martes, 29 de noviembre de 2016

Sobran recursos para alcanzar “pobreza cero”

Por IDESA (*)
El rechazo al voto electrónico y el acuerdo para aumentar el gasto asistencial con la “Emergencia Social” son dos triunfos del conservadurismo político que brega por sostener esquemas de poder feudales. Si todos los recursos que se asignan a programas asistenciales llegaran a las familias de más bajos ingresos, no habría ningún hogar debajo de la línea de pobreza. Por eso, para alcanzar el objetivo de “Pobreza Cero” no se necesita más asistencialismo sino mejor institucionalidad.
El Congreso rechazó el proyecto de reforma política. La iniciativa proponía implantar el voto electrónico en sustitución del obsoleto esquema basado en boletas de papel. Se buscaba ir hacia un mecanismo de votación más económico, ecológico, ágil para el escrutinio y controlado, pero fundamentalmente menos vulnerable al fraude y a las prácticas clientelísticas. En paralelo, la presión de las organizaciones piqueteras llevó al gobierno a ceder y promover la sanción de la “Emergencia Social”. Esto implica derivar a estas entidades fondos públicos del orden de los $30 mil millones.
Aunque parece que se trata de temas diferentes, en esencia, responden al mismo fenómeno. El rechazo a la reforma política y la presión por sostener el financiamiento de las organizaciones piqueteras preserva la lógica conservadora de acumular poder político en base al clientelismo.
El fenómeno más notable, y menos atendido, es el uso de la pobreza como argumento para bregar por más gasto asistencial. Para evaluar la pertinencia del reclamo sirve analizar los datos del INDEC y de los presupuestos estatales en ejecución en el año 2016. Según estas fuentes se estima que:
  • Los ingresos que generan los hogares pobres –excluyendo lo que reciben como asistencia social desde el Estado– se estiman en unos en $7.100 mensuales.
  • Las transferencias asistenciales que estos hogares necesitarían, por encima de los ingresos que ellos generan, para salir de la pobreza son unos $5.700 mensuales.
  • El actual gasto asistencial de los Estados nacional, provinciales y municipales divido el total de hogares pobres es de aproximadamente $7.400 mensuales.
Estos datos muestran que la cantidad de recursos que se asignan a ayuda social excede el monto que se necesitaría para que los hogares pobres superen la pobreza. En términos aproximados, el Estado eroga en planes sociales más que los ingresos adicionales que los hogares de menores ingresos necesitan para salir de la pobreza. Por lo tanto, que 1 de 4 hogares siga en la pobreza no es un problema de insuficiencia de planes sociales sino una consecuencia de que estos fondos se desvían a otros destinos.
Para alcanzar la meta de “Pobreza Cero” no hace falta más dinero ni solidaridad sino mejor institucionalidad. El esfuerzo que hace la sociedad pagando impuestos para sostener el gasto social es más que suficiente. Pero estos recursos se administran a traves de más de un centener de programas, con groseras superposiciones, con diseños y gestión muy rudimentarios y niveles muy bajos de control. Esto resulta en que una porción grande de los recursos se derrocha en gastos administrativos, en la captura de los recursos por parte de los organizaciones piqueteras y en que muchos hogares siendo pobres no reciben la promoción social para salir de la pobreza.
Que los hogares pobres dependan de los recursos asistenciales tiene profundas implicancias institucionales. La tentación de usar el asistencialismo para someter voluntades es irresistible. El testimonio más ilustrativo es la conducta de las organizaciones piqueteras. Sus dirigentes se apropian de fondos publicos con el argumento de que defienden a los pobres para construir poder en base a la dependendencia que le imponen a sus seguidores.

El conservadurismo político apela a diferentes mecanismos de manipulación con el fin de mantener relaciones feudales. Uno es conservar un sistema electoral permeable al fraude. El otro es contar con personas resignadas a que su subsistencia dependa de la dádiva que administra el “puntero” político. Bajo estas condiciones, las instituciones democráticas quedan reducidas a meras formalidades. La modernización está supeditada a que se logre doblegar el fraude electoral y el uso de fondos públicos para sostener estructuras clientelares. De aquí la alta importancia de que la gente asuma que no se necesitan más recursos asistenciales sino mejor institucionalidad.

