martes, 29 de noviembre de 2016

Argentina y la tercera ola globalizadora

Por Diana Ferraro (*)

El triunfo de Hillary Clinton en los Estados Unidos no hubiera asegurado la política antiestatista necesaria después de los dos periodos de Obama fuertemente teñidos de social-democracia, pero sí garantizado algo más relevante para el mundo: el libre curso de la globalización. Aun al paso cansino post-crisis del 2008, el primer país del mundo y líder de la globalización hubiese continuado con la transferencia de tecnología y su inversión directa en el resto del mundo. La victoria electoral de Donald Trump con sus promesas de anular los tratados de libre comercio ya consolidados, paralizar las negociaciones de los nuevos, borrarse de la acción global para paliar el cambio climático, y expulsar inmigrantes, parecería traer consigo una inminente des-globalización.  

En la Argentina y en muchas partes del mundo, muchos se alegran ante esta perspectiva que, además de subrayar el fracaso del ideario tradicional de libre comercio y democracia de los Estados Unidos para el crecimiento cooperativo en el planeta, mostraría que los despectivamente llamados “globoludos” jamás tuvieron razón. Peor aún, los menos fanáticos encontrarían en el nuevo ejemplo estadounidense, la justificación y legitimación para sus propios modelos de economía cerrada y “vivir con lo nuestro”.

 El punto es que Trump, sin la suficiente experiencia política ni conocimiento profundo de la realidad global, no podrá hacer grande a los Estados Unidos por ese camino. Podrá mejorar la alicaída infraestructura que precisa, es cierto, un enérgico emprendedor que la reconstruya, pero nunca podrá lograr lo que pretende, revalorizar a los Estados Unidos en el mundo como auténtico líder y construir el mundo más seguro y próspero que prometió a los estadounidenses en su campaña. Es cierto que, como imaginan los optimistas, Trump puede cambiar y hacer totalmente lo opuesto a lo que dijo, teniendo además a su favor un congreso republicano que no dudaría en apoyar las buenas medidas que atiendan a un proceso seguro y continuado de globalización con el liderazgo norteamericano. Pero, también puede seguir por su peligroso camino desinformado y actuar tan irresponsablemente como se mostró durante su campaña, en relación a Rusia, México, China, Europa y Japón en particular. 

 Sin embargo, no hay que desesperar. Si Trump se empecinase en llevar adelante sus fantasiosas políticas que no harán más que entorpecer y hasta detener por un tiempo el proceso globalizador, puede lograr a escala planetaria una inesperada reacción que dé a este proceso un nuevo impulso. Ese impulso que viene pidiendo a gritos el indudable punto de inflexión en que nos encontramos después de años de ralentización, y en el cuál no hay que decidir si la globalización continúa o termina, sino cómo continúa y a qué ritmo. Después de la crisis de 2008 y la pereza de la economía estadounidense en reactivarse, en especial en lo financiero, ya es hora de enfrentar y solucionar algunos de los problemas creados por la integración global, como ser la reposición y calidad de trabajo allí donde se los pierde y la reeducación de los jóvenes y no tan jóvenes para las nuevas modalidades de trabajo. El enorme stock financiero acumulado, hoy sin destino, además de en las obras de infraestructura, puede encontrar un destino en la nueva revolución global que ha puesto al alcance de los más desfavorecidos teléfonos inteligentes con alta capacidad de recepción informativa, educativa y, sobre todo, de inclusión financiera. Es posible hoy con esa tecnología crear un círculo virtuoso de capacitación y multiplicación progresiva de nuevos trabajos y consumo. 

A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la Argentina se benefició enormemente por su integración económica al Imperio Británico. Solución limitada, ya que sólo intercambiábamos materias primas e importábamos prácticamente todos los productos manufacturados, sin ser dueños, además, del capital local, en más de un cincuenta por ciento en manos extranjeras. Aún dentro de esa dependencia, la Argentina se modernizó, tuvo una red de transportes ejemplar y atrajo centenares de miles de inmigrantes, sentando las bases de la nación completa en que intentaría transformarse a partir de 1945, después del fracaso global de aquella primera ola globalizadora británica. La segunda ola posterior a la caída del Muro de Berlín también tocó las playas locales, en las impensadas manos de un peronista, Menem, y de un cuadro internacionalista como Cavallo, que permitió su articulación y la efectiva segunda actualización global de la Argentina. Fracasada en los habituales términos locales de falta de continuidad y persistencia en el camino elegido, con el empujoncito de unos Estados Unidos súbitamente obligados en 2001 a interesarse en el terrorismo de Medio Oriente, la Argentina se retiró prematuramente de la segunda ola globalizadora con grandes discursos lamentablemente compartidos por una población casi tan ignorante como sus líderes de aquel momento, y se perdió muchos de sus beneficios. 

 Hoy, frente a las puertas invisibles de una globalización que nos exige pasar la prueba de fe, en la Argentina son más necesarios que nunca los liderazgos informados e inteligentes. Podemos subirnos a la tercera ola, que no dejará de llegar, haga lo que haga Trump, podemos incluso colaborar en aumentar su intensidad o podemos continuar con los atrasados discursos, convencidos de que el mundo puede dejar de estar interconectado a escala planetaria y los trabajos e inversiones renunciar  a vincularse a través de las poderosas e invisibles mallas comerciales y financieras.  Lo que cada uno diga y haga, cuenta. La opinión es global.

 Habrá que tener en cuenta además, que la nueva batalla no exige estar contra Trump sólo porque aparece como racista, misógino, antidemocrático y potencial violador de los derechos humanos, sino porque ataca la verdad y conveniencia de una globalización capaz de sacar genuinamente de la pobreza, la ignorancia y la falta de destino a miles de millones de seres humanos en el planeta con planes globales de inclusión educativa, económica y financiera. Porque, ¿quiénes en el planeta conocemos más que los argentinos la consecuencia de romper con la globalización? Trump no es otro que el Duhalde de los Estados Unidos. Esperemos que no se llame también a sí mismo piloto de la tormenta que él mismo creará y que todo sea breve. También que evite a su país los doce años de berniesanderismo que podrían sobrevenir, si Estados Unidos tiene la misma mala suerte—o ignorancia—de la Argentina. 
(*) Diana Ferraro. Escritora. Artículo publicado en su blog personal el 26 de Noviembre de 2016