miércoles, 15 de marzo de 2017

El mercado de las ideas

Por Alejandro Sala (*)

Las ideas son, esencialmente, herramientas de las cuales los seres humanos nos valemos para orientarnos en la interacción con el medio que nos circunda. Procuramos establecer regularidades que nos indiquen qué sucederá ante diferentes circunstancias y tomamos esos conocimientos como guías para determinar nuestra conducta con vistas a alcanzar los fines que nos hayamos fijado o, eventualmente, para replantear nuestras metas si los conocimientos que obtuvimos nos indican que nuestros propósitos iniciales son irrealizables.
En el marco del proceso de división del trabajo, ha sucedido que determinados individuos decidieron dedicarse de manera sistemática a producir ideas, se han especializado en el estudio de las circunstancias de la realidad, con el propósito de ofrecer explicaciones que sean de utilidad general al efecto de guiar la conducta de los seres humanos en su proceso de interacción con el entorno que los circunde. La tarea de estos pensadores está condicionada, por lo tanto, por la naturaleza de los problemas que son del interés de las respectivas sociedades en las que les ha tocado desenvolverse. Por ejemplo: la publicación, por parte de Adam Smith, de La Riqueza de las naciones no fue un hecho casual, inexplicable ni arbitrario. Fue, por el contrario, una respuesta lógica al hecho de que la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVIII había llegado a un grado de desarrollo productivo tal, que un libro que explicara la dinámica de los procesos económicos constituía una importante contribución a los efectos de guiar las decisiones de los operadores de los mercados. La Riqueza de las naciones no podría haber sido escrito en un contexto diferente de aquel en el que fue desarrollado. Hay una correspondencia muy profunda entre el contenido del libro y el marco social en el que fue publicado.
Ahora bien, Adam Smith no fue el único autor que escribió sobre economía en aquella época. Hubo muchos autores que escribieron sobre temas económicos, la mayor parte quizá olvidados, otros conocidos pero con menos renombre. El libro de Smith fue uno entre muchos, no el único. La Riqueza de las naciones, precisamente por estar situado en un contexto social determinado, fue parte de un debate intelectual general. ¿Por qué entonces el libro de Smith se ha convertido en un clásico universal, en tanto que otras obras son menos conocidas y aún más han sido literalmente olvidadas o perdidas? La respuesta obvia a esta pregunta sería: porque La Riqueza de las naciones es un libro mejor, más sustancioso, más profundo. Pero estas consideraciones no resuelven la cuestión acerca de por qué La Riqueza… está considerado “mejor, más sustancioso, más profundo”. ¿Cuáles son los factores que determinan la calidad, la sustancia, la profundidad de un libro? ¿Quién establece que el libro de Smith sea mejor, más sustancioso, más profundo que cualquier otro? ¿Quién tiene autoridad para dictaminar la calidad, la sustancia y la profundidad de los libros? Marshall[1] explica el tema:
Adam Smith no era ciertamente el único gran economista inglés de su época. Pero antes de que él escribiera, Hume y Stuart habían hecho importantes contribuciones a la teoría económica y Andersen y Young habían publicado excelentes estudios relativos a los hechos económicos. Pero la obra de Adam Smith comprende todo lo mejor de sus contemporáneos franceses e ingleses, y aunque es indudable que tomó mucho de otros, mientras más se le compara con los que le precedieron y le siguieron, tanto mayores aparecen sus conocimientos y más bien establecidos sus juicios
Es obvio que el juicio acerca de las cualidades de los libros y de las ideas contenidas en ellos depende de las consideraciones de los lectores. Si el libro de Smith se convirtió en un clásico universal, es porque los lectores lo eligieron como tal. ¿Podemos, de este caso particular, inferir alguna hipótesis más general?
Lo primero que podemos presumir es que la influencia de las ideas (o de los libros y publicaciones que las contienen) depende del grado de aceptación que ellas tengan entre los lectores. Pero esto nos lleva a preguntarnos de qué depende el hecho de que los lectores sean influenciados por determinado cuerpo de ideas. Para responder esta pregunta, debemos volver al concepto inicial: las ideas son, esencialmente, herramientas de las cuales los seres humanos nos valemos para orientarnos en la interacción con el medio que nos circunda…
Pero entonces ¿qué determina que ciertas ideas sean aceptadas y no otras? Pues, precisamente, que algunas ideas son, en la consideración de los individuos que las asimilan, más idóneas que otras para guiar la relación con los entornos de cada uno de ellos. Y esto nos aclara por qué La Riqueza de las naciones se convirtió en un clásico universal y otros libros no alcanzaron la misma dimensión.
La explicación radica en que el libro de Smith contiene ideas que fueron consideradas útiles en su momento −y aún siguen siendo valoradas positivamente ahora− para orientar el desenvolvimiento de los agentes económicos.