(*) IDESA. Informe N°680 del 27 de Noviembre de 2016

Cuba sobrevive a Fidel Castro

Por Yohani Sánchez (*)
La isla ha vivido demasiados duelos como para vestirse con el color de la viudez. Tal vez habrá lágrimas y nostalgia, pero el legado de Fidel se irá apagando. Quienes tenían menos de 15 años en 2006, apenas recuerdan su voz
Pocos miraban la televisión oficial a esa hora. La noticia de la muerte de Fidel Castro comenzó a correr en la noche de este viernes vía telefónica, como una información imprecisa y vaga. “¿Otra vez?”, preguntó mi madre cuando se lo conté. Nacida en 1957, esta habanera de casi seis décadas no recuerda la vida antes de que el Comandante en Jefe tomara el poder en Cuba.
Tres generaciones de cubanos hemos puesto este viernes punto final a una época. Cada uno la definirá a su manera. Habrá quienes aleguen que con la partida del líder se ha ido también un trozo de nación y que ahora la Isla parece incompleta. Serán aquellos que darán forma al credo del fidelismo que llenará, en reemplazo del importado marxismo-leninismo, los manuales, las consignas y los encendidos compromisos de continuidad.
Los propagandistas del mito colocarán su nombre de cinco letras en el panteón de la Historia nacional. Le dedicarán un rezo revolucionario cada vez que la realidad parezca negar “las enseñanzas” que dejó en sus horas de interminables discursos. Para sus seguidores, todo lo malo que ocurra a partir de ahora será porque él ya no está.
En Miami, el exilio que tanto vilipendió en sus arengas celebra que el dictador haya emprendido su último viaje. En la Isla, dentro de la privacidad de muchas casas, algunos descorchan una botella de ron. “La tengo guardada hace tanto tiempo que pensé que nunca iba a poder tomármela”, me dijo un vecino madrugador. Son aquellos que han amanecido este sábado con un peso de menos sobre los hombros, una sensación de ligereza a la que todavía no se acostumbran.
Estas también son jornadas para recordar a los que no han llegado hasta aquí. A los que murieron durante el castrismo, naufragaron en el mar, fueron víctimas de la censura que el Máximo Líder impulsó o perdieron la cordura a consecuencia de los delirios que promovió. Un inmenso coro de víctimas se expresa hoy en el suspiro de los sobrevivientes, la euforia en las calles de Florida o un simple “amén”.
Los más, sin embargo, tras enterarse de los detalles del magno funeral, bajan el volumen al televisor y expresan su hastío con un simple movimiento de hombros. Esta indiferencia contrasta con los mensajes de condolencia de los líderes internacionales, tanto los afines ideológicos como los demás. Sobre el muro del Malecón de La Habana, un par de horas después de que Raúl Castro notificara la muerte de su hermano, algunos grupos seguían comportándose como en cualquier otra madrugada: el sudor, la sensualidad, el tedio y la nada los rodeaban.
Los cubanos que tenían menos de 15 años en julio de 2006, cuando se anunció la enfermedad del entonces presidente, apenas recuerdan el timbre de su voz. Solo conocen las fotos en las que aparecía últimamente cuando lo visitaba algún invitado extranjero o a través de sus cada vez más disparatadas reflexiones. Es la generación que nunca vibró con su oratoria y jamás lo secundó en el temible grito de “¡Paredón!” con el que hizo bramar la plaza de la Revolución.
Esos jóvenes ya se han encargado de reducir su dimensión histórica, en proporción inversa con la desmesura que exhibió para gobernar esta nación. No dejarán de escuchar una sola letra de sus canciones preferidas de reggaetón para entonar la consigna de “Viva Fidel”. No darán a luz a una ola de recién nacidos que lleven el nombre del extinto y tampoco se golpearán el pecho ni se rasgarán las vestiduras durante el sepelio.
Nunca se había oído menos sobre el Comandante en Jefe que al momento de su fallecimiento. Nunca el olvido se había cernido como una sombra más amenazante que cuando se anunció su final. El hombre que llenó cada minuto de Cuba por más de 50 años se fue apagando, desvaneciendo, perdiéndose de la vista de los espectadores de esta larguísima película, como el personaje que se aleja por un camino hasta quedar como apenas un punto en nuestra retina.
Deja tras de sí la gran lección de la Historia cubana contemporánea: coser el destino nacional a la voluntad de un hombre termina por transmitir a un país los imperfectos rasgos de su personalidad e insuflar al ser humano la arrogancia de hablar por todos. Su gorra verde olivo y su perfil griego alentarán por décadas las pesadillas de unos o los ripios poéticos de otros, además de las promesas populistas de muchos líderes del planeta.
Su “antiimperialismo”, como lo llamó tercamente, habrá sido su actitud más constante, el único renglón en que logró llegar hasta las últimas consecuencias. No en balde, Estados Unidos fue el segundo gran protagonista de los documentales que la televisión nacional comenzó a transmitir nada más publicarse la noticia. La obsesión de Castro con el vecino del norte recorrió cada momento de su vida política.
La eterna pregunta que tantos periodistas extranjeros hacían, ya tiene respuesta. “¿Qué pasará cuando se muera Fidel Castro?”. Hoy sabemos que lo cremarán, pasearán sus cenizas a lo largo de la Isla y las colocarán en el cementerio de Santa Ifigenia, a pocos metros de la tumba de José Martí. Habrá lágrimas y nostalgia, pero su legado se irá apagando.
El Consejo de Estado ha decretado duelo nacional durante nueve días, pero el panegírico oficial durará meses, el tiempo suficiente para tapar con tanta algarabía la chata realidad del posfidelismo. Un sistema que el actual presidente intenta mantener a flote, agregándole remiendos de economía de mercado y llamados al capital extranjero que su hermano abominaba.
A la representación del “policía bueno y el policía malo” que ambos hermanos desplegaban ante nuestros ojos, ahora le falta una de sus partes. Será difícil para los defensores raulistas sostener que las reformas no van más rápido ni son más profundas porque en una mansión de Punto Cero, en la periferia de La Habana, un nonagenario tiene el pie puesto en el freno.
Raúl Castro se ha quedado huérfano. No conoce una vida sin su hermano, una acción política sin preguntar qué pensará sobre sus decisiones. Jamás ha dado un paso sin esa mirada sobre el hombro que lo juzga, impulsa y subestima.
Fidel Castro ha muerto. Lo sobrevive una nación que ha vivido demasiados duelos como para vestirse con el color de la viudez.
(*) Yohani Sanchez. Filóloga, periodista y escritora cubana. Artículo publicado en El País el 27 de Noviembre de 2016

Generación "Y": El cinismo como escudo

Por Yohanni Sanchez (*)

