o no tanto. Los argentinos hemos vivido con grandes déficits fiscales, alta inflación y hasta hiperinflación durante décadas. La mayoría hemos nacido y vivido en tiempos inflacionarios. Y así y todo nos cuesta entenderlo. Hemos dicho “basta de dictaduras”, “basta de violaciones de derechos humanos”, pero no logramos comprender las causas para decir “basta de déficit fiscal” y, por ende, basta de inflación. No le saltamos a la yugular de un gobierno cuando tiene déficit de la misma forma en que lo haríamos si descubriéramos que es corrupto o que hace fraude.
Tan fuerte es nuestra creencia en la versión popular de la teoría de la puja distributiva que demandamos permanentemente que el gobierno haga algo para detener la suba de los precios. Hace poco, un funcionario era entrevistado en un programa de televisión y la periodista le preguntaba: “¿Están tomando alguna medida concreta para detener la suba de los precios?”. El funcionario comenzaba a argumentar que se buscaba arreglar el tema de los holdouts para poder tomar deuda y cubrir el déficit, así reducir la emisión monetaria y, por lo tanto… Y la periodista insistía: “Pero, dígame una medida concreta para hacer frente a la inflación”. Y así más de una vez.
Obviamente, o la periodista quiere reflejar la opinión popular al respecto o no sabe nada de la relación entre emisión monetaria y precios. Entonces, si tenemos votantes que compran la versión barata de la teoría (la culpa es del carnicero) y eventualmente pueden llegar a votar en consecuencia, el Gobierno responde a eso. Se vuelve supermercadista: vamos a crear unos 50 mercados que tendrán precios “cuidados”, no descuidados, confirmando entonces que la versión populista de la inflación ha de tener razón, o algo, aunque estén actuando desde la otra perspectiva. Vamos a multiplicar estos planes sociales, etc. ¿De dónde va a salir el dinero para todo eso, teniendo en cuenta que el mismo gobierno ha señalado que hereda un déficit fiscal de más de 5 puntos del PBI? No niego la necesidad coyuntural de alguna de estas acciones, pero tampoco hay que negar que ese mayor gasto o se cubre con más emisión y, por ende, más inflación, o se cubre con más deuda.
La emisión monetaria y la deuda son dos cosas poco visibles para el votante. Éste observa los precios, que afectan directamente su presupuesto. La emisión y la deuda son cosas algo lejanas. Y los gobiernos argentinos oscilan entre una y otra cosa, llevándonos ya sea a la híper o al default, o moviéndonos en la dirección de uno o el otro.
Así seguiremos, en tanto no se derrumbe el mito del Estado paternalista al que le pedimos de todo, para luego desentendernos de cómo se paga. No me cobren impuestos porque no me gusta, pero adelante con la emisión o la deuda, que no noto que las pague a menos que genere una crisis. El populismo argentino ha alimentado las dos variantes.
Estamos saliendo de la versión inflacionista, ¿para reingresar en la versión deudora? ¿O será esto algo pasajero para salir del mal momento heredado? No hay límites institucionales, o legales, ni para uno ni para otro caso. En definitiva, dependerá de los argentinos y cuán dispuestos estemos a dejar atrás un relato que lleva ya varias décadas.
(*) Martín Krause. Economista, profesor en la UBA

El riesgo de quedarse a mitad de camino

Por Alberto Medina Méndez (*)

El recorrido ha sido trazado y parece estar suficientemente definido. Más allá de las eventuales coincidencias o discrepancias que, tanto desde la política como desde la sociedad se plantean, el actual gobierno parece decidido a transitar el sendero que ya ha elegido.
Los que no comparten esa orientación general lo han manifestado expresamente. En muchos de esos casos se trata de personas que han ocupado puestos de conducción y que han demostrado con creces lo que pueden ser capaces de hacer cuando disponen de cierta supremacía al frente de la administración de la cosa pública.
La visión del populismo y sus programas socialistas ya han sido probadas con resultados catastróficos demasiado evidentes. Concentración del poder, intervención del Estado en la economía, discrecionalidades por doquier y un espíritu autocrático que no han logrado disimular, por solo citar algunas de sus más inocultables y despreciables características.
El debate del presente tiene que ver con la dinámica seleccionada en esta ocasión, la velocidad con la que se intentan implementar ciertos cambios, la oportunidad de las necesarias reformas y la gobernabilidad imprescindible para llevar adelante esta intrincada etapa.
Muchos factores e ingredientes se conjugan en la actualidad y es difícil saber como administrar las fuerzas para llegar a buen puerto. No existe receta infalible, ni fórmula segura para enfrentar esta compleja transición.
Algunos suscriben cada paso que se ha dado, avalando no solo el rumbo de esas determinaciones, sino también sus tiempos y modos. Otros, más escépticos, reclaman más celeridad, convicción y eficacia para cerrar pronto esta fase y dar vuelta la página sin estériles dilaciones.
Este parece ser el gran dilema del momento. Resolver algunos asuntos relevantes, desactivar ciertos peligros latentes, timonear esta mutación, no parece tarea sencilla, pero existe un riesgo implícito y es saludable ponerlo sobre la mesa, exteriorizarlo y hablar de él con absoluta crudeza y claridad.
Ignorar esta cuestión, hacer de cuenta que no existe chance alguna de que los escollos atenten finalmente contra el resultado esperado, no ayuda en nada. Es importante analizar todas las posibilidades y testear cuidadosamente la secuencia de los hechos, para disponer de un plan alternativo que no sea extemporáneo y permita reaccionar a tiempo.
Muchos dicen que los gobiernos siempre tienen esa variante a su alcance y que todo está debidamente previsto. Sin embargo, por momentos, diera la sensación de que se trata de apuestas únicas, de callejones sin salida y que se deambula por la cornisa, solo intentando minimizar costos políticos.
Resulta muy razonable que la agenda contemple aspectos políticos y prevea controlar el poder, mantener la sustentabilidad electoral y el acompañamiento cívico. Sería ilógico que no lo tuvieran en cuenta.
Pero no menos cierto es que cuidar ese costado importante pero no vital y poner en jaque el objetivo principal implica asumir mayores riesgos que podrían traer complicaciones que pueden ser absolutamente evitadas.
En concreto, la actual gestión está intentando alcanzar la meta, pero ha elegido una estrategia demasiado prudente, y esa actitud le puede costar caro no solo al oficialismo, sino fundamentalmente a la sociedad.
El diagnóstico de casi todo el arco político es que el futuro depende, en buena medida, de la marcha de la economía. Si ella no se endereza pronto, los tropiezos políticos no tardarán en aparecer. No es necesario que todo sea un éxito pero si es imprescindible que se inicie el camino de la recuperación, hecho que no solo debe ocurrir, sino que además debe ser percibido inconfundiblemente por la ciudadanía.
Buena parte de la esperanza del gobierno se ha depositado en la suficiente cantidad de confianza inyectada en los actores económicos locales y foráneos. La visita de muchos mandatarios extranjeros, los inconfundibles guiños hacia el mercado de capitales, la eliminación de ciertas arbitrariedades y dislates del pasado, son datos alentadores.
Pero el asunto es más profundo. Si una parte significativa del plan que permitirá el resurgimiento del país, depende del ingreso de inversiones desde afuera aun quedan muchos deberes por hacer y señales contundentes que enviar a quienes pueden mostrar genuino interés en considerar las inmensas posibilidades que esta Nación ofrece.
Sin una estructural reforma fiscal y laboral consistente, sin una racionalización del tamaño del gasto estatal y un proceso de modernización de todos sus estamentos, ningún proyecto podrá ser sostenido en el tiempo.
Las inversiones, de todo tipo, son bienvenidas en esta difícil instancia, pero no serán las mejores las que vendrán ahora, al menos no en el volumen deseado. Todavía esta tierra sigue siendo destino de pícaros y oportunistas. Los grandes, los que realmente cambian la inercia, esos capitales que no solo vienen a hacer la legítima diferencia de corto plazo, sino que también pretenden quedarse por un largo tiempo, tardarán en aterrizar aún.
La confianza no se construye con un chasquido de dedos. Es un largo proceso que emite gestos permanentemente y que al final del trayecto consigue consolidarse. Recién cuando la credibilidad se fortalece las bondades del sistema consiguen dar sus frutos. Suponer que eso ocurrirá mágicamente es caer en una ingenuidad imperdonable.
El gobierno tiene un enorme desafío por delante. Está a tiempo de hacer lo necesario sin postergaciones especulativas. Claro que hacer lo que corresponde tiene consecuencias negativas indeseadas. Pero no hacerlo también e implica cometer una equivocación de una magnitud superior.
Es deseable ser optimista. Las ganas son un requisito pero no alcanzan, ni resuelven nada. Al optimismo hay que darle contenido y motivos suficientes para creer que todo será diferente. Alguien dijo en cierta ocasión que "lo difícil no es hacer lo correcto, sino saber qué es lo correcto". El gobierno con esta actitud sinuosa, corre el riesgo de quedarse a mitad de camino.

