domingo, 28 de agosto de 2016

Resistencia a la verdad

Por Gabriela Pousa (*)

Mucho ruido y pocas nueces”, el escenario nacional parece estar signado por el despropósito y la calamidad. A simple vista todo es caótico: desde el intento rutinario por llegar al trabajo sin sobresaltos, hasta la lógica más elemental, si quiere tener luz y gas hay que pagar. Nada es razonable como lo sería en un país normal y es que, en trance de sincerarnos, aún no hemos logrado normalizar una Argentina maltratada hasta el hartazgo. 
Sí hay signos que muestran un avance. Entre ellos, la caída de mitos, el ocaso de la reverencia ciega a pañuelos blancos por el solo hecho de ser “políticamente correcto” hacerlo, la fatua creencia de que los cortes de calle son un derecho, la pretensión de pobreza para apropiarse de terrenos, etc. 
Esa “cultura de los derechos” (devenida en “hago lo que quiero“) que sembró durante doce años el kirchnerismo sin la contrapartida de los deberes cívicos, esa falacia de aceptarlo todo porque en caso contrario nos cae el mote de “represores” o “fachos” no puede perpetuarse con este gobierno. Hay que reponer el diccionario que otorgue cabal significado a cada término. Otro triste logro del kirchnerismo fue vaciar los vocablos de definición y llenarlos con eufemismos arbitrarios.