Regresemos al escenario donde se concibió esta generación que hoy exhibe su exótica “i griega” como si de un tirapiedras se tratara. Habían comenzado los años setenta y apenas tres acciones podían realizarse sin presentar un permiso o una cartilla de racionamiento: comprar un periódico, subir al ómnibus y nombrar los hijos. La frustración de la soñada zafra de los diez millones había comenzado a resquebrajar el sueño de quienes ya tenían edad de ser padres. Junto a la papilla de malanga, ellos nos administraron los primeros vestigios de desesperanza, las incipientes dudas sobre el proceso social al que habían entregado su juventud.
Como en un vaticinio onomástico, los recién surgidos Yanisleidy, Yohandry o Yampier adelantaban que no sólo se rompería con la aburrida secuencia de Pablos, Josés o Marías, sino que la línea de la utopía y el sacrificio también se vería truncada. Nacimos cuando ya los brazos del Kremlin habían rodeado a esta isla y en los estanquillos se abarrotaban sus revistas de muchos colores y pocas verdades. La guerra de Vietnam sería un recuerdo que no cargaríamos y los huevos que vimos tirar cuando el éxodo del Mariel resonarían largos años en nuestras cabezas. No había manera de que fuéramos rebeldes, mirando los lacrimógenos dibujos animados rusos y obligados a escuchar los interminables discursos del entonces robusto Máximo Líder.
Pioneritos de pañoleta y consigna guevariana, aprendimos rápidamente que la máscara era la única protección para no ser señalados y amonestados. Bebimos del oportunismo de nuestros padres y de la ironía de los abuelos que habían dudado –calladamente– del grupo barbado que descendió de las montañas. Vimos partir a los amigos, en sucesivas oleadas migratorias, y un buen día armamos nosotros mismos la balsa de la desilusión que nos llevara a cualquier parte. Nos inocularon la sensación de que la isla no nos pertenecía, y era sólo un premio ganado por quienes recitaban sus hazañas, hasta el cansancio.
Un laboratorio de experimento social, ese en el que nos criamos los escépticos jóvenes que hoy tenemos entre 25 y 40 años. Eran los tiempos en que se intentaba la emancipación de la mujer y los niños íbamos con sólo un mes y medio de nacidos al círculo infantil, para que nuestras madres portaran el fusil, elevaran la producción y leyeran comunicados en las asambleas laborales. Con nosotros se ensayaron los preuniversitarios en el campo, magnífica ocasión para tener sexo alejado de los padres, padecer un montón de enfermedades infecciosas y recibir de regalo las más altas calificaciones, porque no se podía permitir que bajara el rendimiento académico de una escuela.
Fuimos declamadores de versos patrióticos, portadores de banderas que se agitaban en los actos políticos y expertos en gritar todo tipo de consignas. Con nosotros la ideologización de la educación alcanzó su punto más alto y el marxismo fue asignatura obligatoria hasta que el muro de Berlín ya llevaba años destruido. Las primeras letras las leímos en versos de Guillén, Martí o Maiakovski, pero sentados en los pupitres nunca oímos hablar de Gastón Baquero, Guillermo Cabrera Infante o José Lezama Lima. Habíamos venido a nacer cuando el quinquenio gris y la parametración de la cultura lograban mudar la literatura, el teatro y la música en un esperpento de lo que habían sido; pero aprendimos a forrar los libros prohibidos y a encontrar por nosotros mismos los versos de Heberto Padilla y las novelas de Vargas Llosa.
La libreta de racionamiento industrial nos proveyó de la elemental cobertura para el cuerpo y las largas colas se constituyeron en parte inseparable de nuestra rutina cotidiana. La mayoría no fuimos bautizados y sólo conocimos los reyes magos por las anécdotas que nos contaban los abuelos, cuando nuestros padres no los escuchaban. Esa atmósfera de austeridad nos hizo amantes de las cosas materiales, encandilados por lo que lográbamos ver en las revistas extranjeras y coleccionadores de marcas, latas vacías y etiquetas de productos. Cuando regresaron los parientes que se habían ido al exilio, el olor que despedían sus maletas nos conquistó irreversiblemente. Las tiendas en pesos convertibles –abiertas en el momento de nuestra adolescencia– fueron el golpe definitivo al ascetismo material que nos querían infundir.
Sucesivas campañas pretendieron crear en nosotros una mentalidad de soldado siempre alerta, pero el bostezo y el jolgorio actuaron como antídoto ante tanta crispación. Íbamos al refugio después que sonaba la alarma de combate, riéndonos y hablando sobre novios y modelos de motocicletas. En las clases de preparación militar nos burlábamos de los gritos de “¡Marchen!” y apelábamos al camuflaje no para entrenarnos en la batalla sino para evadir a los profesores. La broma nos salvó de la sobriedad que quería grabársenos y la Revolución tenía esa edad que, a la altura de nuestros escasos años, sólo podía catalogarse de vieja. A diferencia de aquellos que habían vivido el proceso cubano como si de una moda juvenil se tratara, para la Generación Y este era sinónimo de anticuado, cheo y aburrido.
Pero la dosis mayor de insolencia la alcanzamos en los años noventa y durante la crisis económica, cuando presenciamos cómo nuestros padres pasaron –en tiempo récord– de ser militantes del partido, fieles vigilantes de cada cuadra y dispuestos a dar su vida, a blasfemar contra el gobierno, sumergirse en el mercado negro y cambiar sus seguros empleos por labores ilegales. El ronroneo de los viejos artefactos con los que se lograba escuchar Radio Martí fue la música de fondo de nuestra pubertad. Dicha mutación, junto a las noticias que nos llegaban desde Europa del Este, condicionó nuestra iniciación en la política. Una mezcla de cinismo, incredulidad y pragmatismo fue la vacuna para evitar las frustraciones. Esa “saludable” combinación no era un buen terreno para el fanatismo, pero tampoco el caldo de cultivo donde podría crecer la rebeldía.
Amantes de las canciones de Silvio Rodríguez, terminamos por migrar nuestros gustos musicales hacia zonas menos comprometidas con la ideología. La informática nos encontró con dedos ágiles para sumergirnos en las teclas y adherirnos al mouse. Les sacamos ventaja a todos los analfabetos informáticos que desde sus más de cuarenta años no han comprendido todavía que el ordenador es un nuevo camino de expresión para nosotros. Ellos, que apenas si saben trabajar en Word, subestimaron lo que podíamos llegar a hacer con esa herramienta de pantalla y doble clic.
El eclecticismo nos ha marcado, como rechazo al monocromático espectáculo que se nos dio de las generaciones anteriores. Lo mismo somos interrogadores de la Seguridad del Estado que balseros surcando el estrecho de la Florida. Muy poco hay que nos una, como no sean la presencia de la penúltima letra del abecedario en nuestros nombres y la porción de descaro necesaria para sobrevivir al fin de la utopía. Eclécticos e irreverentes, podemos asistir a una marcha dando vivas a la Revolución y un rato después actuar como jineteros para sacarle unos dólares a un turista. El camaleón que aprendimos a ser siendo niños nos permite esas transmutaciones rápidas y creíbles.
Desposeídos desde siempre, habitamos la casa junto a los abuelos y rara vez heredamos algún bien duradero. En el directorio telefónico apenas si esta inquieta “i griega” asoma sus pronunciados brazos. Mucho menos en los registros de propiedad de carros y casas o en las sillas del parlamento cubano. Los mecanismos de poder siguen copados por los que exhiben medallas, charreteras o más de cinco décadas sobre sus hombros. Somos desposeídos, pero desconocemos todo lo que nos falta, pues nos criamos oyendo pestes de quienes acumulan objetos, apuestan por la prosperidad o tienen la “debilidad pequeñoburguesa” de querer poseer algo.
Gobernados por septuagenarios, hemos presenciado cómo la edad de la energía se nos va y ya empezamos a temer si llegaremos demasiados viejos al cambio. Vimos regresar los turrones de Navidad, el árbol con las guirnaldas, las procesiones de la Virgen de la Caridad por las calles. Asistimos al retornar de la prostitución y entregamos nuestros cuerpos de hombre nuevo para comprar un ventilador o un par de tenis. Hoy somos el principal grupo que nutre la emigración, las cárceles y los suicidios. Carne de utopía, llegamos a ser apenas una generación apática que alguna día escuchará los reproches de los más jóvenes. Ellos nos interrogarán y a la pregunta de “¿Y ustedes qué hicieron?” sólo podremos contraponer nuestro descreimiento y levantar los hombros como hacemos ahora.
La Revolución ha terminado por quedársenos en el pasado. Las conquistas que este proceso logró, especialmente aquellas que apuntaló la subvención soviética, no produjeron en nosotros el efecto de salvación mesiánica, pues nacimos en medio de su “mejor” momento y fuimos testigos de su decadencia. Al no sentirnos rescatados de ningún mal del pasado, nos cuesta identificarnos como beneficiarios del socialismo y esto nos permite ser más objetivos, lo que nos lleva a ser más críticos. Cínicos y apáticos hemos resumido nuestra actitud en un verbo moroso: esperar. Aguardamos que una generación que cree poseer todas las prerrogativas termine de morir y nos deje el país que aún no nos pertenece. Hacemos tiempo, mientras la isla se nos cae a pedazos, porque en nuestras cabezas eso de comenzar una revolución suena anacrónico, tiene reminiscencias de siglo pasado.
Una nueva oleada de nombres tradicionales, a la usanza de Martín, Juana y Mateo, han venido a recordarnos que también para esta inmadura Generación Y el tiempo está pasando. Todavía no rebasan los veinte años estos que han nacido ya con la dualidad monetaria y sin la libreta de racionamiento de productos industriales, pero empujan fuerte desde su aparente indiferencia. No arrastran –como nosotros– la nostalgia por los idealizados años ochenta ni el pudor de no contradecir la fe de los mayores. Ya no se llaman con esta letra exótica y eso les permite distanciarse de nuestro cinismo, volver a creer en algo. Ellos harán fracasar o prosperar el próximo proceso social, ese que nosotros viviremos también con escepticismo, con los ojos entornados de quien ha visto desmoronarse varias utopías. 
(*) Yohani Sánchez. Filóloga y periodista cubana que ha alcanzado notoriedad mundial por su blog Generación Y, donde hace una descripción crítica de la realidad de su país.

Argentina y la tercera ola globalizadora

Por Diana Ferraro (*)

El triunfo de Hillary Clinton en los Estados Unidos no hubiera asegurado la política antiestatista necesaria después de los dos periodos de Obama fuertemente teñidos de social-democracia, pero sí garantizado algo más relevante para el mundo: el libre curso de la globalización. Aun al paso cansino post-crisis del 2008, el primer país del mundo y líder de la globalización hubiese continuado con la transferencia de tecnología y su inversión directa en el resto del mundo. La victoria electoral de Donald Trump con sus promesas de anular los tratados de libre comercio ya consolidados, paralizar las negociaciones de los nuevos, borrarse de la acción global para paliar el cambio climático, y expulsar inmigrantes, parecería traer consigo una inminente des-globalización.  

