miércoles, 19 de octubre de 2016

La superioridad ética del capitalismo

Por Gerardo Milei (*)

El mayor desafío a los valores éticos del capitalismo de libre mercado proviene de marxistas, socialistas y comunistas. Se ataca al sistema principalmente desde un punto de vista ético afirmando que es materialista, egoísta, injusto, inmoral, salvajemente competitivo, insensible, destructivo y cruel. Sin embargo, a pesar de los ataques y denigración que se ha intentado sobre el sistema capitalista, llama la atención que, aún sin haber tenido la intención de hacerlo, toda mejora en lo económico depende de la acumulación de capital, del constante aumento de la producción y el mejoramiento de sus instrumentos, donde el capitalismo ha hecho mucho más que cualquier otro sistema para promover este bienestar.
Por lo tanto, si vale la pena defender al sistema capitalista, es inútil limitarse a defenderlo desde un punto de vista técnico afirmando que es muchísimo más productivo y eficiente, a menos que podamos demostrar que los ataques socialistas basados en la ética son falsos y carentes de todo fundamento, donde el argumento en torno a la desigualdad de la renta ha sido el emblema de errores que tanto daño han causado a la humanidad.
Las principales categorías que establecemos para una teoría de la distribución de la renta son el salario de los trabajadores, la renta de la tierra y el interés del capital, que corresponden a los factores de producción: trabajo, tierra y capital. Si procedemos así, llegaremos a una teoría de la formación de los precios de los factores de producción, donde los mismos vienen dados por el valor de su producto marginal, esto es, el producto entre el precio de mercado del bien que generan (interacción entre preferencias y escasez) y la productividad marginal del factor en cuestión. Consecuentemente, nadie podrá engañarse respecto al hecho de que la distribución de la renta constituye una pieza inseparable del proceso productivo y que la misma está sujeta a leyes similares que las demás partes integrantes. Tampoco es posible dudar de que la formación del precio de los factores de producción en que finaliza la distribución de la renta desempeñe funciones esenciales dentro de la lógica del funcionamiento del proceso productivo, de las que no es posible ni sería deseable prescindir. Por lo tanto, cuando estos resultados naturales del sistema intentan modificarse de un modo coactivo (redistribución vía expropiación y/o impuestos) se provoca una caída en la producción.
En función de ello, y bajo libre competencia, el sistema tiende a dar al trabajo aquello que el trabajador crea, a los capitalistas aquello que crea el capital y a los dueños de la tierra la renta que ella genera. A su vez, tiende a dar a cada productor la cantidad de riqueza que él produjo. Así, bajo este sistema, no solamente se descarta la teoría de la explotación según la cual ‘a los trabajadores se les roba aquello que producen’, sino que significa que el sistema capitalista es esencialmente justo.
Al mismo tiempo, los propietarios privados de los bienes de producción no pueden emplear su propiedad de cualquier modo, ya que se ven obligados a utilizarla de modo tal que promueva la mejor satisfacción posible de su prójimo. Si lo hacen bien, el premio es la ganancia, mientras que si son ineptos o carecen de eficiencia, la pena son las pérdidas. En una economía de libre mercado, los consumidores, con sus comprar o abstenciones de comprar, deciden todos los días quién será el dueño de la propiedad productiva y cuánto de ella ha de poseer. En definitiva, los dueños del capital están obligados a utilizarlo para satisfacer las necesidades de sus semejantes y si no lo hacen quebrarán.
Por lo tanto, como afirmara Henry Hazlitt: "El sistema capitalista, es un sistema de libertad, justicia y producción. En todos estos aspectos es infinitamente superior a todos los otros sistemas que son siempre coercitivos. Pero estas tres virtudes no deben separarse. Cada una de ellas surge de la otra. El hombre sólo puede ser moral cuando es libre. Sólo cuando tiene libertad para elegir puede afirmarse que elige el bien y no el mal. Sólo siente que se lo trata con justicia cuando tiene libertad para elegir, cuando tiene libertad para obtener y conservar los frutos de su trabajo. A medida que reconoce que su recompensa depende de su propio esfuerzo y producción al servicio de sus semejantes, cada hombre cuenta con el máximo incentivo para cooperar ayudando a los demás a hacer lo mismo. La justicia del sistema proviene de la justicia de las recompensas que ofrece".
(*) Javier Gerardo Milei. Economista. Artículo publicado el 18 de Octubre de 2016