viernes, 14 de octubre de 2016

Iglesia y Estado

Por Horacio Giusto Vaudagna (*)
Cada vez que se realiza un Encuentro Nacional de Mujeres en Argentina surgen disturbios y ataques contra las principales Iglesias del culto católico. Si bien es repudiable los medios violentos en que se manifiestan los sectores de izquierda más radicalizados, resulta oportuno detenerse a analizar una de sus tantas consignas que los guía a realizar esta serie de actividades.
Frecuentemente se escucha decir a los militantes de la diversidad y el progresismo la famosa frase “hay que separar la Iglesia del Estado”. En Argentina la forma en que comúnmente se utiliza esta frase se puede atribuir en principio a una cadena discursiva originada en los conceptos de la Reforma Universitaria de 1918. Este movimiento mencionado que sirvió de influencia para toda Latinoamérica buscaba derogar ciertas formas de privilegios y elitismos propios de aquella época. Dicha cruzada contra las antiguas tradiciones, muchas que se conservaban desde la fundación de las Altas Casas de Estudios por parte de los jesuitas, finalizó en una de las primeras aproximaciones que tuvo la idea de separar la sociedad civil de la religión.
Resulta difícil imaginarse que se pudiera lograr una total escisión de la religión de cualquier sociedad. Si se parte de Aristóteles en adelante, se podría consensuar que el Ethos, ese conjunto de tradiciones y costumbres, hacen al alma de un pueblo. Los pueblos de América conservan una fuerte tradición cristiana y encuentran en la fe un orden moral que los ha ido guiando a lo largo de la historia. En base a estas consideraciones sería poco viable pretender que los sectores más radicalizados quisieran imponer un ateísmo militante como el que se pregonan en sus encuentros. Querer erradicar la fe de un pueblo es querer quitar un orden ético para imponer uno nuevo, lo que resulta cuanto menos contradictorio este proceso. Si se relativiza una escala de valor no existe fundamento alguno por el cual ciertas premisas deban ser desplazadas, como la vida desde la concepción o la libertad religiosa, para que se absoluticen otros valores como el derecho al aborto o el abolicionismo penal.
La más favorable idea de separación  entre el gobierno y la religión para la paz social es la visión liberal clásica. Inspirado en las declaraciones del ilustre Thomas Jefferson, el gobierno debe estar separado del culto religioso por cuanto no debe un poder centralizado impedir el libre ejercicio de fe que decida llevar adelante cada individuo. Es el Estado el que debe permitir la libertad de conciencia, y ante esta premisa resulta peligroso que considerar que el Estado debe ir en contra de las convicciones morales que enaltecen a la Nación. Por ello es preciso ver y analizar qué hay detrás de un ataque a un templo católico, porque no se puede reclamar tolerancia y libertad de culto mediante la violencia y la censura. No hay mayor acto de justicia social que permitir a cada individuo desenvolverse libremente por sus propias convicciones bajo el principio de “NO AGRESIÓN”.
(*) Horacio Giusto Vaudagna. Miembro del Centro de estudios LIBRE
Fuente: Comunicación personal del autor