En la Argentina y en muchas partes del mundo, muchos se alegran ante esta perspectiva que, además de subrayar el fracaso del ideario tradicional de libre comercio y democracia de los Estados Unidos para el crecimiento cooperativo en el planeta, mostraría que los despectivamente llamados “globoludos” jamás tuvieron razón. Peor aún, los menos fanáticos encontrarían en el nuevo ejemplo estadounidense, la justificación y legitimación para sus propios modelos de economía cerrada y “vivir con lo nuestro”.

 El punto es que Trump, sin la suficiente experiencia política ni conocimiento profundo de la realidad global, no podrá hacer grande a los Estados Unidos por ese camino. Podrá mejorar la alicaída infraestructura que precisa, es cierto, un enérgico emprendedor que la reconstruya, pero nunca podrá lograr lo que pretende, revalorizar a los Estados Unidos en el mundo como auténtico líder y construir el mundo más seguro y próspero que prometió a los estadounidenses en su campaña. Es cierto que, como imaginan los optimistas, Trump puede cambiar y hacer totalmente lo opuesto a lo que dijo, teniendo además a su favor un congreso republicano que no dudaría en apoyar las buenas medidas que atiendan a un proceso seguro y continuado de globalización con el liderazgo norteamericano. Pero, también puede seguir por su peligroso camino desinformado y actuar tan irresponsablemente como se mostró durante su campaña, en relación a Rusia, México, China, Europa y Japón en particular. 

 Sin embargo, no hay que desesperar. Si Trump se empecinase en llevar adelante sus fantasiosas políticas que no harán más que entorpecer y hasta detener por un tiempo el proceso globalizador, puede lograr a escala planetaria una inesperada reacción que dé a este proceso un nuevo impulso. Ese impulso que viene pidiendo a gritos el indudable punto de inflexión en que nos encontramos después de años de ralentización, y en el cuál no hay que decidir si la globalización continúa o termina, sino cómo continúa y a qué ritmo. Después de la crisis de 2008 y la pereza de la economía estadounidense en reactivarse, en especial en lo financiero, ya es hora de enfrentar y solucionar algunos de los problemas creados por la integración global, como ser la reposición y calidad de trabajo allí donde se los pierde y la reeducación de los jóvenes y no tan jóvenes para las nuevas modalidades de trabajo. El enorme stock financiero acumulado, hoy sin destino, además de en las obras de infraestructura, puede encontrar un destino en la nueva revolución global que ha puesto al alcance de los más desfavorecidos teléfonos inteligentes con alta capacidad de recepción informativa, educativa y, sobre todo, de inclusión financiera. Es posible hoy con esa tecnología crear un círculo virtuoso de capacitación y multiplicación progresiva de nuevos trabajos y consumo. 

A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la Argentina se benefició enormemente por su integración económica al Imperio Británico. Solución limitada, ya que sólo intercambiábamos materias primas e importábamos prácticamente todos los productos manufacturados, sin ser dueños, además, del capital local, en más de un cincuenta por ciento en manos extranjeras. Aún dentro de esa dependencia, la Argentina se modernizó, tuvo una red de transportes ejemplar y atrajo centenares de miles de inmigrantes, sentando las bases de la nación completa en que intentaría transformarse a partir de 1945, después del fracaso global de aquella primera ola globalizadora británica. La segunda ola posterior a la caída del Muro de Berlín también tocó las playas locales, en las impensadas manos de un peronista, Menem, y de un cuadro internacionalista como Cavallo, que permitió su articulación y la efectiva segunda actualización global de la Argentina. Fracasada en los habituales términos locales de falta de continuidad y persistencia en el camino elegido, con el empujoncito de unos Estados Unidos súbitamente obligados en 2001 a interesarse en el terrorismo de Medio Oriente, la Argentina se retiró prematuramente de la segunda ola globalizadora con grandes discursos lamentablemente compartidos por una población casi tan ignorante como sus líderes de aquel momento, y se perdió muchos de sus beneficios. 

 Hoy, frente a las puertas invisibles de una globalización que nos exige pasar la prueba de fe, en la Argentina son más necesarios que nunca los liderazgos informados e inteligentes. Podemos subirnos a la tercera ola, que no dejará de llegar, haga lo que haga Trump, podemos incluso colaborar en aumentar su intensidad o podemos continuar con los atrasados discursos, convencidos de que el mundo puede dejar de estar interconectado a escala planetaria y los trabajos e inversiones renunciar  a vincularse a través de las poderosas e invisibles mallas comerciales y financieras.  Lo que cada uno diga y haga, cuenta. La opinión es global.

 Habrá que tener en cuenta además, que la nueva batalla no exige estar contra Trump sólo porque aparece como racista, misógino, antidemocrático y potencial violador de los derechos humanos, sino porque ataca la verdad y conveniencia de una globalización capaz de sacar genuinamente de la pobreza, la ignorancia y la falta de destino a miles de millones de seres humanos en el planeta con planes globales de inclusión educativa, económica y financiera. Porque, ¿quiénes en el planeta conocemos más que los argentinos la consecuencia de romper con la globalización? Trump no es otro que el Duhalde de los Estados Unidos. Esperemos que no se llame también a sí mismo piloto de la tormenta que él mismo creará y que todo sea breve. También que evite a su país los doce años de berniesanderismo que podrían sobrevenir, si Estados Unidos tiene la misma mala suerte—o ignorancia—de la Argentina. 
(*) Diana Ferraro. Escritora. Artículo publicado en su blog personal el 26 de Noviembre de 2016

El Papa y Trump: ¿hacia un nuevo mundo bipolar?

Por Pablo Portaluppi (*)

