domingo, 12 de febrero de 2017

Crecimiento, monopolios y los valores del capitalismo

Por Javier Milei (*)
Durante los últimos 20 siglos, el PIB per-cápita mundial se multiplicó por 12,9 veces, mientras que la población lo hizo en 27,8, por lo que el PIB aumentó en 358,6 veces. A su vez, dicho proceso se concentró durante los últimos dos siglos, donde los mismo explican 71% del crecimiento y 23% del aumento de la población. Muy lejos del fantasmagórico mundo de Malthus, Ricardo, Mill, Marx, Keynes, Harrod, Domar, el Club de Roma, Stiglitz, Krugman y Piketty, la productividad por trabajador durante los siglos XIX y XX se incrementó en un 821% en un contexto donde la población se multiplicó por 6,3 veces.
Esto es, la fábrica de alfileres de Adam Smith y sus rendimientos crecientes, los cuales se vinculan con la presencia de ‘monopolios’, aplastó al pesimismo de los maltusianos y sus herederos. Si bien dicho efecto está presente en la teoría moderna del crecimiento endógeno, su aparición está vinculada con trucos matemáticos para que no perturbe a la idea de optimalidad de los economistas neoclásicos (donde los monopolios son malos por ‘no tener’ una función de producción que se pueda maximizar en un contexto de equilibrio general). De este modo, a la fábrica de alfileres intentaron clausurarla, mientras que a la figura de la mano invisible la prostituyeron para emparentarla con la idea del óptimo de Pareto.
El problema radica en que para una economía de mercado alineada con el concepto neoclásico de competencia perfecta, la tarea de recuperar los costos fijos para realizar la innovación no es consistente con dicho marco analítico. Así, frente a la imposibilidad de mostrar beneficios extraordinarios, ello hace incompatible llevar a cabo la inversión en innovación. En otros términos, el problema con la innovación es que bajo ‘competencia perfecta’ no hay lugar para cubrir los costos fijos de la investigación y el desarrollo, experimentos, estudios de mercados y todas aquellas actividades que resultan necesarias para que la innovación sea exitosa.
En función de todo lo anterior (tanto teórico como empírico), en el año 1990, Paul Romer, desarrolló un modelo inspirado en la obra de Joseph Schumpeter (1934) con un concepto de competencia en línea con el de Adam Smith.
Así, suponiendo que: (i) las innovaciones surgen de modo intencional empleando recursos escasos; (ii) dado que los innovadores deben competir con productos establecidos en el uso de los escasos recursos, ello implica que dichos recursos son costosos, (iii) la innovación crea nuevos productos que se caracterizan por ser de mejor calidad, más baratos, más atractivos y mucho más convenientes que los existentes, lo cual los hace preferibles, (iv) las nuevas innovaciones destruyen a las precedentes, al tiempo que los innovadores saben que en un futuro sus innovaciones serán reemplazadas por nuevas innovaciones y (v) los innovadores y sus financistas cargan con los costos de la innovación con la expectativa de obtener beneficios futuros; ello le permite obtener una función que describe la cantidad de innovación en la economía (y por ende de su tasa de crecimiento) que depende de manera positiva de: (1) el margen de ganancia de la firma innovadora (poder de mercado), (2) la cantidad de recursos que se dedican a la innovación y (3) la dotación de recursos de la economía, al tiempo que depende negativamente de (4) el costo de la innovación y (5) de la tasa de interés.
A su vez, la tasa estará afectada negativamente por el nivel de ahorro, el cual no sólo impactará positivamente en el nivel del producto per-cápita sino también en la tasa de crecimiento de largo plazo.
En este contexto, donde la presencia de monopolios resulta fundamental en el proceso de crecimiento impulsado por la innovación, nos lleva a la pregunta sobre si son malos los monopolios. En este sentido, si el monopolio surge de un proceso competitivo en el cual se termina ofreciendo un mejor producto a un mejor precio derivará en una ganancia de bienestar. Esto es, no importa si hay uno o millones de oferentes, sino que lo relevante es si hay libertad para competir, lo cual no sólo deriva en una mayor productividad sino que además, ante la ausencia de coerción, es una solución moralmente superior.

Por lo tanto, bajo el capitalismo, los emprendedores determinarán el nivel de producción e innovación intentando satisfacer de la mejor manera posible las preferencias del prójimo, siendo la materialización de ganancias y pérdidas el mecanismo por el cual se maximizará el bienestar. A su vez, las ganancias de los empresarios exitosos nunca serán normales, por lo que para los obsesivos de la distribución del ingreso (ignorando el proceso generador) lucirá muy desigual. Sin embargo, todo intento del Estado por redistribuir violentamente el ingreso y/o regular los ‘monopolios’ terminará perjudicando a la sociedad.
(*) Javier Milei. Economista de la Fundación Acordar. Artículo publicado en El Cronista el 10 de Febrero de 2017