En este ámbito , aparece la “resistencia” como sustantivo trastocado o trasnochado. No es la resistencia de Ernesto Sábato, no. En las antípodas de ésta, la resistencia del “cristinismo” tiene un solo y claro objetivo: retomar el relato. Instalar la idea de persecución judicial, de revanchismo político, de víctimas y victimarios (auto adjudicándose el primero ellos, y situando al resto del otro lado)
Cabe admitir que durante la última década, los kirchneristas han sido eficaces en la arquitectura de relatos. Manejaron el aparato comunicacional con tal desparpajo que lograron tres periodos presidenciales sin gestión alguna, con campaña permanente, con mentira sistemática, con circo, cuotas y fines de semana largos. 
Claro que los tiempos han cambiado, una mayoría comprendió que la fiesta no es gratis, aún cuando subsista cierta tentación al despilfarro sin conciencia de las consecuencias. En ese marco, la resistencia del llamado “núcleo duro” kirchnerista (en rigor es lo único que quedó) no resiste a Mauricio Macri ni a ninguna medida administrativa. Resiste a lo inevitable: la cárcel. 
Quieren instalar la idea de persecución pero hay un detalle que no tienen en consideración: no los persigue Macri, ni el PRO ni siquiera la Justicia sin venda. Los persigue la evidencia, los dedos pegados que han dejado en todos los ámbitos del Estado. No los persigue un juez determinado sino el Código Penal y todo su articulado. Intentan sembrar el miedo y advertir que si los tocan habrá muertos como si no hubiese habido tantísimos durante su gobierno.
Las figuras más emblemáticas del último gobierno se han convertido en piezas que encajan a la perfección en el rompecabezas de las leyes y los incisos condenatorios. Son la tipificación más exacta de todos los delitos. Julio de Vido, Luis D’Elia, Amado Boudou, Ricardo Echegaray, Guillermo Moreno, José López  han sido delincuentes no funcionarios. Hay que obrar sobre lo que ya está probado evitando la conveniencia de los tiempos tanto de uno como del otro lado. 
Mientras, Cambiemos aprovecha aquello que necesita como oxígeno: la oportunidad de rectificar rumbos, de enmendar prisas innecesarias y de aprender a comunicar. Es verdad que al actual gobierno le conviene esperar la cercanía de los comicios para completar el pabellón de presos que inauguraron Ricardo Jaime y Lázaro Báez.  Cristina presa, hoy dejaría demasiado despejado el escenario y cualquier error o falencia por mínima que fuera, quedaría expuesta como única protagonista de esta novela. 
De algún modo, no se ha acabado la política concebida como guerra. Si bien el macrismo atenuó las contiendas, sigue aprovechando la presencia de un enemigo para evitar, quizás, dejar espacio a adversarios que serían más difíciles de frenar. Es menos complejo lidiar con un kirchnerismo zombie y desvencijado que con un eventual peronismo reciclado.
Macri sabe bien que cuando el enemigo se está equivocando hay que dejarlo hacer. Por eso no avanza la justicia, por eso Cristina sigue cercada pero lejos del traje a rayas. A su vez, es dable asumir que en el seno del Poder Judicial, amén del germen de “Justicia Legítima” hay ineficiencia y mediocridad. Cualquier vecino sabe que lo privado ha muerto con las tecnologías y la viralización de noticias. Nadie medianamente sensato graba algo que no conviene que se propague en un mensaje de whatsapp o celular. O crecemos y maduramos o será imposible el verdadero cambio. No nos podemos dar el lujo de frenarnos o perder tiempo con nimiedades fruto de la impericia o la necedad. 
En un orden semejante, ¿cómo es posible que pasemos una semana polemizando sobre la seguridad de un mandatario? En cualquier concesionaria de autos, le dan al cliente la opción de poner laminas antibalas a los cristales o blindar puertas y neutralizar neumáticos. Un jefe de Estado no es menos democrático ni más valiente y humano por andar como cualquier ciudadano. Una cosa es no hacer ostentación y otra evitar cuidarse como se cuida cualquier presidente del mundo desarrollado. Que el blindaje del automóvil presidencial sea noticia es una vergüenza por la obviedad, no debería ser novedad.
El clima social enrarecido por amenazas, toma de predios, agresiones, etc., es triste porque delata cuán infantil es aún la democracia en estos pagos . El pueblo no es tonto, sabe qué se esconde detrás de los llamados. Al margen, estas cuestiones deberían quedar en manos de la Inteligencia del Estado en lugar de encabezar portadas de diarios. Pero claro, los servicios de inteligencia también fueron diezmados y transformados en usinas de operaciones políticas. Urge remediarlo. 
Finalmente hay que entender que los calendarios son los mismos para la dirigencia que para los ciudadanos. Este apresuramiento que vive hoy la política es peligroso para todos. Faltan 14 meses para las próximas elecciones, 14 meses en Argentina son una vida. Aún así, el gobierno salió a tocar timbres, y el peronismo a tratar de despegarse del kirchnerismo como si no fuesen lo mismo o bueno, como si no fuesen primos hermanos… La única premura comprensible es la del cristinismo que se sabe cercado, no por Macri sino por sus propios actos. 
La gente no demanda campaña electoral, demanda probidad más allá de que haya igual cantidad de mujeres y hombres en los despachos. Las cuestión de género es otro tema que se está exagerando por demás. La grieta no se cierra, y aunque no sea políticamente correcto exponerlo, tal vez está bien que así sea. Porque las diferencias no son ideológicas ni de clase como pretenden hacer creer algunos por conveniencia. Las diferencias esenciales son de sistema. Y aquellos que bregan por una república democrática jamás podrán cerrar filas con los que propician regímenes populistas y dictatoriales. 
No se trata de ignorar lo que pasa, se trata de seguir adelante sin “dar por el pito más de lo que el pito vale”, y que los sobresaltos que están viviendo los ciudadanos queden en manos de quienes tienen la responsabilidad y el deber de hacerse cargo. La crisis cultural es mayor que la económica en Argentina y es, consecuentemente, más perjudicial.  Es hora de entender los beneficios de la división del trabajo sino,  la gente común, terminará ocupándose de lo que no se ocupan los que saben. Los escraches que tanto se repudian son un ejemplo claro.
O se sale de la imberbe “cultura del derecho” – aunque eso implique mayor rigor en las medidas de gobierno -, o seguiremos siendo un país tibio, sin matices, convirtiendo todo en un Boca-River, en un blanco o negro.
(*) Gabriela Pousa. Lic. en Comunicación. Mag. en Economía y Ciencia Política. Directora de Perspectivas Políticas. Artículo publicado el 27 de Agosto de 2016