domingo, 23 de abril de 2017

Un auténtico problema argentino: La conspiración de los Psicópatas

Por German Berizzo (*)

Los argentinos tenemos la triste costumbre de reivindicar a ciertos gobernantes, muchos años después de su muerte física. Pasó con Arturo Frondizi, Arturo Illía, Alejandro Lanusse, Raúl Alfonsín, y tal vez, pase con Carlos Menem cuando él ya no esté entre nosotros.
Es posible que esto se deba a que una constante decadencia iniciada en la década del 20 haga extrañar a los gobernantes pasados, dado que la realidad y nuestros propios desaciertos nos van empujando hacia una realidad cada vez peor, pero nos resulta más fácil reivindicar a los pasados gobernantes y vituperar a los actuales que agarrar un gran espejo y mirarnos larga y fijamente……
Verán ustedes que he omitido, deliberadamente, a Juan Carlos Onganía, Marcelo Levingston, Héctor J. Cámpora, Raúl Lastiri, Juan Domingo Perón, Isabel (María Estela Martínez), las juntas militares, Fernando De La Rúa y los Kirchner.
¿Por qué?
> Levingston, Cámpora y De la Rúa no tuvieron el tiempo suficiente como para que se pueda hacer un juicio de valor sobre sus gestiones y personalidades.
> Onganía, Lastiri, Isabelita, las juntas y los Kirchner, independientemente de la duración de sus gestiones, mostraron rasgos de personalidades psicopáticas que marcaron a fuego por décadas a los argentinos, lo que no exime a éstos, a nosotros, los argentinos, de la animalada de haberles confiado el poder casi absoluto con el que contaron estos personajes, jugando el macabro juego de delegar irresponsablemente el poder en un líder salvador.
A Perón lo dejo afuera del reparto porque juega en otra categoría. La de prócer.
Es posible que en sus dos primeros gobiernos también haya tenido una personalidad psicopática, pero muchas de sus actitudes, al menos las que testigos presenciales y cercanos durante su tercer gobierno cuentan, demuestran que en su avanzada edad y dada la pérdida de poder que por casi 20 años lo sacó del efectivo ejercicio de éste, su personalidad se habría vuelto mucho más republicana, conciliadora y realista.
Veamos los hechos recientes. Dos psicópatas, para colmo pareja, se hicieron del Poder Ejecutivo y dominaron el Legislativo ('Anche' el Judicial, cobarde y acobardado) casi a gusto.
Visto el resultado exitoso de la pareja, cientos de protopsicópatas afloraron hacia la cima del poder generando un efecto de avalancha hacia los estratos más bajos de la sociedad, que entendieron que cuanto más cínicos, truchos y violentos, más chances de acceder al poder tenían.
¿Es posible revertir esto? Parece difícil, pero algo se puede hacer a partir de la actual gestión de gobierno. Pero no nuevamente tirándole la responsabilidad al gobierno. Debemos, de una vez, ponernos los pantalones largos, asumir nuestras propias responsabilidades y comenzar a defender los valores que nos pueden sacar del pozo, desde cada lugar en el que nos toca actuar. Esto implica dejar de ser políticamente correctos y plantarle un freno a los populistas con los que nos toca en suerte compartir espacios de trabajo o convivencia.
Entender la necesidad de informarnos acerca de cada una de las mentiras sobre las que se construyó el relato K y los anteriores, armarnos una opinión propia a partir de múltiples fuentes de información, siempre que estas sean veraces y no representen un punto ideológico de posición.
En definitiva, ser responsablemente medidos en el acceso a la información.
Esta herramienta es definitiva para desarticular cualquier tipo de relato. Sea K o M. No tiene importancia. Lo importante es discernir entre verdad y relato para ponerle freno al verso cada vez que éste aparezca en escena.
Yendo ahora a la actualidad, Macri puede gustar o no. Puede ser torpe políticamente, puede tener actos de impericia, o puede tener graves problemas de timing. Quizás no y sólo lo parezca o sea su modo de gestionar. Pero hay algo que se nota en él, en Michetti, en Vidal y en buena parte del gabinete que afortunadamente, representa un borbotón de aire fresco: Ninguno de ellos tiene un perfil psicopático, y si lo tiene, no se evidencia que sea estructural o de una gravedad que haga temer un daño serio a la sociedad.
