domingo, 28 de agosto de 2016

Matar la inflación requiere más Menger y menos Keynes

Por Javier Milei (*)
En su reciente ‘Medición del Humor Social’ llevada a cabo por la consultora Grupo de Opinión Pública, el 69,3% de los encuestados manifiestan que (por lejos) la inflación representa el mayor problema que enfrenta el país. Al mismo tiempo, lo cual es más grave aún, manifiestan mayoritariamente que la causa de la inflación es resultado de la codicia de los empresarios. Si bien el punto es preocupante porque implica desconocer las verdaderas causas de la inflación, lo es más frustrante para quien quiera realizar un ataque serio contra la inflación.
En este sentido, desde la visión del público, la política correcta que consta en detener la emisión monetaria no califica entre las respuestas, mientras que aquellas medidas que han fracasado sistemáticamente a lo largo de la historia de la humanidad (sin ser Argentina una excepción) desde el año 2.800 AC durante la quinta dinastía egipcia en adelante estarían al tope de sus preferencias.
El origen de tamaña confusión, sin lugar a dudas, son los propios economistas, quienes viviendo de espalda a los datos han optado por abrazarse a los postulados de John M. Keynes. Así, las ‘teorías’ sobre la determinación del nivel general de precios de raíz keynesianas se inspiran en el libro V (Salarios nominales y precios), capítulo 21 (La teoría de los precios) de ‘la teoría general’. En este sentido, en la sección segunda del capitulo mencionado el inglés sostenía: "El nivel de precios en una rama industrial concreta depende, en parte, de la tasa de remuneración de los factores productivos que entran en el costo marginal y, en parte, de la escala de producción. No hay motivo para pasar a modificar esta conclusión cuando pasamos a la industria en conjunto".
Por lo tanto, bajo este formato, cuando los salarios de los trabajadores y/o el retorno de los empresarios suben, habrá una suba en el nivel de precios. Al mismo tiempo, dicha formulación también permite comprender el motivo por el cual, ante una suba en la tasa de inflación, se acusa a trabajadores (apuntando contra los sindicatos) y a la codicia de los empresarios.
Sin embargo, dicha idea de querer determinar los precios en función de los costos en los que se ha incurrido en cada uno de los pasos del proceso productivo (aplicando un margen de ganancia sobre el costo salarial neto de productividad) no sólo es reflejo de una profunda ignorancia sobre la teoría del valor sino también de una obtusa percepción acerca de cómo funciona la economía. Es más, tal como fuera demostrado por Carl Menger en sus Principios de Economía Política mediante la Ley de Imputación, son los precios los que determinan los costos y no al revés. Los consumidores (a partir de sus preferencias) fijan no sólo los precios de los bienes de consumo, sino también de todos los factores de producción.
De este modo establecen los ingresos de cuantos operan en el ámbito de la economía de mercado y son ellos, los consumidores, y no los empresarios ni los sindicalistas (y mucho menos un político), quienes, en definitiva, pagan por cada insumo y a cada trabajador su salario. Por lo tanto, si uno quisiera determinar las causas de por qué suben todos los precios monetarios de la economía, las causas no están en los costos, sino en el aumento de la emisión monetaria.
De hecho, la simple observación de que los precios que ingresan en el índice de precios están denominados en unidades monetarias, debería ser una muestra más que suficiente para que los economistas keynesianos-estructuralistas-marxistas locales pudieran comprender la naturaleza monetaria del proceso. Esto es, así como cuando aumenta la oferta de cualquier bien por encima de su demanda (dado todo lo demás como constante), su precio respecto al resto de los bienes cae, con el dinero pasa exactamente lo mismo. De este modo, cuando sube la cantidad de dinero por encima de su demanda, el poder de compra de la unidad monetaria se reduce, y con ello, la cantidad de dinero que se necesita para comprar la misma cantidad de bienes sube.
Así, cuando esta suba en los precios monetarios (pérdida del valor del dinero) es persistente en el tiempo, se define como inflación. En este sentido, tal como afirmara Milton Friedman "la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario y esta se contuvo solamente cuando se impidió que la cantidad de dinero continuara creciendo demasiado rápidamente (proceso que tiene un rezago de 18 meses en Argentina); y este remedio resultó eficaz, se hubieran adoptado o no otro tipo de medidas".
(*) Javier Milei. Economista Jefe de la Fundación Acordar. Artículo publicado el 30 de 2016 en El Cronista

Resistencia a la verdad

Por Gabriela Pousa (*)

Mucho ruido y pocas nueces”, el escenario nacional parece estar signado por el despropósito y la calamidad. A simple vista todo es caótico: desde el intento rutinario por llegar al trabajo sin sobresaltos, hasta la lógica más elemental, si quiere tener luz y gas hay que pagar. Nada es razonable como lo sería en un país normal y es que, en trance de sincerarnos, aún no hemos logrado normalizar una Argentina maltratada hasta el hartazgo. 
Sí hay signos que muestran un avance. Entre ellos, la caída de mitos, el ocaso de la reverencia ciega a pañuelos blancos por el solo hecho de ser “políticamente correcto” hacerlo, la fatua creencia de que los cortes de calle son un derecho, la pretensión de pobreza para apropiarse de terrenos, etc. 
Esa “cultura de los derechos” (devenida en “hago lo que quiero“) que sembró durante doce años el kirchnerismo sin la contrapartida de los deberes cívicos, esa falacia de aceptarlo todo porque en caso contrario nos cae el mote de “represores” o “fachos” no puede perpetuarse con este gobierno. Hay que reponer el diccionario que otorgue cabal significado a cada término. Otro triste logro del kirchnerismo fue vaciar los vocablos de definición y llenarlos con eufemismos arbitrarios.

