domingo, 30 de octubre de 2016

La actualidad de Adam Smith

Por Mauricio Rojas (*)
Ante todo, quisiera agradecer el gran honor que representa dirigir una cátedra que lleva el nombre de Adam Smith, el más célebre de los escoceses. Pero no sólo es un honor. Implica también la responsabilidad de mantener vivo su espíritu y sus ideas, lo que sólo puede ser realizado poniendo de manifiesto la relevancia de sus aportes para entender nuestro presente y futuro. Eso es lo que, de manera breve, quisiera hacer aludiendo preferentemente a la obra que definitivamente elevó a nuestro escocés al panteón de la fama, su Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, publicada originalmente hace poco más de 240 años, el 9 de marzo de 1776.
Antes de entrar en materia es menester reconocer que, con toda seguridad, Adam Smith estaría bastante sorprendido de ser tan recordado por esta obra y no por aquella que ya en vida le dio una sólida reputación incluso más allá de las fronteras del Reino Unido y cuya sexta edición revisó atentamente poco antes de morir en julio de 1790. Me estoy refiriendo a La teoría de los sentimientos morales, publicada por primera vez el año 1759.
También le sorprendería el ser recordado como economista y no como filósofo moral. Y más aún el ser asociado con una versión del liberalismo que convierte al mercado en una especie de panacea, condena toda redistribución vía impuestos y parece creer que las únicas funciones legítimas del Estado serían las de tener abundantes soldados en las fronteras, policías en las calles y jueces en los tribunales.
Recordemos que para Smith los términos liberal y liberalidad eran sinónimos de generoso y generosidad. Este es el uso clásico del concepto liberal, tal como fue acuñado en España antes de pasar a Francia y luego al Reino Unido, y con el que simpatizo profundamente. Ese concepto ha sido muy bien definido por Octavio Paz al decir: “La palabra liberal aparece temprano en nuestra literatura. No como una idea o una filosofía, sino como un temple y una disposición del ánimo; más que una ideología, era una virtud”.
Esta forma de usar el término liberal deriva, en ciertos pasajes de La riqueza de las naciones, en expresiones como “sistema liberal” y “política liberal”, refiriéndose a un sistema generoso y abierto, basado en la libertad económica y contrapuesto al sistema mercantil de su época, con su enjambre de regulaciones, monopolios e intervenciones estatales, que incluso llega a calificar de “iliberal y represivo”.
También hay una tercera forma de usar el término liberal, con la cual Smith, a diferencia de las anteriores, no simpatizaba en absoluto. Se trata de liberalidad entendida como conducta dispendiosa y disipada. Esos eran excesos que, a su juicio, sólo los privilegiados podían darse y no merecen sino condena de un filósofo moral de raigambre estoica como era Adam Smith, para quien la conducta ideal estaba marcada por la contención de las pasiones, la calma y la moderación. De ello dependía, a su parecer, el alcanzar la felicidad, que en sí misma poco o nada tenía que ver con la acumulación de riquezas, sino con ese estado de tranquilidad que el hombre sabio sabe alcanzar con independencia de sus condiciones materiales.
En fin, dejemos hasta aquí estos prolegómenos y pasemos a darle una mirada a la actualidad de Adam Smith. Para probarla baste recordar, como dice nuestro mayor experto en Adam Smith, Leonidas Montes, aquella “abrumadora producción intelectual” que “refleja un vibrante ambiente intelectual en cuanto al legado de Adam Smith”. Sus obras son republicadas constantemente en los más diversos idiomas y la producción de libros y ensayos sobre sus ideas no deja de crecer.
Este gran interés por la obra de Adam Smith tiene, a mi juicio, una razón bastante evidente: la reflexión histórico-económica sobre la gran pregunta que motivó la redacción de La riqueza de las naciones, sigue elaborando y reelaborando las respuestas que nuestro célebre escoces le diese hace 240 años.