(*) Alberto Medina Méndez. Periodista, analista político
albertomedinamendez@gmail.com
www.existeotrocamino.com

Fuente: Comunicación personal del autor

PRO-Peronismo:¿socios o competidores?

Por Diana Ferraro (*)

Desde el punto de vista de la realidad, esa celebrada única verdad, el PRO está haciendo exactamente lo que hay que hacer para devolver alguna posibilidad de prosperidad a la maltratada Argentina y, por lo tanto, a su sufrido pueblo. Esta es la tarea que tradicionalmente le correspondió al peronismo y que el peronismo se perdió por no contar con un sistema democrático de selección de liderazgo. Sometido al dedo golpista de Duhalde primero y de los Kirchner después, el peronismo en su conjunto aún no se ha repuesto, organizado y mucho menos democratizado. El atajo conceptual sería considerar que el PRO simplemente ocupó un lugar vacío—no sólo el de representante de la clase media antiperonista, sino el de la amplia mayoría de trabajadores tradicionalmente aspirantes a pertenecer a esa clase media—un lugar que el peronismo quizá ya no vuelva a ocupar. A menos que.  
A menos que el peronismo en su fracción más auténticamente peronista se transforme en un socio coherente y activo del PRO, aceptando el liderazgo de Mauricio Macri como propio, una posibilidad que no entra tanto dentro del terreno de la fantasía como de la más dura realidad. Esa que indica que el peronismo genuino y más avanzado hace mucho tiempo que quedó desplazado y sin liderazgo propio.
O, a menos que líderes peronistas muy cercanos a la visión liberal del país del PRO hiciesen el esfuerzo final de adaptar la operativa peronista a los requerimientos de la modernidad global. Entre estos líderes, sin duda, José Manuel de la Sota y muchísimos líderes sindicales que hace tiempo ven con claridad su rol en contribuir a las reformas y modernización post-duhaldismo y kirchnerismo.  
Con un peronismo dividido en por lo menos tres partes—el errático Frente Renovador de Massa, ya liberal, ya duhaldista; el PJ no democratizado de Gioja y Scioli con sus bien conocidas aspiraciones rastreras; y el kirchnerismo residual en descomposición acelerada—es lícito pensar que el peronismo sólo será una molestia por ahora, útil sólo para dividirlo y neutralizarlo aún más. Una estrategia negativa que si bien anula adversarios, se pierde simultáneamente el uso de su incomparable fuerza para fines propios. A menos que.
A menos que el PRO revea su siempre latente y molesto sesgo antiperonista, y decida por sí mismo que también es, de algún modo, parte de él, en tanto heredero de una herencia recibida en forma colectiva. “Mi único heredero es el pueblo”, dijo Perón que sabía muy bien que pasaría mucho, pero mucho tiempo antes de que ese pueblo diese dirigentes con las dos mitades del país bien unidas en la cabeza. También dijo que “La organización vence al tiempo”, lo cual haría suponer que el instrumento electoral del Partido Justicialista finalmente vencería las tendencias antidemocráticas y autoritarias del cacique de turno, cosa que aún no sucedió. Aunque es posible imaginar que al referirse a una organización sólida, Perón  pensaba más bien en la Confederación General de los Trabajadores, su invento y siempre su instrumento preferido para hacer avanzar al país varios casilleros en el interminable juego de la oca que ha sido siempre la política local.
Hay un actor principal, Macri, y varios actores secundarios peronistas ocupando espacio en el escenario. ¿Socios o competidores? Cualquiera de las dos variantes debería servir a la Nación y al pueblo argentino. Como socios, unidos en el combate que todavía hay que dar contra el atraso instalado tanto en el radicalismo como en el peronismo (y hasta en muchos dirigentes del PRO) aún muy dependientes de las soluciones estatistas del pasado y poco abiertos al capitalismo global. Como competidores, compitiendo por avanzar en ese mismo proceso pendiente—esto requiere de dirigentes peronistas que superen en su concepto de modernización a Macri o lo mejoren extendiéndolo a su dominio natural de las organizaciones sindicales—y no cediendo a la tentación de ser lo opuesto sólo para diferenciarse, atrasando así la imprescindible modernización del país.
            La reciente pelea acerca de la ley de la doble indemnización ilustra bien las confusiones acerca del rol político que unos y otros juegan en esta, todavía, comedia de enredos, de la cual ni los mejores periodistas terminan de entender el argumento. Quizá porque nunca terminaron de entender qué es el peronismo, cuál es su propuesta de infinita libertad  para la organización popular (¡insisten en llamar a un movimiento liberador autoritario!) y cuál su estrategia de perpetua movilidad en pos de un único y sólo objetivo que hay que recordar. Es ya un cliché citar por millonésima vez el más genuino combo del ideario peronista, pero un cliché inevitable al tener que repensar qué significa en el siglo XXI y cómo llegar a cumplir, de verdad, las metas que propone como guía para la acción política. Sí, la grandeza de la Nación y la felicidad del pueblo.
(*) Diana Ferraro. Escritora. Analista política, periodista.