Resulta moralmente más aceptable analizar al Presidente electo de EEUU Donald Trump más como un elemento extraño que como un producto genuino surgido de las entrañas de la crisis de representatividad que atraviesa el país. Quizá por ello los analistas norteamericanos se han equivocado de cabo a rabo al haber desacreditado constantemente al magnate más que a comprender su irrupción en la política mundial. No han sabido, o no han querido, registrar que la crisis es más profunda que la caída de un banco de inversión. La implosión de 2008 hizo visible la desigualdad y la desindustrialización que viene sufriendo EEUU desde hace más de 30 años. La recuperación esgrimida por el saliente Gobierno de Barak Obama no fue suficiente. Hay estados de la Unión que son francamente pobres e indigentes.
El triunfo de Trump está perfectamente alineado no sólo con la inminente salida de Gran Bretaña de la zona Euro, sino también, y quizá en mayor medida, con los fuertes liderazgos que ejercen en sus países el ruso Vladimir Putin y el chino Xi Jinping , el notable crecimiento de la derecha en Francia, y la reciente reelección de Mariano Rajoy en España. Quizá el mayor contrapeso a esta tendencia lo ejerza la Canciller alemana Ángela Merkel, que ya avisó que se presentará para un cuarto mandato. Pero hay otro jugador en el tablero mundial que no debe pasarse por alto en este nuevo esquema: el Papa Francisco.
Difícilmente se pueda hablar de un nuevo mundo bipolar, como el que existió en la posguerra a partir del surgimiento de dos superpotencias enfrentadas entre sí: la ex Unión Soviética y EEUU. Si bien es un Jefe de Estado, Francisco es, ante todo, un líder religioso. Pero este Papa ha sabido actuar también en más de una ocasión como un líder político. Los mejores ejemplos podrían ser cuando no recibió en su histórica gira por Cuba a los disidentes del régimen castrista o en los distintos gestos que ha tenido con las administraciones kirchneristas y macristas en la Argentina, su país de origen.
Si bien el surgimiento de Vladimir Putín en Rusia le devolvió a su pueblo el orgullo perdido, el poderío ruso está sumamente menguado respecto a lo que supieron ser décadas atrás. Por lo que nunca alcanzó a ser en estos años un contrapeso a la hegemonía norteamericana. Con el flamante triunfo de Trump, parece dibujarse en el horizonte un mismo eje en el cual confluirían tanto los EEUU como Rusia y China. Y ante semejante poderío, tal vez el mundo necesite un equilibrio, aunque lejos de aquel enfrentamiento de la “guerra fría” que pudo llevar a la desaparición literal de la Tierra. En este contexto, el rol de Francisco cobra un significado mucho mayor al que ya de por sí tiene. EEUU es un país eminentemente cristiano. Sin embargo, algunos estudios registran un fenómeno curioso desde hace 15 años: por cada individuo que se incorpora al catolicismo, seis lo abandonan. Esta evidente desilusión se presenta como un duro desafío para el papado de Francisco. Y no es casual que la victoria de Trump se haya edificado sobre las mismas corrientes de descontento social que corrían por debajo de la superficie. El Papa dijo que solamente iba a opinar sobre el presidente electo si sus políticas perjudicaban a los pobres. Y uno de los pilares del discurso de campaña del magnate de la construcción fue hablarles a los gigantes conglomerados urbanos que habitan el cordón industrial del país, que vienen sufriendo las consecuencias de la desindustrialización. En este punto, los caminos de ambos parecen juntarse.
Pese a estas similitudes, son dos figuras claramente antagónicas. Para confirmarlo, basta hacer un ejercicio mental con sólo repasar algunos gestos del Papa desde que fue ungido como tal: permitir que los divorciados sean siempre parte de la Iglesia y no sean excomulgados, promover un acercamiento con los gays, contener a las madres solteras, y la reciente disposición para que todos los sacerdotes posean la facultad de absolver a quien hayan abortado. Resultaría imposible imaginarse a Trump apoyar o promover algunas de estas iniciativas.
Pero el punto que más los aleja es el del espinoso tema de la inmigración. El mundo está sufriendo una crisis de refugiados. En este sentido, cabe recordar las palabras de Francisco durante su histórica visita a EEUU en septiembre de 2015. En ocasión de la celebración de una misa en Filadelfia, dijo que “hay que trabajar por la integración plena de los millones de migrantes”. Durante la campaña, Trump le dedicó a los inmigrantes fuertes epítetos, en especial a los mexicanos y a los musulmanes. Ambos expresan dos ideas fuerza: por un lado, hay un mundo que pugna por la “desaparición” de las fronteras. Pero hay otro mundo que se repliega sobre sí mismo y marca territorio. Esta parece ser la pugna actual: un enfrentamiento cultural. Dos posiciones antagónicas que expresan cabalmente el Papa y el Presidente electo de EEUU.
Para otorgarle más entidad a este posible escenario, el Cardenal estadounidense Raymond Burke está encabezando una revuelta contra el Sumo Pontífice, rebelándose contra los postulados papales respecto a los cambios culturales que promueve. Este Cardenal elogió públicamente a Trump.
El mundo parece caminar hacia destino desconocido. Lo único claro es que EEUU ya no será la potencia hegemónica que fue desde 1991, cuando cayó la Unión Soviética. Si bien muchos respiraron aliviados con la derrota de Hillary Clinton por suponer que con la Ex Primera Dama en el poder se corría el serio riesgo de un grave enfrentamiento con la Rusia de Putín, no es menos cierto que la gestión de Trump conlleva no pocos interrogantes.
Lo cierto y concreto es que el magnate estará al frente del país más importante del mundo. Y Francisco lidera a 1200 millones de católicos. Son datos que no se deben pasar por alto.
(*) Pablo Portaluppi. Analista en Medios de Comunicación Social y Licenciado en Periodismo. Reside en la ciudad de Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires, Argentina). Mail: pabloportaluppi01@gmail.com Artículo publicado en La Nueva el 27 de Noviembre de 2016

Te cambio figuritas, Cambiemos

Por Enrique Guillermo Avogadro (*) 