Sea por suerte, por casualidad o por un designio del destino, tenemos la oportunidad única de contar con un gobierno poblado de gente medianamente normal, con la salvedad de que, por un tema de relaciones interpersonales, Macri se ha rodeado en exceso de gente del segmento socioeconómico ABC1, lo que puede atentar contra la comprensión del global social, debido al prejuicio que sobre estratos mas bajos impera en este segmento.
De todas maneras, comparado con el PeJotismo aspiracional patagónico que lo precedió, esto se parece bastante al paraíso.
Pero ahora quisiera ahondar en el tema que disparó esta nota.
Los lectores habrán notado reiteradas referencias a los perfiles psicopáticos de nuestros gobernantes y si bien parece un punto de vista exagerado, necesito caer en lo autorreferencial para poder explicarme mejor.
Hace unos años acepté ser candidato a concejal por un partido minoritario considerado “antinacional” y “antipopular”. Todo el grupo humano que conformaba este partido tenía sus propias actividades y en la mayoría de los casos, sus componentes eran exitosos en sus respectivas áreas.
Como a nuestro grupo le costaba “levantar” en las encuestas, nos ofrecieron un apoyo externo para “politizarnos”. La conclusión del grupo, luego de varios días de trabajo conjunto, fue que nosotros adolecíamos de “falta de apetencia de poder”  y que para tener apetito de poder hacía falta un cierto grado de “psicopatía”. Eso me quedó grabado en la mente por años y siempre me rondó la idea de determinar cuál podría ser el nivel “aceptable” de psicopatía en un gobernante y cómo se podría instrumentar algún mecanismo de control o filtro para evitar que psicópatas extremos/estructurales como los que hemos sufrido puedan acceder al poder.
A lo largo de mi vida pude ser testigo de la evolución (¿involución?) de personas que en los comienzos de su actividad política evidenciaban una anormal vocación de servicio y, pasados los años, mostraron un nivel de cinismo, crueldad e irresponsabilidad que solamente un alto nivel de desequilibrio psíquico debieron hacer posible. Obviamente, habían logrado detentar cierto grado de poder. ¿Fue el poder el que disparó esa patología en la personalidad, o simplemente la falta de poder hizo que tal patología fuera reprimida?
Pero, ¿Cómo hacer que una Legislatura poblada de psicópatas vote una norma autolimitante?
Justamente, el psicópata no es consciente de su psicopatía y por allí puede estar el cerrojo para abrir una puerta que puede ser revolucionaria en todo el mundo y así evitar Stalins, Hitlers, Maduros, Trumps y/o Kirchners.
Recurrentemente recibo correos o whatsapps con solicitud de adhesión a determinadas ideas de limitación a los legisladores, orientadas a igualar a éstos con el resto de la sociedad. Nunca van a permitirlo porque se trata de gente mayoritariamente enferma que se autoasume como mártir en representación de su pueblo. El camino es cerrarles, justamente, el camino. Impedir por medio de profundos exámenes, que accedan a cualquier posición de poder. Y cuando digo “cualquier posición de poder” me refiero a los tres poderes constitucionales y a cualquier poder subsidiario (Policía, ejército, marina, gendarmería, etc.)
Pero asumiendo que todos, en alguna medida, portamos algún componente psicopático, El Tema es lograr determinar cual es el punto de corte en el que el nivel de psicopatía pasa/no pasa.
Debemos poner este tema en debate. No puede ser que estemos permanentemente condicionados por personas con diferentes tipos de patología que tienen la capacidad perversa de hacerse con un poder al que, los que nos consideramos más o menos normales, no aspiramos.
(*) Germán Berizzo. Empresario de la electrónica y las telecomunicaciones radicado en San Carlos de Bariloche (Río Negro). Artículo publicado en Urgente24 el 23 de Abril de 2017