En este ámbito , aparece la “resistencia” como sustantivo trastocado o trasnochado. No es la resistencia de Ernesto Sábato, no. En las antípodas de ésta, la resistencia del “cristinismo” tiene un solo y claro objetivo: retomar el relato. Instalar la idea de persecución judicial, de revanchismo político, de víctimas y victimarios (auto adjudicándose el primero ellos, y situando al resto del otro lado)
Cabe admitir que durante la última década, los kirchneristas han sido eficaces en la arquitectura de relatos. Manejaron el aparato comunicacional con tal desparpajo que lograron tres periodos presidenciales sin gestión alguna, con campaña permanente, con mentira sistemática, con circo, cuotas y fines de semana largos. 
Claro que los tiempos han cambiado, una mayoría comprendió que la fiesta no es gratis, aún cuando subsista cierta tentación al despilfarro sin conciencia de las consecuencias. En ese marco, la resistencia del llamado “núcleo duro” kirchnerista (en rigor es lo único que quedó) no resiste a Mauricio Macri ni a ninguna medida administrativa. Resiste a lo inevitable: la cárcel. 
Quieren instalar la idea de persecución pero hay un detalle que no tienen en consideración: no los persigue Macri, ni el PRO ni siquiera la Justicia sin venda. Los persigue la evidencia, los dedos pegados que han dejado en todos los ámbitos del Estado. No los persigue un juez determinado sino el Código Penal y todo su articulado. Intentan sembrar el miedo y advertir que si los tocan habrá muertos como si no hubiese habido tantísimos durante su gobierno.
Las figuras más emblemáticas del último gobierno se han convertido en piezas que encajan a la perfección en el rompecabezas de las leyes y los incisos condenatorios. Son la tipificación más exacta de todos los delitos. Julio de Vido, Luis D’Elia, Amado Boudou, Ricardo Echegaray, Guillermo Moreno, José López  han sido delincuentes no funcionarios. Hay que obrar sobre lo que ya está probado evitando la conveniencia de los tiempos tanto de uno como del otro lado. 
Mientras, Cambiemos aprovecha aquello que necesita como oxígeno: la oportunidad de rectificar rumbos, de enmendar prisas innecesarias y de aprender a comunicar. Es verdad que al actual gobierno le conviene esperar la cercanía de los comicios para completar el pabellón de presos que inauguraron Ricardo Jaime y Lázaro Báez.  Cristina presa, hoy dejaría demasiado despejado el escenario y cualquier error o falencia por mínima que fuera, quedaría expuesta como única protagonista de esta novela. 
De algún modo, no se ha acabado la política concebida como guerra. Si bien el macrismo atenuó las contiendas, sigue aprovechando la presencia de un enemigo para evitar, quizás, dejar espacio a adversarios que serían más difíciles de frenar. Es menos complejo lidiar con un kirchnerismo zombie y desvencijado que con un eventual peronismo reciclado.
Macri sabe bien que cuando el enemigo se está equivocando hay que dejarlo hacer. Por eso no avanza la justicia, por eso Cristina sigue cercada pero lejos del traje a rayas. A su vez, es dable asumir que en el seno del Poder Judicial, amén del germen de “Justicia Legítima” hay ineficiencia y mediocridad. Cualquier vecino sabe que lo privado ha muerto con las tecnologías y la viralización de noticias. Nadie medianamente sensato graba algo que no conviene que se propague en un mensaje de whatsapp o celular. O crecemos y maduramos o será imposible el verdadero cambio. No nos podemos dar el lujo de frenarnos o perder tiempo con nimiedades fruto de la impericia o la necedad. 
En un orden semejante, ¿cómo es posible que pasemos una semana polemizando sobre la seguridad de un mandatario? En cualquier concesionaria de autos, le dan al cliente la opción de poner laminas antibalas a los cristales o blindar puertas y neutralizar neumáticos. Un jefe de Estado no es menos democrático ni más valiente y humano por andar como cualquier ciudadano. Una cosa es no hacer ostentación y otra evitar cuidarse como se cuida cualquier presidente del mundo desarrollado. Que el blindaje del automóvil presidencial sea noticia es una vergüenza por la obviedad, no debería ser novedad.
El clima social enrarecido por amenazas, toma de predios, agresiones, etc., es triste porque delata cuán infantil es aún la democracia en estos pagos . El pueblo no es tonto, sabe qué se esconde detrás de los llamados. Al margen, estas cuestiones deberían quedar en manos de la Inteligencia del Estado en lugar de encabezar portadas de diarios. Pero claro, los servicios de inteligencia también fueron diezmados y transformados en usinas de operaciones políticas. Urge remediarlo. 
Finalmente hay que entender que los calendarios son los mismos para la dirigencia que para los ciudadanos. Este apresuramiento que vive hoy la política es peligroso para todos. Faltan 14 meses para las próximas elecciones, 14 meses en Argentina son una vida. Aún así, el gobierno salió a tocar timbres, y el peronismo a tratar de despegarse del kirchnerismo como si no fuesen lo mismo o bueno, como si no fuesen primos hermanos… La única premura comprensible es la del cristinismo que se sabe cercado, no por Macri sino por sus propios actos. 
La gente no demanda campaña electoral, demanda probidad más allá de que haya igual cantidad de mujeres y hombres en los despachos. Las cuestión de género es otro tema que se está exagerando por demás. La grieta no se cierra, y aunque no sea políticamente correcto exponerlo, tal vez está bien que así sea. Porque las diferencias no son ideológicas ni de clase como pretenden hacer creer algunos por conveniencia. Las diferencias esenciales son de sistema. Y aquellos que bregan por una república democrática jamás podrán cerrar filas con los que propician regímenes populistas y dictatoriales. 
No se trata de ignorar lo que pasa, se trata de seguir adelante sin “dar por el pito más de lo que el pito vale”, y que los sobresaltos que están viviendo los ciudadanos queden en manos de quienes tienen la responsabilidad y el deber de hacerse cargo. La crisis cultural es mayor que la económica en Argentina y es, consecuentemente, más perjudicial.  Es hora de entender los beneficios de la división del trabajo sino,  la gente común, terminará ocupándose de lo que no se ocupan los que saben. Los escraches que tanto se repudian son un ejemplo claro.
O se sale de la imberbe “cultura del derecho” – aunque eso implique mayor rigor en las medidas de gobierno -, o seguiremos siendo un país tibio, sin matices, convirtiendo todo en un Boca-River, en un blanco o negro.
(*) Gabriela Pousa. Lic. en Comunicación. Mag. en Economía y Ciencia Política. Directora de Perspectivas Políticas. Artículo publicado el 27 de Agosto de 2016

Barullo en la noche, ya nada está en calma

Por Enrique G. Avogadro (*)