“El más terrible de los sentimientos es el de la esperanza perdida”. Federico García Lorca
Hoy, el mundo está mejor, ya que un canalla, Fidel Castro, finalmente, se fue al infierno anoche. Fue el responsable, con el Che Guevara, de la ola de sangre y fuego que arrasó nuestro continente, y hundió a su país en la miseria durante casi seis décadas. Que Lucifer lo acoja en su seno.
A un año de la asunción de Mauricio Macri, estamos en un momento muy complicado de la economía, a pesar de la merma en la inflación y a conservar el Gobierno elevados índices de aprobación de su gestión, ya que el gasto público continúa en alza, la actividad no arranca, el consumo cae, crece el endeudamiento en pesos y en dólares, el plan de obra pública no avanza y hay una perceptible parálisis en la gestión de la administración pública, producto de la inexperiencia burocrática de los nuevos funcionarios. La presión impositiva bate records históricos y mundiales, y el voraz Estado recaudador y pseudo benefactor frustra la posibilidad de recibir inversiones (en realidad, las ahuyenta) y asfixia las iniciativas, sin ofrecer los servicios y beneficios a los que la población accede en otros países, lo cual la obliga a contratarlos privadamente, duplicando sus costos.
Claro que todos esos males tienen su raíz en décadas de prácticas populistas, que hacen que hoy la Argentina, uno de los territorios del globo más favorecidos –no dije ricos- con recursos naturales, haya construido un núcleo duro de pobreza, por cierto difícilmente erradicable en el corto plazo. Pero no veo aún un plan para terminar con esa situación estableciendo metas más lejanas mediante políticas de estado que incluyan la aplicación de correctivos inmediatos, acompañados por la planificación del futuro a diez, veinte y treinta años.
Una porción importante del gasto público hoy está destinado, como es natural, a atender a las necesidades más urgentes y a paliar la conflictividad social, derivadas de la crisis heredada a la cual no se le encuentra una solución, mediante la masiva distribución de planes sociales; esta misma semana, fue incrementado en $ 30.000 millones. Entre esos planes hay muchas variantes, como la asignación universal por hijo, el trabajo en cooperativas, etc., pero todos tienen defectos remarcables, amén de permitir, por la falta de controles eficientes y por la tercerización de la distribución, la persistencia de nichos de corrupción.
Esos verdaderos subsidios tienen, en verdad, enormes falencias e inconvenientes, ya que no sólo tienden a consolidar la pobreza, manteniendo bajo esa línea a generaciones enteras (los montos no alcanzan para cubrir las necesidades mínimas) sino que, además y ante el riesgo de perder esos “derechos”, aún quienes tienen vocación de trabajar lo hacen “en negro”, incrementando la informalidad de nuestra economía, que ya alcanza al 40%, que no paga impuestos ni cargas sociales. Por otra parte, pensemos en cuántos de esos subsidios –“Argentina Trabaja”, por ejemplo- impiden a quienes acceden a ellos perfeccionarse, en un momento caracterizado, mundialmente, como “el siglo del conocimiento”.
Dado el crítico escenario actual, no resulta lógico pretender que esa asignación de recursos públicos se detenga, ya que quedarían en la más absoluta intemperie los sectores más vulnerables, que generarían comprensibles dificultades a toda la sociedad. Pero sí podemos realizar algunos cambios beneficiosos, ya que algunos de los planes sociales funcionan como verdaderos empleos públicos encubiertos y, en general, resultan innecesarias e inútiles las tareas que se encomiendan: pintadas, cortes de pasto, reparaciones de construcciones, etc..
El progreso tecnológico y la globalización está haciendo que las personas que realizan funciones repetitivas sean reemplazadas por robots, y el mercado laboral impone cada vez mayor perfeccionamiento y especialización a los trabajadores. En la Argentina, hemos visto recientemente insensatas reacciones frente a un futuro que ya está aquí y, nos guste o no, es imparable: el rechazo de los camioneros de Moyano a la distribución electrónica de documentación bancaria, o el de los taxistas de Viviani a aplicaciones como Uber, Easy o Cabify, son algunos ejemplos.
Entonces, al revés de tantos políticos y economistas, propongo al Gobierno que cambiemos algunas figuritas. Sin disminuir en lo inmediato la cantidad de pesos destinados a paliar esta recurrente emergencia, reemplacemos para siempre, en lo social, gasto por inversión. Es decir, sigamos pagando planes, pero que éstos sirvan para transformar no sólo a quienes los reciben sino a la sociedad toda. Me refiero a que el pago de las asignaciones mensuales tenga su correlato en educación pero, en especial, en escuelas técnicas, cualquiera sea el nivel al que cada beneficiario acceda, y se verifique su cumplimiento mediante la permanente evaluación de su rendimiento y su evolución. A pesar de que son obvios los beneficios que este cambio -¿Cambiemos?- traería aparejados, en especial para los llamados “ni-ni”, es decir, para aquéllos que no trabajan ni estudian y que en el Conurbano son legión, tal vez convenga recordarlos.
Facilitaría a los beneficiarios, a través del esfuerzo personal, acceder a trabajos formales y más calificados, con mejores salarios y con protección en materia de salud y de seguros y, sobre todo, recuperar las esperanzas  al lograr salir de los asentamientos y villas en los cuales transcurren sus tristísimas vidas. La extensión de un programa como el que propongo servirá, sin duda, también para combatir el flagelo de la drogadicción, que se ha constituido en un trágico refugio para quienes carecen de expectativas, y en ampliar la base de los contribuyentes, lo cual permitiría disminuir la presión impositiva sobre el sector económico registrado.
Para concluir, una breve reflexión ante la desobediencia de la viuda de Kirchner a la citación del Juez Claudio Bonadío para cumplir un trámite obligatorio para todos los procesados. Aquí también me pregunto si no ha llegado la hora de cambiar figuritas porque algo similar ocurrió con Lula quien, intimado a presentarse ante un magistrado, se negó a hacerlo; el Juez Moro ordenó a la Policía su inmediata presentación. Pese a que, sin lugar a dudas, el ex Presidente tiene una popularidad mucho mayor que la viuda de Kirchner, el hecho no produjo incidente alguno en Brasil.
Aquí, jueces y funcionarios se aterran ante la posibilidad de incidentes que, ante una detención de Cristinapodrían generar sus seguidores. En el fondo, ocurre lo mismo con la famosa represión de la “protesta social”, nombre que hemos dado a las constantes interrupciones del tránsito, a los más desaforados agravios a la investidura presidencial y, en general, hasta a las huelgas salvajes de los servicios públicos. Parecen no comprender que esas minorías revoltosas están minando, todos los días, la imagen de un Presidente y de un Poder Judicial que se muestran débiles y temerosos y que, si la impunidad continúa, desaparecerán la gobernabilidad y la paz; en cambio, si ambos cumplen y aplican la ley a rajatabla, sus prestigios subirán como la espuma, impidiendo toda ensoñación golpista.
¡Ojalá Cambiemos acepte cambiar figuritas!
Bs.As., 26 Nov 16
(*) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
E.mail: ega1@avogadro.com.ar
E.mail: ega1avogadro@gmail.com
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Blog: http://egavogadro.blogspot.com


Fuente: Comunicación personal del autor

jueves, 24 de noviembre de 2016

Una Argentina sin norte: ¿a qué juega el gobierno?

Por Pablo Portaluppi (*)

La indefinición, una suerte de sentimiento culposo y el temor que parecieran envolver al Presidente Mauricio Macri han comenzado a volverse preocupantes. Por momentos, la cúpula del gobierno disimula ese comportamiento; en ocasiones lo hace con la inestimable asistencia de periodistas -que entrevistan al jefe de Estado para que se luzca. No obstante, existe el riesgo de que las dudas de procedimiento de la Administración se desparramen hacia la ciudadanía, hacia dentro de la propia Administración y hacia las filas de una oposición tan impaciente como ambiciosa. Al cierre, se desconoce a ciencia cierta cuál es el verdadero estado de la República.
 
La economía no parece devolver señales de vida; comienzan a iluminarse los alertas amarillas, incluso en el tablero de los economistas más cercanos al gobierno. Hace cuestión de horas, Roberto Lavagna pronosticó un colapso, de no modificarse el rumbo. Poco interesa si las motivaciones del ex economista son políticas; cabe preguntarse, a tal efecto, qué rumbo debe modificarse. O si las preguntas deban orientarse hacia la existencia -o no- de un plan económico sustentable. Por momentos, el oficialismo parece haberse contaminado con los peores vicios del kirchnerismo, eludiendo la implementación de un conjunto de medidas que apunten a objetivos concretos. Si el país vuelve a crecer el año próximo, opiniones refieren que ello se deberá simplemente a un rebote: cualquier comparación con 2016 sería, en tal caso, positiva. Pero las cuestiones estrictamente técnicas hacen a un lado una realidad más elocuente: la sociedad difícilmente perciba una mejoría. Contexto que no ofrece margen para una prognosis favorable de cara a 2017

¿Ha evaluado el gobierno de Macri qué país entregará al finalizar sus cuatro años? En el actual contexto de confusión, los líderes de los pretendidos 'movimientos sociales' -fragmentados pero numerosos- ofician de lobos que conducen a corderos: en tanto sonríen a Carolina Stanley, presentan un comportamiento lindante con la extorsión, toda vez que agitan amenazas de violencia cuando no se les entrega aquello que demandan. A consecuencia de ello, se asiste a un sobrecalentamiento de las cuentas públicas; éstas se extenúan hasta el límite para otorgar aguinaldos, bonos, premios, y toda suerte de estipendios que, en muchos casos, no implican contraprestación alguna. A la hora de lidiar con la delicada situación, la Administración (y el grueso de la dirigencia política) recurre al remedio de siempre: subir los impuestos o inventar nuevos. Pero -queda claro- ése modus operandi conduce a mayor recesión. Por detrás, corre el proyecto opositor de declarar la Emergencia Social. Y el de Sergio Massa respecto a Ganancias (con apoyatura del plan de su socio Roberto Lavagna para gravar la renta financiera).
 
Mauricio Macri pobló su administración de voces tan disonantes entre sí como las de Federico Sturzenegger, Alfonso Prat Gay y Carlos Melconian. Este último -dicho sea de paso- acaba de respaldar las altisonantes declaraciones de Lavagna.

Se podrá argumentar que la culpa y el temor que parecen carcomer al primer mandatario en algunas de sus marchas y contramarchas (el fallido protocolo antipiquetes es el mejor ejemplo, pero no el único) coincidiría, en rigor, con un atisbo de prudencia -más frente a una sociedad que pocas veces sabe lo que quiere. Y podría ser.
 
