miércoles, 20 de julio de 2016

Atormentados por los triángulos de Hayek

Por Javier Milei (*)
El debate económico en Argentina pareciera dirimirse entre dos visiones. Por un lado, tenemos a los keynesianos-estructuralistas, altamente complacientes con la política kirchnerista y que continuamente predicen un cataclismo, sin la necesidad de discutir la herencia, ya que, según su visión, la economía era mejor que Disney World.
Por otro lado, están los ortodoxos, quienes si bien no desprecian a la economía de mercado, se sienten despechados, ya que el cambio de los precios relativos en la dirección correcta no los depositó en el paraíso deseado, es más, sienten que están a las puertas del mismo infierno. En este sentido, el debate luce extravagante, entre un grupo que nos conducía al abismo y otro que en el intento de salvarnos, frente al borde del precipicio, pareciera que quiere empujarnos. Puesto de otro modo, todo pareciera indicar que los argentinos hemos salido de Guatemala para meternos en Guatepeor.
El problema radica en que tanto los keynesianos-estructuralistas como los ortodoxos se han aferrado a la macroeconomía del trabajo (análisis del corto plazo) y no han logrado captar las lecciones de Friedrich Von Hayek presentadas en "Precios y Producción", quien pone en el centro del análisis la estructura del capital, lo cual, no sólo nos permite explicar los disparates del kirchnerismo sino también lo que ocurre actualmente.
De modo muy simplificado, podríamos pensar que la economía produce dos tipos de bienes: (i) bienes de consumo y (ii) bienes de inversión, donde, para una cantidad de capital y trabajo, la producción de uno de los bienes implica una menor producción del otro. Al mismo tiempo, por las características de los bienes en cuestión, la intensidad en el uso del factor trabajo en los bienes de consumo es más altas que en los bienes de inversión. Finalmente, en el mercado de bienes se determina la tasa de interés real, la cual es el mecanismo por el cual se coordina la oferta y la demanda de bienes presentes y futuros. En paralelo, en el mercado monetario se determina el nivel de precios, el cual crece en la medida que la oferta monetaria exceda a la demanda.
Bajo este marco, acorde a la teoría austríaca del ciclo (y del crecimiento), cuando se fija la tasa de interés real por debajo de su nivel natural de equilibrio como consecuencia de una política monetaria expansiva (tal como lo ha hecho el kirchnerismo), ello deriva en un aumento simultáneo del consumo y de la inversión que genera una expansión artificial (un punto por encima de la frontera de posibilidades de producción) que a la postre, cuando la inflación se acelera y los desequilibrios fuerzan un cambio de precios relativos, la economía termina en una recesión. Sin embargo, las malas noticias no se terminan con la contracción del nivel de actividad, ya que la distorsión en la tasas de interés indujo a una estructura de capital que no es consistente con los precios relativos de equilibrio, motivo por el cual, al no tener una demanda genuina, dichos bienes deben ser liquidados. Esto es, el stock de capital por habitante cayó y con ello la productividad marginal de los trabajadores, por lo cual el salario real inexorablemente caerá.
Al mismo tiempo, la reasignación de recursos que implica el nuevo equilibrio implica que los trabajadores deban cambiar de sector, lo cual, transitoriamente aumenta la tasa de desempleo. A su vez, ese período se extiende en el tiempo si el mercado de trabajo está abarrotado de regulaciones y la formación del capital humano es precaria. Desde ya que esta reasignación de trabajadores con caída del salario real y mayor desempleo, no sólo que es dolorosa, sino que todo tiene lugar en un contexto donde cae el producto por habitante. Hecho que resulta ser mucho más profundo cuanto mayor haya sido el tiempo en el cual los precios relativos han sido adulterados por la presencia simultánea de controles e inflación.
Por lo tanto, a la luz del éxito de la economía austríaca para el caso argentino, ello implica que el remedio keynesiano de aumentar el déficit fiscal y estimular el consumo, lo único que hará es profundizar aún más los desequilibrios hasta que todo acabe en una crisis colosal. A su vez, los ortodoxos, al compartir el modelo de base, se sienten temerosos de recomendar una racionalización del fisco. Así, de no tener lugar una visión alternativa (la austríaca), se impondrá la visión keynesiana a lo igual que lo que ha ocurrido en los últimos 70 años, lo cual ha hecho que pasemos de ser un país rico a uno de frontera.
(*) Javier Milei. Economista. Artículo publicado el 20/7/2016 en El Cronista