"Y el silencio que lo envolvía era ensordecedor". Henning Mankell
Confieso que no había pensado que, a una semana de escribir "Será por eso que del todo no me fui", la tesis que en ella planteara -la violencia política tiene el único objetivo de evitar que Cristina Kirchner y sus cómplices de toda laya terminen presos- se vería tan rápidamente confirmada. Comenzó con el piquete en la autopista Buenos Aires-La Plata que, por casualidad, no provocó la muerte de algún conductor, ya que fueron apedreados y robados muchos vehículos, y generó un caos hasta que la vía fue desalojada por la Gendarmería.
Continuó con la ocupación de un predio privado en Moreno, claramente organizada por punteros del ¿Frente para la Qué? que responden al ex Intendente, Mariano West, el mismo que encendió la mecha de la bomba que, al explotar en diciembre de 2001, obligó a renunciar a Fernando de la Rúa. La cómplice inacción de los distintos estamentos de la Justicia provincial, como siempre, no ha hecho más que incentivar a quienes, ante la pasividad del Estado, se fueron sumando a la toma de la tierra que, esta misma mañana comenzó a ser desalojada pero puede tener un final violento, como ocurrió en el Parque Indoamericano.
Todo tiende a aumentar la temperatura de esa eterna olla a presión que es el Conurbano bonaerense y desestabilizar al Presidente y a la Gobernadora. Esta misma semana, María Eugenia Vidal sufrió un nuevo episodio de intimidación; recordemos que la situación de inseguridad que la rodea, provocada por su propia Policía, la ha obligado a mudarse a una base militar.
La obvia frutilla de ese siniestro postre semanal fue el sincero comunicado de Miles TTT, el "partido" de Luis D'Elía, que literalmente propone elevar la conflictividad social y participar de las protestas "espontáneas", cualquiera sea su razón, y hasta financiarlas. Que forme parte de esa agrupación nada menos que Fernando Esteche, líder del grupo terrorista Quebracho, permite augurar un cercano horizonte de graves episodios.
La convocatoria de Hebe de Bonafini y La Cámpora a la extremadamente exigua "Marcha de la Resistencia" -comenzó ayer por la tarde y se extenderá hasta esta tarde- para pedir por trabajo bajo el lema "Cristina conducción", fue apoyada por lo más recalcitrante del kirchnerismo, que llamó a formar a innumerables organizaciones sociales -la mayoría, meros sellos de goma- y postula que, dado que Macri es un dictador decidido a hambrear a los pobres para favorecer a los ricos, tiene el deber de expulsarlo del cargo. El joven Máximo, según se dice, la cerrará con un discurso que, seguramente, será una pieza invalorable de oratoria militante mundial.
La mayor confesión de la autoría provino del estruendoso silencio de la viuda de Kirchner frente a estos hechos de subversión. Parafraseando a Nicolás Avellaneda, afirmo que, para ella, "nada hay en la Nación superior a la libertad y la impunidad de Cristina Elizabet Fernández". Se coloca por encima de la ley, y sostiene que todas los procesos por corrupción que la acosan son sólo una persecución política; pero no olvidemos que sigue existiendo un núcleo duro que, a pesar de los miles de inmuebles y cuentas, todavía cree que esta multimillonaria sin par saqueó para "los pibes de la liberación", una prueba más de lo excelso de su aparato de comunicación. 
Macri mira para otro lado, como si no diera importancia a los hechos y creyera que una actitud meramente contemplativa terminará por desactivar el inestable escenario que su antecesora está configurando, sobre la base de los problemas económicos que ella misma causó y que, con gran habilidad, consiguió ocultar hasta abandonar la Casa Rosada. Parece no darse cuenta del verdadero poder que hoy dispone, de cuánto respaldo concita y del hartazgo que producen estos episodios de violencia; si estuviera convencido, daría órdenes estrictas de reprimirlos con todo el peso de la ley, como la Constitución le exige.
Pero la ciudadanía también debe poner lo suyo para expresar ese consenso y evitar que el kirchnerismo se haga dueño de la calle y, desde allí, imponer su relato. Para comprender el riesgo que corremos basta con mirar hacia Venezuela, donde la infame dictadura de Nicolás Maduro ignora la propia carta magna que el chavismo sancionó, desconoce al Congreso, condena a su pueblo a la enfermedad y al hambre, encierra en la cárcel a sus opositores, asesina a la ciudadanía y prácticamente ha convocado a una guerra civil.
Los jueces de Comodoro Py, que con sus idas y vueltas no llegan a puerto alguno, están observando con preocupación la evolución del conflicto, ya que si éste tuviera éxito en sus propósitos, su propia situación personal se vería seriamente comprometida. No comprenden que, en la medida en que todos estos delincuentes continúen en libertad, mayor será el peligro que corran. Con esta actitud infantil, también ellos están poniendo en juego la gobernabilidad, ya que la sociedad entera reclama justicia y castigo para los corruptos para soportar el ajuste.
Una gran parte de sus colegas togados ha tomado el control y avanza sobre el Poder Ejecutivo con medidas cautelares -inclusive disponiendo medidas generales que exceden la petición concreta- en temas sobre los cuales no tiene la menor idea. Me refiero, concretamente, a las tarifas de los servicios públicos y a la prohibición de utilizar el Fondo de Sustentabilidad para pagar la inmensa deuda que la Argentina entera mantiene con su clase pasiva, incrementada por la sistemática negación del problema -con apelaciones eternas- que fue la política de Néstor y Cristina frente a los jubilados.
Este clima de laberinto judicial en que se está desenvolviendo la actualidad nacional produce un efecto enormemente negativo sobre el ánimo de los inversores locales y externos, en especial en el área de infraestructura energética, ya que esa demencial conducta no permite evaluar negocios concretos; en lo demás, para la demora en la concreción de proyectos basta con la escasez de luz eléctrica y de gas, esenciales para quien quiera instalar nuevas industrias. Todo ello se reveló en la reunión del Consejo de las Américas, donde fue reconocido que la economía no crecerá este año.
El Gobierno pecó de excesivo optimismo y, con sus apresuradas predicciones para el actual semestre, no hizo más que crear el caldo de cultivo para la reacción kirchnerista; también lo hizo con el manto de olvido con que intentó cubrir la herencia recibida, al menos al principio. Exhibe encomiables virtudes de pureza e inocencia, verdaderamente inservibles en un país como el nuestro, que siempre ha elegido líderes con instinto salvaje y hasta asesino, capaces de sofrenar a talerazo limpio a ese raro potro en el que nos hemos convertido, después de décadas de populismo y derroche.
Bs.As., 27 Ago 16
(*) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
E.mail: ega1@avogadro.com.ar
E.mail: ega1avogadro@gmail.com


Fuente: Comunicación personal del autor

El fantasma de la desilusión

Por Alberto Medina Méndez (*)