Fuente: comunicación personal de la autora

Una obligada y exitosa estrategia

Por Enrique G. Avogadro (*)

"Durante mucho tiempo fui todo lo que pude ... ahora soy todo lo que quiero". Arturo Pérez-Reverte
La sanción de la ley que duplica las indemnizaciones laborales, elaborada por el ¿Frente para la Qué? en el Senado y aprobada sin cambios en Diputados, que necesitó de la concurrencia de los representantes de Cambiemos -votaron por el rechazo- para lograr el quorum para su tratamiento, marca un antes y un después en la actitud política del Gobierno, que dejó al Frente Renovador dividido y pegado al kirchnerismo más recalcitrante.
Macri ha demostrado así que ha aprendido a jugar fuerte y que está decidido a ejercer el poder que le concedieron las urnas, y convalidan las encuestas, para llevar adelante una agenda positiva; ha comprendido que depende de la gente, y no de los políticos ni del mentado "círculo rojo". La ley fue vetada y la oposición no cuenta con los votos necesarios para la insistencia; con ello, esta estéril discusión, que ha insumido semanas enteras, ha concluido y todos podemos dedicarnos a las cosas importantes.
Entre ellas, la media sanción que obtuvo en Diputados el proyecto de acceso a la información pública, un verdadero derecho humano, que seguramente recibirá algunos cambios "políticos" en el Senado, ya que los sindicatos no tienen interés alguno en que las famosas obras sociales sean obligadas a mostrar sus números reales; y digo "políticos" porque tampoco el Gobierno puede darse el lujo, al menos mientras el indispensable ajuste continúe, de rasguñar la sensible piel crematística de los  líderes gremiales, capaces de complicar mucho la realidad en la calle. Basta con recordar que Alfonsín tuvo que soportar nada menos que trece huelgas generales durante su período, mientras que ahora no habrá ninguna reacción importante contra el veto mencionado más arriba. Aún con esas limitaciones, esta herramienta legal significa un enorme avance para la democracia "representativa" que, con Macri, ha dejado de ser "delegativa".
Pero, sin duda, lo más trascendente será la declarada intención del Presidente de transparentar la gestión y, en función de ello, publicar en Internet todas y cada una de las licitaciones que se convoquen para obras públicas o adquisiciones, y las ofertas que se reciban en cada uno de los procesos. Naturalmente, ello permitirá que muchas empresas, incluidas pequeñas y medianas, puedan acceder a ellas y evitará la habitual cartelización. Si le sumamos los créditos de los organismos multilaterales para infraestructura, que han comenzado a llegar, seguramente el Gobierno logrará invertir la insólita "sensación de despidos" que dio excusa al ¿Frente para la Qué? y al massismo para presionarlo con la ley sancionada en la maratónica sesión del jueves a la madrugada.
Sin dejar la esfera de competencia del Ejecutivo, y en otro orden de cosas, me pregunto por ejemplo qué pasó con el General (RE) César Milani y el enorme plexo de denuncias que lo debieran acorralar, tales como enriquecimiento ilícito, espionaje ilegal, violaciones de derechos humanos, etc., y con los equipos tecnológicos de última generación que había adquirido para los servicios de inteligencia del Ejército y que, según trascendidos, habrían desaparecido. Por lo demás, y aunque sean susceptibles de sospechas por su extemporaneidad, los dichos de la ex Fiscal Viviana Fein -vinculados al asesinato de su colega Alberto Nisman- han vuelto a poner al justamente cuestionado militar en el centro de la escena.
También me interrogo acerca de la auditoría que el Consejo de la Magistratura dijo que llevaría adelante en los tribunales federales que tienen a su cargo las causas de corrupción porque creo que la impunidad, sobre todo de la familia Kirchner, estará reñida con la gobernabilidad; si la sociedad no percibe claramente que este mani pulite criollo ya es un proceso irreversible y que no se detendrá en el umbral de la casa de la propia Cristina, dejará de tener la sorprendente confianza en el futuro que acompaña hoy al Presidente Macri. Algunos trascendidos hablan de un proyecto de publicar, ya mismo, un completísimo y detallado inventario de los males que dejó el kirchnerismo; si se concretara, y me parece una idea excelente, esa demanda social elevará mucho su temperatura y hará que los jueces, ahora en defensa propia, avancen velozmente en las investigaciones y en los juicios orales y públicos que correspondan.
Amado Guita-rrita Boudou es un caso emblemático: la sociedad se asombra de que aún no esté preso, ya que se ha comprobado que exprimió a una de las provincias más pobres (Formosa) para refinanciar su deuda pública, que permitió que sus jefes se quedaran con Ciccone, que inventó domicilios en médanos, que se enriqueció a la velocidad de la luz y que llegó al extremo de falsificar facturas de los hoteles y los servicios de traducción utilizados en sus viajes oficiales; es decir, no sólo robó las canillas sino que también lo hizo con los caños dentro de las paredes.
Brasil sigue siendo el espejo en el que debemos mirarnos: el miércoles pasado, José Dirceu, nada menos que ex Ministro de la Casa Civil (Jefe de Gabinete) de Lula, resultó condenado a veintitrés años de prisión en la causa del "petrolão", la pena más grave dictada hasta ahora, que se suma a la que ya tenía -de diez años- en el proceso del "mensalão", que investigó el pago de sobornos a legisladores de la oposición para que votaran las leyes que pretendía el PT. De ese modo, las olas de la Justicia ya están mojando los pies del ex Presidente y de su sucesora, hoy suspendida en sus funciones.
Allí no habrá barrera alguna para el avance de las investigaciones, básicamente porque la sociedad ya no lo permitirá, aunque sea consciente del precio que, en años de inestabilidad política y crisis económica, deberá pagar por la depuración moral del país. Porque, cuando se ha llegado a tales extremos de corrupción, que lucen en Brasil y aún más en Venezuela y en la Argentina como enquistadas garrapatas, sólo una profunda y cruenta cirugía puede extirparlas y evitar que la propia nación perezca por la permanente sangría de los recursos de la sociedad que la habita. 
Mauricio Macri ha dejado de ser lo que pudo, y ahora es lo que quiere; sólo nos resta esperar que la economía premie su esfuerzo, que será acompañado sin duda por la ciudadanía, si ésta percibe que los responsables de tantos males reciben el condigno castigo.
Bs.As., 22 May 16 
(*) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
E.mail: ega1@avogadro.com.ar
E.mail: ega1avogadro@gmail.com
Site: www.avogadro.com.ar
Blog: http://egavogadro.blogspot.com


 Fuente: Comunicación personal del autor

miércoles, 18 de mayo de 2016

Gasto público: ¿cambiar o continuar?

