lunes, 16 de enero de 2017

Que viva la memoria del kirchnerismo

Por Héctor M. Guyot (*)

Muchos observadores señalan que el mundo está cada vez mejor. Avalan el diagnóstico con números en la mano. Posiblemente estén en lo cierto, si se adopta una perspectiva amplia. Pero mi impresión es que en 2016 el globo empezó a rodar hacia la banquina. Dos ríos torrentosos, la globalización y la tecnología, acabaron por confundirse en uno solo, cuyo caudal desbordó y sacó de madre al capitalismo. Así, la riqueza y el poder se han concentrado en una elite cada vez más reducida mientras aumenta el número de los que quedan al margen. Esta concentración generó un campo fértil para el crecimiento de un populismo reaccionario en el hemisferio norte, cuyo ejemplo más sorprendente es Donald Trump. Perdida la fe en el sistema, disueltas las certezas, eclipsada la racionalidad, las masas marginadas se rebelan contra el actual estado de cosas y ponen las fichas en quienes disipan sus miedos o alimentan su resentimiento con engaños y mentiras.
Aquí conocemos el truco. En eso estamos de vuelta, podríamos decir. Por una vez, y a costa de grandes atrasos, nos adelantamos a la historia y hoy vamos a contramano de ella. Aún más: por lo que el país vivió en los últimos 12 años, hemos desarrollado algunos anticuerpos contra el populismo. La gran pregunta es si este sistema de defensa es lo suficientemente fuerte como para sostener en pie y revitalizar al paciente, todavía muy deteriorado por la última y brutal arremetida del mal. Esto sin olvidar que ese mal no ha claudicado, sino que buscó refugio en ciertas zonas del organismo donde siempre se ha hecho fuerte para volver al ataque.
Como diría Calamaro, somos el remedio y también la enfermedad. Desde la perspectiva de esta lucha que se libra en las entrañas de nuestro cuerpo social y político, el hecho de que Macri haya llegado sano y salvo a 2017 en medio de un páramo aún en llamas no es poca cosa. Dados los antecedentes, ése era el mayor desafío de su primer año en el gobierno y hay que reconocer que lo superó. Se le pueden achacar muchos errores, pero quien se detenga en ellos sin reconocer este logro se está perdiendo la película por mirar la foto. No es cuestión de perdonarle nada, sino de no olvidar quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde debemos ir (a paso lento quizá, pero lo más firme posible) si no queremos regresar al populismo.
En un país corporativo donde cada sector tira para su lado y todos pretenden vivir del Estado, con un peronismo disgregado pero siempre voraz en la oposición, el gobierno de Cambiemos avanzó en 2016 por un desfiladero estrecho. En muchos casos, para evitar el riesgo de desbarrancar, cedió a las presiones de los que no están dispuestos a perder privilegios y se inclinó ante imposiciones de carácter casi extorsivo. A partir de ahora debería afinar el lápiz para discriminar lo negociable de aquellas cosas en las que es preciso demostrar firmeza. Éste es el camino para no acabar apelando a la receta que tarde o temprano prevalece en estas tierras, según pasan las administraciones: hacer sólo lo necesario para mantenerse en el poder, vaciando la política de ideas y valores.
De todos modos, el que pasó fue el año en que la política se impuso a la economía por obra y gracia de la memoria viva del kirchnerismo. La sociedad sabe lo que no quiere: la mentira, la soberbia, el autoritarismo, el robo y la corrupción, el vamos por todo. Allí reside buena parte del poder del Gobierno. Se trata de una paradoja: el estado de cosas heredado, que lo dejó en la más absoluta precariedad, al mismo tiempo constituye su mayor fortaleza. Parece un principio zen: su debilidad es su fuerza.
Estamos ante una oportunidad única: la de empezar a sanear un sistema institucional que lleva décadas de deterioro y que el kirchnerismo llevó a una degradación que hoy, causas judiciales mediante, está a la vista y en boca de todos. Esa memoria viva de los horrores del gobierno anterior incide en el propio peronismo, que aun no se recupera de su última encarnación. Padece todavía la resaca de la borrachera kirchnerista y se muestra desorientado, en medio de una diáspora improbable. Todos niegan haber participado de la fiesta, pero los delata la serpentina en la mano y el papel picado sobre la cabeza. Muy pocos superarían un control de alcoholemia. Tiene razón Fernando Iglesias cuando dice que no hay renovación posible si no existe autocrítica. Aun en el puro presente donde pretenden vivir los políticos más ubicuos, ¿pueden pasar un Diego Bossio, un Julián Domínguez o un Chino Navarro, por ejemplo, como ex kirchneristas?
Para el peronismo, la resaca de la fiesta K no se resuelve con uno o dos analgésicos. Menos cuando muchos de los excesos se ventilarán de forma cada vez más detallada en los estrados de Comodoro Py: desde la causa por encubrimiento en la denuncia reabierta de Nisman hasta la de asociación ilícita que sigue Ercolini, pasando por la investigación sobre la muerte violenta del fiscal. A la sacerdotisa que ponía la música y marcaba el paso en los días felices le quedará, en medio de sus desventuras judiciales, el magro consuelo de haber sido una pionera en el ejercicio de la posverdad, una palabra muy en boga a la que el Primer Mundo llega tarde: aquí lo llamamos relato.

(*) Héctor M. Guyot. Es columnista de La Nación. Artículo publicado el 7 de Enero de 2017

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1973802-que-viva-la-memoria-del-kirchnerismo