Los políticos más experimentados ya lo saben, pero evidentemente los más ingenuos, esos que se ufanan de venir desde afuera del sistema, no han logrado comprender la relevancia de administrar con criterio el complejo mundo de las expectativas cívicas.
En las entrañas de la naturaleza humana vive una tendencia inercial que invita a idealizar, a construir ciertas imágenes en la mente, que convierten a ciertos personajes de la política en seres que jamás fueron, ni serán.
Se trata de una inclinación casi instintiva que mezcla lo que se desea con la realidad. Los defectos se disimulan y las virtudes se multiplican, lo que engendra un enorme riesgo, no por esa transición que inevitablemente concluye, sino por la inexorable aparición de la frustración que asoma.
En el pasado se han vivido situaciones nefastas, indignas e indeseables. En ese instante no fueron percibidas con suficiente claridad, pero hoy, con más serenidad y mayor cantidad de información, se entiende que todo lo ocurrido fue una gigantesca farsa con fatídicas consecuencias.
Esa funesta etapa quedó atrás, al menos por ahora. Pero tampoco lo sucedido antes transforma automáticamente al presente en algo maravilloso. De aquí en adelante no todo funcionará extraordinariamente bien solo porque las ansiedades de la mayoría así lo disponen.
Las comparaciones sirven solo para identificar puntos de referencia y saber si se ha avanzado o, eventualmente, se ha retrocedido, pero de ningún modo eso se traduce en que todos los objetivos se lograrán mágicamente.
Las victorias se consiguen gracias a una secuencia de decisiones acertadas y no solamente con algunas aisladas batallas ganadas. Es allí donde el manejo inteligente de las posibilidades concretas de alcanzar ciertas anheladas metas pasa a ocupar el centro de la escena.
Mensurar adecuadamente la situación original, tener un diagnóstico afinado de la realidad, establecer ciertos objetivos con la mayor claridad posible y entender las etapas que se irán sucediendo en ese recorrido, es vital para no cometer errores groseros y caer en infantilismos inconducentes.
El ritmo lo deben proponer siempre los líderes pero existe un tiempo óptimo para definirlo. Si bien nunca es suficientemente tarde para hacer lo correcto, no menos cierto es que en el inicio de una gestión se debe aprovechar al máximo para poner los puntos sobre las íes dándole un sentido a lo que se va a encarar, precisando parámetros transparentes.
Eso no garantiza que la sociedad acepte esas formulaciones mansamente. Siempre la gente aspirará a más. Eso es muy razonable y hasta saludable. Después de todo, los ciudadanos también ponen la agenda sobre la mesa y exigen de acuerdo a sus percepciones y necesidades.
Es innegable que la política es la que tiene todas las herramientas disponibles para poner "blanco sobre negro" y exteriorizar un plan ambicioso pero posible, que prevea la consecución de determinados logros concretos, que puedan ser discernidos por todos sin tantas subjetividades.
Cuando los dirigentes abusan de su excesivo "buenismo" con tanta candidez y suponen que pueden ignorar procesos tan elementales como estos comenten una equivocación que tiene esperables consecuencias políticas.
La comparación con el pasado es solo una herramienta que tiene fecha de vencimiento. En algún momento la sociedad consigue procesar las barbaridades de esa era y las comprende en su justa dimensión, pero también consigue separar los hechos y repartir incumbencias con criterio.
Indudablemente los que estuvieron antes son los culpables de todas las desgracias heredadas, pero los que están ahora son los responsables de que, cada una de esas cuestiones puedan ser definitivamente superadas.
Es allí cuando los que gobiernan el presente tienen que poner su máximo empeño para establecer con total claridad las expectativas brindando una importante cuota de racionalidad a su discurso cotidiano.
No se debe prometer lo imposible. No es inteligente hacerlo desde lo estratégico, pero tampoco es honesto plantearlo de ese modo y eso la sociedad, más tarde o más temprano, lo advierte en toda su magnitud.
Es factible que durante la primera fase del idilio todo suene como una melodía seductora, pero a poco de andar, la realidad hará su parte, y si no se hacen los deberes, la sociedad pasará factura con absoluta crueldad.
Algunos dirán que es un poco tarde para replantear escenarios tan trascendentes. Vale la pena recordar que no existe peor error que el de insistir neciamente en transitar caminos inadecuados solo porque no se ha hecho lo necesario oportunamente.
Es imperioso establecer un nuevo contrato psicológico con la sociedad que tenga como base de sustentación colocar las esperanzas ciudadanas dentro de un marco de prudencia, seriedad y honestidad intelectual.
Es tiempo de trabajar con un horizonte claro, con directrices más específicas, blanqueando los costos que se deberán aceptar al circular por esos senderos y explicando detalladamente porque es indispensable hacerlo ahora, advirtiendo además sobre las secuelas que se derivan de no hacerlo.
Aparecerán entonces las predecibles resistencias y surgirán muchas críticas, pero si no se asume con hidalguía esa metodología, invariablemente los ciudadanos se encontrarán nuevamente con el fantasma de la desilusión.

(*) Alberto Medina Méndez. Periodista y analista político
albertomedinamendez@gmail.com
www.existeotrocamino.com

Fuente: Comunicación personal del autor

jueves, 25 de agosto de 2016

Las tarifas no son el único rubro para bajar el gasto público

Por Roberto Cachanosky (*)