Por Roberto Cachanosky (*)

Conformarse con dejar el gasto público en los niveles actuales es más continuar que cambiar
Si bien soy un ferviente partidario del equilibrio fiscal, confieso que prefiero un gobierno que tenga un déficit fiscal del 0,5% del PBI con un gasto público del 10% del PBI a un gobierno con equilibrio fiscal pero con un gasto público del 50% del PBI. Y mucho menos quiero tener un gasto del 50% de PBI con un déficit fiscal del 7% del PBI que nos dejó de regalito el kirchnerismo.
Puesto en otras palabras, el problema fiscal no pasa solo por tener las cuentas equilibradas sino que, además, el nivel de gasto público es clave para evitar que el estado se convierta en un estorbo para el crecimiento de los países.
Este punto viene a cuento porque el PRO no parece estar muy entusiasmado por bajar el gasto público. Días pasados, Andrés Ibarra, Ministro de Modernización, sostenía que "nuestro objetivo con las cesantías no es producir un ahorro presupuestario, sino que el gasto del Estado sea eficiente y productivo para la ciudadanía”, agregando: “No queremos achicar el Estado, sino que éste pueda prestar mejores servicios."
Con un gasto público, sumando nación, provincias y municipios, que es equivalente a casi el 50% del PBI, lo que nos propone mi amigo Andrés Ibarra es que sigamos soportando una carga tributaria sideral porque ellos saben mejor que nosotros cómo asignar los recursos que generamos. O, en su defecto, que tomarán deuda para financiar un nivel de gasto público que no podemos financiar con nuestros impuestos. El problema es que ese endeudamiento de hoy son impuestos de mañana cuando haya que pagar la deuda más sus intereses.
El punto al que quiero llegar es que dominar el déficit fiscal dejado por el kirchnerismo, que obviamente nadie está pidiendo que sea eliminado de un día para otro, no es el único problema. El mayor problema, siempre hablando del flanco fiscal, es el enorme gasto público que dilapida los recursos que genera la gente con gran esfuerzo. Hoy día, no hay ninguna relación o contrapartida entre en nivel de gasto público, carga tributaria y servicios que recibe el sufrido contribuyente.
Las finanzas públicas de la economía argentina son como esos edificios en que las expensas son altísimas pero no funciona el ascensor, no hay luz en la escalera y los pasillos están sucios. Aquí pagamos impuestos altísimos pero el estado no cumple con las funciones básicas para las cuales fue creado: asegurar el derecho a la vida, a la libertad y la propiedad. Se dedica a fundamentalmente a repartir el dinero de los contribuyentes entre gente que no ha generado riqueza, ya sea porque vive de los mal llamados planes sociales o bien por empleados del sector público que cubren cargos que no tienen ningún sentido de existir en un sistema republicano con un gobierno limitado.
Me parece que el gobierno debería rever su posición frente al gasto público. No estoy diciendo que lo baje de un día para otro, pero creo que los gobiernos que marcan puntos de inflexión en la historia de los países son aquellos que cambian la tendencia decadente. Los estadistas no miran las encuestas para tomar decisiones. Lideran el cambio. Los estudios de marketing son para vender jabones, no para reconstruir países. Los países se reconstruyen con una dirigencia política audaz que se anima a iniciar un camino de progreso.
Puedo entender que resolver la herencia que dejó el kirchnerismo es realmente muy pesada y llevará tiempo revertir el destrozo que hizo en esos 12 años en que avasallaron las instituciones y destruyeron la economía. Pero conformarse con dejar el gasto público en los niveles actuales bajo el argumento de administrar mejor los recursos no va muy de acuerdo con la idea de cambiar. Más bien sería un continuar con la explotación del contribuyente con el argumento que ahora hay una explotación más eficiente gracias a una mejor gestión.
No me parece que ese sea el camino de cambio en serio que necesita Argentina. Gestionar bien lo ineficiente no genera crecimiento ni prosperidad.
(*) Roberto Cachanosky. Economista (UCA, 1980) Director de "Economía para todos". Artículo publicado el 17 de Mayo de 2016, en la Edición N°626

martes, 17 de mayo de 2016

Aplazos o no aplazos: no es esa la cuestión

Por Edgardo Zablotsky (*)

El sistema de calificaciones de la primaria de la provincia de Buenos Aires volverá a incluir los aplazos, eliminados en 2014 por considerarlos estigmatizantes. En los boletines de cuarto a sexto grado estarán otra vez las puntuaciones debajo de 4 y para primer a tercer grado “insuficiente” o “aún no satisfactorio” para quienes no cumplan con los objetivos. Nora de Lucía, Directora de Cultura y Educación bonaerense al tiempo de eliminarse los aplazos, expresó que la reforma tenía como objetivo “no excluir chicos del sistema, (…) priorizamos la educación, no la nota” y al igual que Alberto Sileoni se preocupó de aclarar que el método ya se utilizaba en países con modelos exitosos en educación, como Finlandia.
Pero en Buenos Aires no nieva, está muy lejos de Finlandia y como señala Gustavo Iaies, frente a la reimplantación de los aplazos, “es una medida que devuelve sentido común al sistema educativo: fija un patrón claro respecto de lo que está bien y lo que está mal, y eso ayuda al sistema y a los chicos”. Es claro que tiene razón. No obstante, esta medida y aún las intenciones acordadas en la Declaración de Purmamarca (como la obligatoriedad del nivel inicial a partir de los tres años, la incorporación de la jornada extendida y el compromiso de crear el Instituto de Evaluación de la Calidad y Equidad Educativa) son insuficientes frente a la realidad educativa que enfrentamos. La emergencia educativa es mucho peor que la energética. No hace falta que hablemos de las evaluaciones PISA; a muestra de ejemplo nos sirve un botón: el Nacional Buenos Aires, nave insignia de la educación argentina lleva, al 9 de mayo, 22 días de clase y 15 de paro. Dentro de la tristeza de conocer esta realidad, veo con optimismo que la misma ha movilizado a los padres y eso es muy bueno.
Señala el ministro de Educación Esteban Bullrich que “la mitad de la adolescencia del país, o bien no cursa el nivel secundario, o bien abandona los estudios medios en forma temprana. Sólo 1 de cada 10 jóvenes concluye los estudios universitarios y sólo 1 de cada 100 proviene de los sectores más pobres”. Sin embargo no hay manifestaciones de padres exigiendo otra educación para sus hijos; es más, muchos padres piensan que la educación en el país no es buena, pero sí lo es la del colegio a la que concurren sus hijos. Es imprescindible que los padres admitan la realidad y reaccionen; el ministro sólo no puede cambiarla. Para ello es necesario llevar a cabo evaluaciones educativas, pero los resultados a nivel de escuela deben ser de conocimiento de los padres. Su indignación le daría al Gobierno el apoyo sin el cual es imposible llevar a cabo una real revolución educativa. El costo de evitar cualquier supuesto estigma es demasiado alto. Son nuestros hijos los que están en juego. Me imagino lo que opinaría Sarmiento ante al argumento de la estigmatización por hacer pública la información. Por decoro, no lo escribo.
(*) Edgardo Zablotsky es Vicerrector de la Universidad del CEMA y Miembro de la Academia Nacional de Educación
Fuente: Comunicación personal del autor y en http://www.clarin.com/opinion/Aplazos-aplazos-cuestion_0_1577842327.html