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Todo este análisis nos sirve de prolegómeno para intentar explicar cómo se desarrolla el proceso evolutivo de la historia de las ideas.
Debemos partir del hecho de que el acto de elaborar ideas es una actividad que surge como respuesta a una necesidad, la cual consiste en tratar de disponer de mejores criterios de evaluación en el proceso de búsqueda de incremento de la eficiencia en la interacción de los individuos con su medio circundante. Pero entonces ¿qué es lo que entendemos por una “interacción más eficiente”? Pues, aquella que permite aumentar los índices de bienestar de los seres humanos en relación al esfuerzo realizado. Las ideas, al explicarnos cómo opera el medio con el que interactuamos, nos suministran guías que nos permiten obtener mejores resultados, es decir, más bienestar con menor esfuerzo (Debe sobreentenderse que el bienestar no es un fenómeno meramente material o económico. El concepto de bienestar abarca también los aspectos existenciales de la vida y ese es el campo sobre el que la filosofía, la religión y otras disciplinas operan).
El proceso de elaboración de ideas –es decir, de descubrimiento de las regularidades del medio con el que los seres humanos interactuamos− constituye, esencialmente, una incierta dinámica de búsqueda. Los pensadores se esfuerzan por describir el modo en el que el mundo opera, pero no tienen seguridad alguna de que lograrán encontrar verdades. Por lo tanto, elaboran sus pensamientos, exponen sus ideas y las someten al escrutinio… de los propios seres humanos a quienes procuran orientar en su interacción con el medio que los rodea. En la medida en que tales ideas son consideradas idóneas por los propios involucrados para guiar la interacción de los seres humanos con el medio circundante, son reconocidas como acertadas. Precisamente eso fue lo que sucedió con las ideas contenidas en La Riqueza de las naciones. Por eso el libro de Smith se convirtió en un clásico universal, en tanto que otras obras quedaron en planos inferiores.
Esto significa que las ideas “compiten” por ser reconocidas como acertadas y adquieren más o menos validez en la medida en que los lectores les reconocen utilidad al efecto de explicar aquellos fenómenos cuya comprensión les facilite la interacción con el medio circundante. De ese modo, se genera, espontáneamente, un “mercado de ideas”, donde los autores ofrecen su producto y procuran obtener el reconocimiento de los lectores, que cumplen el rol de “consumidores” y prestan o niegan su adhesión a las propuestas contenidas en las obras de los pensadores
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Todo este análisis está sustentado, en última instancia, en una concepción filosófica utilitarista. En efecto, las ideas están concebidas, según el enfoque aquí presentado, como herramientas al servicio del incremento del bienestar humano. El parámetro que permite determinar la idoneidad de un determinado cuerpo doctrinario está relacionado con la utilidad que los individuos le atribuyen a esa ideología a los efectos de orientar su desenvolvimiento a través de la vida.
¿Es correcto este criterio de abordaje? ¿Es aceptable la afirmación de que el sentido de la producción de ideas está condicionado por la utilidad de las respectivas doctrinas en relación con la prestación de orientación para el desenvolvimiento vital de los seres humanos?
Evidentemente, todo abordaje intelectual es discutible. Pero supongamos que las ideas no tuvieran como sentido el suministro de una guía a la conducta humana… Entonces ¿cuál sería el propósito de las elaboraciones intelectuales? ¿Para qué escribió Adam Smith La Riqueza de las naciones si no para tratar de clarificar el modo de organizar el ordenamiento económico a los fines de incrementar la productividad?
Recíprocamente, si admitimos la hipótesis de que las ideas tienen como razón de ser la provisión de guías para la conducta humana, podemos inferir el sentido lógico de la historia del pensamiento. En efecto, la reflexión sistemática surgió en Grecia, cuando la especie humana llegó a un grado de evolución histórica suficiente como para plantearse racionalmente el problema de determinar el sentido del universo. Por supuesto que antes habían existido respuestas a estas cuestiones (incluso, entre los propios griegos) pero no cumplían la condición de ser los resultados de análisis sistemáticos y de procesos acumulativos de elaboración conceptual. La historia del pensamiento occidental comenzó en la antigua Grecia porque fue el ámbito en el cual la civilización llegó a un grado tal de desarrollo, que requirió respuestas más elaboradas que las que la mitología suministraba. Los individuos que habitaban en la Grecia de entonces no admitían respuestas arbitrarias sino que comenzaron a necesitar razones, relaciones de causa y efecto, conexiones verificables entre hechos para poder orientarse en su desenvolvimiento vital.