Si tomamos como ejemplo la reciente y muy exitosa obra de Daron Acemoglu y James Robinson titulada ¿Por qué fracasan las naciones? constatamos que su respuesta no es otra cosa que una reelaboración y ejemplificación de la tesis fundamental de Adam Smith: el éxito o fracaso en alcanzar el desarrollo y el bienestar depende de las instituciones mediante las cuales organizamos el trabajo y las relaciones humanas, siendo aquellas que garantizan el más libre y amplio despliegue de nuestras capacidades las que mejor fomentan el progreso de las naciones. Acemoglu y Robinson las llaman  “instituciones inclusivas”, y las contraponen a lo que llaman “instituciones extractivas”, es decir, aquellas que excluyen a importantes segmentos de la población de la libertad y de los recursos básicos para ejercerla. Por lo tanto, abogar por una libertad inclusiva sería la mejor forma de promover y hacer sostenible el desarrollo.
Esta fue la convicción, revolucionaria en su tiempo, que sostuvo Adam Smith. Su gran adversario era aquel sistema mercantil que por entonces dominaba en todos los países. Ese sistema, con su maraña regulatoria, giraba en torno a los intereses del Estado o del soberano, y no en torno a los de la nación, es decir, del conjunto de sus habitantes. Frente a ello, Smith cambia, ya en el título mismo de su célebre obra, el foco de atención, pasando del Estado a la nación o del soberano a la gente de a pie, por así decirlo. Por ello es que su análisis no se dirige, como era tradicional, a las regulaciones del comercio exterior que permitiesen la acumulación en manos del Estado de metales preciosos, lo que era esencial para sostener la capacidad bélica de las respectivas monarquías, sino hacia el trabajo del conjunto de la sociedad y las formas de organizarlo.
Respecto de ello, Smith elabora un planteamiento que, si bien había sido esbozado antes, nunca había sido expuesto de una manera tan clara, sistemática y contundente: el mayor beneficio social se obtiene si dejamos que los seres humanos se organicen e intercambien libre y voluntariamente el producto de su esfuerzo. Es lo que Smith llama “el obvio y simple sistema de la libertad natural”.
Esta proposición choca frontalmente con la creencia, tan arraigada hasta nuestros días, de que el mayor beneficio para todos se alcanzaría gracias a la intervención de un gran organismo planificador que ordenase desde arriba nuestros esfuerzos, de acuerdo a su sabiduría y buenas intenciones. Esta ilusión del gran planificador que ordena de manera óptima nuestras vidas en beneficio de todos es el acto de fe fundamental de todos los socialismos, sean de derecha o de izquierda, y fue denunciada por Smith ya en su Teoría de los sentimientos morales.
En esa obra nos habla de lo que llama “the man of system”, ese hombre doctrinario que “se da ínfulas de muy sabio y está casi siempre tan fascinado con la supuesta belleza de su proyecto político ideal que no soporta la más mínima desviación de ninguna parte del mismo (…) Se imagina que puede organizar a los diferentes miembros de una gran sociedad con la misma desenvoltura con que dispone las piezas en un tablero de ajedrez”.
Y luego nos recuerda, en lo que se convertiría en una predicción tristemente acertada del futuro, que mientras más poder tengan estos doctrinarios arrogantes más daño le harán a la vida social, ya que tratarán de eliminar toda resistencia a su poder, debilitando al máximo la sociedad civil para así poder realizar en plenitud sus maravillosos planes.
