domingo, 30 de octubre de 2016

La Justicia Social es injusta

Por Javier Milei (*)
El contraste entre pobres y ricos, entre choza y palacio, entre desposeídos y poseedores, entre trabajadores y capitalistas es la gran cuestión que desde hace milenios mueve más o menos violentamente a los hombres, y siempre, cuando el contraste se agudiza, surgen los campeones de la igualdad y de la justicia que cuestionan los resultados de la economía de libre mercado.
Sin embargo, vale la pena notar que la distribución de la renta es en todas partes desigual en el sentido de que existe un gran número de pequeñas rentas frente a un pequeño número de grandes rentas. Es en este contexto en el que aparece el concepto de justicia social, el cual es usado como sinónimo de justicia distributiva y que da lugar a la instauración de un sistema impositivo progresivo, el cual fue propuesto por Marx y Engels en 1848 como una forma de despojar a la burguesía de su capital, para luego ser transferido al Estado.
Sin embargo, el proceso de mercado, tal como lo señalara Hayek, se corresponde a la definición de juego, y como tal representa una contienda jugada de acuerdo a reglas (derecho de propiedad y respeto de contratos) y decidida por destreza superior y/o buena fortuna. En dicho juego, los precios de libre mercado presentan un rol clave, los cuales señalan qué bienes producir y qué medios utilizar para producirlos.
Es más, los individuos, intentando maximizar sus ganancias bajo dichos precios harán todo lo posible como para mejorar el bienestar de cualquier miembro de la sociedad, al tiempo que asegurarán que todo el conocimiento disperso de una sociedad sea tomado en cuenta y utilizado. Por ende, considerando como justa aquella regla de remuneración que contribuye a aumentar al máximo las oportunidades de cualquier miembro de la comunidad elegido al azar, deberíamos estimar que las remuneraciones que determina el mercado libre de intervención son las justas.
Naturalmente, el resultado del juego del mercado, implicará que muchos tendrán más de lo que sus congéneres creen que éstos merecen, e incluso, muchos más tendrán considerablemente menos de lo que éstos piensan que deberían tener. Sin embargo, las altas ganancias reales de los exitosos, sea este éxito merecido o accidental, son un elemento esencial para orientar los recursos hacia donde puedan realizar una mayor contribución al producto del cual todos extraen su parte. De hecho, han sido las perspectivas de ganancias, las que lo indujeron a hacer una mayor contribución al producto.
En este contexto, no es sorprendente que tantas personas deseen corregir esto a través de un acto autoritario de redistribución. Sin embargo, si los individuos o grupos aceptan como justas sus ganancias en el juego, es engañoso que invoquen a los poderes coactivos del gobierno para revertir el flujo de cosas buenas en su favor. De hecho, cuando los gobiernos discriminan coactivamente entre los gobernados y comienzan a manipular las señales de precios de mercado con esperanza de beneficiar a grupos que pretendían ser especialmente merecedores, ello deriva en el derrumbe de los resultados de alto crecimiento y prosperidad conseguidos.
A la luz de ello, al investigar sobre la base de los reclamos por justicia social, encontramos que los mismos se apoyan en el descontento que el éxito de algunos hombres produce en los menos afortunados, o, para expresarlo directamente, en la envidia. De hecho, la moderna tendencia a complacer tal pasión disfrazándola bajo el respetable ropaje de la justicia social representa una seria amenaza para la libertad. En este sentido, vale la pena recordar que el gran objetivo de la lucha por la libertad ha sido conseguir la igualdad de todos los seres humanos frente a la ley, donde frente a las naturales diferencias entre los seres humanos ello deriva en la desigualdad de resultados.

Por lo tanto, cada intento de controlar algunas de las remuneraciones mediante un sistema de impuestos progresivos, no sólo redistribuye de modo violento lo que el mercado ha distribuido, sino que implica un trato desigual frente a la ley según el éxito que se haya conseguido en satisfacer las necesidades del prójimo. Así, cuanto mayor el éxito más que proporcional será el castigo fiscal. Consecuentemente, esto originaría una clase de sociedad que en todos sus rasgos básicos sería opuesta a la sociedad libre, en la cual, la autoridad decidiría lo que el individuo tendría que hacer y cómo hacerlo. En definitiva, no sólo la justicia social es injusta, sino que además conduce a un modelo totalitario.
(*) Javier Milei es economista. Economista. Artículo publicado en El Cronista el 28 de Octubre de 2016