Posteriormente, se planteó el problema de que, además del intento de obtener ese tipo de respuestas, surgieron interrogantes existenciales referidos al origen del universo y el destino de la vida humana. Así es como apareció el Cristianismo, que contenía una propuesta aceptable para ese problema, y por eso desplazó a las religiones paganas. El desarrollo del pensamiento cristiano evolucionó a lo largo de los siglos y llegó a su culminación en el siglo XIII, a través de las complejas elaboraciones teológicas de Santo Tomás de Aquino. Por entonces, comenzó a surgir la burguesía como clase social ascendente, que impregnó a la sociedad de una tendencia a la secularización. Por lo tanto, el eje de la relación entre los individuos y su entorno comenzó a desplazarse y el pensamiento propendió a buscar respuestas a esa nueva orientación. Eso explica por qué apareció formalmente la ciencia como disciplina independiente, destinada a dar respuesta a los problemas del mundo sensible y no solo a las cuestiones teológico-metafísicas que eran el núcleo del pensamiento hasta entonces.
La posición de Kant, en el sentido de establecer una línea divisoria entre la ciencia y la metafísica es quizá el hito fundacional de una nueva etapa en la historia del pensamiento. En este ciclo, la propensión a la secularización está más consolidada y, para los seres humanos de esta época, en la que aún estamos, el problema consiste, no ya principalmente en aclarar nuestra relación con Dios, sino en interpretar la naturaleza del mundo sensible en el que estamos inmersos. Eso explica por qué la ciencia –que procura explicar la realidad del mundo sensible− configura el paradigma dominante de la actual etapa histórica.
La deducción que se extrae de estas reflexiones, es que las ideas no surgen de manera casual, arbitraria, ni inexplicable, sino que están estrechamente relacionadas con las circunstancias históricas, eventualmente, anticipándose a las necesidades humanas; la naturaleza del vínculo entre las ideas y los procesos históricos generales es una cuestión que requeriría investigaciones más detalladas y, por lo tanto, exceden el alcance de este texto. Lo esencial es dejar sentado que hay una lógica entre el surgimiento y la convalidación de una determinada doctrina, y las necesidades de orientación intelectual de los individuos de esa época. Y, recíprocamente, cuando las necesidades de orientación intelectual se modifican como consecuencia de la superación de las circunstancias históricas que dieron lugar a la aparición de determinado cuerpo de ideas, es cuando se genera el espacio para la aparición de nuevas ideas que contienen otras propuestas, siempre dirigidas a cubrir la demanda de orientación intelectual de las nuevas generaciones. De ese modo, la marcha de las ideas avanza en forma paralela, coordinada e interactiva con el proceso histórico general. Decía Mises en El Socialismo[2] que
“La historia de la humanidad es la historia de las ideas. Son las ideas, las teorías y las doctrinas las que guían la acción del hombre, determinan los fines últimos que este persigue y la elección de los medios que emplea para alcanzar tales fines”.
La cuestión que quedaría por resolver, como para “redondear” esta modesta aproximación a un problema muy amplio, es la de determinar cuánto y de qué manera influyen los aportes individuales a la historia del pensamiento. Por ejemplo: ¿qué hubiera sido de la historia de la teoría económica si Adam Smith no hubiera existido y, por lo tanto La Riqueza de las naciones no hubiera sido escrita?
Obviamente, no podemos responder a esa pregunta porque carecemos de los datos que nos puedan aclarar la cuestión. Todo el desenvolvimiento de la ciencia económica posterior a Adam Smith, aun hasta el presente, quedó condicionado por el hecho de que Smith sí existió y publicó su tratado.
Lo que sí podemos presumir es que la orientación que el libro de Smith ha venido suministrando a los efectos de contribuir a orientar el desenvolvimiento de los agentes económicos, hubiera ido quedando reemplazada por aportes de otros autores. No sabemos qué autores ni de qué manera porque, como existió Smith, las contribuciones de esos autores quedaron condicionadas por la presencia de La Riqueza de las naciones.
En definitiva, lo que hubiera sucedido si Smith no hubiese existido, es que el proceso de suministro de orientación ideológica se hubiese desarrollado de otra manera, que no sabemos cuál es porque, como Smith sí existió y su libro fue publicado, todo el desarrollo posterior del pensamiento económico quedó influido por el autor escocés. Las contribuciones de los individuos, en definitiva, son contingentes, anecdóticas, circunstanciales. Lo esencial es que los procesos de producción de ideas están condicionados por las necesidades de orientación intelectual de los seres humanos. Las actuaciones personales de los pensadores están subordinadas a eso y su influencia depende de su capacidad de penetración conceptual, que es un problema de naturaleza psicológica, que está más allá de los alcances de este campo de estudio.
[1] Marshall, Alfred. Principios de economía. Aguilar (Madrid, 1957): 623

[2] Mises, Ludwig Von. El Socialismo. Instituto de Publicaciones Navales (Buenos Aires, 1968): 588.

(Trabajo presentado en el V° Congreso “La escuela austriaca en el siglo XXI”, Rosario, 2014)