La herencia recibida en esta materia es pesada, pero Cambiemos se movió con torpeza en el tema de las tarifas de los servicios públicos
La cuestión de las tarifas de los servicios públicos hace rato que se transformaron en el monotema de la política económica, mientras siguen apostando al blanqueo para que en el segundo semestre la economía reaccione del estancamiento en que está sumergida.
Es indudable que el despilfarro que hizo el kirchnerismo subsidiando las tarifas de energía es un tópico que debe corregirse. Los que viven en otras partes del país con razón se quejan al pagar más cara la energía, pero esta disparidad en las tarifas fue hecha deliberadamente por el kirchnerismo para atraer más votos para su lado. Al concentrar los subsidios en Capital Federal y Gran Buenos Aires, apuntó a abaratar artificialmente el costo de la energía a casi el 50% del padrón electoral.
La herencia recibida en esta materia es pesada, pero Cambiemos se movió, a mi entender, con torpeza en el tema de las tarifas de los servicios públicos.
En primer lugar porque deberían haber hecho la audiencia pública de entrada, no solo porque lo indica la ley, sino también porque era una excelente oportunidad para mostrarle a la población el destrozo energético heredado de 12 años de barbarie k. La gente intuye que las tarifas de los servicios públicos están artificialmente baratas y que es imposible tener un servicio de buena calidad con estas tarifas, pero de todas maneras sería clave mostrarle a la población el destrozo k y lo que puede ocurrir si no se eliminan los subsidios. Es como si a un fumador se le mostrara una radiografía de sus pulmones para convencerlo que deje de fumar y entienda lo que le espera si sigue fumando.
Pero a mi entender, sería mucho mejor dejar de tirar medidas aisladas y convencerse que es necesario aplicar un plan económico completo. La idea es que la gente sepa para qué está haciendo un esfuerzo. Acá nadie explica nada y lo poco que explican lo hacen en forma muy confusa.
En muchas oportunidades insistí en que hay que presentar un plan económico global y anunciarlo para que la gente comprenda que no está haciendo un esfuerzo en vano. Si a una persona se le quita el pan, el vino, las pastas, los postres y todo lo rico y no se le explica por qué, ese ser humano va a sufrir sin entender para qué hace el sacrificio. Ahora, si uno le explica que todo lo rico engorda y que si hace ese sacrificio puede bajar 10 kilos y sentirse mejor, la persona va a entender para qué está haciendo el sacrificio de dejar de comer las cosas que le gustan. Bien, al no anunciar un plan económico global, el gobierno le está diciendo a la gente: van a hacer dieta pero no les voy a explicar los beneficios que hay al final del camino.
Pero volviendo al plan económico global, las facturas de los servicios públicos, luz y gas en particular, tienen una gran cantidad de impuestos incluidos que en algunos casos superan ampliamente el 50% del cargo fijo y el monto del gas o de la energía consumida. Dado este disparate heredado, la forma de hacer mucho más digerible el aumento de las tarifas de los servicios públicos es, por un lado, eliminando la maldita tablita tarifaria que ideó De Vido. Es esa tablita la que dispara los ajustes tarifarios a niveles insólitos. Hay que ir a una tarifa única y que cada uno pague por lo que consume. De adoptarse ese sistema de tarifa única, no habría ajustes catastróficos en las tarifas. Nadie recibiría un disparate de cuenta de gas o luz. Eso sí, el estado tiene que eliminar buena parte de la carga tributaria que hay en cada cuenta de luz y gas. Eso existe porque los municipios, las provincias y la nación utilizan a las empresas distribuidoras de gas y luz como entes de recaudación. Como la gente paga la cuenta de luz y de gas para que no le corten el servicio, los tres niveles del estado se aseguran ingresos fiscales. De manera que la propuesta debería ser: pagar hasta el último centavo de lo que se consume de energía o de gas pero bajando drásticamente la carga impositiva que hoy contienen las facturas.
El paso siguiente consiste en reducir el gasto público para que, ante la baja de los impuestos, el déficit fiscal no aumente. Pero, claro, el gobierno no quiere bajar el gasto público en rubros como ñoquis y los llamados planes “sociales”.
Por ahora, tal cual ha planteado el gobierno el aumento de las tarifas, nos está diciendo: no sólo te elimino el subsidio a las tarifas, algo que corresponde hacer, sino que además te aplicó un impuestazo porque los impuestos y tasas que contienen esas facturas son un porcentaje del monto consumido y del cargo fijo. O sea, te hago pagar más la luz, te meto un tarifazo y como no bajo el gasto público te obligo a mantener a una legión de empleados públicos que no generan riqueza y son una pesada carga para los que trabajan en blanco. En definitiva, la política sigue sin hacer su ajuste y le transfiere al sector privado todo el costo del descalabro que dejaron los k.
Para el gobierno, el único rubro del gasto público que puede bajarse es el de los subsidios a las tarifas. No se pueden tocar ni los ñoquis ni los llamados planes sociales.
En estos ocho meses de gobierno de Cambiemos, la estrategia de ir tomando temas aislados y adoptando medidas inconexas no parecen estar dando los frutos esperados. Al inicio pensaron que arreglando con los holdouts y eliminando el cepo cambiario iban a llover dólares para reactivar la economía y eso no ocurrió.
Para el segundo semestre apuestan a que el blanqueo generará un fuerte ingreso de capitales que sacará a la economía de la recesión. Veremos si el blanqueo es tan exitoso como se dice y cuánto vendrá a la Argentina de lo que se blanquee.
Se argumenta que no se pueden adoptar medidas más profundas porque volverían los k. Luce a un poco de extorsión eso de o nosotros o los kirchneristas de nuevo. Finalmente se termina utilizando el mismo mecanismo de planteo que hacía el kircherismo: nosotros o el caos.
En mi visión, estos errores de implementación de la política económica pueden generarle un desgaste al gobierno que aproveche el kirchnerismo para volver. En rigor, imagino que eso no va a pasar porque el kirchnerismo está muy ocupado atendiendo sus casos de corrupción en los tribunales. Gracias a que del otro lado no hay nada es que Cambiemos sigue manteniendo un alto grado de apoyo. Pero que quede en claro que el “gradualismo” no es necesariamente el antídoto a la vuelta de los k o de otro peronismo.
Mi impresión es que girar a un plan completo de aplicación simultanea de reforma del estado, impositiva, monetaria y de apertura al mundo rendirá más frutos para la cosecha política del oficialismo, que estás trompadas al aire que, por momentos, les hacen perder puntos innecesariamente y mantienen en la incertidumbre a la población.
(*) Roberto Cachanosky. Economista (UCA, 1980). Director de Economía para todos. Artículo publicado el 21 de Agosto de 2016 en la Edición N°640

martes, 23 de agosto de 2016

Reinserción en la sociedad productiva

Por Edgardo Zablotsky (*)

Hace pocos días, el Papa Francisco, en una carta que le envió al presidente de la Conferencia Episcopal, con motivo de la celebración de San Cayetano, señaló que “a San Cayetano pedimos pan y trabajo. El pan es más fácil conseguirlo porque siempre hay alguna persona o institución buena que te lo acerca, al menos en la Argentina, donde nuestro pueblo es tan solidario. Pero el trabajo es tan difícil de lograrlo, sobre todo cuando seguimos viviendo momentos en los cuales los índices de desocupación son significativamente altos”. Y agregó que “el pan te soluciona una parte del problema, pero a medias, porque ese pan no es el que ganás con tu trabajo. Una cosa es tener pan para comer en casa y otra es llevarlo a casa como fruto del trabajo. Y esto es lo que confiere dignidad. […] Cuando pedimos trabajo estamos pidiendo dignidad; y en esta celebración de San Cayetano pedimos esa dignidad que nos confiere el trabajo; poder llevar el pan a la casa”.
Al respecto, a fines de mayo pasado, Norberto Rodríguez, Secretario General de YMCA, publicó en esta sección una interesante nota en la cual resaltaba que los eslóganes como pobreza cero son muy atrayentes en términos de anhelos y marketing político, pero encierran un importante riesgo cuando no van acompañados de hojas de ruta que posibiliten convertir en realidad dicha aspiración. A su vez, ¿cuál es dicha hoja de ruta? Rodríguez la asocia a educación de excelencia, especialmente para aquellos que menos tienen y, por ende, más lo necesitan.
Está en lo correcto. Milton Friedman, Nobel de Economía 1976, declaró alguna vez que “una mejor educación ofrece una esperanza de reducir la brecha entre los trabajadores más y menos calificados, de defenderse de la perspectiva de una sociedad dividida entre los ricos y pobres, de una sociedad de clases en la que una élite educada mantiene a una clase permanente de desempleados”. ¿No es esta acaso una foto adecuada para describir nuestra realidad, en la cual millones de personas llevan el pan a la mesa gracias a planes sociales?
Hemos perdido una década, millones de beneficiarios de planes no cuentan hoy con mayor capital humano que hace diez años. Exigir que todo beneficiario concurra a una escuela de adultos, preferentemente técnica, con el fin de completar su educación formal, o que tome cursos de entrenamiento profesional en un amplio menú de actividades productivas, como requisito para hacerse acreedor al subsidio, facilitaría su reinserción en la sociedad productiva.
Imaginémonos si se implementase hoy una política imbuida de este espíritu. ¿Cuántos menos argentinos dependerán del apoyo del Estado de aquí a cinco años? ¿Cuántos más gozarán de la dignidad que sólo confiere el llevar a la mesa familiar el pan obtenido como fruto de su trabajo? 
(*) Edgardo Zablotsky es miembro de la Academia Nacional de Educación y Vicerrector de la Universidad del CEMA. Publicado el 23 de Agosto de 2016

