lunes, 24 de julio de 2017

´Día del hijo’, una estupidez keynesiana

Por Javier Milei (*)
Recientemente, a modo de brindarle el mayor de los honores a la nefasta obra de John M. Keynes de 1936, el Gobierno buscaría impulsar la creación del Día del Hijo con la intención de incentivar el consumo y aumentar las ventas. La fecha tendría lugar en simultáneo con el Día del Niño pero, dado que afectaría a una mayor franja etárea (entran jóvenes y adultos), esta medida haría subir las ventas en un 162%. Así, la medida motorizaría el consumo y con ello el nivel de actividad.
Todo sería muy lindo, salvo por el hecho de que se trata de un disparate. Tal como sucede regularme, el error surge de lo que Bastiat llamaba la falacia de lo que no se ve. En este sentido, dado que los agentes de la economía cuentan con un presupuesto finito, la decisión de consumir más de un bien implica que se deba reducir el consumo de otros bienes y/o se comprima el ahorro.
Por lo tanto, los supuestos empleos que se crearían tendrían como contrapartida los empleos perdidos en los otros sectores que brindan otros bienes de consumo y/o los que se pierden por caer la inversión fruto de un menor ahorro.
Es más, dado que el incremento de las ventas sería transitorio difícilmente logre crear mayores fuentes de trabajo. Lo que sí es cierto es que si el ahorro cae habrá un menor financiamiento para la inversión y con ello menor stock de capital por habitante, menor productividad y menores salarios reales. En definitiva, todo indicaría que en el mejor de los casos todo quedaría igual, salvo por la redistribución del ingreso en favor de los que impulsan la medida.
A la luz de algo tan evidente, uno debería preguntarse ¿de dónde sacan estas ideas tan estúpidas los economistas? La respuesta es La Teoría General de Keynes. En su capítulo 10, el inglés de Cambridge afirma: "Si se acepta esto (el multiplicador), el razonamiento anterior demuestra cómo los gastos ruinosos de préstamos pueden, no obstante, enriquecer al fin y al cabo a la comunidad".
La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar la riqueza, si la educación de nuestros estadistas en los principios de la economía clásica impide que se haga algo mejor."
De ahí la reflexión de Paul Krugman que rezaría por una invasión de extraterrestres cuando esté afligido por el crecimiento. Sería formidable tener la posibilidad de grabar en vivo el rostro de un vendedor que le acaban de romper la vidriera de su local de un piedrazo, al tiempo que un keynesiano (con la mano sucia que denuncia su participación en el hecho), le explica que ello será bueno para que suba el PIB.
El origen de dicho disparate se llama multiplicador. Supongamos que un PIB de $ 100, viene explicado por un consumo de $ 80 y una inversión de $ 20. En la lógica keynesiana, dado que el consumo es un 80% del ingreso, existe un multiplicador k de 5 (= 1/(1-0.8)) que hace que para una inversión de $ 20 se genere un PIB de 100. Una vez hecho esto, los keynesiano razonan que si se da un impulso a la inversión pública hasta ubicarla en $ 30, el PIB subiría un 50% alcanzando los $ 150.
El problema es que el multiplicador no es más que una tautología descriptiva al pasado y que en caso de querer extrapolar dicha relación hacia delante ello implicaría violar la restricción presupuestaria. Esto es, o baja el consumo reduciendo el poder milagroso del factor K o se genera un aumento artificial de la demanda que deriva en mayor inflación.
De este modo, las políticas keynesianas que impulsan un aumento del gasto, ya sea tanto público como privado, no crean empleos netos (en el mejor de los casos), dado que los recursos que toma de los contribuyentes, hace que los últimos no puedan gastar su dinero en lo que deseaban, motivo por el cual los empleos creados por los funcionarios públicos conllevan la destrucción de puestos de trabajo en otros sectores de la economía.
Además, debería resultar claro que aun cuando el número de puestos de trabajo fuera el mismo, la acción del gobierno implica un acto violento que recorta las libertades individuales, al tiempo que refuerza la pérdida de bienestar por no poder disponer de los ingresos que individuo genera para financiar las compras de aquello que el individuo deseaba consumir.
Por lo tanto, de todo esto quedan varias lecciones. La primera es que imponer nuevos días comerciales no es más que una forma encubierta de reclamar una redistribución del ingreso. La segunda es que la base sobre la que se sostiene el keynesianismo, el multiplicador, es una falacia que implica violar la restricción de presupuesto y que su implementación no es a favor del pueblo sino a favor de aquellos que ejecutan el gasto al tiempo que se hacen de recursos (los impuestos) por medio del aparato represivo del Estado.

Por último, debería quedar claro que las recomendaciones de política fiscal que surgen de la teoría general son propias de un panfleto escrito a beneplácito de un conjunto de políticos mesiánicos y/o corruptos. ¿Será por esto que Keynes es tan popular en Argentina?
(*) Javier Milei. Economista. Jefe de la Fundación Acordar. Artículo publicado en El Cronista el 24 de Julio de 2017