Frente a estos “planificadores globales”, para usar un término derivado de nuestro gran historiador Mario Góngora, Adam Smith defiende el accionar libre de los miembros de la sociedad. Y fue para describir los beneficios de este sistema de libertad natural que Smith usó su célebre pero equívoca metáfora de la mano invisible que, tomada literalmente, puede deformar completamente el pensamiento de Smith ya que lo que éste realmente quería decir es que en un orden basado en intercambios libres no existe mano alguna, visible ni invisible, que los guie. Se trata de un “orden espontáneo”, como diría Friedrich Hayek, que fluye de una multitud de interacciones en que cada uno busca su propio beneficio de la única manera que puede lograrlo cuando no es permitido recurrir a la fuerza o al monopolio: procurando que otra persona prefiera voluntariamente los productos o servicios que uno ofrece en función de su propio interés. Es decir, donde el interés de cada uno sólo puede realizarse sirviendo el interés de otro. Ese es el gran secreto, que Smith puso en evidencia, de una economía basada en la libertad de las personas y la respuesta fundamental a la pregunta acerca de las causas de la riqueza creciente de las naciones que adoptan la libertad como su principio rector.
Esta convicción acerca de la importancia de un sistema basado en la libertad explica otro aspecto clave y de gran actualidad de la obra de Adam Smith. Me refiero a su convicción, reiterada en diversos pasajes de La riqueza de las naciones, de que hay que cuidar a la economía libre de mercado de los mercachifles o al capitalismo de los capitalistas, si quisiéramos usar términos inexistentes en su época. Sí, incluso más que del Estado ya que a su juicio, tal como dice en su célebre obra: “las personas de un mismo ramo rara vez llegan a reunirse, aunque sólo sea con fines de jolgorio y diversión, sin que la conversación termine en una conspiración contra el público, o en alguna maquinación para elevar los precios”. Y peor todavía si tienen influencia sobre el poder público ya que ellos, los “comerciantes y manufactureros”, son “los principales artífices” de aquel sistema de monopolios y privilegios que Smith tanto combatió.
Si esto sorprende a alguien habría que recordarle que el liberalismo de Adam Smith trata de la libertad económica y no del beneficio de los empresarios. Y nada está tan lejano de nuestro filósofo moral como una especie de “estado de naturaleza” o “capitalismo salvaje”, como se dice ahora, donde cada quien hace lo que se le ocurre. La libertad que él defiende sigue, por el contrario, estrictas normas morales y se atiene a la célebre máxima de John Locke que dice: “Donde no hay ley no hay libertad”. Es decir, donde no hay coacción legítima (la ley es obligatoria) y por lo tanto un Estado que la aplique, no hay libertad.
Con ello llegamos a otro aspecto que tal vez sorprenda a muchos. Me refiero a la posición de Adam Smith sobre las tareas legítimas y las obligaciones del Estado o del soberano, como él decía más a menudo. El tema tiene indudable actualidad y está tratado ampliamente en el Libro V de La riqueza de las naciones. A su juicio, el primer deber del soberano es la defensa nacional y el segundo impartir justicia, pero la enumeración no se detiene allí como pudieran creer quienes asocian a Adam Smith con la idea de un Estado guardián o minimalista. A explicarlo está dedicada la parte III del Libro V, que se inicia de la siguiente manera: “La tercera y última obligación del Soberano y del Estado es la de establecer y sostener aquellas instituciones y obras públicas que, aun siendo ventajosas en sumo grado a toda la sociedad, son, no obstante, de tal naturaleza que la utilidad nunca podría compensar su costo a un individuo o a un corto número de ellos y, por lo tanto, no debe esperarse que éstos se aventuren a fundarlas ni a mantenerlas.”
Para ser más preciso acerca de este tipo de obligaciones, que el soberano debe financiar con impuestos, especifica a continuación que “las principales son aquellas que sirven para facilitar el comercio de la nación y fomentar la instrucción del pueblo”. Sí, infraestructura y educación son los principales ejemplos, pero ello no excluye otros deberes como, entre otros, el socorro a los pobres, que Smith quería reformar pero no abolir.
