sábado, 11 de marzo de 2017

Educación: el año que viene a la misma hora

Por Edgardo Zablotsky (*)

Al igual que en años anteriores, el inicio de las clases se lleva a cabo en medio de paros y movilizaciones docentes. Miles de niños y adolescentes que concurren a escuelas públicas ya han perdido los primeros días de clase. ¿Y su educación a quién le importa? ¿A los sindicatos docentes? Es hora de hablar claro, el futuro de nuestros hijos está en juego.
No cuestiono sino que, por el contrario, defiendo el derecho de los docentes a gozar de un salario digno. ¿Cuántos buenos maestros cobran sueldos que no reflejan su productividad y dedicación a una de las tareas de mayor responsabilidad social? Pero es obvio que también están los otros, quienes cobran salarios que no merecen.
Veinte años atrás, el Instituto Smithoniano le realizó una entrevista a Steve Jobs, quien se definió como un gran creyente en la igualdad de oportunidades en oposición a la igualdad de resultados. En su visión, el principal problema que enfrentaba la educación era el sindicato docente, pues el mismo impedía la meritocracia.
Jerarquizar la profesión docente es un requisito fundamental para mejorar la calidad educativa. Pero, para ello, es necesario lograr que calificados y motivados jóvenes graduados de la escuela secundaria elijan la profesión. Por supuesto, es función del Estado proporcionarles una formación de primer nivel.
Imagine ahora el lector una actividad donde el esfuerzo y la dedicación no pueden verse reflejados en una mejora salarial o en posibilidades de ascenso profesional, y la incompetencia o la desidia no incrementan el riesgo de ser despedido ¿A quién atraerá este tipo de profesión? ¿A jóvenes calificados o a aquellos que buscan poco menos que un subsidio por desempleo?
Cambiar esta realidad implica eliminar las ventajas que favorecen a los incompetentes, como la escala salarial fundada en la antigüedad y la estabilidad laboral, y premiar a los numerosos buenos docentes con una escala salarial sustentada en sus calificaciones y en la calidad de su trabajo, como en muchas otras profesiones. Es claro que el sindicato docente se opone a cualquier reforma: maximiza la cantidad de afiliados sin importarle su calidad. Los incentivos de los gremialistas no coinciden con los de los buenos maestros ni con los de los alumnos.
A modo de ejemplo, el 25 de febrero, Roberto Baradel expresó que “en esa marcha (6 de marzo) vamos a plantear que un país sin educación y sin ciencia y tecnología es un país sin destino y vamos a defender la educación en nuestro país”. ¿Desde cuándo ese es el rol de un sindicato? Por lo menos, no es lo que define el diccionario de la Real Academia Española: “Es una asociación de trabajadores para la defensa y promoción de sus intereses”.
El año que viene a la misma hora, título de una vieja película y nítida foto de una triste realidad. Si el Gobierno desea llevar a cabo una verdadera revolución educativa debe enfrentar al sindicato docente; es claro que los padres y muchos buenos docentes lo habrán de apoyar.

(*) Edgardo Zablotsky. Vicerrector de la Universidad del CEMA. Miembro de n+umero de la Academia Nacional de Educación. Artículo publicado en Clarín el 10 de Marzo de 2017