Venezuela: otro populismo fracasado

Por Elena Valero Narváez (*)
El presidente de Venezuela esta incitando a la gente a tomar las fábricas, que han dejado de producir por la extraordinaria crisis política y económica que afecta a ése país.
No es casualidad que la continuidad del chavismo, en versión del presidente Maduro, esté mostrando semejante fracaso.
El populismo se basa en la noción de reparto: debe sacarse al rico para darle a los  pobres. Es así como en nombre de la popularidad  necesaria para ganar elecciones y retener el poder terminan con una economía en estado de postración, por lo cual pierden el apoyo de la gente que habían acercado mediante clientelismo con favores, dádivas, subsidios y propaganda. Es decir utilizando los medios del Estado que da el poder.
No entienden que un país para desarrollarse necesita de estabilidad política y crecimiento económico. Creen  que se puede repartir desde el estado, obligando a los empresarios a bajar los precios aunque afecte la producción y la productividad.
No valoran, como tampoco los sindicalistas, una economía sana donde la moneda no se deprecie por la inflación. Tampoco permiten que las personas sean las que ejercen su autoridad sobre sus propios bienes. Creen que el estado lo hace mejor. Es así como no funcionan los sistemas de precios porque no respetan la propiedad. La lesionan mediante revoluciones, golpes de estado o políticas económicas estatistas dirigistas e intervencionistas.
El populismo apura el ingrediente nacionalista que lo caracteriza con discursos xenófobos que demonizan al capital extranjero.  Bajan la tasa de inversión disparando al corazón del ahorro del país, por lo que no se dispone de bienes de capital, baja la productividad y el crecimiento.
Cuando necesitan del capital extranjero, éste no aparece porque teme que la inversión directa  o la financiación de recursos para financiar emprendimientos del país termine con una intervención del gobierno  desfavorable a los derechos de propiedad y hasta exista la posibilidad de la confiscación de algunas o todas las empresas.
Las declaraciones de Maduro como las del anterior gobierno argentino, dan a entender que para ellos la prosperidad económica no depende de funcionarios honrados ni de una constitución que sea respetada por un sistema judicial eficiente.
Cuando funciona mal la política y la economía, las personas que pueden hacerlo emigran a otros países donde se les permite gozar de lo que producen. Es el caso de los países latinoamericanos que han quebrado por ideas erróneas.  Como dice mi amigo Armando Ribas, Miami se ha convertido en la Capital de Latinoamérica debido a las migraciones del capital humano de varios países, entre ellos Cuba y Venezuela. Es así que Miami crece con el esfuerzo de los inmigrantes que han abandonado sus países de origen, donde la pobreza se va adueñando de los sueños y la vida de quienes por una cosa u otra no pudieron escapar hacia la libertad.
Ya no hay duda, que las políticas de acelerar el crecimiento económico con medidas que pretendan evitar las libres interacciones con todo el mundo no sirven.Por ello  cualquier país que pretenda mejorar su economía y su calidad de vida no debe escuchar a quienes breguen por protección de la competencia extranjera exigiendo restricciones comerciales y aranceles que los aislen del comercio internacional para evitar la competencia.
Eso nos lleva a lo que fue Cuba desde la Revolución, a lo que es ahora Venezuela  y a dónde hubiéramos ido si hubiera continuado en el poder un gobierno salido de las oscuras entrañas kirchneristas.
La única manera de salir del estado de postración económica y política es que el estado deje de interferir en la mano invisible para fomentar el crecimiento económico. El mercado no funciona bien si se lo controla e impulsa la limitación de la propiedad privada. Está íntimamente ligado al estado de derecho,  depende de un marco normativo común que a su vez es el empañado espejo de valores universales que están más allá del mercado.
El Estado debe cumplir con la función de cuidar que se cumplan las reglas que hacen posible el libre intercambio de bienes y servicios.
 Los gobiernos que pretenden planificar a la sociedad fracasan siempre . No se puede dominar, es un fenómeno espontáneo, lo mismo que  el mercado, cuyo método radica en la conexión de iniciativas de productores y consumidores (personas) conectados en él. Contrariamente a lo que piensan los enamorados del populismo el mercado distribuye imparcialmente premios y castigos, porque es la persona autónoma, responsable, y libre, quien opta ante una gama limitada de alternativas. Tiene el derecho de elegir y también de equivocarse.
La penosa situación que hoy atraviesan los venezolanos debiera hacernos anhelar, no solo  vivir en un país desarrollado sino,  también,  reflexionar sobre cuál es el sistema político y económico más apropiado para alcanzar lo que deseamos.
(*) Elena Valero Narváez. Periodista, historiadora y analista política). Vicepresidente 2ª de la UCEDE (Unión de Centro Democrático)
Fuente: Comunicación personal de la autora

lunes, 16 de mayo de 2016

Empresarios vs Empresaurios

Por Libertad y Progreso (*)
(*) Libertad y Progreso. Es un centro de investigación en políticas públicas creado a partir de la fusión entre CIIMA, Foro Republicano y Futuro Argentino. Nos unimos para formar un centro de pensamiento crítico e investigación aplicada a resolver los problemas de la ciudadanía, promoviendo los valores y principios de la República Representativa Federal.
Somos una fundación sin fines de lucro, privada e independiente de todo grupo político, religioso, empresarial o gubernamental. No aceptamos dinero del Estado. Nuestros fondos provienen únicamente de aportes individuales de personas, fundaciones y empresas comprometidas con el futuro del país. Video elaborado con la colaboración de Gloria Alvarez

Los aplazos y el pensamiento mágico

Por Alberto Medina Méndez (*)

