viernes, 27 de enero de 2017

Dos ministerios para dos problemas fiscales

Por Fausto Spotorno (*)
En los últimos 151 años el Estado argentino tuvo déficit en 139 ocasiones. O sea, la mayor parte de la historia Argentina estuvimos con déficit fiscal. Lo que es malo. El déficit fiscal debería ser la excepción, no la regla. Pero esta vez, el problema es doble, porque el déficit fiscal se da con la presión tributaria más alta de la historia y una de las más altas del mundo. Lo que revela una segunda dificultad: un gasto público agobiante que dificulta el crecimiento. Ahora, a partir del nombramiento de Dujovne y Caputo estos dos problemas tienen dos ministerios diferentes, el de Hacienda y el de Financiamiento.
En los 90s el gasto público consolidado de Nación, Provincias y Municipios era del orden del 25% del PIB. Luego de 12 años de kirchnerismo, el gasto es 20 puntos más alto, alcanzando el 45% del PIB, cifra similar a la que tenían las naciones que salían de Unión Soviética a finales de la década del 80. Sin embargo, este incremento de lo que gasta la administración pública nacional, provincial y municipal no se ha reflejado en una mejora de los servicios que brinda el Estado, como la educación, la salud, la justicia o la seguridad. Lo que revela, también, una pérdida de eficiencia.
Pero el déficit fiscal y el gasto público alto e ineficiente tienen dos consecuencias diferentes. Por un lado el elevadísimo gasto público representa un problema económico, que se refleja en una menor tasa de crecimiento potencial de la economía, mientras que el déficit fiscal representa un problema más bien financiero.
Con un gasto público tan alto como el que tiene hoy Argentina el sector privado debe cargar una mochila muy pesada, lo que reduce la velocidad a la que puede generar crecimiento económico. En estas condiciones, son muchos los recursos que se detraen del ahorro y la inversión del sistema productivo, para ser destinados a jubilaciones, subsidios y empleo público, o sea consumo. En otras palabras, muchos consumen y pocos invierten, lo cual reduce el crecimiento económico que depende de la inversión. Pero además, al detraer recursos del sector productivo para destinarlo a un gasto público cada vez más ineficiente, la economía pierde eficiencia por vía doble. Menos inversión y menos eficiencia destruye el crecimiento.
El déficit fiscal alto y sostenido, no es tanto un problema económico, sino un problema financiero. En efecto, si el déficit se sostiene por mucho tiempo, se genera indefectiblemente un incremento de la deuda que puede terminar en default o un aumento en la cantidad de dinero que lleva a la inflación. Este ha sido un problema endémico de Argentina. Si tomamos el gobierno nacional desde 1860 a la fecha, el 90% del tiempo, el Estado ha tenido déficit fiscal. Por eso, no es extraño que nos hayamos pasado el último siglo de crisis inflacionarias a crisis de la deuda.
La dificultad de los problemas financieros es que son potencialmente explosivos. Todas las crisis financieras argentinas, han tenido su raíz en una crisis de financiamiento del Estado, que en algún momento pierde la capacidad de colocar deuda (o billetes, como es el caso de la hiperinflación).
En la actualidad el déficit fiscal está entre los más altos desde la 1989 y tanto el gasto público como la presión tributaria están cerca de los niveles récord. Desde el punto de vista puramente económico, el camino a seguir para salir de esta encerrona sería reducir el gasto público lo suficiente como para poder bajar impuestos y reducir el déficit al mismo tiempo. De esta manera, el sector privado tendría suficiente aire como para invertir y retomar el crecimiento de largo plazo, al tiempo que se reduciría el riesgo de una crisis de deuda.
Los últimos cambios en el Gobierno reflejan que se eligió un camino gradual para corregir estos problemas. Pero no hay que olvidarse que los tiempos no son eternos porque cuando hay un problema financiero, como el que tiene el Estado, el tiempo corre. Cada año, hay que financiarlo con deuda y a más deuda, más difícil es obtener financiamiento. A ello se le suman factores internacionales como China o Trump que pueden hacer subir las tasas internacionales. No por nada, ahora tenemos un Ministerio de Financiamiento.
(*) Fausto Spotorno. Director del Centro de Estudios Económicos OJF. Artículo publicado en El Cronista el 25 de Enero de 2017