miércoles, 5 de julio de 2017

El peronismo conservador y el macrismo

Por Diana Ferraro (*)
La inutilidad de las próximas primarias, en las que no se cumplirá el objetivo de elegir un único candidato entre varios aspirantes del mismo partido, hace que volvamos a interrogarnos acerca, ya no de esta anormalidad, sino de la aún mayor anormalidad de que hayamos perdido las antiguas referencias partidarias que nos sirvieron durante medio siglo.
 La primer gran ruptura la produjo Alfonsín en el Partido Radical, llevando al radicalismo un poco más a la izquierda de lo acostumbrado, novedad que fue seguida por un Menem realizando el movimiento opuesto y uniendo al Justicialismo no sólo con los Conservadores que ya habían acompañado al Gral. Perón en su regreso, sino con los antiguos enemigos liberales. Co éstos, el peronismo conservador entró en una estrecha y ya indisoluble alianza, posiblemente la que hoy es menos reconocida como vigente, recoge menos prensa, tiene menos expresión formal y aparece como una forma de peronismo replegada. Para muchos el peronismo conservador-liberal sólo pertenece a la era menemista, fue liquidado en el 2001, y en el mejor de los casos, se lo percibe absorbido y superado por el macrismo.
El peronismo conservador, sin embargo, merece una mirada más atenta, ya que contiene lo mejor y más avanzado del pasado peronista, y, suficientemente hecho conciencia, o más bien, regresado a la conciencia, en una población hoy sin suficiente liderazgo político de envergadura—hablamos de la envergadura de un Perón estadista—puede ser la llave que termine de colocar a la Argentina en su definitivo sendero.
Si Alfonsín y Duhalde no hubiesen conspirado para acelerar la caída de de la Rúa y del ministro Cavallo, el mismo que había hecho el milagro de la modernización argentina, antes de que Menem le pidiese la renuncia, deteniendo con este hecho el proceso modernizador—faltaba lo que aún falta, reforma fiscal federal y descentralización plena—el proceso de modernización hubiese continuado. Aunque fuese a los tumbos, con sucesivas elecciones, se hubiera avanzado en el mismo camino, logrando el éxito final que aún hoy debe perseguir con infinito esfuerzo el continuador de aquella modernización, el presidente Macri. En cambio, Alfonsín y Duhalde retrocedieron en la modernización, arruinaron lo que se había logrado y abrieron a puerta a los Kirchner con los resultados ya conocidos.
Estos dos grandes cambios hacia fines del siglo pasado y comienzo de éste producidos por el Radicalismo y el Peronismo nos dicen mucho acerca de lo que verdaderamente está sucediendo en términos políticos dentro de la Argentina profunda. No se trata tanto de que en 2001 estallase el sistema de partidos políticos sino, más bien, del avance lento y tortuoso pero inevitable de las corrientes históricas tradicionales, requeridas de una nueva formulación adecuada a la época.
En realidad, tenemos a los mismos actores de siempre, el Radicalismo, el Peronismo, el Conservadurismo local, Liberal o no y las izquierdas, pero todos combinados de modos disfuncionales. La disfuncionalidad de las PASO es el reflejo de esta disfuncionalidad.  Por esa disfuncionalidad, el dedo. ¿Cómo resolver si no con el dedo autoritario quién debe ser el candidato en cualquiera de los partidos donde una fracción que poco y nada tiene que ver con la tradición de ese partido lo controla y anula toda expresión de quienes podrían representarlo con mayor fidelidad en la interpretación de la historia?
El Partido Radical encorseta al Presidente Macri en una lenta y parsimoniosa social-democracia, impidiéndole la necesaria velocidad liberal para volver al camino abandonado de los 90 y el kirchnerismo residual hace todo lo posible para mantener paralizado un Partido Justicialista que debería ser, por historia, representado por el peronismo más genuino. Ese peronismo conservador hoy ausente en el escenario político como entidad consistente, el que supo tanto hacer la productiva alianza con los liberales como asegurar un verdadero progresismo hacia el siglo XXI, y el que, abrazando tanto el crecimiento nacional como la globalización, la revolución de las costumbres como el avance tecnológico, nos dio como argentinos un lugar en el Grupo de los 20 países más relevantes del mundo.