Más sobre Keynes

Por Alberto Benegas Lynch (h) (*)

Mucho se ha escrito sobre John Maynard Keynes a favor y en contra, pero es de interés intentar una vez más indagar en aspectos centrales de su tesis al efecto de comprender el cometido con la mayor claridad posible.
En el capítulo 22 de su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero Keynes resume su idea al escribir que “En conclusión, afirmo que el deber de ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse con garantías en manos de los particulares”.
En el capítulo 2 del segundo volumen de su Ensayos de persuasión afirma que “Estamos siendo castigados con una nueva enfermedad, cuyo nombre quizás aun no han oído algunos de los que me lean, pero de la que oirán mucho en los años venideros, es decir el paro tecnológico”. Este comentario sobre “la nueva enfermedad” pone de relieve la incomprensión de Keynes sobre el tema del desempleo.
Como se ha puntualizado en diversas ocasiones, en una sociedad abierta, es decir, en este caso, allí donde los salarios son el resultado de arreglos libres entre las partes nunca se produce sobrante de aquél factor que resulta esencial (el trabajo manual e intelectual) para la producción de bienes y para la prestación de servicios. En otros términos, no hay desocupación involuntaria (la voluntaria es irrelevante para nuestro estudio como lo es la involuntaria para quienes están en estado vegetativo).
Esto es así aunque se trate de un grupo de náufragos que llegan a una isla desierta: no les alcanzarán las horas del día y de la noche para todo lo que deben trabajar. Sin duda que los salarios en términos reales en ese caso serán reducidos por falta de inversión suficiente pero no habrá desempleo. Por su parte la nueva tecnología permite liberar recursos humanos y materiales al efecto de asignarnos en otros emprendimientos que no podían encararse mientras los siempre escasos factores de producción estuvieran esterilizados en las áreas anteriores.
Y no es cuestión de centrar la atención en la transición puesto que la vida es una transición permanente. Cualquiera que cotidianamente en su oficina propone un cambio para mejorar está de hecho reasignando recursos hacia otros campos. La mayor productividad produce siempre ese resultado. Los empresarios en su propio interés están interesados en la capacitación en los nuevos emprendimientos.
Tampoco tiene sentido aludir a una así denominada “desocupación friccional” puesto que todos pueden trabajar si se adaptan a los salarios ofrecidos según sean las tasas de capitalización del momento. En el extremo, si por arte de magia todo estuviera robotizado (dejando de lado el trabajo para fabricar robots) estaríamos en Jauja puesto que el objeto del ser humano no es trabajar. Pero en la realidad debe verse el asunto como lo hemos ejemplificado tantas veces con el hombre de la barra de hielo cuando apareció la refrigeradora o el fogonero cuando apareció la máquina Diesel. La tecnología incrementa la productividad y, por ende, los salarios e ingresos de la población. En última instancia, el volumen de inversión es lo que diferencia un país adelantado de uno atrasado.
La enorme desocupación que observamos en distintos países se debe precisamente a las intromisiones gubernamentales al pretender el establecimiento de salarios por medio del decreto que naturalmente sacan del empleo formal a quienes más necesitan trabajar. La ocupación informal es una respuesta de la gente para sobrevivir en lugar de estar condenados a deambular por las calles sin encontrar empleo a los salarios y con los tributos impuestos por las normas de aparatos estatales irresponsables.
G.R. Steele en su Keynes and Hayek resume bien el aspecto medular del autor a que nos venimos refiriendo al sostener que Keynes paradójicamente aparece como el salvador de un sistema que condena, es decir el capitalismo y concluye que “Keynes considera el capitalismo como estética y moralmente dañino por cuya razón justifica el aumento de las funciones gubernamentales” y afirma muy documentadamente que “Hayek tenía gran respeto por el hombre, pero muy poco respeto por Keynes como economista”.
Su conocida visión de que las obras públicas en si mismas permiten activar la economía pasan por alto el hecho de que los recursos del presente son desviados de las preferencias de los consumidores para destinarlos a las preferencias políticas lo cual implica consumo de capital. Si las obras en cuestión son financiadas con deuda, se comprometen los recursos futuros de la gente.
Todas las acciones políticas, cualquiera sea su color, son consecuencia de previas elucubraciones intelectuales que influyen sobre la opinión pública que, a su turno, le abren caminos a los buscadores de votos. Muy citado y muy cierto es un pasaje escrito por John Maynard Keynes en la obra mencionada que “Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando están en lo cierto como cuando no lo están, son más poderosas de lo que se supone corrientemente. Verdaderamente, el mundo se gobierna con poco más. Los hombres prácticos, que se creen completamente libres de toda influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto”.
El párrafo no puede ser más ajustado a la realidad. Keynes ha tenido y sigue teniendo la influencia más negativa de cuantos intelectuales han existido hasta el momento. Mucho más que Marx, quien debido a sus inclinaciones violentas y a su radicalismo frontal ha ahuyentado a mas de uno. Keynes, en cambio, patrocinaba la liquidación de la sociedad abierta con recetas que, las más de las veces, resultaban mas sutiles y difíciles de detectar para el incauto debido a su lenguaje alambicado y tortuoso. Los ejes centrales de su obra mas difundida a la que hemos hecho referencia consisten en la alabanza del gasto estatal, el déficit fiscal y el recurrir a políticas monetarias inflacionistas para “reactivar la economía” y asegurar el “pleno empleo” ya que nos dice  en ese libro que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar”.
Como hemos recomendado antes, subrayamos nuevamente que tal vez los trabajos mas lúcidos sobre Keynes estén consignados en el noveno volumen de las obras completas de Friedrich A. Hayek (The University of Chicago Press, 1995), en el meduloso estudio de Henry Hazlitt traducido al castellano como Los errores de la nueva ciencia económica(Madrid, Aguilar, 1961) y ahora agregamos el  voluminoso análisis de William H. Hutt  The Keynesian Episode (Indianapolis, IN., Liberty Press, 1979). Numerosas universidades incluyen en sus programas las propuestas keynesianas y no como conocimiento histórico de otras corrientes de pensamiento, sino como recomendaciones de la cátedra. Personalmente, en mis dos carreras universitarias y en mis dos doctorados tuve que estudiar una y otra vez las reflexiones keynesianas en el mencionado contexto. Todos los estatistas de nuestro tiempo han adoptado aquellas políticas, unas veces de modo explícito y otras sin conocer su origen. Incluso en Estados Unidos irrumpió el keynesianismo mas crudo durante las presidencias de Roosevelt: eso era su “New Deal” que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas de Keynes aplicadas ya en los Acuerdos de Génova y Bruselas donde se abandonó la disciplina monetaria.
A veces no hay más remedio que reiterar algunos temas debido a la aceptación de algunos conceptos sin analizar debidamente, como algunas de las  terminologías y los neologismos más atrabiliarios que son de factura del autor de marras. No quiero cansar al lector con las incoherencias y los galimatías de Keynes, pero veamos solo un caso que hemos apuntado en otra oportunidad y es el que bautizó como “el multiplicador”. Sostiene que si el ingreso fuera de 100, el consumo de 80 y el ahorro 20, habrá un efecto multiplicador que aparece como resultado de dividir 100 por 20, lo cual da 5. Y préstese atención porque aquí viene la magia de la acción estatal: afirma que si el Estado gasta 4 eso se convertirá en 20, puesto que 5 por 4 es 20 (sic). Ni el keynesiano más entusiasta ha explicado jamás como multiplica ese “multiplicador”.
En definitiva, Keynes apunta a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. Resulta sumamente claro y específico lo que escribió como prólogo a la edición alemana de la obra mencionada, en 1936, en plena época nazi: “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho mas fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y un grado considerable de laissez-faire”.
Resulta esencial percatarse de lo inexorablemente malsano de cualquier política monetaria del mismo modo que es altamente inconveniente la politización de la lechuga o de los libros. Este es el consejo, entre otros, de los premios Nobel en economía Hayek y Friedman en su última versión. Cualquier dirección que adopte la banca central ya sea para expandir, contraer o dejar la base monetaria inalterada, alterará los precios relativos con lo que las señales en el mercado quedan necesariamente distorsionadas y el consiguiente consumo de capital se torna inevitable que, a su turno, empobrece a todos.
Por último, para no recargar una nota periodística, es del caso destacar la voltereta de Keynes para apoyar al proteccionismo aduanero que, a diferencia de lo que sostenía con anterioridad, según su último criterio favorece el empleo y la actividad económica tal como, entre otros, subraya R. F. Harrod basado en extensas citas consignadas en La vida de John Maynard Keynes, cuando justamente esa política obliga a una mayor inversión por unidad de producto lo cual naturalmente se traduce en una menor cantidad de productos adquiridos a mayor precio y con una menor calidad, lo cual significa que se reduce la productividad y, por ende, se contraen  salarios e ingresos en términos reales.
(*) Alberto Benegas Lynch (h) Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso. Artículo publicado el 17 de Agosto de 2016