El renovado debate sobre si un niño puede recibir bajas calificaciones durante su vida escolar, permite analizar interesantes aristas del presente y conocer un poco más acerca de cómo razona esta sociedad contemporánea.
El controvertido tema de los "aplazos" puede ser abordado desde una perspectiva eminentemente educativa, con una mirada sesgada hacia lo pedagógico y hasta deteniéndose en aspectos psicológicos de la infancia.
Tal vez este polémico asunto sirva, al menos, de trampolín para comprender porque la gente analiza su realidad con ese prisma decidiendo de un modo incoherente con las consiguientes consecuencias nefastas.
Desde un punto de vista normativo se puede decidir casi cualquier cosa. Hace algún tiempo, cuando se eliminaron las notas bajas, los argumentos se centraron en destacar el impacto perjudicial que las mismas producían en la autoestima de los niños y sus irreversibles repercusiones en su futuro.
Todo tipo de ardides se aplicaron bajo ese esquema. Se reemplazó el régimen vigente por uno con letras, mas acotado en escalas, para que las diferencias entre los puntajes asignados fueran menos perceptibles. El sistema numérico fue duramente criticado por su crueldad y se optó entonces por quitar la chance de que un alumno obtuviera notas de 0 a 3, iniciando la serie de posibilidades recién desde 4 en adelante.
Más allá de las cuestiones rigurosamente técnicas vinculadas al ámbito de lo educativo, lo que queda en evidencia es que toda la tecnología, la astucia y la picardía parecen estar al servicio de ocultar la verdad con maquillaje.
Se pueden calificar a los alumnos con letras, con números, impedir ciertas notas, sugerir a los docentes que sean más piadosos, prohibir la repitencia, disponer que se pase de año sin merito alguno y hasta egresar sin esfuerzo.
Nada de eso convierte a una persona sin conocimientos en alguien preparado para enfrentar la vida, ni tampoco logra que el que no se empeña sienta que vale la pena intentarlo porque intuye que al final todo da lo mismo.
Los que están realmente convencidos de que es bueno hacer un poco más, estudiar y tratar de alcanzar lo más alto, a veces creen que el sistema no los premia y los coloca en el mismo lugar que a todos los demás. Por lo tanto perciben, con razón, que tiene poco sentido desvelarse para mejorar.
Los que no quieren estigmatizar a los que fracasan, terminan creyendo que ellos no son los verdaderos responsables de lo que les ocurre, sino que son meras víctimas de extrañas y perversas fuerzas del mal, sin comprender que los únicos que pueden lograr que todo cambie son justamente ellos mismos, porque son los únicos protagonistas de su propio destino.
Nivelar para abajo parece ser la solución de muchos. A los mejores hay que limarlos, impedirles que crezcan. Sus éxitos están siempre mal vistos porque ponen en situación de debilidad al resto, atemorizándolos.
Esta visión de la vida en comunidad, donde la igualdad es un valor mal entendido, se aplica a casi todos los asuntos cotidianos. Tal vez por esta misma razón se intimida a los ricos, se ignora a los talentosos y se termina endiosando a los perdedores, convirtiéndolos en victimas en vez de estimularlos a que salgan rápidamente de esa lamentable situación.
Tapar la realidad no parece ser una excelente idea. Modificar sistemas para que los que no se destacan pasen totalmente desapercibidos genera un daño enorme para todos, incluso para ellos mismos.
Es evidente que algunos individuos se esmeran y otros no. Es una elección individual absolutamente respetable. Enmascarar los hechos con recursos retorcidos no cambiará esa realidad. Esconder el termómetro jamás logra camuflar la fiebre, ni tampoco alterar mediciones consigue que quien padece una enfermedad sea una persona sana por arte de magia.
Los indicadores son eso, un parámetro, un dato, algo que permite tomar determinaciones. Cuando alguien sufre un problema de salud, lo primero que intenta es obtener un diagnóstico certero, sin mentirse a sí mismo, buscando la verdad, para desde allí, iniciar un recorrido que le permita definitivamente curarse. Es increíble que esa lógica individual no pueda asumirse de idéntico modo cuando se analizan fenómenos más mundanos.
La discusión sobre los aplazos es solo un síntoma más de la insensatez imperante. Se insistirá en cuestionar las calificaciones de los alumnos buscando impedir que los de peor desempeño sean visibilizados, para evitarles frustraciones, sin asimilar que la vida es un camino repleto de aciertos y tropiezos, que nada es lineal. Pero sin información concreta todo se hace mucho más difícil. Un número no dice demasiado sobre una persona, pero puede ayudarla a levantarse y superarse.
Si la inmensa potencia que se ha puesto para disfrazar la realidad se invirtiera en sobreponerse a los inconvenientes, seguramente todo sería más provechoso. No se conseguirá jamás el progreso poniéndole techo a la evolución de los mejores. Por el contrario, eso solo se logra cuando los que tienen un menor rendimiento dan el salto, salen de ese estándar inferior y avanzan hacia el anhelado siguiente escalón.
La gran tarea pasa por depositar el máximo de energías en lograr que todos puedan desarrollarse. El ingenio debe estar enfocado en cooperar con el porvenir y no en entorpecérselo a algunos para que el resto no se sienta acobardado e impacte negativamente en su propia consideración.
Nadie crece engañándose a sí mismo. Nadie evoluciona falsificando la realidad. Todos tienen habilidades. Por lo tanto, la labor consiste en descubrirlas a tiempo y son los indicadores los que ayudan a detectarlo pronto para poder encauzar la fuerza hacia donde realmente se justifica y de esa forma, conseguir que cada ciudadano pueda finalmente realizarse.
(*) Alberto Medina Méndez. Periodista y analista político
albertomedinamendez@gmail.com
www.existeotrocamino.com
Facebook: www.facebook.com/albertoemilianomedinamendez

Fuente: Comunicación personal del autor

Huracanes Continentales

Por Enrique G. Avogadro (*) 