Subsiste, sin embargo, la gran pregunta: ¿cuál es el verdadero pensamiento del Presidente de la Nación? ¿Cómo piensa quebrar el círculo vicioso que la política le ha legado al país?

(*) Pablo Portaluppi. Analista en Medios de Comunicación Social y Licenciado en Periodismo. Columnista político en El Ojo Digital, reside en la ciudad de Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires, Argentina). pabloportaluppi01@gmail.com.

martes, 22 de noviembre de 2016

Estados Unidos y Argentina: miradas sesgadas

Por Pablo Portaluppi (*)
La irrupción de Donald Trump en la escena política internacional generó una conmoción de la que aún gran parte de los más prestigiosos analistas y periodistas de todo el mundo no parecen recuperarse. El triunfo del magnate -que le ha catapultado hacia la primera magistratura de la primera potencia del globo- ha representado un duro golpe para muchos de aquéllos. La totalidad de las convenciones conocidas hasta el momento quedaron 'patas para arriba'. 
El análisis del escenario estadounidense fue completamente errado desde el inicio. En primer término, se optó por menospreciar a Trump; luego, el periodismo se decidió a burlarse de él. Y, ya en el mano a mano con su rival Hillary Clinton, por hacer hincapié en su discurso. Lo que jamás llegaron a consignar fue que el ahora presidente electo era un termómetro de la fiebre social de los ciudadanos estadounidenses. Y, en lugar de buscar explicaciones para las causas, prefirieron enfurecerse con la enfermedadUna ponderable cantidad de periodistas argentinos también se hicieron partícipes del errorLo cual resulta llamativo, pues ya venían habituados: los Kirchner habían hecho de la negación de la realidad un estilo de gobierno. El caso más ilustrativo es el del INDEC: lejos de combatir la inflación, la anterior Administración argentina invirtió en metodologías desde las cuales destruir el termómetro.
Desde luego que sería un grosero desacierto analizar el presente estadounidense (y mundial) desde una perspectiva localA diferencia de la República Argentina, el país del norte no es un país hiperpresidencialista. Allí, las instituciones -en la mayoría de los casos- funcionan. Por lo que cualquier iniciativa presidencial es sometida a rígidos esquemas de contralor. Si Trump se propone construir un muro en los tres mil kilómetros de frontera con México, antes deberá pedirle permiso al congreso. Con la deportación de inmigrantes ilegales, sucedería otro tanto: la Policía de Los Angeles, a través de su Jefe, avisó que ellos no van a deportar a nadie, al igual que un buen número de alcaldes. En tal sentido, el discurso electoral del republicano merecía -y merece- un análisis más riguroso.
Tal vez el mayor triunfo de Trump subyace en el hecho de haber blanqueado una situación sumamente delicada y políticamente incorrecta. La inmigración no sólo es uno de los grandes conflictos mundiales del presente, sino que se traduce en una problemática histórica. La humanidad en su conjunto posee una inocultable tendencia hacia la xenofobia y el racismo. Este fenómeno se observa en varios planos: desde los cánticos de una hinchada de fútbol, pasando por comentarios en la calle ante una marcha, hasta en el rechazo que genera en Europa las oleadas migratorias provenientes de Oriente MedioLa tolerancia de Barack Obama en este terreno fue duramente castigada por sus compatriotas. En la Argentina, un Senador Nacional se hartó de que el país sea el ajuste social de Bolivia y delictivo de Perú, y lo manifestó públicamente (probablemente, a modo de globo de ensayo). Es moneda corriente escuchar quejarse a médicos residentes respecto a la 'invasión' de colegas colombianos que les 'quitan' su trabajo. Así, pues, el gobierno de Mauricio Macri prepara un Decreto para reforzar los controles migratorios en las fronteras: renovación informática para detectar antecedentes y pedidos de captura, creación de celdas especiales para alojar a quienes violen las leyes migratorias,  y cuestionarios más complejos sobre el motivo de la entrada al país -son algunas de las medidas en estudio.
Hay un dato que no debe pasarse por alto, aunque poco y nada se dijo al respecto: durante los ocho años de la Administración de Obama, se deportó a dos millones y medio de inmigrantes sin papeles con antecedentes penales. En la reciente entrevista con el programa '60 minutos', el Presidente electo prometió deportar a tres millones de personas. Las cifras no sólo no difieren tanto, sino que además el mandatario saliente fue llamado burlonamente 'Deportador en Jefe', al conocerse que nunca en la historia del país una Administración expulsó más gente como en sus dos períodos. Llamativamente, no pocos gobernantes se aferran a un ideario progresista, sin importar que las estadísticas les muestren lo contrario.
La propia historia estadounidense certifica que el país ya había atravesado períodos turbulentos. Aunque los motivos de insatisfacción social pasaban por carriles distintos a los actuales. Lo que ahora son demandas económicas y laborales; hace más de cien años era la corrupción. A comienzos del siglo pasado, nacieron los periodistas llamados 'muckrakers'. Fue, lisa y llanamente, los orígenes de lo que hoy se conoce como periodismo de investigación y de denuncia. Quizá su texto más célebre haya sido 'La traición del Senado' donde, a través de nueve informes, su creador, David Graham Phillips, denunció las prácticas corruptas de los representantes de los Estados. Válido es aclarar que, en aquella época, los legisladores ya no eran elegidos por el voto popular, sino a través de distintos nombramientos. Por lo general, en vez de representar a su pueblo, patrocinaban los intereses de las grandes compañías que iban surgiendo a lo largo y a lo ancho de la República.
Por entonces, el periodismo logró convertirse en el portavoz de los indignados. Hoy, se ha hecho todo lo contrario. Los candidatos presidenciales no deben discutirle al electorado, sino comprenderlo. En ese terreno, Trump supo desempeñarse mejor -a contramano de su rival Hillary Rodham y la inmensa mayoría de los medios de comunicación.Por debajo del discurso alocado del republicano, corría a gran velocidad una corriente de insatisfacción social. Todo mundo prefirió hacer oídos sordos. Poderoso llamado de atención -si los hay- para comunicadores y dirigencia política. La desesperación que hizo posible el triunfo del magnate inmobiliario no parece diferente al fenómeno del 'Que se vayan todos' argentino. Pero habría margen para la incógnita: si la sociedad abrió paso a la victoria de un outsider, ¿gozará el mandatario electo de un amplio margen de maniobra?
En concreto: durante las últimas décadas, la sociedad estadounidense ha venido dando forma a un reclamo que permitió el surgimiento de Trump. A veces, las pequeñas historias son las que marcan el pulso de lo que puede venir en el futuro inmediato. Así lo cifra el periodista 
George Packer en su libro 'El desmoronamiento. Treinta años de declive americano':
'Recorría las calles de asfalto resquebrajado, asombrada aún por los baches y el silencio de aquel lugar en otro tiempo rebosante de vida. La ciudad se había desvanecido (...) Desde 1920 hasta 1977 se habían levantado infinidad de acererías: Republic Steel, U.S. Steel, Youngstown Sheet & Tube. Los altos hornos que funcionaban 24 horas al día, las tabernas atestadas, el rugir de los vagones. La ciudad era próspera (...) Pero el lunes 19 de septiembre de 1977, se anunció el cierre de Sheet & Tube (...) En los recuerdos que apuntó en un cuaderno, escribió: Cierre de las acerías. La ciudad empieza a venirse abajo, como si un cáncer la estuviese matando lentamente. La decadencia comenzó poco a poco'.