La mejora de la institucionalidad

Por Manuel Solanet (*)

(*) Manuel Solanet. Presidente de la Fundación Libertad y Progreso. Publicado el 16 de Agosto de 2016 Y en Youtube Canal Aapresid. Con Andrés Peña (Ministerio de Producción) y Néstor Pedro Sagüés (UCA)

lunes, 22 de agosto de 2016

El fallo de la corte no impide reducir el déficit fiscal

Por IDESA (*)
El fallo de la Corte sobre la readecuación tarifaria implica que la estrategia de reducir déficit fiscal vía recorte de subsidios llevará más tiempo del planeado. Por lo tanto aumenta la pertinencia de revisar otros componentes del gasto público. En este sentido, reformar el sistema previsional y desmantelar intervenciones nacionales superpuestas con funciones provinciales no solo resultan prioritarias sino que, después de la intervención de la Justicia, pasan a ser urgentes.
La Corte Suprema de Justicia decidió retrotraer parte de los incrementos sobre las tarifas del servicio de gas. En el fallo se argumenta que al tratarse de un servicio monopólico es muy importante respetar el procedimiento que contempla audiencias públicas. Además, se señala que al haberse acumulado más de una década de retraso tarifario se debe dar tiempo para que las familias tengan la posibilidad de reprogramar sus consumos y adapten sus presupuestos. No se prohíbe la readecuación de las tarifas pero se exige apego a los procedimientos y una aplicación gradual para los consumos familiares.
Entre los principales impactos del fallo uno de los más relevantes es que obliga a continuar derivando una importante cantidad de recursos fiscales a subsidiar las tarifas. Esto entra en colisión con el objetivo de reducir el déficit fiscal, condición indispensable para recuperar la estabilidad de precios, la inversión y el crecimiento. La gradualidad que impuso la Corte altera el plan fiscal que se venía sosteniendo.
En este sentido es importante tener en cuenta que los subsidios económicos representaron aproximadamente el 15% del gasto público primario de la Administración Pública Nacional en la primera mitad del año 2016. El resto se integra por:    
  • El 63% se destina a gastos de carácter social (previsión social, salud, educación, vivienda e infraestructura básica).
  • El 16% se aplica al pago de salarios y funcionamiento del Estado.
  • El 6% se destina a inversión pública.   
Estos datos muestran que los recursos fiscales asignados a subsidiar la energía, el transporte y las empresas públicas representan prácticamente un cuarto del gasto social, lo mismo que se gasta en salarios públicos y más del doble de lo que se asigna a obra pública. Se trata de una enorme cantidad de recursos fiscales que en la mayoría de los casos beneficia a personas de ingresos medios y altos, produce ineficiencias y oportunidades de corrupción y ha llevado a la crisis del sector energético. Sin perjuicio de ello, también muestran que la gradualidad que impuso la Corte no necesariamente implica claudicar en el objetivo de reducir el déficit fiscal. Muy por el contrario, existen otros componentes del gasto público donde con adecuadas estrategias se puede mejorar las cuentas fiscales.
Un área ineludible de reformas es el sistema previsional. En este aspecto queda más explicito el error de no haber contemplado en la Ley de Reparación Histórica a los Jubilados cambios en la organización del sistema previsional. El reconocimiento de las deudas es justo y necesario, pero también es imprescindible corregir muchas inconsistencias e inequidades que cobijan las normas previsionales vigentes. Si bien en la ley se contempla la creación de una comisión para abordar el tema, su dinámica resulta demasiado cansina frente a la insolvencia en que se encuentra el sistema jubilatorio.
En el resto del gasto social también hay espacios de reformas. Siguen operando una treintena de programas federales en educación, salud y desarrollo social que en lo que va del año distribuyó $40 mil millones entre las provincias en un esquema heredado de intervenciones nacionales superpuestas con las responsabilidades provinciales. Replanteando este rol, se podría desmantelar estructuras burocráticas inútiles que se fueron acumulando durante décadas bajo la lógica de un Estado nacional invasivo de las funciones provinciales y municipales.  

El fallo de la Justicia en el tema tarifario no es un obstáculo insalvable para cumplir con la meta de reducir el déficit fiscal y, por esta vía, bajar la inflación y aumentar la producción. Por el contrario, es un factor adicional que alerta sobre la necesidad de avanzar de manera más veloz y decidida en la modernización del Estado para convertirlo en un instrumento eficaz de promoción del desarrollo social sustentable y equilibrado. 