"Porque sin la libertad de expresión y de crítica, el poder puede cometer todos los desafueros, crímenes y robos, como los que han ensombrecido nuestra historia reciente". Mario Vargas LLosa.
¡Qué semana para Latinoamérica y para los argentinos! Los hechos más destacados fueron, obviamente, el procesamiento de Cristina Fernández de Kirchner y la prevista suspensión de Dilma Rousseff en su cargo de Presidente de Brasil por el plazo de 180 días, durante los cuales el Senado sustanciará su juicio político, como establece la Constitución. Este tema, el de la legalidad del proceso, viene a cuento porque, como era de esperar, ya ha comenzado a plañir el coro de los populismos groucho-marxistas del continente Macondo, al son de una música que inventó Rafael Correa, con la complicidad necesaria de don Néstor (q.e.p.d.), para transformar una mera huelga de la Policía de Quito, en reclamo de mejores salarios, en un golpe de Estado.
Esa melodía, a la que se puso por pomposo título "cláusula democrática", fue aplicada cuando Honduras, primero, y luego Paraguay utilizaron mecanismos constitucionales para destituir a sus presidentes (Manuel Zelaya y Fernando Lugo, respectivamente); en el último caso, arteramente se suspendió la membresía del Mercosur para permitir la entrada por la ventana de Venezuela, a la cual el Congreso guaraní se oponía, dando origen así al Trucho-Sur.
El PT de Lula, continuando con las medidas implantadas por Fernando Henrique Cardoso (PSDB), logró sacar de la pobreza a decenas de millones de brasileños, que lo premiaron con dos períodos de su líder y dos más -el segundo, ahora truncado- de su heredera. La baja en el precio de las commodities, el aumento de la inflación y el marcado crecimiento del desempleo hicieron que muchos de quienes habían accedido a la clase media baja volvieran a caer y, cuando trascendieron los detalles del "lava- jato" y del "petrolão", cundió el descontento y esos re-empobrecidos se transformaran en los principales demandantes del cambio de gobierno que protagonizaron el jueves Dilma y Michel Temer, su reemplazante.
Aquí, en la Argentina, la atención estuvo centrada en las nuevas revelaciones sobre la magnitud de la corrupción kirchnerista -que, en términos absolutos, deja a los brsileños convertidos en ladrones de gallinas- y, sobre todo, en la finalmente frustrada sesión de Diputados que pretendían realizar los contradictorios nostálgicos del latrocinio para aprobar el disparatado proyecto de ley antidespidos.
Entre tanto ruido político, incrementado por las marchas de estudiantes y gremios docentes que salieron a la calle para protestar !por si acaso! se reducía el presupuesto universitario, hubo algunos hechos menores que me llamaron la atención. A esta altura, usted, sufrido lector de estas columnas semanales, sabe que mi relación espiritual con S.S. Francisco se reduce a su rol de cabeza de la Iglesia a la cual pertenezco y sólo reconozco su infalibilidad cuando habla de dogma. Digamos que muchas de sus actitudes, cuando actúa en el ámbito de la política argentina, me producen una fuerte urticaria. Los síntomas habían comenzado cuando insistió en recibir tantas veces a Cristina Kirchner, inclusive cuando fue a Roma acompañada de los sátrapas de La Cámpora, pese a las muchas pruebas que ya existían de su corrupción desmedida, o la cálida recepción que brindó a Patotín Moreno, otro delincuente, derrochando unas sonrisas que luego mezquinó a Mauricio Macri, cuando ya era Presidente de su patria; fue una clara demostración de su voluntad de jugar un rol de principal actor en el escenario local. Ese descontento mío se agravó con el envío de un rosario a Milagro Sala, jefa detenida de una asociación ilícita creada para sojuzgar y robar a los más pobres de los argentinos, y para traficar drogas.
Pero en estos días, el Papa se superó a sí mismo: no solamente se supo que no había recibido a Margarita Barrientos, un epítome del compromiso con la caridad y la solidaridad que tanto predica el Pontífice, sino que la excusa para tamaña descortesía habría sido la intención de no perturbar la visita que, contemporáneamente, estaba realizándole Estela Carlotto. Y antes de fin de mes se ha confirmado que recibirá nada menos que a Hebe de Bonafini, que se cansó de insultarlo -"basura fascista"- hasta después de elegido, que aplaudió todos los atentados terroristas del mundo, que usó como baño el altar de la Catedral y que está metida hasta las cejas en el caso de sus "Sueños Compartidos" y de su peudo universidad, que tanto nos han costado.
Sus más fervientes adherentes locales, los cretinos curas de la Opción por la Pobreza, quizás no casualmente encabezados por un pariente del asesino Che Guevara, han pedido que, "¡por dignidad!", Mauricio Macri renuncie a la Presidencia, olvidando que la ganó en buena ley y, con ello, expulsó a los ladrones del templo de la democracia. Pero también puedo olvidar que Monseñor Jorge Lozano, cuya subordinación al Papa no puede ser puesta en duda, y recibió a Fernando Palitos Esteche y a Luis ¡Amor, amor! D'Elía, y Monseñor Pedro Laxague, éste casualmente Presidente de la Pastoral Penitenciaria, no se dignaron recibir a quien esto escribe cuando pidió sendas audiencias para plantear la cuestión de los dos mil presos políticos que se pudren desde hace décadas en prisiones comunes y que, a la fecha, ya han entregado nada menos que 356 cadáveres a los terroristas que hoy los juzgan, verdaderos asesinos togados.
El viernes, finalmente, Cristina Kirchner fue procesada en una de las muchas causas que tiene abiertas en la Justicia federal. El Juez Claudio Bonadío tomó esa determinación, que afecta también a sus cómplices Axel Kiciloff (ex Ministro de Economía) y Alejandro Vanoli (ex Presidente del Banco Central), por la nefasta decisión de vender dólares a futuro, a un precio muy inferior al que regía en el mercado (33%), a sabiendas que estaba prendiendo la cortísima mecha de una bomba que costó al Estado una fortuna, traducida en la brutal emisión monetaria que tuvo que realizar el Banco Central desde el 10 de diciembre para pagar esa irracional fiesta. El mismo magistrado, supongo, pronto hará lo mismo en la causa "Los Sauces", ya que el Fiscal Carlos Rívolo la imputó por cohecho, por los "retornos" cobrados a Lázaro Bóvedas Báez y CristóbalTimba López por los "favores" recibidos, disfrazados de pagos por habitaciones no utilizadas en los hoteles de su familia.
Por último, me permito recomendar al Gobierno la lectura de una vieja nota mía, "Una respetuosa sugerencia a la Unión Industrial Argentina" (http://tinyurl.com/z8abg8s) ya que es posible que en ella encuentre la solución al problema de los precios y pueda controlar la inflación.
Los seres humanos somos esencialmente hipócritas, y sólo nos preocupamos por la corrupción de los gobiernos cuando las crisis económicas comienzan a roer nuestros bolsillos personales. Eso está sucediendo, como en Brasil y la Argentina, en casi toda la región, y los huracanes moralizadores comenzaron a arrasarla: además de expulsar a nuestra noble viuda y a Dilma Rousseff, pronto se llevarán al arcón de la historia a los populismos de Nicolás Maduro, Michelle Bachelet, Rafael Correa y Tabaré Vázquez, ya incapaces de financiar las fiestas del pasado.
Neuquén, 15 May 16
(*) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
E.mail: ega1@avogadro.com.ar
E.mail: ega1avogadro@gmail.com
Site: www.avogadro.com.ar
Blog: http://egavogadro.blogspot.com


Fuente: Comunicación personal del autor

La verdadera causa de la corrupción es el exagerado estatismo

Por Iván Carrino (*)