A contramano de lo que muchos piensan, el mundo se ha vuelto un lugar sumamente interesante.
(*) Pablo Portaluppi. Analista en Medios de Comunicación Social y Licenciado en Periodismo. Columnista político en El Ojo Digital, reside en la ciudad de Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires, Argentina). Mail: pabloportaluppi01@gmail.com
Artículo publicado en El Ojo Digital el 18 de Noviembre de 2016

lunes, 21 de noviembre de 2016

El Ministerio de la Felicidad

Por Enrique Guillermo Avogadro (*) 

"Una nación es una empresa colectiva; fuera de eso, básicamente, sólo hay un espacio para el juego del oportunismo y la aventura del poder". Wole Soyinka
No me canso de repetir que el más grave error del Gobierno fue no desnudar de inmediato, en un gesto que hubiera demostrado un enorme respeto por la madurez de la ciudadanía, la crisis que dejó el kirchnerismo cuando, cargando las bolsas del saqueo, abandonó el poder. Si así lo hubiera hecho, tal vez le hubiera resultado más fácil que ésta aceptara el tránsito de sangre, sudor y lágrimas hasta la resurrección prometida.
Simétricamente, el mayor éxito de Cristina Elizabet Fernández fue que esa crisis, un infierno mucho peor que el de 2001, no fuera percibida como tal por la población. Aún ahora, cuando se pudo comprobar que ella llegó a la Casa Rosada con 15% de pobreza y la dejó con 30% -nunca reconocida-, con las arcas del Estado llenas durante el período como nunca antes, y cuando su infinita corrupción expone sus más purulentas llagas a la vista de todos, conserva un importante apoyo popular.
Remedando la tragicomedia venezolana, en la cual Nicolás Maduro creó la cartera ministerial que sirve de título a esta nota, la murga en la que los intereses políticos más subalternos han transformado al otrora honorable Congreso de la Nación, dio esta semana, en el Senado, una prueba más del aprovechamiento que los hipócritas y mal intencionados pueden hacer de los compañeros de ruta, que actúan como idiotas útiles.
La media sanción que la Cámara alta dio a una iniciativa que presentaron, con toda mala leche, los senadores Juan Manuel Abal Medina (por si no lo recuerda, fue cómplice y Jefe de Gabinete de la emperatriz patagónica) y Teresita Luna, ambos integrantes del Frente para la Victoria, acompañados por el incauto e irresponsable Jaime Linares (del GEN, de Margarita Stolbizer), constituye sólo una de las maniobras legislativas, verdaderas zancadillas políticas, a las que deberá acostumbrarse Mauricio Macri.
Los legisladores kirchneristas, con una cara de piedra digna de servir de modelo a la estatua de la hipocresía, olvidaron durante doce negros años su obligación de representar a sus provincias, callaron frente a la rampante corrupción, permitieron el unitarismo salvaje del régimen y, sobre todo, ignoraron la pobreza, tolerando la falsificación de las estadísticas oficiales. Un antecesor y sucesor de Abal Medina en el cargo ministerial, el inefable Anímal Fernández, llegó a sostener, sin inmutarse, que aquí ¡había menos pobreza que en Alemania!
Esa “ley de la felicidad”, cuya inmediata aprobación por la Cámara de Diputados exigió la gran concentración de anoche en el Congreso, resulta absolutamente suicida para los mismos que la reclaman. Si fuera sancionada, y si se obligara al Ejecutivo a financiarla con emisión y mayores impuestos, desencadenaría un proceso inflacionario que deterioraría aún más la ya complicada situación social, y embestiría frontalmente contra la seguridad jurídica que el Gobierno ha comenzado a construir, un elemento esencial para la llegada de las tan indispensables inversiones, sean éstas de propios o de extraños.
Claro que no se trata del único gesto autodestructivo de las centrales obreras, pues lo mismo sucede con el acompañamiento a los reclamos empresariales, que pretenden que la economía continúe cerrada para evitar la competencia externa, mientras propalan una inexistente y masiva lluvia de productos importados. En tal sentido llamó la atención que muchos manifestantes de ayer portaran carteles con la leyenda “queremos notebooks argentinas”, es decir aquéllas que algunos vivos sólo ensamblan en Tierra del Fuego con un costo fiscal gigantesco; ¿quién habrá pagado a estos “espontáneos”?
Parecen estos raros dirigentes sindicales no comprender que la principal perjudicada por este disparate –empresarios que cazan en el zoológico y pescan en la bañadera, lucrando a saco- es la franja más desprotegida de la población, que debe pagar más caros productos peores, amén de impedir la creación de nuevos puestos de trabajo para solucionar esta recurrente emergencia ocupacional.
La Argentina tiene, aproximadamente, cuarenta y dos millones de habitantes; el 32% de ellos, sobrevive a duras penas bajo la línea de pobreza, y destina la totalidad de los ingresos familiares a la tentativa de alimentarse y no consume otro tipo de bienes; en resumen, tenemos un mercado potencial de veintiocho millones de personas. Entonces, ¿cómo podrían nuestros productos competir con los de naciones que, como Estados Unidos, China, Brasil, la Comunidad Europea, etc., cuentan con poblaciones tanto mayores y, por ello, pueden fabricar masivamente y, en consecuencia, a precios más bajos?
Nuestro país, con enormes recursos técnicos y humanos, debe abrirse y salir a colocar los suyos en los mercados más exclusivos y lujosos del mundo, esos en los que sólo batallan las marcas de moda. Porque, aún si los negros pronósticos sobre la economía mundial (derivados del discurso de Donald Trump), que hablan del cierre de las economías y del regreso al aislamiento de muchos países se concretaran, nunca afectarían a esos mercados, que continuarán requiriendo calidad y diseño, sin importar el precio; la prueba es la gigantesca concentración de la riqueza en pocas manos que se ha producido en las últimas décadas. 
Dado que para lograrlo resulta necesario reconvertir sectores enteros de nuestra industria –textil, calzado, indumentaria, línea blanca, etc.-, el Estado debería anunciar la innegociable apertura con la suficiente antelación y facilitar la transición con un fuerte apoyo crediticio. La continuidad en el tiempo de una transformación semejante permitiría, además de crear nuevos puestos de trabajo, garantizar la estabilidad de los empleados actuales, que deberían sí adaptarse a ese nuevo escenario.
Y, al abrir la importación de esos mismos productos baratos, la población argentina se beneficiaría con mayor oferta y menores precios, sin perjudicar en nada a empresarios o empleados; basta imaginar que, a partir de entonces, todos nuestros ciudadanos más pobres podrían disponer, por ejemplo, de calzado a cien pesos, en lugar de tener que andar descalzos, como sucede ahora en gran parte del país.
Quiero terminar recordando a mis conciudadanos, para bajar su natural ansiedad, una frase de Fernando Henrique Cardoso:"Gobernar un país, elaborar proyectos, concebir programas, implantar políticas es un proceso colectivo. Insisto en el concepto: proceso".
Bs.As., 19 nov 16
(*) Enrique Guillermo Avogadro. Abogado
E.mail: ega1@avogadro.com.ar
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Fuente: Comunicación personal del autor