(*) IDESA. Informe N° 666 del 21 de Agosto de 2016

 

Lo Bueno de lo Malo

Por Gabriela Pousa (*)

“Yo le quería decir la verdad por amarga que fuera,  contarle que el universo era más ancho que sus caderas,  le dibujaba un mundo real no uno color de rosa,  pero ella prefería escuchar mentiras piadosas (…)” Joaquín Sabina
 “Cambiamos”: A juzgar por los últimos acontecimientos, este solo es un verbo en plural que – tanto dirigencia como sociedad -, conjugamos arbitrariamente. Al menos, no parece haber conciencia cabal de las implicancias que acarrea modificar el escenario político nacional.  Lo sucedido con las tarifas de la electricidad y el gas graficaron en forma maestra lo que sucede en la Argentina actual. El kirchnerismo no se ha robado solo el patrimonio material sino que ha socavado hasta la lógica más elemental: nada fue, es, ni será gratis en un país que se pretenda normal. 
Si acaso el gobierno ha fallado es dable rescatar algo que no sucedió durante doce años: rectificar, dar marcha atrás. A veces el mejor de los caminos solo se alcanza retomando el sendero perdido. Hubo errores que pusieron de manifiesto que no basta con tener los mejores equipos técnicos, también es menester contar con quienes sepan entender una sociedad que perdonó hasta lo indecible al kirchnerismo, y ahora no puede tolerar, por ejemplo, que se comunique mal. 
Es paradójico que la misma gente que calló frente al saqueo de reservas del BCRA o al ocultamiento del número de muertos tras un temporal, ahora no acepte un error conceptual del gobierno. Es verdad que nunca se dio prioridad a lo institucional, de ahí que no indigne ver a Hebe de Bonafini viajando a un supuesto coloquio en la costa bonaerense pero no respondiendo al llamado de un juez federal. Un juez que ha dejado al descubierto otro legado del pasado gobierno: el miedo. Un antecedente preocupante si acaso sienta precedente para los pedidos de indagatoria que vendrán. 
Lo cierto es que del error debe rescatarse lo elemental: la experiencia. No es la primera vez que Mauricio Macri choca con la misma piedra: le sucedió cuando intentó nombrar dos miembros para la Corte Suprema sin esperar el dictamen del Congreso. Le pasó ahora al querer evitar la convocatoria a audiencias públicas como establece el derecho. Habría que recordar la máxima de Napoleón: “Vísteme despacio que voy de prisa“. Hay un punto medio entre la premura y la desidia. El Presidente debe verlo. Si titular del PRO no escucha o no escuchó debe empezar a hacerlo. 
Pero hay otro hito muchísimo más importante que el traspié del gobierno: la recuperación de un pilar esencial para ser un país normal. Y este es el respeto por la ley, el acatamiento a la Justicia cuando obra independientemente de la voluntad del Poder Ejecutivo Nacional. Esto no sucedió durante el mandato anterior, y nadie o muy pocos, fueron capaces de elevar la voz. 
Basta un ejemplo: nunca el kirchnerismo aceptó el fallo de la Corte denunciando al entonces gobernador de Santa Cruz, Daniel Peralta, y a favor de la restitución del procurador Eduardo Sosa, desplazado del cargo en tiempos en que Néstor Kirchner gobernaba. El máximo tribunal de Justicia fue ignorado siempre que falló en forma adversa al deseo de los Kirchner. Con Cambiemos se recuperó la institucionalidad, base fundamental para la república. El hecho de que no demos valor a ello no lo hace un dato menor. 
Hoy este respeto de un poder hacia otro debería ser titular de todos los periódicos porque lamentablemente, la barbarie kirchnerista, ha hecho que lo normal resulte digno de rescatar.Sin embargo, el énfasis parece estar en el traspié del gobierno como si este no estuviese conformado por seres humanos. Una cosa es gobernar mal – de manera sistemática además -, porque es requisito sine qua non para beneficio propio, y otra es equivocarse con los tiempos o quizás con la comprensión del mal social sembrado por la administración anterior. Una cosa es respaldar a un funcionario porque es socio en el robo armado, y otra es lo que sucedió con el titular de la Aduana, Juan Gómez Centurión.
En el seno del macrismo la polémica entre gradualismo y shock es un asunto pendiente de solución. A veces lo bueno es enemigo de lo óptimo y lo urgente se confunde con lo importante. Ahora bien, dejar satisfecho a todo el mundo es algo que ni este ni ningún otro gobierno puede hacer por mejor intención que se tenga. Asimismo hay una realidad que no puede pasarse por alto: la realidad social.
En la sociedad argentina hay un grave conflicto entre lo que se puede y lo que se quiere. Tener luz y no pagar por ella es un anatema. Un sofisma que el kirchnerismo vendió y nosotros compramos voluntariamente. ¿Inocentes o inmaduros? Guste o no hay que apostar por lo último, y encima se nos hace precio porque “cómplices” sería el vocablo perfecto. Hemos sido los inmaduros perpetuos a los que aludía Pascal Bruckner. 
No queremos crecer aunque queremos los beneficios de los adultos. Clamamos libertad sin querer hacernos cargos de sus deberes intrínsecos. Creemos que el lloriqueo es el modo más efectivo de conseguir lo deseado, no el esfuerzo. Queremos al Estado benefactor a sabiendas del resultado: la orfandad en todos los planos. 
El kirchnerismo creó la costumbre de la gratuidad o del subsidio como beneficio, un capítulo más del relato. Quitar un hábito, destruirlo, es complejo porque forma parte de la rutina personal pero mucho más difícil es cambiar una costumbre pues esta es una construcción social. Requiere de tiempo, el gobierno desconoció eso. Una vez que Pavlov entrenó al perro para que asocie comida o recompensa con el sonido de la campana, no pudo lograr que el animal no reclame su ración diaria al oír doblar las campanas. 
La creación de ciertas costumbres durante doce años hace que el gobierno actual necesite duplicar esfuerzos para conseguir cambios, aún cuando estos sean admitidos como necesarios por la sociedad. 8 de cada 10 ciudadanos se mostró satisfecho por el fallo de la Corte frenando la suba de tarifas de gas y electricidad. No es un detalle, es parte de la costumbre arraigada durante un tiempo en exceso largo. 

Hay toda una generación que creció bajo la “filosofía” populista de “lo gratis”. Pues bien, ni los recitales en plazas públicas, ni Tecnopolis, ni el canal estatal ni nada que el Estado haga u otorgue, carece de costos para la sociedad. Hasta no hacer comprender esto con mensajes claros y concretos, no habrá forma de que “Cambiemos” sea algo más que un verbo. Y el fracaso, en todo caso, es de todos, excede al gobierno aún cuando no quiera vérselo. 
(*) Gabriela Pousa. Lic. en comunicación. Mag. en Economía y Ciencia Política. Directora de Perspectivas Políticas. Artículo publicado el 20 de Agosto de 2016