“Todo el gradualismo posible y todo el shock necesario”

Me parece que la discusión gradualismo vs. Shock no es del todo pertinente. Claramente, si un herido está grave, no queda otra que el shock. Pero en nuestro caso, si bien tenemos muchas “heridas graves”, lo cierto es que hay un problema estructural y es que hay que cambiar el rumbo. Argentina tiene que entender que el camino del progreso es la libertad económica y la apertura al mundo. Para esto se necesita disciplina fiscal, reducción del gasto público, cero inflación, y desregulación de la economía. Los países más libres del mundo son los que más crecen y los que menos pobreza tienen. El punto es si queremos ir hacia ese lugar o no, por lo que el gradualismo o el shock en ese punto quedan en segundo plano. Primero, ponerse de acuerdo respecto del norte. Después vemos el a qué ritmo.
“El tema es si la justicia va a definir cuál es la línea de corte”
Las instituciones que funcionen son otro pilar de las economías desarrolladas. En cualquier lugar del mundo es deseable que si a uno le violentan la propiedad, exista un castigo de manera de reducir esas transgresiones en el futuro. Ahora también debe combatirse la corrupción, porque sino la única forma de hacerse rico en el país parece ser la de estar conectado con algún ministro. Sin embargo, la verdadera causa de la corrupción es el exagerado estatismo, por lo que un país con menos corrupción exige necesariamente reformas estructurales en este sentido, además de una justicia creíble que vaya a fondo con todas las causas.
“La pobreza no se define por un número sino por la infraestructura, los caminos, la vivienda, la seguridad, la educación”.
La pobreza en el mundo suele medirse como el porcentaje de la población que gana por debajo de un umbral determinado. En este sentido, los mejores caminos, viviendas e infraestructura contribuyen a un mayor crecimiento económico y, por tanto, a reducir la pobreza medida de la forma tradicional que mencionábamos. A lo largo de las últimas décadas, la pobreza en el mundo ha venido cayendo de manera sistemática gracias al avance del capitalismo, la globalización y la innovación. En Argentina la batalla no ha sido del todo exitosa, precisamente porque nos cerramos a todo eso y elegimos el populismo. Esperemos que el nuevo gobierno no se deje tentar por los atajos y tome las medidas necesarias, que terminen contribuyendo con un verdadero progreso y reducción genuina de la cantidad de personas en estado de pobreza.
(*) Licenciado en Administración UBA y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Analista económico en Inversor Global, colaborador de Libertad y Progreso.

Fuente: http://www.libertadyprogresonline.org/2016/05/13/la-verdadera-causa-de-la-corrupcion-es-el-exagerado-estatismo/

Tapar la corrupción

Por Horacio Giusto Vaudagna (*)
Edmund Burke, célebre irlandés del S. XVIII, acuñó por primera vez el término “cuarto poder” para referirse a la influencia que tendrían los Medios de Comunicación en el futuro de los países libres. Esa influencia podría redireccionar el pensamiento político de las masas reflejandomasivamente las ideas del pueblo o creándolas.
El kirchnerismo optó por crear el “pensamiento popular”, ya que a través del intento de silenciar a medios opositores y los altísimos gastos destinados a propaganda dejaron en claro su voluntad de imponer un régimen de pensamiento único. En este sentido las partidas presupuestarias anuales superiores a los tres mil millones de pesos dirigidas a la publicidad oficial, las constantes agresiones a periodistas (en el año electoral del 2015 se contabilizaron 309), la creación de la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional y las horas de Cadena Nacional impuestas por la exmandataria son algunos de los tantos ejemplos que sintetizan la hegemonía del proyecto.
Si bien es cierto que existe cierto vaivén que permite a cada gobierno utilizar el aparato estatal para aplicar su modelo político-económico, lo real es que la era kirchnerista fue más allá de eso. El valor de la libertad nunca puede censurarse como medio para un fin a un fin político, ya que existe un alto riesgo de incurrir en prácticas dictatoriales.
Todos los gastos en propaganda que el pueblo Argentino tuvo que tolerar durante años influyeron más allá del desajuste económico que producía: las intervenciones en los medios, las pautas oficiales, el periodismo militante, los canales socios del Estado, es decir, todo el aparato propagandístico estaba destinado a encubrir la ola de corrupción que se vivía. Esta realidad se visualiza en todas las esferas estatales, ya que en cada sector se encuentran déficits que deben ser saneados y actos de corrupción previos que influyeron drásticamente a generar un vacío de recursos. Por ello hoy encontramos que hay casos como el de como el Intendente de Entre Ríos, Darío Benedetti, que debe devolver lo que los ex funcionarios acaudalaron ilícitamente.
Si bien es valorable que el PRO promueva la libertad periodística y que a su vez haya reducido enormemente el gasto público en materia de propaganda, aún debe enfrentar las circunstancias que dieron origen a tales prácticas corruptas. Si uno observa los recientes sucesos denunciados en torno a los casos de Lázaro Báez y Milagro Salas, los hechos acaecidos en el PAMI, los puestos políticos en FADEA y Aerolíneas Argentinas, encontramos que el factor común es el negociado que se establece entre el Estado y la Obra Pública.
Establecer una “nueva era” donde primen los valores republicanos, en especial la división de poderes y la transparencia del acto público, requiere más que la libertad periodística para denunciar los actos de corrupción. Implica la participación y control del sector privado en tales acontecimientos, donde la justicia pueda actuar libremente cuando se denuncie actos ilícitos de la función pública.  
Con mayores libertades difícilmente se puedan volver a producir semejantes actos de corrupción donde los caudillos de cada provincia, a través de sus testaferros, tomaban el control de la obra pública. Para que el ciudadano tenga mayores prerrogativas al momento de controlar las contrataciones del Estado de ninguna manera podría contemplarse la restricción al periodismo.
Cuando el Estado monopoliza los servicios, impone el precio que desea ya que no hay patrón de medición que permita ver otra oferta que adquirir, y si a eso se le suma la intervención de los medios para divulgar una visión falaz y tendenciosa de la realidad, se termina por incurrir en un régimen populista donde los más carenciados votan por necesidad a quienes fomentan sus carencias.
La clave para entender la última década (donde sujetos como Lázaro Báez constituían empresas que vaciaban al Estado mientras Cristóbal López lo encubría), la dijo recientemente Mariana Zuvic: “Robar no es pensar distinto”. Siguiendo esta línea, las intervenciones a la prensa libre para tapar la corrupción de las Obras y Servicios Públicos no sólo no es un acto ideológico, sino que además son un acto de delincuencia. 
(*) Horacio Giusto Vaudagna. Miembro del Centro de estudios LIBRE ( www.libertadyresponsabilidad.org). Mayo 14 de 2016
Fuente: Comunicación personal del autor