A estas alturas algunos podrán pensar que se está hablando de un socialdemócrata o a un socialcristiano, pero no es así. Es el más clásico de los liberales quien habla de esta manera, lo que es bien distinto de un anti-estatista dogmático o un utopista del mercado. Sobre ello, Smith tiene mucho que decir a fin de hacer patente que su posición liberal no es la de un apologista de la libertad ni de la economía de mercado, sino la de quien es su partidario crítico, consciente de sus limitaciones y problemas. Para ilustrar esto bastaría leer el ácido juicio que Smith vierte en La riqueza de las naciones sobre el precio que en su tiempo se estaba pagando por aquel gran progreso que la extensión de los mercados y la consecuente profundización de la división del trabajo estaban haciendo posible. A su parecer, el embrutecimiento masivo de la población británica era su lamentable resultado, ya que el obrero perdía el hábito de usar su inteligencia y “se hace todo lo estúpido e ignorante que puede ser una criatura humana”. Por ello es que, según Smith, era tan imperioso que el Estado interviniera y asumiera una responsabilidad por la educación popular, haciendo accesibles a todos “aquellas técnicas y virtudes” que son vitales no sólo para el individuo sino también para el desarrollo y la defensa de la nación.
Hoy hablaríamos a este respecto de nuestro deber colectivo de brindarles a todos una igualdad básica de oportunidades que permitiese la realización de aquel potencial que portamos al nacer y que tantas veces sólo queda en eso, es decir, en un potencial que se pierde para el individuo y la sociedad. Y en relación a ello quisiera hacer una última acotación sobre la actualidad de Adam Smith.
Uno de los rasgos más rupturistas y modernos de la obra de Adam Smith es su forma de ver a los pobres o a los “sectores más vulnerables de la sociedad”, como diríamos hoy. La visión imperante en su época, y que todavía circula, era que la existencia de seres humanos reducidos a la pobreza respondía a una especie de orden natural o divino que reflejaba profundas diferencias entre los hombres, algunos de los cuales estaban destinados, por su dotación de capacidades, a las tareas más elevadas y bien remuneradas, mientras que otros, los más, lo estarían a las tareas más simples que no pueden reportar sino un magro beneficio. Esto es, para Adam Smith, una rotunda falsedad. A su juicio, la gran mayoría de los seres humanos viene al mundo con una dotación de capacidades potenciales bastante similares. Lo que los diferencia de una manera radical no es, básicamente, su naturaleza sino las condiciones en que crecen y viven. Este es un pensamiento extraordinariamente audaz para su tiempo y por ello me permito citar un pasaje algo extenso de La riqueza de las naciones al respecto:
“La diferencia de talentos naturales en diferentes hombres es, en realidad, mucho menor de lo que estamos conscientes, y la gran diferencia de ingenio que parece distinguir a los hombres de diferentes profesiones cuando llegan a la madurez es, la más de las veces, efecto y no causa de la división del trabajo. Las diferencias entre los caracteres más dispares, entre un filósofo y un portero por ejemplo, no parecen proceder tanto de la naturaleza como del hábito, la costumbre y la educación. Cuando llegaron al mundo y durante los seis u ocho primeros años de edad ambos fueron, seguramente, muy semejantes, y ni sus padres ni sus camaradas pudieron advertir ninguna diferencia notable entre ellos. Pero por esa edad, o poco más tarde, comenzarán a emplearse en ocupaciones muy diferentes. Es entonces cuando la diferencia de talentos comienza a advertirse y se amplía por grados, hasta el punto de que la vanidad del filósofo apenas está dispuesta a reconocer similitud alguna entre ellos.”
Para concluir, creo que podemos decir que es esta búsqueda por hermanar la importancia de la libertad con una mirada crítica acerca de los problemas que la misma puede originar así como su concepción radical acerca de la igualdad básica de los seres humanos lo que le da a Adam Smith no sólo su actualidad, sino que lo convierte en un pensador que tiene mucho que decir acerca de nuestro futuro, que para ser promisorio necesita, más que nunca, de más libertad, mayor capacidad crítica y mucha más igualdad de oportunidades.
(*) Mauricio Rojas, es Director de la Cátedra Adam Smith de la Universidad del Desarrollo. Texto de su discurso de lanzamiento el 26 de Octubre de 2016