Así, estas inminentes primarias tienen como única ventaja dejar expuesta la única brecha, el único divorcio importante que existe en la Argentina: el que existe entre representantes y representados. Entre los muchos peronismos que se presentan con sus propios partidos o frentes y sus únicos candidatos ya elegidos—Massa (insistiendo con Stolbitzer en el tipo de alianza con el radicalismo iniciado por Alfonsín y Duhalde, y luego por Kirchner-Cobos), la inefable ex-presidenta, los ex ministros, etc.—hay uno, el más genuino, ese que justamente no figura en la lista: el peronismo conservador.
Ese peronismo está compuesto de una importante mayoría de argentinos fieles a la doctrina y a la tradición a la vez que ya actualizados en una economía liberal desde los tiempos de Menem y Cavallo, quienes, tras el inmenso desastre de Duhalde y los Kirchner, continúan ofreciendo un punto de referencia, tal vez imperfecto pero, sin duda, orientado en el sentido correcto.
Es ese punto de referencia incorporado el que hoy hace que los peronistas conservadores sin liderazgo nacional propio ni partido dónde crearlo, busquen refugio en Macri, algunos bajo la forma de apoyo electoral y otros de modo más literal colaborando con el PRO o el gobierno. Pero éste no es un esquema estable. Sigue haciendo falta un partido que permita que los aspirantes al liderazgo de una posición conservadora, nacional y liberal a la vez, compitan entre ellos para consolidar y administrar mejores gobiernos. Hace falta consistencia—es decir, dentro de una misma visión de país general, competir no por visiones opuestas cómo en las últimas décadas, sino por diferentes estilos de gestión o diferentes acentos o prioridades dentro de la visión general. Del mismo modo, del otro lado, hace falta el otro partido que encarne, ahí sí, la visión  opuesta.
Es así como el peronismo conservador y liberal, hoy sosteniendo a Macri, debe ser reconocido, observado y acompañado en su proceso, de modo de colocar una gran mayoría de argentinos hoy desencaminados y escépticos en el camino de buscar y elegir a quién los represente fielmente. Sólo una mente poco imaginativa puede creer que esto perjudique las chances de éxito del actual gobierno. Muy por el contrario, puede transformarse en la mejor garantía de su sostén y progreso y, si la historia continúa siendo lo que es, pura evolución hacia algo mejor, siempre y a pesar de todo. Este peronismo hoy desorganizado constituye quizá la base para la recuperación de uno de los dos grandes partidos nacionales que los argentinos perdimos cuando una combinación de usurpadores, antiguos enemigos gorilas y una jueza electoral decididamente antiperonista, lograron que durante casi veinte años el Partido Justicialista no volviera a tener elecciones internas, ni a tener un nuevo liderazgo realmente elegido por los afiliados y simpatizantes ni a expresar una genuina continuidad histórica.
El germen de este futuro promisorio está sin duda en el conjunto de gobernadores peronistas conservadores que hoy apoyan a Macri, aún con las diferencias, en los peronistas que eligieron ayudar directamente a Macri (y tenemos que recordar al Momo Venegas, que lamentablemente acabamos de perder, y que fue un modelo para la actualización de las organizaciones gremiales) y en los muchos peronistas dispersos que aún creen—y fervientemente—en un final feliz para esta larga y triste etapa de la Argentina.
 Una etapa que debe su desdicha no a “la política de los 90 y al desastre del 2001” como repiten aún muchos ignorantes, sino a la confusión intelectual de muchos dirigentes políticos--extraviados en el sentido de la historia—y, más aún, a la creación de conjuntos políticos formados por opuestos, totalmente disfuncionales y mentirosos.
Entramos en la etapa final de la disfuncionalidad y en el aún brumoso comienzo de una nueva organización política, funcional a las ideas e intereses genuinos de los argentinos, sean cuales sean estos intereses, con los nuevos partidos renacidos de sus cenizas. Y, entre esas mismas cenizas, la misma Argentina de todas las herencias y tradiciones, está también lista para renacer, después del caos, en pura continuidad.
(*) Diana Ferraro. Escritora, periodista y analista política. Artículo publicado en su blog personal “Diana Ferraro: Artículos políticos sobre la Argentina” el 10 de Junio de 2017