viernes, 27 de enero de 2017

De la caída del muro de Berlín a la construcción de nuevos muros

Por Agustín Etchebarne (*)

 El mejor momento de la historia que le tocó vivir a nuestra generación fue a partir de 1989. La caída del muro de Berlín marcó el fin del comunismo en las quince repúblicas soviéticas que conformaban la URSS y en los nueve países sojuzgados bajo el  Pacto de Varsovia. Así surgieron 19 países y otros siete recuperaron su libertad: Alemania Oriental, que se fusionaría con su hermana, Bulgaria, Checoslovaquia, que se partiría en dos, Hungría, Polonia y Rumania.
La libertad se imponía frente a todas las ideologías que intentaron destruirla en el siglo XX. La segunda gran guerra había costado 60 millones de muertos y, en conjunto, el comunismo-socialismo había sembrado el mundo con más 100 millones de cadáveres, ríos de sangre y miseria.
A partir de la posguerra medio planeta empezó  a abrir sus puertas y derribar los muros del proteccionismo. Veintiocho países integraron el Mercado Común Europeo, comerciaron con arancel cero y luego conformaron la Unión Europea. EE.UU. bajó sus aranceles hasta 1,5% en promedio y se integró a México y Canadá en el NAFTA y se firmaron centenares de otros Tratados de Libre Comercio. Países como Chile y los cuatro Tigres asiáticos se integraban al mundo a una velocidad inusitada disfrutando de tasas de crecimiento notables. China se abría a los capitales de EEUU y Europa y empezaba a crecer al 10% anual. Finalmente la India se sumaba a la apertura y entre ambos países aportaban 2.700 millones de personas al comercio mundial. La consecuencia fue un notable crecimiento del mundo,  una rápida reducción de dos tercios de la pobreza mundial en apenas cuarenta años, y aumentó la expectativa de vida y el consumo de calorías per cápita, en todos los continentes.
Con optimismo inconmensurable Francis Fukuyama concluía que habíamos llegado a “El fin de la historia”.
Pero la historia no terminó. Como suele ocurrir de manera inevitable, cuando uno llega a la cúspide empieza a bajar. No fue el fracaso sino el éxito del capitalismo lo que generó la reacción. Las generaciones empobrecidas por las guerras son las que reconstruyeron el mundo. Las generaciones enriquecidas son las que no saben sostener el rumbo. Ortega y Gasset describió este mecanismo psicológico en “La Rebelión de las masas”. En especial en el capítulo que se llama: “La época del señorito satisfecho”, donde el hombre masa es completamente consciente de sus derechos, pero ha olvidado sus obligaciones, y no comprende el coraje, energía, voluntad, optimismo, esfuerzo y perseverancia que tuvieron nuestros abuelos para lograr ese gran salto hacia adelante.
De la abundancia nacen los nuevos derechos que llevan al Estado Benefactor, pero de allí surge la necesidad de cobrar altísimos impuestos, y como nunca son suficientes, se acrecienta el déficit fiscal y el endeudamiento de casi todos los países desarrollados. Pero con alto gasto público y altísimos impuestos, lógicamente la economía crece menos, a veces casi nada, como en Japón o en algunos países Europeos. Los países nórdicos, que muchas veces son tomados como ejemplo, tenían economías pujantes hasta 1970 pero con Estados relativamente pequeños y bajos impuestos. A partir de esa década crece muy rápido el Estado de Bienestar, y el gasto público supera el 50% del PIB, hasta llegar a la crisis de Suecia en 1992 cuando su gasto público había alcanzado el 62% de toda la producción. Gracias a la crisis, Suecia redujo el gasto público y los impuestos, y hoy Francia ha reemplazado a Suecia como el país más socialista, y por eso ya casi no crece.
Cuando Suecia entró en crisis, las ideas triunfantes eran las de libre mercado, por eso la corrección del rumbo se dio en el sentido correcto. En cambio, la sociedad argentina y sus dirigentes hicieron un mal diagnóstico luego la crisis del 2001-2002 y la corrección del rumbo fue en la dirección equivocada.
Hoy la interpretación generalizada en Europa y Estados Unidos es que la mayoría de los males que aquejan a sus economías, son producto de la globalización y la inmigración. Por eso creen entonces que el proteccionismo es la solución. Así, los populismos ya no son solo latinoamericanos.
En su primer día de gestión, Donald Trump suspendió la importación de limones argentinos. Coca Cola paga más caros sus limones, los limoneros de EEUU ganan más plata. Pero en conjunto EEUU es menos eficiente y más pobre. En Argentina San Miguel se ve obligada a vender más barato en otros mercados, gana menos plata y también somos más pobres.
El proteccionismo mata la eficiencia. Si Argentina es proteccionista se perjudican los argentinos. Pero si el líder de la potencia más grande del mundo tiene ideas proteccionistas, el planeta entero corre riesgos.

Debiéramos recordar  la admonición de Federico Bastiat: “Si los bienes no cruzan las fronteras, lo harán los soldados”.  Bastiat lo dijo en el siglo XIX, pero fue fatalmente real en el siglo XX. Por supuesto, que no existen explicaciones monocausales en la complejidad de la historia. Pero está claro que las devaluaciones competitivas y el proteccionismo hicieron caer el comercio entre 50% y 66% en la década de 1930. Y ese fue un factor importante para que se fortalecieran los nacionalismos y en la década siguiente se desatara una guerra mundial en la que murieron 60 millones de personas.
(*) Agustín Etchebarne. Economista especializado en Desarrollo Económico, Comercialización Estratégica y Mercados Internacionales, además de profesor de ESEADE y de la Universidad de Belgrano. Es Director General de la Fundación Libertad y Progreso. Twitter: @aetchebarne Artículo publicado en Fortuna.web el 24 de Enero de 2017